De la serie general: Lo más importante es el amor
(Lección 9 )
No todo el mundo se casará ni deberá casarse. Jesús no se casó.
Tampoco Pablo. Y este apóstol incluso alentó a algunos a no casarse, debido a circunstancias especiales (1ª Corintios 7).
La mayoría de las personas, no obstante, se casarán.
La mayoría de nosotros necesitamos casarnos. En Mateo 19.10-12, se da a entender que la mayoría de nosotros no
estamos hechos para poder permanecer solteros, y a
la vez observar una conducta casta. En 1ª Corintios 7.2, Pablo dijo: «Pero a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su
propio marido». En
En esta lección deseo hablar acerca de la preparación para el matrimonio. Tristemente, la mayoría de
las personas no se preparan. Con el correr de los años, uno de nuestros cuentos
de hadas favoritos ha sido como sigue:
Paso 1 —No era mucho lo que había sucedido
en su vida. Había estado viviendo una vida de inocente espera, haciendo sus tareas escolares, siendo agradable para
con su madre, ayudando con los platos y lavando su cabello todos los sábados
por la noche. Era dulce y encantadora y se había pasado sin ser descubierta
hasta y que...
Paso 2 —De repente, apareció él. Era un varón que al verla
se convenció de que ella sería el amor de su vida. Este le dirigió su mirada a
través de la sala y se dijo a sí mismo: «He allí la chica con la que me he de
casar». Él era todo lo que ella había soñado: alto,
trigueño, guapo y con una tímida sonrisa que hacía brillar su rostro, de modo
que...
Paso 3 —Se enamoraron. Al instante estaban
completa y perdidamente enamorados. Hacía un minuto ella estaba sola en el
mundo, era un tesoro que nadie había reclamado, y al siguiente estaba locamente enamorada. Antes de
entrar en la sala, él estaba a la deriva en el mundo; no encontraba a nadie con
quien vincularse, no había una buena mujer que lo salvara de echarse a perder.
De pronto, ahí estaba ella. Y fue algo tan natural que...
Paso 4 —Se conocieron, se besaron y descubrieron que eran el uno para el
otro. Después, por supuesto, no hubo más alternativa que...
Paso 5 —Casarse apenas pudieran, pues esto
es lo verdadero. El amor es todo lo que importa. En todo el mundo hay un hombre
para una mujer, y cuando se encuentran por la fuerza del destino, deben
obedecer y casarse antes que sea muy tarde. El fin de la historia siempre es el
mismo...
Paso 6 —Vivirán felices para siempre. Si
después llegan a tener problemas, es porque después de todo no era verdadero
amor, pues el verdadero amor significa que sólo habrá permanente dicha. Es una
vida en la que nunca una palabra enojada se dice, ni un solo momento aburrido
se pasa, sólo es esa emoción inacabable de pertenecerse el uno al otro.
Aun en el ambiente inmoral de hoy día, la mayoría de las personas
piensan que con sólo encontrar a «la persona correcta», vivirán felices para
siempre. En otras palabras, no creen que sea tan importante prepararse para el
matrimonio, ni que tampoco lo sea hacer que el matrimonio funcione, después de
la ceremonia. Lo que importa es encontrar la persona correcta —a una verdadera compañera del alma. Como ilustración
de lo anterior, note los que están continuamente casándose y divorciándose —en una vana búsqueda de la persona correcta.
Hoy día muchos tienen más cuidado para escoger un auto nuevo, que el que
tienen para escoger el cónyuge de toda una vida. Muchos dedican más tiempo a
prepararse para pasar el examen para obtener licencia de conducir, que el que
dedican a prepararse para el matrimonio.
En su libro Marriage, Divorce, and Purity
(Matrimonio, divorcio y pureza), Joe Schubert hace notar que para prepararse
para el matrimonio como debe ser, debe haber preparación física, preparación
intelectual, preparación vocacional,
preparación emocional, preparación moral y
preparación espiritual. Deseara tener tiempo para referirme a todas las
anteriores; todas son importantes y constituyen un aporte positivo para un
matrimonio feliz y que agrada a Dios. Pero en este
momento, deseo tratar el aspecto más importante
de la preparación para el matrimonio.
¿Cuál considera usted que
sea el aspecto más importante de la preparación para el matrimonio? La
preparación más importante es la que insinúa uno de los textos fundamentales de
estos estudios, un texto al cual hemos recurrido
una y otra vez: «Jesús les dijo: Amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con
toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es
semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». La
idea que deseo extraer de estos versículos, se expresa en el título del libro
de Thomas Warren que reza: El matrimonio es para
los que [1] aman a Dios —y [2] se aman el uno al otro. Deseo subrayar dos palabras clave: «prioridades» y
«compromiso». Permítame proponer que si usted desea un matrimonio feliz y que
agrade a Dios, dos cosas serán necesarias: 1) Compromiso con Dios y 2) compromiso de uno con el otro. El más importante de
los dos anteriores es el compromiso con Dios.
Es un comentario que sorprenderá a
muchos, pero eso es lo que dice Jesús en Mateo 22.37-38. Lo más importante en la vida —y ésta
incluye el matrimonio— es amar a Dios con todo su
ser. El mismo punto hace Jesús en Lucas 14.26: «Si alguno viene a mí, y no
aborrece [ama menos] a su padre, y madre, y mujer,
e hijos, y hermanos, y
hermanas, y aun también su propia vida, no puede
ser mi discípulo». Charles Hodge dice que el criterio más importante a seguir en la
elección del cónyuge es el siguiente: Cásese con alguien que ama a Dios más
de lo que le ama a usted. Dice ese autor que esta es la persona en la
que uno puede confiar. Uno estará seguro de que esa persona hará lo correcto,
cualesquiera que sean las circunstancias.
A menos que una persona crea que cuando se casó, se casó a los ojos de
Dios así como a los ojos de los hombres, a menos que renuncie a destrozar el
corazón de Dios por desobediencia, a menos que sus decisiones se fundamenten en
el deseo de obedecer a Dios en todo aspecto de modo que pueda pasar la
eternidad con Él, el certificado de matrimonio no valdrá el papel sobre el cual
se imprima, y los votos no valdrán el tiempo que se tome hacerlos.
Por otro lado, si tanto el novio como la novia están sinceramente
comprometidos con el Señor, no habrá mejor comienzo para el matrimonio. Un
estudio indicó que el 97 por ciento de los matrimonios
rotos tiene como característica que uno o dos de los cónyuges no asisten a los
servicios de la iglesia regularmente. En cambio, sólo se rompe uno de cada 57 matrimonios de los que sí asisten al culto
regularmente. Además, ¡sólo uno de cada 500 matrimonios de personas
profunda-mente comprometidas con Dios, terminan en divorcio!
Es posible que la frase «comprometido
con Dios» sea poco precisa para que usted verdaderamente entienda lo que estoy
diciendo. Permítame ponerlo en los términos más sencillos que pueda:
En primer lugar, SEA cristiano, un cristiano
consagrado.
Charles Hodge
le llama a esto la otra cara de la moneda. Si usted necesita casarse con
alguien que ama a Dios más que a usted, la persona con la que usted se case,
también necesita a alguien que ame a Dios más que a él o a ella.
Cuando digo: «sea cristiano», no me
refiero a que sólo sea alguien que haya sido bautizado o bautizada. Tampoco me refiero a que sólo sea alguien que
asiste a algunos de los servicios de la iglesia —porque puede ser que alguien le haya hecho a usted asistir o que usted
haya querido impresionar a alguien asistiendo. Me refiero, más bien, a que sea
un cristiano que está creciendo, que sea serio, que lea
Pues esta es la voluntad de Dios: vuestra
santificación, es decir, que os abstengáis de inmoralidad; que cada uno de vosotros
sepa tener su propio vaso en santidad y honor; no en pasión de concupiscencia,
como los gentiles que no conocen a Dios (1ª
Tesalonicenses 4.3-5; NASB).
Llegue virgen al matrimonio —sea usted hombre o mujer— pues ello agradará a Dios y hará mejor su
matrimonio. Contribuirá a hacerlo más duradero. Pero no sólo sea cristiano. En
segundo lugar, CÁSESE con un cristiano, un cristiano consagrado —no sólo alguien cuyo nombre aparezca en la lista de
miembros de una iglesia por allí. Cásese con alguien que tenga las mismas
convicciones que tiene usted acerca del matrimonio. Cásese con alguien que se
esforzará tanto como usted por hacer que el matrimonio funcione. Cásese con
alguien que será el mejor padre o la mejor madre posible para sus hijos.
En el Antiguo Testamento, al pueblo
de Dios se le mandó no casarse con los que estaban fuera de la fe (Deuteronomio 7.3-4), y fueron nefastas las consecuencias que
sobrevinieron a los que desobedecieron (1° Reyes 11.1-2). En el Nuevo Testamento, encontramos que se hace el
mismo énfasis. Pablo dijo que la viuda debe casarse solamente «en el Señor»
(1ª Corintios 7.39). También dijo que él tenía derecho de casarse con una
hermana, es decir, una mujer que fuera cristiana como él (1ª Corintios 9.5). Y Pablo dijo que nadie se uniera en yugo desigual con los incrédulos:
No os unáis en yugo desigual con los incrédulos;
porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión
la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial?
¿O qué parte el creyente con el incrédulo? (2ª Corintios 6.14-15).
Este pasaje puede abarcar más que
el voto matrimonial, pero no hay duda de que incluye el matrimonio. No hay
«yugo» más restrictivo, ni que más obligue a amoldarse, que el matrimonio.
Neale Pryor
hace notar que cada uno de nosotros debe casarse con un cristiano o cristiana
por causa de las Escrituras, por causa de nuestras almas, por causa de nuestros
hogares y por causa de nuestros hijos.
Me entristece profundamente que encantadores jóvenes cristianos se casen
con personas no cristianas, que no tienen valores espirituales, con la excusa
de que tal persona «dice haber cambiado», o diciendo que «creen poder ayudarle». Si usted ama a Dios y ¡se casará con alguien
que le ayudará a ser la clase de cristiano que debe ser!
Con base en el anterior compromiso,
llegamos a la prioridad número dos y al compromiso número dos.
El segundo mandamiento es amar (agapao) a su prójimo como a usted mismo (Mateo 22.39). Esto se refiere a todo el mundo. No hay duda de
que, en el primer lugar de la lista de personas que debemos amar debería estar
aquella con la que nos casamos.
La importancia de lo anterior fue
recalcada por Pablo. En sólo unos cuantos versículos de Efesios 5, Pablo usó la palabra «amar» (agapao)
cuatro veces al referirse a la manera como los esposos han de tratar a las
esposas.
Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo
amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella [...] Así también los maridos deben amar a sus mujeres
como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque
nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como
también Cristo a la iglesia [...] cada uno de vosotros ame también a
su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido (versos 25, 28-29, 33).
Note también Colosenses 3.18-19: «Casadas, estad sujetas a
vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres,
y no seáis ásperos con ellas». O, para darle vuelta al asunto, en Tito 2.4, a las mujeres jóvenes se les ha de enseñar «a amar
a sus maridos y a sus hijos».
La mayoría de las anteriores
referencias usan alguna forma de la palabra ágape para referirse al
«amor». Hemos estado haciendo hincapié en que el amor «procura lo mejor» para
el ser amado. En esta lección, hagamos hincapié también en que el amor ágape
es amor compromiso. Es desinteresado. Es incondicional. No espera
respuesta. Es un acto deliberado de la voluntad. Es compromiso con hacer
lo que se debe hacer, ser lo que se debe ser, procurar lo mejor para aquel con
quien el compromiso se hace.
Esta clase de compromiso es del que
se habla tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, en el
Antiguo Testamento, tenemos las siguientes palabras del Cantar de los Cantares:
Jesús habló acerca de este
compromiso en el Nuevo Testamento, en Mateo 19:
¿No habéis leído que el que los hizo al principio,
varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se
unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne? Así que no son ya más dos,
sino una sola carne (versos 4-6ª).
La palabra «unirse» en este pasaje
significa literalmente «pegarse». Hoy día, en lugar de «unirse», es probable
que usáramos la frase «comprometerse con». Jesús hizo énfasis en que este
compromiso es de por vida: «Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe
el hombre
[...] Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer,
salvo por causa de fornicación, y se casa con otra,
adultera» (versos 6b- 9). Note que este compromiso con el
cónyuge de uno (el compromiso número dos) se basa en el compromiso con Dios (el
compromiso número uno), que es estar consciente de
que es Dios quien junta a los dos —de por vida.
¿Es este un compromiso por
«mientras nuestro matrimonio funcione»? ¡No, es de por vida!
¿Es este un compromiso condicionado
a que él (o ella) llegue a ser lo que yo deseo? ¡No,
es de por vida! ¿Es este un compromiso que es vinculante mientras él (o ella) sea
como me gusta? ¡No, es de por vida!
Este es el compromiso que hace que
el matrimonio funcione. El certificado matrimonial es importante. Debemos
guardar las leyes de la tierra (Romanos 13.1ss; 1ª Pedro 2.13-15). Pero un certificado matrimonial
por sí solo no puede hacer que un matrimonio funcione. Las ceremonias
matrimoniales, los votos y los anillos son importantes. Pueden ayudar a grabar
en nuestras mentes cuál es el significado del matrimonio. Pero las ceremonias,
los votos y los anillos no harán que un matrimonio funcione. Lo que hace que un
matrimonio funcione es este compromiso para toda la vida. El matrimonio
funciona porque tiene que funcionar.
Lo cual me lleva al comentario
acerca de cómo las cuatro diferentes clases de amor aportan al matrimonio.
Sonará como que abandoné el tema del compromiso por un rato, pero siga conmigo.
Le aseguro que no lo he abandonado.
Permítame repasar brevemente tres
de las cuatro palabras griegas que se refieren al «amor». Recuerde lo que
dijimos acerca de estás palabras. Usaré las formas sustantivas. A eros lo llamamos «atracción física». Este es «amor
batido de fresa». Filia es «amor amistad». A éste le llamamos «amor
equipo de bolos». Ágape es «amor que busca lo mejor» o «amor que hace
llover sobre el justo y el injusto». En esta lección estamos haciendo énfasis
en que éste es amor compromiso,
Veamos cómo estas tres clases de
amor se relacionan con el concepto bíblico del matrimonio. Comencemos hablando
acerca de las costumbres relacionadas con el noviazgo.
Las costumbres relacionadas con el
noviazgo varían; sin embargo, en la civilización occidental, por lo general
comenzamos con eros. Hay algo que nos
atrae de la otra persona. Una sonrisa agradable. Una apariencia atractiva. Una
personalidad afable. Algo.
En sí mismo, no es malo. Dios hizo
a los hombres de modo que sean atraídos por las mujeres, y a las mujeres de
modo que sean atraídas por los hombres. Esto es parte del diseño de Dios para
asegurar la continuidad de la especie humana. Es un punto de partida. Pero el
propósito de Dios era que sobre ello construyéramos algo más sólido.
Lamentablemente, de allí no pasan
algunas parejas. Toda su relación se reduce a episodios en lugares oscuros,
autos estacionados, y tal vez incluso en dormitorios. A veces se esgrime el
argumento de que si «realmente amas a alguien,* irás a la cama con esa
persona». El que esgrime tal argumento sólo conoce el amor eros.
Más lamentable todavía, es que algunos se casan teniendo como fundamento
el amor eros. Después de la luna de
miel, despiertan para descubrir que se han casado con un extraño o extraña. La
relación matrimonial típica se constituye por un 70 por ciento de habla, y es poco probable que ellos la puedan
sustentar. Un matrimonio así ha tenido el peor comienzo posible.
Recuerde que el amor eros es «amor batido de fresa». Es un amor que se
interesa primordialmente en el consumo. Pero una vez que el consumo se ha
terminado, uno pierde el interés. Recuerdo que durante el verano, disfrutaba de
una sandía con otros miembros de mi familia. Era verdaderamente una gran
sandía. Fría, dulce y jugosa. El jugo me corría por mis brazos y me caía en
grandes gotas sobre los zapatos. Pero, ¿adivine qué? Después de la tercera o
cuarta rebanada, perdía interés en aquella sandía.
Tenemos un clásico ejemplo de esta
clase de amor en 2° Samuel 13, donde cuenta que Amnón
se llenó de deseo por Tamar, su media hermana. Los versículos 1 y 2 dicen que se enamoró de ella tanto
que cayó enfermo. Pero este no era más que amor eros.
En el versículo 14 dice que la obliga a «hacerle el
amor» a él. Ahora escuche lo que dice el versículo 15: «Luego la aborreció Amnón
con tan gran aborrecimiento, que el odio con que la aborreció fue mayor que el
amor con que la había amado. Y le dijo Amnón:
Levántate, y vete». Se había enfermado con batido de fresa; cuánto deseaba que
lo quitaran de su vista. Esto es lo que sucede cuando lo único que uno tiene es
eros. Los matrimonios que se basan
solamente en eros, por lo general duran
de seis meses a dos años.
Pero si las cosas llegan a
funcionar como deberían, después de la atracción mutua inicial, la pareja
cultiva el amor filia. Se conocen más el uno al otro y descubren que se quieren.
Disfrutan de estar juntos. Disfrutan de hacer cosas juntos.
Disfrutan de hablar el uno con el otro. Se divierten juntos.
Como ya se dijo, en sí mismo esto
es bueno. No es bueno que el hombre esté solo (Génesis 2.18); todos necesitamos amigos. La persona con quien nos
casemos debería ser nuestra mejor amiga. Cuando Tito 2.4 habla a la mujer joven acerca de amar a su esposo,
la palabra que se usa es una forma de filia. Pero, lamentablemente,
algunos se casan sin que el amor de ellos sobrepase alguna vez la íase filia. Como ya se dijo, su matrimonio
tiene problemas.
En primer lugar, el amor filia
no prevé para la parte poco atractiva de nuestras personalidades.
Todos tenemos ciertos rasgos
caprichosos de carácter y hábitos irritantes. Antes de casarnos, puede que
éstos sean celebrados con risa, o que incluso se les califique de «simpáticos».
No obstante, dentro de los estrechos lazos del matrimonio, tales rasgos pueden
adoptar dimensiones gigantescas.
En segundo lugar, el amor filia
no prevé o prevé muy poco para los cambios de personalidad. Todos estamos en un
estado continuo de cambio. Hoy no soy el mismo muchacho de diecinueve años con
el cual mi esposa Jo se casó. En algunos aspectos
puede que sea mejor. En otros, definitivamente empeoré. Pero lo cierto es que
he cambiado. Y es muy poco lo que el «amor amistad» por sí solo prevé para
tales cambios.
Recuerde que el amor filia
es «amor equipo de bolos». Digamos que en el equipo hay un compañero que tiene
una gran personalidad; que es un gran jugador de bolos. Estamos contentos de
tenerlo en el equipo. Pero por una u otra razón, se vuelve grosero, y esto
comienza a afectar su juego. Ya no es agradable estar con él y su puntuación en
los bolos está precipitando a todo el equipo al sótano. ¿Qué hacemos? «Por el
bien del equipo, nos deshacemos de él».
Así también, muchas parejas dicen:
«Ya no somos compatibles... Ya el matrimonio dejó de ser
divertido... Ya no tenemos nada en común... Nos hemos distanciado». Por lo
tanto, «por el bien de todos los afectados» se deshacen el uno del otro. (Si
alguna vez se han deshecho de usted, sabrá de qué estoy hablando.)
Los matrimonios que se basan
solamente en el amor eros y filia, y
que no pasan de esta fase, por lo general duran de siete a quince años —porque la mayoría de los matrimonios tienen períodos
de crisis en algún momento entre los siete y los quince años.
Pero si todo se hace como Dios
desea que se haga en el período del noviazgo, la pareja avanzará por fin a
la fase del amor ágape. El uno se decidirá por el otro. El uno y el otro se
conocerán bien. El uno y el otro decidirán diciendo: «Deseo pasar el resto de
mi vida con esa única persona». Luego el uno y el otro se comprometerán
a pasar el resto de su vida con esa única persona... a siempre cuidar, proteger y amar a esa única
persona, a siempre procurar lo mejor para esa única persona... cueste lo que cueste.
Recuerde que el amor ágape
es el «amor que hace llover sobre justos e injustos». No es un amor que se
ofrece porque la otra persona siempre es amable, sino ¡porque se ha hecho un
compromiso que consiste en siempre amar a esa persona!
Los matrimonios que se basen en el
amor eros, el amor filia y el
amor ágape, de parte de ambos cónyuges, durarán toda una vida.
La siguiente es, pues, la secuencia
y progresión que normalmente sigue el noviazgo en la civilización occidental,
si es que uno logra llegar hasta la fase del amor ágape. Comenzamos con
la atracción eros. Luego cultivamos la
amistad filia. Por último, hacemos un compromiso ágape. Uno
podría imaginarse que es como una pirámide, de la cual eros
constituye la base, y ágape la cima.
Apliquémoslo ahora al matrimonio.
En los matrimonios duraderos, la secuencia se da a la inversa. La base de la
pirámide se convierte en ágape, base sobre la cual descansan filia y eros.
Todos los niveles de la pirámide son
importantes. Eros es importante. En el matrimonio, hay dos que han de
llegar a ser una sola carne (Génesis 2.24; Mateo 19.5). Dentro del plan de Dios para el matrimonio, es
importante que los dos gocen de una relación física mutuamente satisfactoria (1ª Corintios 7.2-5). Cuando aconsejo a una pareja Joven que está planeando casarse, y noto
que no cuentan con buena información sobre el tema, información que esté
escrita desde la perspectiva cristiana, yo mismo les facilito alguna.
Pero este amor eros
necesita concordar con el amor filia y con el amor ágape, de modo
que sea una expresión de amor y preocupación por la otra persona. Cuando así
sucede, el amor eros le da realce al
matrimonio y lo embellece.
El amor filia también es
importante. Ya insinuamos que nuestro cónyuge debe ser nuestro mejor amigo. En
relación con esto, me encanta lo que dice Proverbios 17.17: «En todo tiempo ama el amigo». Un ejemplo bíblico
de un esposo y una esposa que tenían amor amistad, es el de Aquila
y Priscila (Hechos 18.2,26ss.). Hacían tiendas juntos, tenían estudios de
Como ya se dijo anteriormente, el amor
filia no debe estar sin su complemento. Necesita concordar con el amor ágape.
Cuando así se hace, el amor filia puede hacer muy especial el
matrimonio.
El amor más importante del
matrimonio, no obstante, es el amor ágape, el amor compromiso. Este amor
no es el que dice: «Te amo porque...»/ ni: «Te amaré si...», sino que es el que
sencillamente dice: «Te amo». Esta clase de amor no exige que se le
corresponda. Esta clase de amor hace lo que debe, lo haga o no la otra persona.
Muchos mantienen sus ojos cerrados
a los defectos de la persona con quien desean casarse, y una vez casados sus
ojos son abiertos a la fuerza. El amor ágape tiene sus ojos abiertos
antes del matrimonio, en un esfuerzo por tomar la decisión que agrada a Dios.
Luego, en cierto sentido, cierra sus ojos después del matrimonio. La manera
bíblica de expresar lo anterior se encuentra en 1ª Pedro 4.8: «El amor cubrirá multitud de
pecados».
Cuando un matrimonio se basa en el
amor ágape, siempre hay esperanza para él. A veces se me acercan
personas, completamente desgarradas, diciendo: «¡Ya no
amo a mi esposa (o esposo)!». Por lo general, lo que están dando a entender con
las anteriores palabras, es que los componentes eros
y filia de su matrimonio se han estropeado. Son personas a las que ya no
les atrae su cónyuge. Puede que ni siquiera les guste en ese momento. En tal
caso, lo que yo trato de hacer, es determinar si el componente ágape
sigue todavía intacto. ¿Existe todavía preocupación por el bienestar de la otra
persona? ¿Tienen todavía algún grado de compromiso? Si así es, los demás
aspectos del amor pueden ser reconstruidos, especialmente cuando las dos partes
así lo desean. Pueden volver a sus antiguas costumbres de noviazgo y
reconstruir un sentimiento especial el uno por el otro. Es un proceso que lleva
tiempo. Es muy difícil que una pareja, a la que le tomó ocho años estropear su
matrimonio, pueda remediarlo todo en un lapso de cinco sesiones fáciles. Pero
el matrimonio puede ser reconstruido.
¡La clave la constituye el cimiento del amor
ágape, el compromiso del uno con el otro!
Para terminar, permítame repasar
las dos cuestiones de las prioridades y el compromiso. Imagínese que usted y su
cónyuge, o el que va a ser su cónyuge, están de pie frente a mí, listos para
casarse. En la ceremonia se llevarán a cabo varias acciones, pero habrá dos de
primordial importancia. Cerca del comienzo, diré que «estamos ante la presencia
de Dios». Es preciso que haya una sensación de que se está ante la presencia de
Dios, y también el deseo de agradarle a Él. Tiene que haber un compromiso con
Dios. Después, cuando el momento de tomar los votos llega, les preguntaré a
cada uno de ustedes: «¿Promete usted amar,, honrar y
cuidar (a él o a ella), en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en
la pobreza, hasta que la muerte los separe?». Este es el compromiso del uno
con el otro.
No es solamente de palabras que
estamos hablando. Tampoco lo es de una fórmula tradicional. Es de un compromiso
de por vida que estamos hablando. Si usted desea un matrimonio feliz, que
agrade a Dios, y si usted desea que su persona, su cónyuge y sus hijos vayan al
cielo algún día, ¡más vale que su deseo sea en serio! Por favor ore conmigo:
Dios todopoderoso, el Dios que nos
hizo e instituyó el matrimonio para bendecir nuestra vida, perdónanos por no
hacer que el matrimonio sea lo que debe ser, todo lo que puede ser. Está con
los que ya estamos casados. Perdónanos por no saber valorar a nuestro cónyuge.
Ayúdanos a renovar el compromiso del uno con el otro. Ayúdanos a aprender a
mostrar amor el uno por el otro en todo aspecto. Está con los que están
contemplando casarse. Ayúdales a encontrar a alguien que bendecirá su vida y
los acercará a Ti. Ayúdales a prepararse para su matrimonio. Ayúdales a
comprometerse seriamente Contigo —y el uno\
con el otro. En el nombre de Jesús, Amén.