De la serie general: Lo más importante es el amor
(Lección 8)
Que no quepa la menor duda, es un mundo
loco y confuso en el que vivimos. Podemos hacer llegar a un hombre a la luna, pero no podemos llevarnos bien con el vecino de al
lado. Inventamos métodos para prolongar la vida y después inventamos métodos
para matar a la mitad de la población de la tierra. Tenemos más cosas que nunca
antes, pero a la vez nos da miedo salir solos de noche.
Cada vez son más las autoridades en diferentes campos del saber, que se
dan cuenta de que si no aprendemos a llevarnos bien —si no aprendemos a amarnos unos a otros— la civilización, tal
como la conocemos, está destinada a desaparecer. Ordway Tead lo expresó de la siguiente manera,
en el Illinois Medical Journal:
Según se desprende de la biología,
la antropología, la sociología, la historia, el análisis económico,
los nuevos conocimientos de la psicología, la pura cortesía humana y el sentido
común, cada día que pasa, se confirma y se reafirma más y más claramente el
imperativo para la supervivencia, de amar a nuestro
prójimo como a nosotros mismos.
Incluso Bertrand Russell, el autor de Por qué no soy cristiano, típico representante del humanismo
ateo, tuvo que reconocer lo siguiente:
La raíz de la cuestión es algo muy
sencillo y anticuado, tan sencillo que casi me da vergüenza mencionarlo, por temor de la sonrisa burlona con la cual los
cínicos recibirán mis palabras. Eso de lo que estoy hablando —por favor, perdónenme por mencionarlo— es el amor, el amor cristiano o la compasión.
Es como una canción lo expresaba
hace algunos años: «Lo que el mundo necesita ahora es amor, dulce amor».
Esa necesidad fue confirmada por Jesús hace casi dos mil años. Sucedió
cuando un intérprete de la ley se le acercó para probarlo con una pregunta: «¿Cuál es el gran mandamiento en la
ley?». Jesús le contestó:
Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande
mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la
ley y los profetas (Mateo 22.37-40).
En una lección anterior, nos referimos
brevemente a este pasaje, e hicimos hincapié en el
mandamiento número uno: amar a Dios. En una lección subsiguiente, tratamos el
concepto del amor a sí mismo. En esta lección, deseamos tratar el concepto de
amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
EL AMOR
SE SOMETE A PRUEBA: «AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO»
El mandamiento que dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» fue
dado primero por Moisés (Levítico 19.18) y repetido después por Jesús y
otros oradores y autores inspirados del Nuevo Testamento. No se peca de
exceso al recalcar su importancia. El mandamiento, dado en las anteriores palabras, se encuentra
ocho veces en el Nuevo Testamento.
Aprender a amar a nuestro prójimo
está ineludiblemente ligado a nuestro amor por Dios.
Si alguno dice: Yo amo a díos y aborrece
a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto,
¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este
mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano (1ª Juan 4.20-21).
Así, tenemos pasajes como los que
siguen. Cuando Jesús le respondió la pregunta al joven rico, sobre qué debía
hacer para tener la vida eterna, parte de su respuesta la dio con estas
palabras: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 19.19).
Cuando Pablo les escribió a los Calatas,
acerca de la forma como debían tratarse unos a otros, les dijo: «Porque toda
la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo»
(Calatas 5.14).
Cuando Santiago escribió en contra de hacer acepción
de personas, el siguiente versículo constituyó la esencia de su exhortación: «Si [...] cumplís la
ley real, conforme a
He aquí como el amor se somete a prueba:
Cuando se me invita a abrir mi corazón lo suficiente para amar a las personas y
llevarme bien con los demás. Esta es una prueba para todos nosotros.
Es una prueba para los jóvenes. Toda
encuesta que he visto, acerca de las necesidades expresadas por adolescentes,
pone en el primer lugar de la lista las siguientes palabras: Cómo llevarme bien
con los demás.
Es una prueba para los mayores. Tenemos
costumbres profundamente arraigadas. Tenemos los prejuicios de toda una vida.
Tenemos nuestros queridos horarios ya elaborados, y nuestro adorado círculo de
amigos, con los cuales nos sentimos a gusto. Es tan difícil romper el molde.
Alguien dijo que cualquier predicador que
diga que este es un mandamiento fácil, está dando a entender una de dos cosas: 1) que nunca lo ha intentado, o 2) que la gente que le rodea es buenísima. Lea el
siguiente poema: Amar
al mundo entero No me va a complicar. Tengo un problema empero: Mi vecino de a
la par.
Para apreciar esta prueba, dividamos el mandamiento en tres partes.
Primero, tomemos por aparte la frase «tu prójimo». ¿Quién es el «prójimo» que
se menciona en el mandamiento? Es probable que la mejor respuesta se encuentre
en Lucas
10.25-37. Otro intérprete de la ley trató de
probar a Jesús al preguntarle: «Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida
eterna?». En lugar de responderle, Jesús le hizo al intérprete de la ley una
pregunta: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?».
Este respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu
alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti
mismo». Jesús dijo: «Bien has respondido; haz esto, y vivirás».
Uno puede imaginarse al intérprete de la
ley preguntándose qué fue lo que lo golpeó. En lugar de ser Jesús el que pasara
la vergüenza, fue él, el experto en la ley, el que
fue puesto en apuros. Así que se le salió preguntar: «¿Y quién es mi prójimo?». Esta era otra pregunta polémica, una sobre la cual los especialistas en la ley de Moisés
tenían opiniones divididas. La palabra española «prójimo» se refiere
literalmente a uno que está «próximo», es decir, el que está cerca de uno. Pero Jesús deseaba que
este hombre —y que nosotros también— supiéramos que la palabra significa muchísimo más.
Así que, a modo de respuesta. Él contó la conocida parábola del Buen Samaritano (Lucas 10.30-37).
Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó
en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e
hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un
sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de
largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel
lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca deél[...](vers.os30-33).
Que no quepa la menor duda, el amor del samaritano fue sometido a dura prueba. De hecho, su amor fue sometido a una serie de pruebas. Estaba
la prueba del prejuicio. Los judíos y los samaritanos eran enemigos. Se aborrecían unos a otros.
Estaba la prueba de las prioridades. No hay duda de que el samaritano
andaba tan ocupado como el sacerdote y el levita. Tuvo que alterar su horario
para detenerse. Estaba la prueba del bolsillo. El ayudar a otros no sólo
cuesta tiempo, también cuesta dinero. Pero su amor
pasó las pruebas —tal como vemos en el resto del
relato.
[...] y viéndole, fue movido a misericordia; y
acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su
cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos
donarlos, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de
más, yo te lo pagaré cuando regrese (versos 33-35).
Jesús después preguntó: «¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo
del que cayó en manos de los ladrones?». El intérprete de la ley respondió: «El
que usó de misericordia con él». Entonces Jesús dijo: «Ve, y haz tú lo mismo»
(verso 37).
El punto es que el «prójimo» del
mandamiento «Amarás a tu prójimo», puede ser cualquiera —especialmente cualquiera con quien entremos en contacto
que tiene necesidades (Calatas 6.10). Pero, en vista de que todo el mundo
tiene una u otra clase de necesidades —si no son materiales, serán
espirituales y tal vez emocionales— la palabra cualquiera
resulta apropiada. Note Romanos 13.8-10:
No debáis a nadie nada, sino el
amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. Porque:
No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no
codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a
tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el
cumplimiento de la ley es el amor.
Note que Pablo dice que el amor es una
deuda que tenemos para con todos los hombres. ¿Por qué? Porque todos somos
hermanos en la carne, si no es que en el espíritu. Porque Dios nos amó y
nosotros debemos amar a los demás.
Otros pasajes que se refieren al
mandamiento de amar a nuestro prójimo, subrayan lo mismo: que el término
«prójimo» abarca a todos los seres humanos. En Calatas 5.13-15, el mandamiento se aplica a la manera como tratamos
a los hermanos en Cristo. Santiago 2.8 me dice que mi prójimo es el
hombre andrajoso que viene al culto.
Es probable que la prueba más grande de
este mandamiento, sea, no obstante, la que se da en el Sermón del Monte. Jesús
contrastó allí la antigua ley —y las tradiciones que la llegaron a
acompañar— con Su camino nuevo. Luego llegó al siguiente
contraste:
Oísteis que fue dicho: Amarás a tu
prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos,
bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por
los que os ultrajan, y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que
está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace
llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué
recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publícanos? Y si saludáis a
vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los
gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos,
como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto (Mateo 5.43-48).
Es obvio que los judíos del tiempo de
Jesús no entendían que el prójimo era cualquiera con necesidades —porque los enemigos también tienen necesidades. La
invitación que se nos hace es a ser perfectos como Dios —perfectos en el sentido de que nuestro amor abarca
tanto a nuestros amigos como a nuestros enemigos, del mismo modo que el amor de
Dios lo hace.
El mandamiento en el sentido de amar a nuestros enemigos es uno de los
más grandes distintivos del cristianismo —y es probable que sea la prueba más
difícil que alguna vez tendremos como cristianos.
Agreda usted a un musulmán y éste le cortará la
garganta en el nombre de Mahoma. Diga algo contra algún dignatario oriental, y
éste le pondrá frente al pelotón de fusilamiento. Esa es más o menos la
reacción natural. El poeta alemán Heinrich Heine hizo la siguiente descripción de la verdadera felicidad:
Mis deseos son un humilde rancho
con techo de paja, un buen lecho, buena comida, flores en mi ventana, y unos
cuantos hermosos y altos árboles a la entrada. Y si el buen Dios del cielo
realmente desea hacerme completamente feliz, me concederá el gozo de ver a seis
o siete de mis enemigos colgando de los altos y hermosos árboles.
Una vez estaba un predicador hablando
acerca de amar a los enemigos de uno, cuando se detuvo para decir: «Después de
todo, todos tenemos enemigos». En eso, un anciano alardeó diciendo: «Yo no». «¡Maravilloso! —exclamó el predicador— ¿Y cómo hizo?». «¡Sólo yo
quedé vivo de todos esos pillos!», dijo carcajeándose el anciano.
Digo nuevamente que la anterior es la
reacción natural. Pero Jesús dice que el cristiano ha de reaccionar de modo
diferente. Insulte usted a un hombre del mundo, y éste le golpeará. Pero
insulte a un cristiano, y ¡éste orará por usted y le traerá un tazón de sopa
cuando esté enfermo!
Pero habrá quien proteste: «¡No es natural reaccionar así!». Por supuesto que no. Ese
es el punto. El cristianismo nos capacita para elevarnos por encima de lo que
es simplemente natural y carnal. Pedro dice que por medio de las promesas de
Dios nosotros podemos «llegar a ser participantes de la naturaleza divina»
(2ª Pedro
1.4; énfasis nuestro).
¿Ha pensado usted alguna vez en el hecho de que el amor de Dios
también fue sometido a prueba? La verdadera prueba del amor de Dios no fue si
Él podía amar a gente como Abraham, José y David. La verdadera prueba fue si
podía amar a los que eran como Saulo de Tarso, que
corría por todo lado como un loco tratando de destruir Su iglesia, y matando
personas y desintegrando familias. Fue si podía amarlo a usted y a mí. Pero,
gracias a Dios, Su amor pasó la prueba. Ahora Pedro dice que con la ayuda de
Dios, nosotros podemos ser participantes de la naturaleza divina.
Podemos aprender a amar a todas las personas, aun a nuestros enemigos.
Devolvámonos a la primera parte del mandamiento: «Amarás [...]». Necesitamos repasar lo que significa la palabra
«amarás». Cuando se nos manda amar a nuestros enemigos, la palabra que se usa
es agapao, que no es tanto asunto de
emociones como sí de voluntad. La definición de ágape que elaboramos
para esta serie, es lo «que busca lo mejor para el ser amado». El mandamiento
no es en el sentido que amemos con amor filia a todo el mundo, ni que
amemos con amor filia a nuestros enemigos, sino que les amemos con amor ágape.
No se nos manda quererlos, sino amarlos. El énfasis
relacionado con el amor ágape es en ayudar a las personas, en
tomarse tiempo para ellas, en preocuparse lo suficiente para llenar sus
necesidades. Pablo dice en Romanos 13 qué es lo que el amor no
hace: «Cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu
prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el
cumplimiento de la ley es el amor» (versos 9-10; énfasis nuestro). Expresado
negativamente, si uno ama a su enemigo, no le hará nada que le cause daño. Para
el aspecto positivo, volvamos a Mateo 5. En el versículo 44, se da cierto paralelismo hebreo. El amar a los
enemigos significa que oraremos por ellos: Pero yo os digo:
Amad a vuestros enemigos, Y orad por los que os persiguen (NASB).
Luego note Romanos 12.19-21, que presenta tanto el aspecto negativo como el
positivo, de amar al enemigo:
No os venguéis vosotros mismos,
amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la
venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale
de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego
amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien
el mal.
Expresado negativamente, amar al enemigo
significa que uno no se vengará. Expresado positivamente, amar al
enemigo significa que uno llenará sus necesidades. Al actuar de esta
manera, uno «[amontonará] ascuas de fuego [...] sobre su cabeza»; puede que su conciencia se conmueva
cuando vea que usted le está devolviendo bien por mal.
Hace algún tiempo el Readers Digest publicó un artículo titulado: «Ame a sus
enemigos
—los volverá locos», el cual es un
enfoque humorístico de Romanos 12 y Mateo 5. Entre otras cosas, el autor, J. P. McEvoy, contó acerca de un hombre que compró una finca.
Cuando fue a ver lo que había comprado, se encontró con su nuevo vecino.
«No vea ahora, —dijo el vecino— lo que pasa es que cuando usted
compró este terreno, también se compró un pleito legal conmigo. Su cerca está
metida tres metros dentro de mi tierra».
El nuevo propietario sonrió y dijo:
«Creí que iba a encontrar vecinos amistosos aquí, y así va a ser. Y usted me va
a ayudar. Cambie de lugar la cerca y póngala donde usted guste, y me envía la
cuenta. Usted estará satisfecho, y yo seré feliz».
Según cuenta la historia, aquella
cerca nunca fue cambiada de lugar, y el enemigo potencial nunca fue el mismo.
Andaba por todo lado hablando consigo mismo. No salía de su asombro; después de
ello, aunque estaba un poco desconcertado, fue un vecino amistoso.
Otros pasajes subrayan también que la
idea clave de la manera como se ama con amor ágape a otra persona, es
ayudándole. Calatas 5.13-14 dice que la clave para amar a los
demás, es aprender a ser un siervo. En Santiago 2.8ss, amar a otra persona
significa que me molestaré por hacer que un visitante pobre se sienta recibido.
Primera de Corintios 13.4-7 resume lo que para mí supone amar
a todos los seres humanos: Seré paciente con ellos. Seré benigno con ellos. No
les tendré envidia. No me jactaré, ni me envaneceré. Seré cortés con todos los
seres humanos. Seré desinteresado en mis tratos con los demás. No me irritaré,
ni guardaré rencor. Siempre interpretaré de la mejor manera posible lo que otros
hagan.
Nunca me gozaré cuando le sobrevenga
el mal a otro, aunque sea enemigo. Seré capaz de sufrirlo todo. Pensaré lo
mejor; pondré mi mirada en lo bueno de las personas. Esperaré lo mejor.
Soportaré.
Dicho brevemente, en mis tratos con
los demás, incluso con mis enemigos, no reaccionaré, sino que actuaré —actuaré con amor, actuaré como Dios desea que actúe.
Permítame devolverme un poco. En
relación con la prueba de amar al enemigo, subrayé que el énfasis no se hace en
querer, sino en amar. Subrayé que el énfasis se hace en servir, en ayudar y en
llenar necesidades. Ahora permítame subrayar una vez más que no es mi intención
desechar las emociones correctas, ni siquiera en lo que tiene que ver con amar
al enemigo.
Si no tenemos cuidado, podemos dar la
impresión de que todo lo que supone amar al enemigo, es llevar a cabo ciertas
acciones. Puede que le demos un tazón de sopa a un enemigo enfermo, con la
actitud del que piensa: «Espero que el viejo fulano se atragante». Puede que al
llevar a cabo acciones que muestran preocupación lo estemos haciendo del mismo
modo que le arrojaríamos un hueso añejo a un perro gruñón, tan sólo porque nos
da temor de que si no lo hacemos,
A medida que aprendemos a servir, a
ayudar a los demás y a hacerles bien a nuestros enemigos, cultivemos también
una buena actitud. Despojémonos de la animosidad de nuestros corazones.
Despojémonos de la amargura. Aprendamos a perdonar. Pidamos en oración: «¡Dios, haznos personas compasivas!».
Antes de terminar, diré un par de
palabras acerca de la tercera parte del mandamiento: «Como a ti mismo». Un
entendimiento de esta frase puede subrayar muchas de las verdades que hemos
tratado de enfatizar.
¿Cómo nos amamos a nosotros mismos?
Hay muy pocas excepciones, pero la mayoría de nosotros no se mira al
espejo para decirse «Te amo, te amo, te amo (beso, beso, beso)». Más bien, lo que hacemos es cuidar de nuestras
necesidades. Después de que Pablo dijo que los hombres deben «amar a sus
mujeres como a sus mismos cuerpos», él explicó lo que quiso decir: «Nadie
aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida»
(Efesios
5.28-29; énfasis nuestro). Amar a los demás
como a nosotros mismos, consiste en ser lo suficientemente desinteresados para
suplir sus necesidades.
Por otro lado, este amor por sí
mismo por lo general incluye alguna emoción básica de preocupación por sí
mismo. Normalmente hay emoción de por medio. Del mismo modo, es necesario cultivar
un sentimiento de preocupación en nuestras relaciones con los demás/ incluso
con nuestros enemigos.
Cuando considero el amor a sí mismo,
pienso en un pasaje que resume lo que significa amar al prójimo de uno, aunque
la frase «ama a tu prójimo» no se encuentra en él. Es un pasaje conocido: «Así
que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros; así
también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas» (Mateo 7.12). Esta es la conocida regla de oro, que a menudo se
expresa con las siguientes palabras: «Haz con los demás, como a ti te gustaría
que ellos hicieran contigo».
¿Cómo sé que tal regla resume «el
segundo gran mandamiento»? Lo llego a saber al poner varios pasajes el uno
junto al otro. En Mateo 22.40, después de que Jesús dio las
últimas dos leyes del amor. Él dijo: «De estos dos mandamientos dependen toda
la ley y los profetas». En Romanos 13.9-10, Pablo dijo que si uno ama a su prójimo, uno cumple
la ley. En Calatas 5.14 volvió a decir que la ley se
cumplía en el mandamiento de amar al prójimo de uno. Compare estos pasajes con
Mateo
7.12, donde Jesús dice que «la ley y los
profetas» se resumen en la regla de oro. Si el mandamiento de amar a su prójimo
resume la ley, y la regla de oro también la resume, entonces el mandamiento de
amar a su prójimo, debe de significar básicamente lo mismo que el mandamiento
en el sentido de «hacer con los demás» como nos gustaría que ellos hicieran con
nosotros. Tal como reza la antigua ecuación algebraica: «Dos cosas iguales a
una tercera, son iguales entre sí».
Pero, ¿qué significa tratar a los demás como a nosotros nos gustaría
ser tratados? Permítame subrayar una cosa en este momento: A mí me gusta que me
traten con paciencia y comprensión. Por lo tanto, necesito tratar a los
demás con paciencia y comprensión.
¿No es así como a usted le gusta que
los demás lo traten? Usted no es perfecto, y yo tampoco lo soy. Pero los dos
estamos esforzándonos. De modo que nos gustaría que la gente tuviera paciencia
con nosotros. Nos gustaría que la gente tratara de comprender por qué somos
como somos, y por qué hacemos lo que hacemos.
De modo que eso significa que debemos
tratar a los demás de esa manera, aun a nuestros enemigos. Necesitamos ser
pacientes. Necesitamos ser comprensivos. Eso no significa que vamos a consentir
en otros lo que está mal, sí significa que estaremos mejor capacitados para
relacionamos con ellos y para ayudarles. Sí significa que trataremos de
comprender su forma de ser. «Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con
paciencia los unos a los otros en amor» (Efesios 4.2). «El amor cubrirá multitud de pecados» (1ª Pedro 4.8).
Para hacer esta lección tan práctica
como sea posible, me gustaría que pensara usted en una persona a la que halla
difícil amar. Me gustaría que la considerara como la prueba especial a la cual
se somete su amor, prueba que dirá si su amor es verdadero o no. Tome la
determinación de concentrarse en las próximas semanas (o meses o años) en
aprender a amar a esa persona —y a mostrar su amor. Este ejercicio
ensanchará su alma de un modo que ninguna otra cosa lo hará.
En esta lección hemos hablado acerca
de una de las pruebas más difíciles de nuestro amor: el aprender a amar a todo
el mundo
—incluso a nuestros enemigos.
Mientras nos preparamos para entonar un cántico de invitación, permítame
recordarle que también hay algunas pruebas del amor en cuanto a nuestra
relación con el Señor. Por ejemplo. Jesús dijo en Juan 14.15: «Si me amáis, guardad mis mandamientos». Esta
invitación será, por lo tanto, un verdadero momento de prueba para algunos:
para los que necesitan ser bautizados y para los que necesitan ser restaurados.
Si necesita responder, es nuestra oración que usted pase la prueba. FIN