De la serie: Lo más
importante es el amor
(Lección 7)
Generalmente, en la mayoría de los
púlpitos se enseña y se hace énfasis pasajes como estos:
Todos nosotros nos descarriamos
como ovejas, cada cual se apartó por su camino
(Isaías
53.6).
Todas nuestras justicias [son] como
trapo de inmundicia (Isaías 64.6).
No hay justo, ni aun uno (Romanos 3.10).
Por cuanto todos pecaron, y están
destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3.23).
Se hacía notar que Jesús dijo:
«Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de
ellos es el reino de los cielos» (Mateo 5.3), y que la palabra griega que se traduce por «pobre», no significa tener poco, sino
no tener nada. El cuadro que se presenta es el de un hombre que, dándose cuenta
de su destitución espiritual, extiende su mano vacía a Dios. La palabra
«autoestima» no era desconocida al tiempo que salimos de los Estados Unidos;
sin embargo, una cosa era segura, y es que no era
objeto de grandes consideraciones teológicas.
Cuando volvimos a los Estados Unidos, a fina les de 1977, el ambiente religioso estaba saturado con el concepto de autoestima,
siendo una frase clave «la imagen de sí mismo». Había libros, sermones,
artículos y carteles declarando que la humanidad tiene problemas con la imagen
de sí misma, y que, si todos cultivamos una imagen
favorable de nosotros mismos, la mayoría de nuestros problemas, si no es que todos, desaparecerían. Se les estaba
diciendo a los padres cristianos que la tarea más grande que tenían delante de
sí, era desarrollar en sus hijos una imagen favorable de sí mismos.
No soy demasiado orgulloso para
reconocer que siempre es posible que haya pasado por alto algo en
Que yo sepa,
nadie niega el hecho de que Jesús (y otros) dieron por sentado el amor a sí
mismo en Mateo 22.39, y en otros pasajes que citan Levítico 19.18. Sin embargo, hay que preguntarse si es cierto que Jesús estaba
enseñando lo que algunos dicen hoy día que Él estaba enseñando. ¿Qué significa
amarse a uno mismo?
Esta lección no será primordialmente
sobre la autoestima. No hay duda de que muchos tienen problemas para funcionar
adecuadamente en su vida personal y religiosa, debido a que tienen una imagen
muy poco favorable de sí mismos. Se hizo énfasis en lo anterior en una reunión
con un grupo de predicadores que se llevó a cabo recientemente. Un predicador
habló de miembros que jamás habían conocido el gozo
del cristianismo. Muchos predicadores dijeron que estaban tratando de ayudar a
personas que están destruyendo su matrimonio y otras relaciones debido
fundamental mente a que no se quieren a sí mismas.
No hay manera de que pueda abarcar
todo lo que se podría y se debería tratar sobre este tema. Será mi propósito
analizar qué significa amarse a uno mismo, y el tema de la autoestima será
tratado únicamente de modo indirecto, en la medida que se relacione con el
texto. Espero, no obstante, que algo de lo que se diga sea útil para los que
tienen problemas con la autoestima.
Mi enfoque será una serie de cinco
contrastes. En cada caso me referiré primero a lo que el amor a sí mismo no
significa, desde el punto de vista bíblico, y después, a lo que sí significa.
EL AMOR A SÍ MISMO NO SIGNIFICA QUE JESÚS DIO
UN TERCER MANDAMIENTO
Muchos insinúan que Jesús dio tres mandamientos
en Mateo
22.37-40:1) Ama a Dios; 2) ama a tu prójimo y 3) ámate a ti mismo. Sin embargo, el texto que estamos estudiando
subraya que Jesús sólo dio dos mandamientos: «Este es el primero y
grande mandamiento. Y el segundo es semejante [...] De estos dos mandamientos dependen toda la
ley y los profetas». (Énfasis nuestro.) Menciono esto porque algunos parecen
creer que si una persona no se siente bien consigo misma, ella es culpable de
desobedecer un principio fundamental del Señor. Así, a muchos se les hace
sentir culpables porque no «se sienten bien» consigo mismos.
EL AMOR A
SÍ MISMO SÍ SIGNIFICA QUE ES NATURAL AMARSE A SÍ MISMO
En lugar de mandar que nos amemos a nosotros mismos, el texto da
por sentado que nos amamos a nosotros mismos. El amor a sí mismo se
considera axiomático, es decir, manifiesto. La mayoría de nosotros normalmente
cuidamos de nosotros mismos; así nos hizo Dios. Un antiguo proverbio inglés
dice: «La auto-preservación es la primera ley de la naturaleza». Por otro lado,
no estamos hechos de modo que automáticamente amemos a los demás. De
modo que Jesús dice que debemos amar a los demás como a nosotros mismos.
EL AMOR A
SÍ MISMO NO SIGNIFICA QUE UNO DEBE «SENTIRSE BIEN» CONSIGO MISMO
La palabra que se traduce por «amor» en Mateo 22.37-40, es una forma de ágape. Recuerde lo que se
dijo acerca del amor ágape: Ágape no es un amor que carezca de
emoción; sin embargo, no depende de la emoción. Cuando amamos con amor ágape
a nuestros enemigos, no se exige de nosotros que tengamos sentimientos cálidos
para con ellos. Mientras escribo a máquina esta lección en una habitación de
motel, mi esposa está viendo por televisión un programa sobre los violadores.
Dudo seriamente de que a una mujer que fue violada, por más cristiana que sea,
se le mande «sentirse bien» con el violador. Lo que se le manda es que ame a
este hombre, que se preocupe por su alma, pero no está obligada a tener
sentimientos cálidos para con él. «Sentirse bien» no es un componente inherente
al amor ágape.
Hay un pasaje que habla acerca del amor a sí mismo en el sentido de
sentirse bien consigo mismo: 2ª Timoteo 3.1-5. En el versículo 2, la frase «amadores de sí mismos» se forma con filia
(amor) y autos (a sí mismos). Recuerde que
filia supone sentimientos cálidos y emociones. Piense en lo que Pablo está
diciendo; las siguientes son las consecuencias de la clase equivocada de amor a
sí mismo:
También debes saber esto: que en
los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de
sí mismos, avaros,
vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres,
ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables,
calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno,
traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los
deleites más que de Dios. (Énfasis nuestro.)
Por favor, no mal entienda. No estoy diciendo que al cristiano se le manda
sentirse mal consigo mismo todo el tiempo. A veces deberíamos sentirnos
mal con nosotros mismos, especialmente cuando se nos
confronta con nuestros pecados. A esto se le llama «culpa», y dentro del plan
de Dios, la culpa ha sido concebida para hacer que nos arrepintamos de nuestros
pecados y nos volvamos a Él, de modo que podamos
ser perdonados por Su gracia. Si nunca nos sentimos mal con nosotros mismos, es porque algo anda terriblemente mal con nuestra
conciencia. Por otro lado, no hay duda de que son muchas las razones por las
que el cristiano debe sentirse bien consigo mismo. Entre éstas están, por ejemplo, la enseñanza,
la vida y la muerte de Jesús.
Jesús enseñó que Dios lo hizo a usted
(Mateo 19.4), y, como bien sabemos, «todo lo que Dios hizo fue bueno». Jesús también
enseñó que usted tiene mucho mayor valor que todo el mundo: «Porque ¿qué
aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre
por su alma?» (Mateo 16.26). Otra razón es la vida de Jesús; Él dejó el cielo y vino a este mundo
por usted:
Haya, pues, en vosotros este sentir
que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó
el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo,
tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la
condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2.5-8).
Y no se olvide de la muerte de Jesús; Él
le ama a usted y murió por usted (Juan 3.16). Si no hubiera habido nadie más
sobre la tierra, excepto usted, Jesús siempre habría muerto por usted.
No estoy diciendo que usted
debería sentirse mal consigo mismo. Lo que estoy diciendo es que
«sentirse bien consigo mismo» no es lo que se contempla en Mateo 22.39.
Tal vez debería hacerse notar de paso
que, además de las necesidades materiales, cada uno de nosotros tiene
necesidades emocionales. Necesitamos seguridad:
seguridad física para el futuro, y seguridad emocional (aceptación
incondicional). También necesitamos sentir que tenemos valor. Para llenar esta
necesidad es preciso tener un propósito en la vida, y la oportunidad para
desarrollar todo nuestro potencial. En vista de que el amor a sí mismo
significa que cuidamos de nosotros mismos y llenamos nuestras necesidades, es
razonable que uno pueda legítimamente tratar de llenar estas necesidades emocionales.
Pero tome nota de esta advertencia: Si el llenar estas necesidades se convierte
en la aspiración más importante de nuestra vida, nuestros esfuerzos tendrán
efectos contraproducentes. Tal como el autor James Dobson
hace notar: «A diferencia del apetito por alimento, agua, sexo y otras
exigencias fisiológicas del cuerpo, la necesidad de autoestima se vuelve cada
vez más exigente conforme va siendo satisfecha».
EL AMOR A SÍ MISMO NO SIGNIFICA QUE UNA
IMAGEN FAVORABLE DE SÍ MISMO SEA DE
SUMA IMPORTANCIA
Por supuesto que yo no sería capaz de afirmar que una imagen favorable
de sí mismo carece de importancia. Una imagen favorable de sí mismo puede
ayudarle a uno en la realización de muchos objetivos de esta vida. Considere al
atleta que se «mentaliza» antes de la gran competencia. También, una imagen
favorable de sí mismo puede ayudarle a uno en sus relaciones con los demás, y,
por el contrario, una imagen desfavorable puede echar a perder tales
relaciones. Si no me puedo llevar bien conmigo mismo, es probable que no me
pueda llevar bien con los demás. Pero sigue siendo cierto que no hay nada en el
texto que estamos estudiando, ni en ningún otro pasaje de
De hecho, a medida que uno avanza en su
estudio de
EL AMOR A SÍ MISMO SÍ SIGNIFICA QUE UNO PUEDE
TENER UNA IMAGEN DESFAVORABLE DE SÍ MISMO, Y AUN ASÍ AGRADAR A DIOS
Según el texto que estamos estudiando. Mateo 22.39, si uno 1) ama a Dios y 2) ama a los demás, agradará a Dios.
Necesitamos entender que es posible
tener una imagen favorable de sí mismo, y aun así estar perdido. En Lucas 18, Jesús cuenta acerca de un fariseo que fue al templo
a orar. Es obvio, según se desprende de sus palabras, que tenía una imagen muy
favorable de sí mismo: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros
hombres, ladrones, injustos, adúlteros [...] ayuno dos veces a la semana, doy
diezmos de todo lo que gano» (versos 11-12). Sin embargo, su oración no fue
oída.
Por otro lado, es posible tener una
imagen desfavorable de sí mismo, y ser salvo. Esto fue lo que dio a entender
Juan:
Y en esto conocemos que somos de la
verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él; pues si nuestro
corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las
cosas. Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios
(1ª Juan 3.19-21).
Son dos clases de hombres los que
describe Juan. Los dos son piadosos. Los dos aceptan a Jesús como un ser
divino, y los dos obedecen a Dios. Pero uno de ellos todavía tiene un corazón
que le reprende, es decir, tiene una conciencia que le hace sentir culpable.
Tal vez se deba a la forma como fue criado. No cree que merezca el perdón. No
conoce el gozo de la salvación. El otro, por el contrario, tiene un corazón que
no le reprende, es decir, su conciencia está limpia. Como resultado de ello,
está seguro de su vida cristiana. Es obvio que Juan desea que todos nosotros
seamos como el segundo hombre. Deberíamos tratar de creer todo lo que podamos,
en las promesas de Dios. Entre otras cosas, necesitamos aprender a perdonarnos
a nosotros mismos.
Uno puede ser como el primer hombre, y
aun así ser salvo. Mientras seamos cristianos y estemos tratando con todas
nuestras fuerzas de hacer lo que Dios desea, aun si nuestro corazón todavía nos
reprende, podemos tranquilizarnos con esta gran verdad: ¡«Mayor que nuestro
corazón es Dios»!
Las dos clases de personas podrían
compararse con dos hombres que abordan un aeroplano. A uno le horroriza volar y
no logra tranquilizarse ni un momento durante todo el vuelo. El otro, en
cambio, no tiene temor alguno y disfruta del vuelo. Los dos, sin embargo,
llegan a su destino.
No me malentienda. Dios desea que
disfrutemos del peregrinaje cristiano; Él no desea que estemos aterrorizados
durante todo el viaje. Cada uno de nosotros necesita estar fortaleciendo su fe
y confianza en el Señor, con el fin de que la vida cristiana sea más agradable
cada día que vivimos. Pero, si por causa del temperamento, o de la manera como
fuimos criados, no llegamos a aprender a tranquilizarnos totalmente en nuestra
vida cristiana, ello no tiene por qué ser mortal. Mientras no permitamos que
nuestra preocupación por nuestra condición espiritual nos desanime al punto de
que renunciemos, podemos tener lo que el mundo llama una imagen desfavorable de
nosotros mismos, y aun así ser salvos.
EL AMOR A
SÍ MISMO NO SIGNIFICA QUE UNO TIENE QUE ESPECIALIZARSE» EN SÍ MISMO
Vivimos hoy día en la «generación del yo primero». Primero tuvimos una
revista llamada Life (Vida). Después
comenzó a publicarse la revista People
(Gente). Más adelante apareció una revista llamada Us
(Nosotros), seguida de otra llamada Self
(tino mismo). Alguien insinuó que, al paso que vamos, al final vamos a
tener una que se llame Me (Yo), la cual estará llena de páginas de papel
de aluminio, para que me pueda ver a mí mismo. La siguiente quintilla jocosa
expresa la actitud egocéntrica de hoy día:
De tanta belleza se creía Narciso,
Que a su propia imagen caía sumiso; Y contemplándose quedaba extasiado, Siendo
su rostro por él mismo alabado; Lo que para necios, aún hoy, es preciso.
Al reflexionar sobre el egocentrismo de
hoy día, me pregunto cuánto del discurso que se oye acerca de la autoestima, no
será más bien un reflejo de la era en que vivimos, y no tanto una clara
enseñanza que provenga de
Si algo enseñan
las Escrituras, ello es el peligro que conlleva el poner demasiado énfasis en
uno mismo. El hombre rico de Lucas 12 estaba preocupado únicamente por
sí mismo:
Y él pensaba dentro de sí,
diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto
haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos
mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados
para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate (versos 17-19; énfasis nuestro).
Esto fue lo que Dios dijo a este hombre
egoísta: «Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto,
¿de quién será?» (verso 20). Jesús dijo: «Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios» (verso 21; énfasis nuestro).
Por toda
Si usted quisiera estudiar a fondo la
relación entre el amor a sí mismo y el egoísmo, le recomiendo el libro The Danger of Self-Love (El peligro del amor a sí mismo), de Paúl Brownback. Este autor hace notar que «por
casi dos mil años, los teólogos estudiaron las
Escrituras sin descubrir la doctrina del
amor a sí mismo, tal como la conocemos hoy día». Hace notar, además, que el
primer autor contemporáneo que usó los versículos sobre el amor a uno mismo,
para enseñar que el amor a sí mismo es un asunto de gran importancia, no fue un
autor religioso, sino un humanista confeso, llamado Erich
Fromm.
Es extremadamente peligroso, desde el
punto de vista espiritual, «especializarse» en uno mismo, cualquiera que sea el
motivo que uno pueda tener.
EL AMOR A SÍ MISMO SÍ SIGNIFICA QUE SE DEBE
TOMAR UNO MISMO COMO «ASIGNATURA
SECUNDARIA»
En lugar de enseñarnos que debemos «especializarnos» en nosotros
mismos, el texto que estamos estudiando, da a entender claramente que debemos
tomarnos a nosotros mismos como «asignatura secundaria». Tal como vimos en la
lección sobre las prioridades del amor, uno mismo ocupa una posición después de
Dios y del prójimo. En la lección que sigue, veremos que la expresión
«prójimo» en realidad abarca a cualquier persona —y no andaríamos muy lejos, si afirmáramos que se refiere a todo el
mundo. En vista de que en el año 2000 la población mundial llegó a los
seis mil millones, es posible que hoy día haya sobrepasado en gran manera tal
cifra. Para el propósito que nos ocupa, no obstante, digamos que todavía anda
por los seis mil millones. Si Dios ha de estar en primer lugar, todo el mundo
en el lugar que sigue, y yo mismo de último, ¡quiere decir que voy a estar como
en la posición seis mil millonésima! ¡De cualquier modo que se mire, estamos
hablando de un lugar muy abajo en la lista! El texto que estamos estudiando, no
anima a la exaltación de uno mismo; más bien, si a algo anima, ello es al
menosprecio de uno mismo.
Las Escrituras no hacen hincapié en el
amor a sí mismo. Tampoco enseñan el aborrecimiento de sí mismo. Lo que sí
enseñan es el olvido de sí mismo. Tómese unos minutos para pensar en los
siguientes pasajes y en las consecuencias que de ellos se desprenden:
Entonces Jesús dijo a sus
discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome
su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida la perderá; y todo
el que pierda su vida por causa de mí/
la hallará (Mateo 16.24-25; énfasis
nuestro).
Los primeros serán postreros, y
los postreros, primeros (Mateo 20.16).
Porque el que se enaltece será
humillado, y el que se humilla será enaltecido (Mateo 23.12).
Digo [...] a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto
de sí que el que debe tener (Romanos 12.3).
Ninguno busque su propio bien, sino
el del otro (1ª Corintios 10.24).
El amor no es jactancioso, no se
envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo (1ª Corintios 13.4-5).
Jesús no dijo: «Te veré en la
cumbre», sino: «Te veré abajo —a medida que aprendes a servir». La
aceptación de sí mismo es buena, pero mejor es el olvido de sí mismo —y lo ideal es el sacrificio de sí mismo.
El énfasis de las Escrituras no es
en la autoestima, sino en la otroestima.
Nada hagáis por contienda o por
vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada
uno a los demás como superiores a él mismo (Filipenses 2.3).
[Reconoced] a los que trabajan
entre vosotros [y tenedlos] en mucha estima y amor
por causa de su obra (1ª Tesalonicenses 5.12-13).
Un sentimiento de valía propia es en gran manera
como un sentimiento de felicidad y de contentamiento; si alguno de los
anteriores es perseguido como un fin en sí mismo,
se volverá difícil de lograr. Sin embargo, muchas
veces pasa que si nos olvidamos de nosotros mismos,
y nos concentramos en hacer que otros se sientan bien,
o felices, o contentos,
una consecuencia de ello es que estos sentimientos llegan a ser nuestros.
EL AMOR A
SÍ MISMO NO SIGNIFICA QUE ESTE AMOR DEPENDE DE LOS CRITERIOS DEL MUNDO
Hace algún tiempo compré el libro de James Dobson, titulado Hide or Seek (Escóndete o busca), el cual lleva por subtítulo: Cómo elevarle la
autoestima a su hijo. Me encanta el libro, y se
lo recomiendo a todo padre. La idea clave del libro es que la razón por la cual
muchos parecemos tener problemas con la autoestima,
es porque nos hemos dejado influenciar por el sistema de valores del mundo.
Habla de la belleza, como la moneda de oro de la
valía humana, y de la inteligencia, como la moneda de plata, seguida de cerca
por la moneda del dinero. Hace notar que, desde que nacemos, somos
condicionados a creer que tenemos poco valor, a menos que tengamos estas
cualidades que el mundo considera valiosas. Hasta nuestros cuentos de hadas
proclaman este mensaje. ¿Habría besado el Príncipe del cuento a
Sin embargo, nuestra valía no depende
de bienes tan superfinos. El diablo nos ha vendido una cuenta de bienes. Nos
encanta ser atractivos, inteligentes, simpáticos y exitosos, todo lo cual es
transitorio, es decir, está aquí para después desaparecer. «El mundo pasa, y
sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre»
(1ª Juan 2.17).
Si me dejo influenciar por el sistema de
valores del mundo, no sólo tendré como resultado que no me voy a querer a mí
mismo, sino que tampoco voy a querer a los demás. Si no me puedo amar a mí
mismo, a menos que sea bonito, inteligente o exitoso, tampoco podré amar a los
demás, a menos que sean atractivos, inteligentes o financieramente exitosos. Es
tan difícil no aceptar lo que el mundo considera valioso, sin embargo, si he de
ser un cristiano que en verdad ama a los demás, es preciso que me esfuerce por
rechazar criterios tan superficiales.
Entre más nos esforcemos algunos de
nosotros por tener una imagen más favorable de nosotros mismos, menor será
nuestra autoestima. Entre más detenidamente nos miremos, más conscientes
estaremos de nuestras deficiencias, y por más razones que busquemos no habrá
manera de convencernos de que realmente somos personas superespeciales. Cuando
el gran profeta Elías apartó de Dios sus ojos, y se empezó a ver a sí mismo con
detenimiento, se sumió en la más honda desesperanza, y dijo: «OH Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor
que mis padres [... ] sólo yo he quedado, y me buscan para
quitarme la vida» (1ª Reyes 19.4,10). Necesitamos apartar nuestros pensamientos de nosotros
mismos, y nosotros mismos de nuestros pensamientos. El examen de sí mismo
seguido de arrepentimiento y de un cambio del comportamiento, es siempre
valioso (2ª Corintios 13.5; 7.10). Por otro
lado, una excesiva fijación de la mirada espiritual en sí mismo es un’
ejercicio para darse gusto uno mismo, y rara vez da como resultado algo que valga la pena.
El texto que estamos estudiando. Mateo 22.39, declara lo que sí es verdaderamente importante: Una buena
relación con Dios. Cuando uno la tiene, El suplirá todas sus
necesidades, incluidas las necesidades emocionales. Tal como Pablo subrayó:
Mi díos, pues, suplirá
todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús
(Filipenses 4.19).
Y a Aquel que es poderoso para
hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos,
según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo
Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén (Efesios 3.20-21).
Hice notar anteriormente las necesidades materiales
y emocionales básicas que todos tenemos. Es importante que el cristiano se dé
cuenta de que todas éstas son llenadas en Jesucristo. Nuestras necesidades
corporales básicas son suplidas si «buscamos primeramente» el reino de Dios (Mateo
6.33). Nuestra necesidad de seguridad física para el
futuro es llenada cuando se nos tranquiliza con la promesa de que Dios estará
con nosotros y nos dará todo lo que necesitamos (Mateo 6.34; Filipenses 4.6). Nuestra necesidad de seguridad
emocional, es decir, de aceptación incondicional, es llenada en Cristo; el amor
de Dios es in-condicional (Romanos 5.8; 8.35, 39). La
necesidad de tener un propósito en la vida, de modo que nos podamos sentir
valiosos e importantes, es llenada por el Señor; El nos otorga propósito para
esta vida y esperanza para la venidera (Filipenses 1.21; Efesios 2.10). Y la necesidad de lo que algunos
sicólogos llaman «realización personal», en otras palabras, la oportunidad de
desarrollar el pleno potencial de uno, es llenada en el cristianismo al tener
la oportunidad y el estímulo para crecer en Cristo, hasta llegar a ser
espiritualmente maduro (Efesios 4.15; Colosenses 1.28; etc.).
En el libro de Dobson
sobre cómo elevar la autoestima de nuestros hijos, después de dedicar páginas
enteras dando muchas sugerencias valiosas, él expresa la idea fundamental:
El aporte más valioso que un padre
puede hacerle a su hijo, es infundirle una auténtica fe en Dios. ¿Qué mayor
satisfacción para el ego puede haber, que la de saber que el Creador del
Universo me conoce personalmente? Y que la de entender que Él me valora más que
las posesiones del mundo en su totalidad; que Él entiende mis temores y
ansiedades; que Él llega a mí con un inconmensurable amor cuando a nadie más le
importo; que Su único Hijo en verdad dio Su vida por mí; que Él
puede convertir mis debilidades en fortalezas, y mi vacío en plenitud; que una
mejor vida sigue a esta, donde las flaquezas actuales y las deficiencias serán
todas eliminadas —donde el dolor y el sufrimiento
terrenales ¡no serán más que un borroso recuerdo! Qué hermosa filosofía con la
cual «revestir» a su tierno hijo. Qué estupendo mensaje de esperanza y de
aliento para el adolescente desanimado al cual le agobian las circunstancias de
la vida. Esto es autoestima en su más elevado nivel, autoestima que no depende
de los caprichos del origen o de la valoración de la sociedad, ni del culto al
súper - hijo, sino que depende del decreto divino.
Si por alguna razón usted no se quiere a
sí mismo, no lo culpo por tratar de hacer todo lo posible por restituir alguna
dosis de amor propio. Sin embargo, la mayoría de los remedios para la baja
autoestima, que proponen los hombres, no son más que parches sicológicos. El
único remedio verdadero proviene de una estrecha relación con Dios. La mayoría
de nosotros necesita poner menos su mirada en sí mismo, y comenzar a ponerla
más en Dios.
Como en todo aspecto de la vida,
necesitamos un equilibrio. El cristiano que ha aprendido a poner su mirada en
Dios no dice: «Soy maravilloso», pero tampoco dice: «No valgo nada». Más bien
dice: «Tengo un maravilloso Señor—y ¡todo lo puedo en Él (Filipenses 4.13)! Soy pecador, pero Dios me amó a pesar de ello.
¡Alabado sea Su nombre! ¡Ahora dependo de Él!».
¿Cómo está su relación con
Dios? No podrá ayudarles a otros con las necesidades espirituales de ellos,
mientras no llene primero las suyas. «Ten cuidado de ti mismo y de la
doctrina
[...] pues haciendo esto, te salvarás a
ti mismo y a los que te oyeren» (1ª
Timoteo 4.16). Si hay algún modo como le podamos
ayudar en cuanto a su relación con el Señor, por favor responda. FIN