Amor
Firme
De la serie: Los más importante es el amor
(Lección
3)
La frase «amor firme» puede parecerles
extraña a algunos. Para éstos, el amor es débil,
inútil y, tal vez, hasta afeminado. Pero preste atención a las
siguientes palabras de Pablo:
Para que os dé, conforme a las riquezas de
su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu;
para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los
santos cuál sea la anchura, la longitud, la
profundidad y la altura, y de conocer el amor de
Cristo, que excede a todo conocimiento, para que
seáis llenos de toda la plenitud de Dios (Efesios 3.16-19).
El anterior es un pasaje cargado de poder —y gran parte de ese poder proviene del amor. Note especialmente la
frase que dice: «arraigados y cimentados en amor». He aquí un cuadro de
solidez, fortaleza y resistencia. No hay debilidad alguna en el verdadero amor.
Hay un libro con este titulo: «Cómo pueden los padres hacerle frente a
la drogadicción». Es un programa para enfrentar la
drogadicción, de Palmer. Este libro comienza narrando la escena de un
adolescente llamado Ted, que se encuentra en la cárcel acusado de consumo de
drogas. Sus padres le pagan la fianza, después lo regañan, y en aquella familia no hay ninguno que esté
contento. El autor dice: «Si leen este libro, es probable que del todo no vayan
a la cárcel, a buscar a Ted, la próxima vez que éste
sea arrestado». En lugar de ello, explica el autor, la
respuesta que le darán será más o menos como sigue: «”No, hijo. Te amamos y deseamos lo mejor para ti. Estas drogas te están matando, así que no te sacaremos de la cárcel esta vez”, le dirán a su hijo, y
firmemente colgarán el teléfono». El autor le llama a lo anterior «”amor firme”, un concepto que faculta para la acción
a la única persona que puede hacer algo por su problema con la droga. Esa
persona es Ted, el drogadicto en sí».
Otro libro apareció en el mercado, que usa
la frase «amor firme», y es de James Dobson; libro que lleva por título: El
amor debe ser firme. Este volumen trata
primordialmente sobre cómo hacerle frente al problema de las aventuras extramaritales.
La palabra bíblica que se refiere a este «amor firme» es ágape.
En la lección dos, hablamos acerca de las cuatro palabras que usaban los
griegos para referirse al amor: eros: atracción física, storge: amor familiar y lealtad, filia:
amor amistad, y ágape, Hicimos notar que, para efectos prácticos, ágape era una palabra
nueva en el sentido que la usaron los autores y oradores neotestamentarios. Hicimos notar, además, que la palabra es difícil de definir.
Usamos frases tales como «acto de la
voluntad», y amor que «procura lo que mejor conviene» al objeto de ese amor.
Por último, subrayamos que ágape es la palabra con que el Nuevo
Testamento se refiere al amor. Afinemos nuestro entendimiento de esta palabra ágape, a medida que hacemos hincapié en
que ella se refiere al amor firme.
ÁGAPE
ES AMOR FIRME
Para entender la frase «amor firme», permítame dividirla en dos partes.
La primera, ágape, es «amor», verdadero amor. Si no tenemos cuidado,
cuando terminemos el análisis de la palabra ágape, ésta puede sonar como
un amor frío, clínico y calculador, es decir, como un amor tipo computadora.
Pero ágape no es así. En el Nuevo Testamento se utiliza a menudo
de modo intercambiable con las demás palabras que se refieren al «amor» (p. ej.
Romanos
12.9-10). Juan 11 subraya que Jesús amaba a Lázaro. Sin embargo, los versículos 3 y 11 usan la palabra fileo, mientras que el versículo 5 usa la palabra agapao.
En otro ejemplo, Juan se refirió a sí mismo cuatro veces como el discípulo a
quien Jesús amaba; tres de esas veces usó la palabra agapao
(Juan
13.23; 19.26; 21.20), pero una vez incluye la palabra fileo (Juan 20.2). Otra ilustración se encuentra en
Hebreos
12.6, donde se cita Proverbios 3.12. El Señor al que ama disciplina y azota. La palabra
usada es agapao. Pero la misma idea se
encuentra en Apocalipsis 3.19, donde la palabra usada es fileo.
Ágape no es amor carente de emoción, ni
de sentimiento, ni de dedicación, ni de aprecio. Es verdadero amor.
En segundo lugar, ágape es amor «firme». Aunque no carece de
sentimiento, no depende de éste. No es esclavo de las glándulas ni de las
emociones. Halla su origen en Dios —nos permite elevarnos a un nivel
superior, capacitándonos para amar aun a nuestros enemigos.
Hicimos notar que a veces la palabra ágape se usa de modo
intercambiable con otras palabras neotestamentarias
que se refieren al amor. No obstante, también necesitamos entender que a menudo
se establece un contraste entre ágape y las demás palabras. Por ejemplo,
Juan
12.25 dice que no debemos amar la vida,
mientras que 1ª Pedro 3.10 indica que sí debemos amarla. No hay contradicción,
porque Juan 12 usa fileo, cuyo significado es
que no debemos tener un excesivo deseo de preservar la vida. Por otro lado,
1ª Pedro 3 usa agapao,
palabra que insinúa la capacidad para entender verdaderamente cuál es el significado de la vida.
El contraste clásico se encuentra en Juan 21.15-17, en la conversación que se dio entre Jesús y Pedro, después de la
resurrección de Jesús. Anteriormente Pedro se había jactado de su devoción a
Jesús. Había dicho: «Aunque todos se escandalicen de ti/ yo no me escandalizaré»
(Mateo 26.33). Pero él negó al Señor, y toda jactancia
desapareció. Cuando Jesús se les apareció a los discípulos junto al lago de
Galilea, le preguntó a Pedro: «¿Me amas más que
éstos?» (Juan 21.15). La palabra que Jesús usó es agapao. Aparentemente, Pedro, doblegado en su
espíritu, no está dispuesto a usar una palabra tan fuerte como agapao. Le respondió: «Sí, Señor; tú sabes
que te amo [ fileo]».
Jesús preguntó nuevamente: «¿Me amas [agapao]
»?. Y nuevamente Pedro respondió: «Tú sabes que te
amo [fileo]» (Juan 21.16). Jesús hizo la pregunta por tercera vez, pero esta
vez usó la palabra escogida por Pedro, cuando preguntó: «¿Me
amas [fileo]?». Y la narración da cuenta de
que Pedro se entristeció al contestar: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que
te amo [fileo]» (Juan 21.17). Pedro, aparentemente, al haber caído una vez, no
estaba dispuesto a atribuirse a sí mismo el alto grado de compromiso que la
palabra ágape insinúa.
Hugo McCord,
que enseñó Biblia durante muchos años en el Oklahoma Christian College, propone varios contrastes entre ágape
y filia.
Ágape
Filia
Aprendido Natural
Incondicional Condicional
No
hace acepción Hace acepción
Se
basa en la voluntad
Se basa en las emociones
Estima
y aprecia Gusta y se
deleita
Ofrecido
a pesar de... Ofrecido porque...
Nunca
deja de ser Puede dejar de
ser
El amor ágape es la esencia del cristianismo. El propósito de
este estudio es ayudar a cada uno de nosotros a acercarnos más al ideal del
amor ágape en nuestras vidas, en la iglesia,
en nuestro hogar y en todas nuestras relaciones.
LAS CARACTERÍSTICAS DEL AMOR FIRME
¿Le está costando todavía entender el concepto del amor ágape?
Puede que sea útil hablar acerca de algunas de las características de este
«amor firme».
Incondicional El amor firme no dice: «Te amo si...»,
ni dice: «Te amo porque...»; sino que dice: «Te amo, y punto». O
a veces, como McCord lo expresa: «Te amo a pesar
de...». Esta es la manera como Dios nos ama. Dios nos amó incluso cuando
todavía éramos Sus enemigos (Romanos 5.8-10). Juan 3.16 dice: «Porque de tal manera amó Dios al mundo», a pesar de que el
mundo muy a menudo ha sido indigno de amor. Jesús ilustró el amor ágape
en Lucas
15, cuando describió al padre que con
el corazón destrozado esperó a su hijo —y lo recibió otra vez tan
amorosamente. La antítesis del amor ágape fue representada por el
hermano mayor, que en efecto dijo: «Si mi hermano fuera puro, si fuera
perfecto, lo amaría».
Cuando preparaba esta lección, leí un bosquejo que había preparado sobre
el tema en marzo de 1985. En éste encontré la siguiente
nota: «Mi primer nieto ha de nacer en agosto o en septiembre. No sé si será
niño o niña... si feo o bonito... si perfecto o con defecto... pero lo que sí sé, es que amaré a ese bebé. No lo
amaré si esto... ni porque aquello... sino que ¡lo amaré, y punto!». Al final,
el pequeño Seth Honaker
resultó ser el más hermoso niñito que Dios jamás creó. Si no me cree, sólo
pregúntele a mi esposa. Pero de lo que estoy hablando es que mi amor por él no
era (ni es) condicional.
Cuando digo que el amor ágape es el amor firme, no es
condicional, quiero decir que no está condicionado por lo que las personas
hagan. Alguien bien dijo por ahí, que cuando las personas más necesitan amor,
es cuando menos lo merecen. Joe Barnett,
que dirige Pathway Evangelism,
subrayó este punto en un artículo titulado «Hambriento de amor»:
A nadie le agradaba ella. Era
un ave de mal agüero. Nada hacía bien. Un problema permanente. Hasta la
compasiva directora del orfanato en el cual vivía, ya no la soportaba más.
Convencida de que la muchacha debía estar en una institución para enfermos
mentales, y no en un orfanato, la directora comenzó a buscar una buena razón
para deshacerse de ella.
Un día otro huésped le dijo a
la directora que la muchacha había garabateado algunas palabras en trozos de
papel, que había atado a las ramas de un árbol en el patio. La directora tomó
una de las notas del árbol y la leyó.
«Quienquiera que encuentre
esto, ¡le amo!», decía la nota.
La muchacha anhelaba que se le tuviera compasión y comprensión.
Anhelaba amor. Hacía cosas extrañas y molestas para llamar la atención...
Todos necesitamos amor. La
mayoría de nosotros recibe una abundante cantidad de éste de parte de la
familia y de los amigos. No sabemos lo que es vivir sin él.
Pero hay personas, por todo
nuestro alrededor, que jamás han sido tratadas con verdadero amor e interés.
Están muriendo poco a poco por la carencia. Dios desea hacerles llegar este
amor a ellas —por medio de nosotros.
Quiero decir que no está condicionado por el que nos amen a cambio de
nuestro amor. Es maravilloso que a uno le correspondan el amor; sin embargo, el
amor ágape, no depende de ello. Muchos se enojan con la vida y se
desilusionan, cuando las personas que aman, y a las que les dan afecto, no les
corresponden su amor. Pero considere a Jesús. Juan 1.11 dice que Él fue rechazado por «los suyos». Fue
rechazado por Su propia ciudad, Nazaret. Fue rechazado
por la ciudad de Dios, Jerusalén. Fue rechazado principalmente por Su familia.
Cuando más necesidad tenía de ser correspondido, fue rechazado por Sus
discípulos —cuando lo vendieron, lo abandonaron
y lo negaron. Pero cuando llega a la cruz, no vemos que se comporte como un
cínico endurecido. Perciba el amor en las palabras que dijo: «Padre, perdónalos
[...]». Esto es amor firme.
Desinteresado: Recuerde la definición de amor que
estamos usando en esta serie: «Procura lo mejor para el ser amado». El amor «no
busca lo suyo» (1ª Corintios 13.5). Ya alguien dijo que uno está preparado para
comenzar a amar a otra persona, cuando las necesidades de ella son más
importantes que las de uno.
El amor le capacitará a uno para hacer cosas que no podría hacer de otro
modo, cosas por las cuales no podría recibir pago —cosas como las que hacen las madres que se sacrifican por sus hijos, y
los padres que trabajan como esclavos, y los hijos que cuidan de sus padres
ancianos.
Sí, el amor firme le capacitará para disciplinar, reprender, o hacer lo que sea necesario, para ayudar a los que
ama a entrar en razón. Ese era el punto de la narración tomada del libro Amor
firme. Muchos padres jamás permiten que sus hijos sufran las consecuencias
de sus acciones; siempre están haciéndoles las cosas más fáciles y haciéndoles
menos áspero el camino de la vida. Después se sorprenden de que sus hijos llegan a ser inmaduros e incapaces de responsabilizarse. No
es asunto fácil, pero el amor firme le capacitará para hacer lo mejor para el
hijo.
A veces los padres dicen: «Amo demasiado a mi hijo para castigarlo». Y
se ha oído de líderes de la iglesia que dicen: «Si en verdad amamos a las
personas, no podemos aplicar disciplina en la iglesia». Sin embargo, el Señor
dice: «Yo reprendo y castigo a todos los que amo» (Apocalipsis 3.19; énfasis nuestro). (Vea también Hebreos 12.6.)
El amor procura lo que en verdad es lo mejor para la otra persona, no lo
que es mejor para nosotros. Si no tenemos cuidado, nuestro egocentrismo podría
disimularse en el disfraz del desinterés. C. S. Lewis
ilustra lo anterior en su narración acerca de la señora Fidget,
que incluye en su libro The Four Loves (Los cuatro amores):
Pienso en la señora Fidget, que murió hace algunos meses [...] La señora Fidget a menudo
decía que ella vivía para su familia. Y no era mentira. Todo mundo en el
vecindario lo sabía. «Ella vive para su familia —decían— ¡qué gran esposa y madre!». Ella
lavaba toda la ropa; si bien es cierto que lo hacía mal, que tenían suficiente
para enviaría a la lavandería y que a menudo le rogaban que no lo hiciera. Pero
ella lo hacía de todos modos. Siempre había un almuerzo caliente para todo el
que estuviera en casa, y siempre una comida caliente por la noche (aun en pleno
verano). Le imploraban que no proporcionara esto. Ellos protestaban, casi con
lágrimas en sus ojos (y con verdad), que preferían comidas frías. De nada
servía. Siempre estaba viviendo para su familia. Siempre se mantenía levantada
para «recibirlo» a uno cuando uno llegaba hasta avanzada la noche; podían ser
las dos o las tres de la madrugada, no había diferencia, allí la encontraba uno
esperando con un rostro de debilidad, palidez y cansancio, como con una
silenciosa acusación. Lo cual significaba, por supuesto, que uno no podía salir
muy a menudo sin pecar de desconsiderado. Además, siempre estaba haciendo
cosas; siendo, según ella misma lo estimaba (yo mismo no soy juez), una
excelente modista y gran tejedora aficionada. Y, por supuesto, a menos que uno
fuera un cruel bestia, tenía que ponerse las cosas.
(El párroco me dice que, desde que ella murió, las contribuciones de esa
familia solamente, para las «Ventas de caridad» sobrepasan las de todos los
demás parroquianos juntos.) [...] La señora Fidget,
como alguien a menudo decía, «habría trabajado como esclava» para su familia.
No podían detenerla. Tampoco podían —siendo las personas consideradas
que eran— quedarse de brazos cruzados y observarla hacer las
cosas. Tenían que ayudar. De hecho, siempre estaban teniendo que ayudar. Es
decir, hacían cosas para ella, para ayudarla a hacer cosas para ellos, que
ellos no deseaban que se hicieran.
Activo: Es probable que la manera más obvia
como el amor ágape se expresa, es por medio de velar por las necesidades
del ser amado. Estas necesidades pueden ser materiales, de la clase que se
menciona en la cita que acabamos de leer. Pero también pueden ser emocionales,
sicológicas o espirituales.
Por su misma naturaleza, el amor ágape se manifiesta por sí solo.
No podemos imaginar que en Juan 3.16 se leyera: «Porque de tal manera
amó Dios al mundo, que se quedó en el cielo lleno de cálidos sentimientos para
con la humanidad». No fue así. De tal manera amó Dios al mundo que Él dio.
Su amor se expresó en la acción. Cuando leemos acerca de María Magdalena
llorando junto al sepulcro vacío, no tenemos que preguntarnos si amaba a Jesús
(Juan
20.11-18). El amor de ella halló la manera de
expresarse. Del mismo modo, nuestro amor debe expresarse: «Pero el que tiene
bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su
corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra
ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1ª
Juan 3.17-18). Lo que Juan quiere dar a entender
es que «no amemos [solamente] de palabra ni [solamente] de lengua, sino de
hecho y en verdad». Es maravilloso decir: «Te amo», pero si no demostramos que
amamos, tales palabras son peores que inútiles.
No hace mucho me encontraba en el consultorio de un doctor. Como es mi
costumbre, me puse a leer lo primero que encontré a mano. Di con un artículo de
una revista para mujeres, que me llamó la atención. Una encuesta había pedido a
las lectoras que clasificaran a su esposo. Había tres posibles clasificaciones.
Según recuerdo, podían clasificar a su esposo como «tradicional», como
«moderno» o como «muy macho». Después de clasificarlos, se les preguntó
entonces acerca de las características de su esposo, especialmente acerca de lo
que su esposo hacía en diferentes situaciones. No hubo muchas sorpresas en este
punto. Al esposo «muy macho» se le describió como un «buen amigo» que pasaba
mucho tiempo con sus amigos, que no le prestaba mucha atención a su esposa, que
era demasiado macho para ayudar en los quehaceres domésticos o para hacerle
cumplidos a su esposa o para hacer cosas por ella.
Más adelante el artículo abordó el punto que más interesaba. A las
lectoras encuestadas se les preguntó: «Si usted tuviera un hijo, ¿le gustaría
que llegara a ser como su padre?». La mayoría de las casadas con esposos
«tradicionales» o «modernos» dijeron que «sí», mientras que la mayoría de las
casadas con esposos «muy machos» dijeron que «no».
Puede que los esposos clasificados como «muy machos» hayan amado a sus
esposas, pero por alguna razón —tal vez por la manera como fueron
criados o por presión de sus amigos— no expresaban ese amor. Eran
insensibles a las profundas necesidades emocionales de sus esposas. El amor
firme vela por toda clase de necesidades.
Una de las más grandes necesidades es la de perdón. El amor firme no
sólo reprueba cuando esto es lo que se debe hacer; es lo suficientemente grande
para perdonar. Pedro dijo: «El amor cubrirá multitud de pecados» (1ª Pedro 4.8). Los esposos amorosos aprenden a
resolver los problemas. Los padres amorosos no se distancian de sus hijos. Los
cristianos amorosos conocen el valor de un brazo sobre los hombros.
Leal: El amor ágape se entrega y
se compromete. No está sujeto a los caprichos de sentimientos que vienen y
llegan, sino que permanece leal al objeto amado. Esto puede ser negativo, como
en el caso de lealtad al ego o al deleite. O puede ser positivo, como cuando
aprendemos a amar a Dios y a nuestros semejantes (Mateo 22.37-39).
Cuando tenemos amor ágape por otro, somos leales a él. Uno de los
ejemplos bíblicos más grandes, es el amor de Jonatán
por David, un amor que iba en contra de los malos deseos de su padre, Saúl. Jonatán, un heredero del trono, le decía en efecto a David:
«Tú sé primero, y yo seré segundo».
En el matrimonio, el amor ágape es dedicación. Muchas veces me ha
dicho un cónyuge: «Mi esposo [o esposa] desea el divorcio, pero a mí no me
importa. Ya no lo [la] amo más». Lo que esta persona por lo general da a
entender es lo siguiente: «Ya no me resulta físicamente atractivo [o atractiva]
[amor eros], y el fervor emocional [amor
filia], se ha apagado». Pero si hay amor ágape, él, o ella, dirá:
«Me opondré al divorcio. ¡Haré todo lo posible por hacer que este matrimonio
funcione!».
El amor ágape también supone lealtad a Dios. Muchos libros sobre
el amor tienen cosas buenas que decir y cosas importantes que dar a conocer,
pero no toman en cuenta lo más importante que hace posible el verdadero amor:
una buena relación con Dios. Dios es la fuente del amor ágape, Juan hace
notar que «el amor es de Dios», y que «todo aquel que ama, es nacido de Dios, y
conoce a Dios» (1ª Juan 4.7).
Cuando hablo de lealtad a Dios, no me refiero a
alguna clase imprecisa de devoción.
Hay quienes malentienden Mateo 22.37-38, un pasaje que dice que la «ley»
para hoy día es amar a Dios. Ellos hacen que esta Escritura dé a entender que
si uno realmente ama a Dios, no es importante si guarda sus mandamientos o no.
Cuando lo que de hecho está diciendo es que, si verdaderamente ama a Dios, uno
guardará Sus mandamientos:
Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos.
El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso,
y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste
verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado (1ª Juan 2.3-5).
Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios, y todo
aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él. En
esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y
guardamos sus mandamientos. Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus
mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos (1ª Juan 5.1-3).
Se ha popularizado en los últimos años la idea de que «no hay otra ley,
excepto la ley del amor», y de que mientras uno tenga sanos motivos y no haga
daño a nadie, uno puede hacer casi cualquier cosa. El resultado de tal
filosofía se describe en las siguientes palabras tomadas del Antiguo
Testamento: «Cada uno hacía lo que bien le parecía» (Jueces 17.6; 21.25). Sin embargo,
Nunca deja de ser: El amor
firme, el amor ágape, es amor que no se rinde. El mundo es
bastante cruel. Bien lo dijo Job hace mucho tiempo: «El hombre nacido de mujer,
corto de días, y hastiado de sinsabores» (Job 14.1). ¡Necesitamos amor firme para mantenernos en pie! El amor ágape
no se rinde. El verdadero amor, dice Pablo, «todo lo sufre, todo lo cree, todo lo
espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser» (1ª Corintios 13.7-8). Me gusta la traducción de Phillips: «El amor no conoce límites a su
resistencia, ni fin de su confianza, ni desvanecimiento de su esperanza; puede sobrevivir a cualquier
cosa. De hecho, es lo único que todavía
se mantiene en pie cuando todo lo demás ha caído.
CONCLUSIÓN:
Primera a los Corintios 13 es el
capítulo clásico sobre este amor firme, el pasaje definitivo sobre lo que
supone el amor “Ágape”. Ese será nuestro
próximo estudio.
A estas alturas, no obstante, deseamos hacer la invitación de
Jesús. El amor firme jamás obliga, ni
coacciona, sino que invita y espera.
Jesús dice: “Yo estoy a la puerta y llamo” (Apoc.
3:20); El dice: “Venid a mí” (Mateo 11:20-30). Espero que responda usted a su
Amor. FIN