De la serie general: Lo más importante es el amor
(Lección 13)
Jacob volvía a casa. Le invadía el temor, pues pronto se encontraría cara a cara con Esaú, aquel a quien había arrebatado
con engaños su primogenitura. La noche anterior al
encuentro con Esaú había sido aterradora para Jacob.
Hemos dedicado doce lecciones al estudio
del concepto bíblico del amor. Ha sido una experiencia que nos ha hecho más
humildes; el tema es abrumador. Pero hemos tratado de aguantar, de no aflojar. No me atrevería a decir que hemos
ganado; ni siquiera hemos comenzado a agotar el tema. Pero, por otro lado, no creo
que hayamos perdido. Mi vida ha sido bendecida como resultado del esfuerzo, espero que la suya también.
Ahora que hemos llegado a la última
presentación, permítame darle a conocer por qué le
puse por título a esta serie «El amor es cosa seria».
Esta frase tiene doble propósito. Primero, quería enfatizar que
este es un serio esfuerzo por entender el concepto bíblico del amor.
Existe la necesidad de enseñanza sobre el amor que apele al corazón primordialmente.
No sería sensato negar lo anterior cuando en los últimos años, tantos libros
sobre la filosofía del «sentirse bien» sobre el amor, se han convertido en
éxitos de ventas. Espero, no obstante, que también exista la necesidad de
enseñanza sobre el amor, que apele a la mente,
y de allí avance al corazón. Vale la pena volver de vez en cuando a los
fundamentos del tema, para recalcar la base bíblica
de nuestra enseñanza sobre él.
La frase es también un juego de palabras.
En cuanto al tema del amor, la expresión «cosa seria» puede ser usada no sólo
para referirse a un estudio a fondo, sino también para una relación
a fondo. Cuando una joven empieza una relación con un joven, esto es lo que
ella dice: «Creo que la cosa va en serio con él». Cuando vemos que dos novios
en edad de casarse salen juntos con regularidad, esto es lo que preguntamos: «¿Será que la cosa va en serio?». Espero que, como resultado de esta serie de lecciones, todos tomemos «en serio» nuestra relación con Dios y
unos con otros.
Ese es el énfasis de esta última
lección: ¡Tomémoslo en serio!
Hemos tomado muy en serio nuestro estudio sobre el amor.
Dimos comienzo recalcando la
importancia del tema, con la lección que lleva por título: «¡Todavía ocupa el primer lugar!». Al final del gran capítulo bíblico sobre el amor. Pablo dijo: «Y ahora permanecen la fe, la esperanza
y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el
amor» (1ª Corintios 13.13).
La fe, la esperanza y el amor podrían
considerarse «los tres grandes» de la vida cristiana. Lo siguiente fue lo que
Pablo les dijo a los Tesalonicenses:
Damos siempre gracias a Dios por
todos vosotros, haciendo memoria de vosotros en nuestras oraciones,
acordándonos sin cesar delante del Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra
fe, del trabajo de vuestro amor y de vuestra constancia en la esperanza en
nuestro Señor Jesucristo (1ª
Tesalonicenses 1.2-3; énfasis
nuestro).
Las tres cualidades son muy importantes.
Sin fe, no podemos agradar a Dios (Hebreos 11.6). La esperanza es el ancla del alma (Hebreos 6.19); la esperanza nos mantiene activos. Cuan
significativa es, entonces, la afirmación de Pablo en el sentido de que «el mayor
de ellos es el amor».
La mayoría de las personas entienden en alguna medida cuan importante es
el amor. Una persona dijo: «Puede que el amor sea lo que haga al mundo girar, y
puede que no lo sea; pero una cosa es segura, y es que hace que valga la pena
el viaje».
Después, para darle un marco interpretativo a esta serie, nos centramos
en un estudio de las palabras griegas que se traducen por «amor», en un sermón
sobre «La palabra que los griegos usan para referirse al amor». Hoy día usamos
la palabra «amor» de modo superficial. Hablamos de amar toda clase de cosas, que
abarcan desde la sopa hasta las nueces, desde las personas hasta las petunias.
Decimos que el amor llegó a la vida de alguien, como si de pronto hubiera sido
víctima de un encantamiento.
Hicimos, para afinar nuestros pensamientos acerca del amor, un análisis
de las cuatro palabras griegas que se traducen por amor:
1)
eros se refiere a la «atracción
física»; y le llamamos a éste «amor batido de fresa»;
2)
storge es «amor familiar», al cual designamos con la frase «amor a la tía
Minie»;
3)
filia es la palabra que se refiere al
«amor amistad», que es el «amor equipo de bolos»; y por último,
4)
ágape es acto de la voluntad, al cual nombramos «amor que hace llover sobre
el justo y el injusto». Centramos nuestra atención en filia y en ágape.
En el Nuevo Testamento no hay uso alguno de eros;
y storge se usa rara vez; en cambio filia o
ágape aparecen en casi cada página.
Hemos hecho gran énfasis, no obstante, en la palabra ágape. Es la
palabra especial del Nuevo Testamento para referirse al «amor». Es la palabra
que Juan usó cuando dijo: «Dios es amor» (1ª
Juan 4.8,16). Es la palabra que se usa en 1ª
Corintios 13, el capítulo bíblico sobre el amor.
Tuvimos, para subrayar las cualidades distintivas de ágape, una lección
sobre el «Amor firme». Analizamos algunas de las cualidades del amor ágape,
cuando dijimos que es amor incondicional, activo, leal y que nunca deja de ser.
Una de las cualidades que más lo distingue, sin embargo, es que es
desinteresado. No se interesa primordialmente en recibir; es en dar que
se interesa. Un relato de Víctor Hugo ilustra esta última cualidad:
“Que hacía moverse los arbustos; y
al hallarlos, hizo salir a empellones a la madre y a sus tres hijos. Los trajo
al lado del sargento, y éste notó al instante que estaban padeciendo hambre; por
lo cual les dio un largo bollo de pan francés. La madre lo tomó con gran
avidez, como un animal hambriento lo haría, lo partió en dos pedazos y les dio
uno a Después de la revolución, una madre francesa fue echada de su casa
junto con sus tres hijos, entre los que se incluía un niño menor. Vagaron
por el bosque y por los campos durante varios días. Ella y sus tres hijos
sobrevivieron comiendo raíces y hojas. Al tercer día por la mañana, al oír que
se acercaban unos soldados y un sargento, se escondieron entre algunos
arbustos. El sargento ordenó a un soldado que fuera a averiguar qué era lo un
niño y el otro al segundo niño”.
«No se dejó nada para sí», gruñó el
sargento. «Debe de ser porque no tiene hambre», comentó un soldado. «No, —dijo el sargento— es porque ella es una madre.»
Sin embargo, aunque uno pueda enumerar
las características del amor ágape, éste se resiste a la definición. Aun
en el más extenso y más completo tratamiento que se hace del tema en 1ª Corintios 13, Pablo no trata de definir ágape, sino que solamente lo describe. En
vista de que ese gran capítulo es tan importante para el tema, le dedicamos dos lecciones a su estudio.
El título de la primera lección fue
tomado del último versículo del capítulo que le antecede: «El “camino más
excelente”». Pablo da tres razones por las que el
amor es el camino más excelente: La primera es su superioridad.
Pablo nos da a conocer que por más grandes que sean las capacidades de una
persona, si no tiene amor, «nada» es.
Si yo tuviera las virtudes enumeradas en
1ª Corintios 13.1-3, creería que soy «algo». Siempre he admirado a las
personas que tienen el don de aprender idiomas extranjeros. Yo no tengo ese
don; carezco de oído para ello. Si pudiera hablar una docena de idiomas,
creería que soy algo. Tengo una biblioteca de varios miles de volúmenes. No he
leído ni una pequeña porción de lo que hay en ellos, y es poco lo que recuerdo
de lo que he leído. Si conociera todo lo que hay en esos libros, creería que
soy algo. La vida está llena de misterios. Si pudiera descifrar hasta el último
de ellos, creería que soy algo. Pero Pablo dijo que por más logros que tenga, sin
amor, nada soy, es decir, soy inexistente, un cero, nada de nada.
La tercera razón por la que el amor es
el camino más excelente es su permanencia. Todo lo demás pasa, pero no
así el amor. «Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos
tres». Si hiciéramos una lista de las cosas que más nos interesan y que más consumen
nuestro tiempo, un alto porcentaje de ellas serían cosas temporales, cosas que
se relacionan con el presente. Las virtudes permanentes son la fe, la esperanza
y el amor, y «la mayor de ellas es el amor».
Volviendo a la segunda razón, el amor es
el camino más excelente debido a sus superlativos, sus cualidades
especiales se enumeran en 1ª Corintios 13.4-7. En vista de que éstas constituyen
la esencia de la argumentación de Pablo sobre el amor ágape, les
dedicamos una lección entera al análisis de ellas, en una presentación sobre
«La solución de Dios para muchos problemas». El amor es sufrido, es benigno y
no tiene envidia. El amor es humilde, cortés, desinteresado y siempre está de
buen humor. El amor piensa en lo mejor. El amor se preocupa. ¡Cuan necesarias
son tales cualidades en mi vida!
Después de haber tratado de determinar
qué es el amor ágape, hicimos un viraje hacia «Las prioridades del
amor». Cuando el escriba le preguntó a Jesús cuál era el gran mandamiento, Éste
respondió:
Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande
mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos
mandamientos depende toda la ley y los profetas (Mateo 22.37-40).
La máxima prioridad es amar a Dios
con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Amar a Dios con el
corazón es amarlo con las emociones. Nuestro amor a Dios debería conmover
nuestros corazones del mismo modo que el amor a Jesús conmovió el corazón de la
mujer que le lavó los pies con sus lágrimas (Lucas 7.38). Amar a Dios con el alma es amarlo con nuestro mismo
ser, amarlo con todo lo que somos. Amar a Dios con la mente es amarlo con
nuestro intelecto. Cuando los musulmanes entran en sus mezquitas para adorar a
Alá, ellos creen que deben dejar su calzado afuera. Cuando algunos de nosotros
que somos cristianos ! venimos a adorar a Dios, pareciera
que sentimos que debemos dejar nuestras mentes afuera. Pero no debe ser así:
Hemos de amar a Dios con nuestras mentes.
A estas alturas del estudio, hicimos
una pausa para tratar de entender el concepto del amor a sí mismo, según
insinúa el segundo mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Este sermón, cuyo propósito fue suscitar la reflexión, tuvo como título «El
amor a sí mismo que no es egoísmo». Se intentó por medio de él establecer una
posición intermedia entre dos extremos. Se hizo notar que, desde el punto de
vista bíblico, amarse a sí mismo no tiene que ver mucho con tener «una imagen
favorable de sí mismo» ni con sentirse bien con uno mismo. Aunque como
cristianos que somos, tenemos muchas razones para estimarnos valiosos como
personas, necesitamos estar siempre alertas a los peligros del demasiado
énfasis en uno mismo que manifiesta una gran parte de la enseñanza moderna. El
conocido conferencista William Tate se refiere en su
obra Cómo aprender a amar, a tales peligros:
Lo que realmente asusta acerca del
movimiento de la auto imagen, es que si uno comienza a
gustarse a sí mismo y la manera como uno es, según los criterios que enseña, se
llega al punto de creer, mediante una lógica evolución de los pensamientos, que
uno no necesita un Salvador. Un libro que fue gran éxito de ventas, llevaba por
título Tú estás bien, yo estoy bien. Y si nosotros estamos bien, ¿para qué
necesitamos a Jesús? Bueno, la verdad es que separado de Jesús, yo no estoy bien, y tampoco lo está usted...
Tenemos una enfermedad mortal, a la
cual se le conoce como pecado, no como ausencia de autoestima. Y no es sino
hasta que reconocemos nuestra necesidad, nos arrepentimos y venimos al Señor
según las condiciones que El pone para Su perdón, que empezamos a tener
esperanza.
Después de tratar de entender la frase
«como a ti mismo», viramos hacia la idea clave del
segundo mandamiento: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Para muchos de
nosotros, esta es la manera como «El amor se somete
a prueba». En la parábola del buen samaritano, Jesús no dejó duda alguna de que
la palabra «prójimo» incluye a todos los seres humanos (Lucas 10). De hecho, en el Sermón del Monte, Cristo recalcó
que debemos amar incluso a nuestros enemigos (Mateo 5.44ss). Esto nos obligó a
examinar qué es lo que verdaderamente significa ágape: no necesariamente
«sentirse bien» con el ser amado, sino «procurar lo mejor» para éste. En lugar
de devolverles mal por mal a nuestros enemigos, debemos procurar ayudarles,
levantarlos, y, si es posible, ganarlos por medio de nuestro amor. El ejemplo
más grande de esta clase de amor es el del momento cuando Jesús está en la
cruz, orando: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lucas 23.34).
Cuando el talentoso tenor de raza negra Roland Hayes, era niño, oyó a un
viejo predicador hablar acerca del momento en que Jesús fue enjuiciado y le
dieron muerte. Con las siguientes palabras concluyó el ministro: «Por más
crueles que fueron, Él jamás masculló una sola palabra». Muchos años después, Roland Hayes se encontró frente a
una hostil audiencia nazi en
Pero no quisimos dejar el asunto de amar
a los demás en el campo de la teoría. Por lo que después tuvimos tres lecciones
de aplicación práctica. Comenzamos con el importante tema del matrimonio en una
presentación llamada «Dos requisitos para dos que han de prepararse». Volvimos
a las palabras griegas eros, filia y ágape,
y a la parte que cada una juega en la preparación para el matrimonio y la
protección de éste. Se recalcó que demasiados matrimonios de hoy día se basan
primordialmente en eros, la atracción
física.
En su libro sobre
En nuestra lección sobre el matrimonio,
hicimos hincapié en que antes de casarse dos personas, eros
debe cultivarse hasta convertirse en filia, amistad, y filia
debe cultivarse hasta convertirse en ágape, compromiso. Propusimos que
mientras una pareja guarde ese amor compromiso, pueden sortear cualquier
tempestad que suceda dentro o fuera del matrimonio.
Después pasamos del matrimonio a la
familia, recalcando que el amor es «La esencia del hogar». Nuestro enfoque fue
sencillo: es necesario que cada uno de los miembros del hogar ame a los demás.
El problema que tenemos hoy día parece
ser «MO espiritual», es decir: Estamos Muy Ocupados. Según la frase de 1° Reyes 20.40, sencillamente estamos «ocupados en
una y otra cosa». Llegamos a estar demasiado ocupados para decir «Te amo»,
demasiado ocupados para ser pacientes, demasiado ocupados para superar nuestras
diferencias cuando son pequeñas, demasiado ocupados para demostrar cuánto nos
preocupa el otro.
El amor en el hogar debe comenzar con
mamá y papá. «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la
iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5.25). Hace poco leí acerca de un hombre que tenía un
hábito peculiar, sin embargo, los que somos esposos podemos aprender de él.
Por años tuvo una cita especial con
su esposa todos los jueves por la noche. Regresaba del trabajo por la tarde, se
afeitaba y se duchaba, se ponía su mejor traje y salía en su auto y se iba. Al
rato, volvía a casa y llamaba a la puerta. Su esposa lo recibía en la puerta,
se sentaban un rato en la sala y hablaban. Después salían jun-tos a comer y a
ver una película. Llegaban con su vehículo hasta el frente de la casa, la
acompañaba hasta la puerta, le daba un beso de despedida, y después metía su vehículo en el garaje y entraba
por la puerta de atrás.
... Cuando ese hombre murió, su esposa
inundó con lágrimas su tumba.
Del hogar, pasamos a otro campo
práctico: la necesidad de amarnos unos a otros en la iglesia. El título de la
lección fue «El distintivo del discípulo», el cual fue tomado de las palabras
que dijo Jesús en Juan 13.35: «En esto conocerán todos que sois
mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros».
Lamentablemente, no siempre es
posible distinguirnos como discípulos de Jesús por la manera como nos tratamos
unos a otros. Una vez se anunció al final de un culto de adoración que un grupo
que estaba trabajando en un proyecto se reuniría en la casa de cierta hermana.
Después del culto, una mujer que formaba parte de ese mismo comité, le dijo
enojada al predicador: «¡Yo no voy a ir a la
casa de ella —no lo haré por la manera como me
trató en el pasado!». El predicador la examinó con la
mirada, y luego le preguntó: «¿Cuánto tiempo ha sido
usted miembro de esta congregación?». «Veintisiete años», contestó ella.
Entonces el predicador nombró los hombres piadosos que habían ocupado el
pulpito durante esos veintisiete años. «Amada hermana, —le dijo con tristeza— ¿no ha oído nada durante todos estos veintisiete años?».
Si algún día hemos de aprender cómo
llevarnos bien como hermanos, una de nuestras necesidades más grandes es
aprender a perdonar. Así fue como nos enseñó a orar Jesús: «Y perdónanos
nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mateo 6.12). Alguna razón debe de haber para que estemos
haciendo equivaler el espíritu de perdón con la debilidad. Damos la impresión
de que sentimos que estamos tolerando errores, cuando perdonamos. Nos parece
que en cierto modo hemos perdido y la otra persona ha ganado, si la perdonamos.
Pero cuando Jesús oró en la cruz, diciendo: «Padre, perdónalos». El no demostró
debilidad, sino fortaleza. No toleró la iniquidad, sino que ganó una gran
victoria.
Es, por supuesto, la cruz la que a fin
de cuentas define y demuestra el amor, razón por la cual, al llegar al final de
esta serie, volvimos a la fuente de todo amor, en la lección sobre «Las
dimensiones del amor». Juan dijo: «Amamos [...] porque él nos amó primero»
(1ª Juan 4.19). El único ejemplo perfecto, totalmente desinteresado, de amor
ágape, es Dios.
Hace varios años John
M. Templeton, un filántropo y financista
estadounidense, dotó de fondos un Premio Nobel
Religioso, por la suma de $88.400 anuales, el cual había de ser
otorgado a cualquiera que «contribuyese decisivamente a ampliar los
conocimientos del hombre sobre el amor de Dios». Yo no sé si tal premio se le
habrá otorgado a alguna persona o no, pero dudo que alguien haya podido alguna
vez mejorar las expresiones que hace Dios mismo de Su amor. Toda brizna de
hierba, todo arco iris, toda sonrisa en el rostro de un bebé, declara que nuestro
Dios ama (Santiago 1.17). Pero la gran demostración de Su
amor es la cruz. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo
unigénito» (Juan 3.16).
En estos tiempos la epidemia del SIDA
continúa propagándose. Un bajo porcentaje de los casos es resultado de
transfusiones de sangre y de otras causas, pero la epidemia se centra
principalmente en la población homosexual. Millones de dólares del fisco se
están gastando en el tratamiento y en los esfuerzos por encontrar una cura.
Imaginemos que un día no muy lejano se descubre la cura, la cual consiste en
que si cierto tipo de sangre se puede encontrar, ésta puede usarse para
elaborar el antídoto. Entonces, al poco tiempo, llaman a su puerta, y le
explican que después de una búsqueda por todo el mundo se llegó a la conclusión
de que sólo hay una persona en todo el mundo que tiene ese tipo de sangre: su
hijo varón, su único hijo. Y le explican también que para elaborar el antídoto
será necesaria hasta la última gota de sangre que haya en su cuerpo. Para
salvar a todas las víctimas del SIDA, ¡su hijo va a tener que dar su vida!
¿Podría usted dar su consentimiento? ¿Podría yo? Lo dudo.
Pero teníamos una enfermedad más letal
que el SIDA, producida por nuestra propia terquedad, una enfermedad llamada
«pecado»
—y la única cura era la sangre del
único Hijo de Dios. ¿Cómo pudo Dios pagar ese precio? Yo no lo sé; jamás lo
podré entender; pero doy gracias a Él que lo hizo.
La incomprensible naturaleza de ese
gesto de amor fue el tema al que nos referimos cuando comentamos «la anchura,
la longitud, la altura y la profundidad» del sacrificio de Jesús en la cruz
(Efesios 3.18ss).
Lo anterior nos trajo a esta última
lección. Hemos tomado con suma seriedad el estudio sobre el amor. Ahora tomemos
con seriedad vivir el amor sobre el cual hemos estado estudiando.
TOMEMOS
CON SERIEDAD VIVIR EL AMOR
Hace poco me encontré una caricatura en la que aparece un predicador
inclinándose sobre el pulpito y diciendo: «Este es el cuarto sermón sobre el
poder transformador del evangelio. ¿Por qué parecen ustedes la misma gente de
siempre?». Es probable que el predicador esperaba demasiado de la congregación
(ni qué decirlo, él parecía el mismo predicador de siempre); sin embargo, su
pregunta tiene cierta validez. Después de estudiar juntos el tema del amor, ¿ha
cambiado esto nuestras vidas? ¿O «parecemos todavía la misma gente de siempre»?
Después de escribir el gran capítulo
sobre el amor, con las siguientes palabras instó Pablo a sus
lectores: «Seguid el amor» (1ª Corintios 14.1). «Seguid» es traducción de una
palabra griega que significa: «Buscar con avidez, procurar con empeño
el llegar a tener; [...
] avanzar con
paso firméis (énfasis nuestro.) Esta es una palabra cargada de energía, es
decir, una palabra activa. No basta con saber acerca del amor; necesitamos hacer
algo.
Desde el momento en que comencé este estudio, he tenido dificultad para
contestarme una pregunta: «¿Por qué hay tan poco amor
auténtico en el mundo?». Parece que todos estamos de acuerdo en que «lo que el
mundo necesita ahora es amor, dulce amor». Cada vez que alguien habla acerca de
la necesidad de que haya más amor, todos asentimos con gran convicción. Pero al
mismo tiempo el mundo en general parece estar adoptando una actitud cada vez
más mala. ¿A qué se deberá esto?
Mi conclusión es que cuando la mayoría de nosotros decimos: «El mundo
necesita amor», en realidad estamos diciendo: «Yo necesito amor. Me siento
solo. Necesito a alguien que me entienda. Necesito a alguien que me
trate bien». Cuando nuestra hija mayor, Cindy, era
una menudencia y aprendió en su clase bíblica acerca de la importancia de
compartir, pasó varias semanas diciendo a otros: «Comparta conmigo; comparta
conmigo». Me temo que después de hablar acerca de la necesidad de que
haya amor, muchos de nosotros andamos por allí diciendo: «Ámenme, sean buenos
conmigo». Si mi conclusión es cierta, no es de extrañar que el mundo no esté
llegando a ser más amoroso.
Pero hagamos aplicación a un nivel más
personal. Después de estudiar juntos doce lecciones, es probable que la mayoría
de nosotros tenga una idea bastante buena de qué significa ser una persona
amorosa. Entonces, ¿por qué no es usted más amoroso? ¿Por qué no lo soy yo? Porque
para llegar a ser más amoroso, yo tendría que cambiar, y no me gusta cambiar.
Si les pidiera que levanten la mano
todos los que les gustaría ser más buenos, la mayoría de las personas la
levantarían. Pero a decir verdad, en lo más profundo de nuestro ser no deseamos
ser más buenos, porque para llegar a serlo, necesitamos cambiar. Y el cambio
supone dolor. Para cambiar tenemos que aventurarnos a lo desconocido, y son
pocas las personas que les gusta hacer esto. Si no me cree, trate de hacer algo
tan sencillo como pedirles a las personas que se sienten en un lugar diferente
del auditorio del que siempre han ocupado durante los últimos diez años más o
menos. Por más que alabemos de boquilla el cambio, aun el cambio necesario, la
verdad es que «preferimos lo viejo conocido a lo nuevo por conocer».
La máxima prueba a la que nos somete
esta serie es, por lo tanto, la de dar algunos pasos positivos hacia lo
desconocido en el sentido espiritual, a padecer un poco de dolor si es
necesario, para llegar a ser personas más amorosas, para llegar a amar más a
Dios y a los demás.
En primer lugar, tomemos con mayor seriedad el amar
a Dios.
Después de que Jesús fue levantado de
entre los muertos, se apareció a Pedro y a varios de los demás discípulos junto
al mar de Galilea. Estando de pie en la playa. Jesús miró al hombre que lo
había negado tres veces, y le hizo una serie de preguntas:
Jesús dijo a Simón Pedro: Simón,
hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te
amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez:
Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te
amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese
la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que
te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas (Juan 21.15-17).
Imagine por un momento que está usted
de pie en el mismo lugar que Pedro estuvo. El Señor le está mirando a sus ojos.
Tal vez le ha puesto Sus manos sobre sus hombros. Él mira hasta lo más hondo de
su alma cuando pronuncia su nombre y le pregunta: «¿Me amas?».
Al igual que Pedro usted sabe perfectamente que lo ha desilusionado más de una
vez. ¿Cuál sería su respuesta? ¿Cuál sería la mía si Jesús me hiciera la
pregunta a mí?
Amar a Dios y amar a Jesús constituyen
el punto de partida del amor. ¿De veras amo a Dios? ¿No será que solamente
digo que lo amo?
En esta serie nos hemos referido varias veces a la superficialidad del
amor eros, un supuesto amor que se
encapricha, pero que no se compromete —un «amor» que es egocéntrico. Hemos
aplicado este amor a las relaciones entre seres humanos, especialmente al
matrimonio. El autor Charles Alien dice, no obstante,
que también es posible tener esta clase de amor por Dios:
Decimos que amarnos a Dios, pero a
menudo tenemos motivos ocultos. No es a Dios a quien deseamos; lo que deseamos
es tranquilidad de espíritu, o poder en la vida, o la respuesta a nuestras
oraciones, o tal vez sea que deseamos librarnos del infierno, o deseamos la
providencia de Dios. Y, a menudo, cuando algo terrible nos sucede, nos
apartamos de nuestra fe llenos de amargo resentimiento.
¿De veras amamos a Dios?
¿Estamos verdaderamente consagrados a Dios? ¿Estamos dedicados a obedecerle
cueste lo que cueste? ¿Puede verse en nuestras vidas que lo amamos?
La primera vez que Jesús le preguntó a
Pedro si lo amaba, la pregunta entera fue: «¿Me amas más
que éstos?». La palabra «éstos» en el caso de Pedro se refería a las redes,
las embarcaciones, los peces y todas las cosas que habían formado parte
esencial de la vida de Pedro en el pasado. ¿A qué se refiere «éstos» en su
caso? ¿Y en el mío? ¿Qué es tan importante para mí? ¿Qué ha formado parte tan
grande de mi vida, tal vez de mi pasado? ¿Las posesiones? ¿La familia? ¿La
ocupación? ¿Los amigos? ¿El estatus? Es aconsejable que se examine usted mismo
por un momento y rellene los espacios vacíos. Después, imagínese a Jesús
mirando otra vez a sus ojos y preguntando con inquisitivas palabras: «¿Me amas más que éstos?». ¿Qué respondería usted? ¿Qué
respondería yo? ¿Está Dios verdaderamente en primer lugar de nuestras vidas y
de las cosas que más amamos?
Años después, aquel a quien Jesús le
hizo al principio esta pregunta, escribió dos epístolas a sus iguales
cristianos. Esto fue lo que les reconoció en la primera de éstas acerca de la relación
de sus lectores con Dios: «A quien amáis sin haberle visto» (1ª Pedro 1.8). ¡Que lo mismo se pueda decir de
cada uno de nosotros! Tomemos con mayor seriedad el amar a Dios.
Pero, también, tomemos con mayor
seriedad el amarnos unos a otros. Después de que Pedro pudo responder, en efecto: «Sí, yo te amo». Jesús
después dijo: «Cuida mis ovejas». De hecho, lo dijo tres veces.
Jesús es tan práctico. Es muy fácil decirle:
«Sí/ yo te amo». Por eso nos responde: «Pruébalo cuidando de otros». Recuerde:
«El que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien
no ha visto?» (1ª Juan 4.20).
¿Entendió Pedro lo que Jesús le estaba diciendo? Busquemos en nuestra
Biblia Hechos 3. Los eventos que se describen allí,
ocurren algún tiempo después de la escena que tuvo lugar en la playa. Jesús ya
ha regresado a Su Padre. La iglesia ha sido establecida. Ahora Pedro y otro
apóstol se dirigen al templo, y es probable que lleven el propósito de predicar
la buena nueva de Jesús. Cuando llegan a la puerta que se llama
Pero he aquí lo maravilloso del amor: El
amor siempre tiene algo que dar. Puede que no sea lo que se pide, ni lo que
se espera, pero el amor siempre tiene algo que dar. Pedro dice: «Pero lo que
tengo te doy». Esto es todo lo que pide Dios. Lo que sí tenemos. Dios no espera
de nosotros más de lo que podemos dar, pero sí espera todo lo que podemos dar.
Puede que no tengamos un millón de dólares para darle a la gente, pero sí
tenemos palabras de amor, actos de bondad y conexión directa con el oído de
Dios, para pedir por ellos. Demos lo que tenemos.
Cuando Pedro dio lo que tenía, ¡el cojo
fue sanado y comenzó a saltar y a alabar (versos 6-8)! Cuánta gente podría ser sanada espiritual y emocionalmente, si
aprendiéramos a dar lo que tenemos —y a darlo de manera amorosa.
«Alimenta mis ovejas», dijo Jesús. «Apacienta mis [corderitos]. Pastorea mis
ovejas».
Recordemos: El amor vela por todas y
cada una de las necesidades. Alguien dijo que el amor abarca todo el alfabeto
espiritual. Permítame mostrarle lo que esto significa. El amor es: .Acogedor:
Si te amo, te acogeré tal como eres. Borrador: Si te amo, borraré con perdón
tus pecados y ofensas.
Cuidador: Si te amo, cuidaré de ti
cuando sufres. Deseoso: Si te amo, desearé lo mejor para ti. Eterno: Si te amo,
nunca renunciaré a ti. Fuerte: Si te amo, fortaleceré mi creencia de que eres
especial.
Y usted puede continuarlo a partir
de esta última letra.
Hemos llegado al final de esta serie.
Algunos de ustedes estudiaron! con gran dedicación
este gran tema del amor. Me encantaría otorgarles el título SAH ahora mismo (es
decir. Serios Amadores de
No sé si es que el mundo está cambiando
mucho, o si es que me estoy poniendo cada vez más viejo, pero lo cierto es que
tengo la fuerte sensación de que el tiempo se está acabando —y todavía no somos lo que deberíamos ser. No soy
lo que debería ser, no soy la persona amorosa que debería ser.
Willard Tate cuenta un triste relato acerca de un joven.” Éste
entró en la infantería de marina porque su padre había estado en ésta. Pero no
era esto lo que el joven verdaderamente deseaba. Se convirtió en un problema de
disciplina y fue dado de baja por conducta deshonrosa. Al padre le destrozó el
corazón y desconoció a su hijo. El joven se mudó a otra región del país y
comenzó una nueva vida para sí mismo, pero siempre estuvo apesadumbrado porque
no contaba con el amor ni con la aprobación de su padre. Un día le informaron
de que su padre había caído gravemente enfermo, y se apresuró a ir a verlo.
Pero cuando llegó a la cabecera de su padre, éste ya estaba en coma, y murió
sin que recobrara la conciencia. Este triste relato termina con el muchacho
llorando porque se dio cuenta de que jamás oiría las palabras que esperaba en
el sentido de que todo estaba bien entre su padre y él.
Es un relato que me parte el corazón,
pero permítame contarle otro con un final más trágico aún: ¿Qué tal si llegamos
al final de nuestros días en la tierra sin decir alguna vez las palabras y
hacer las acciones que nos reconciliarían con Dios? ¿Sin haber dicho las
palabras ni haber hecho las acciones que les darán a conocer a otros cuánto los
amamos? ¡Que Dios nos ayude a tomar con seriedad el amor!
Ahora vamos a entonar un cántico de
invitación. He aquí una oportunidad de oro para decirles a Dios y a los demás
que usted todavía tiene un corazón que puede ser conmovido, que usted desea
demostrar su amor. FIN