De la serie general: Lo más importante es el amor
(Lección 11)
Nuestros pensamientos se remontan más de
mil novecientos años a un aposento alto que estaba en la ciudad de Jerusalén. Es de noche —una de las noches más lúgubres de la historia de la humanidad— no por las nubes que ocultan la luna, sino porque
es la noche de la traición de que fue objeto Jesús.
Es la hora de observar la pascua. Jesús y Sus discípulos se reúnen en
torno a la mesa del aposento alto. Podemos percibir la tensión que invade el
ambiente, y la tristeza que embarga el corazón de los apóstoles cuando Jesús les anuncia la
inminencia de Su muerte, y que pueden dar por un hecho que uno de los Suyos le
traicionará y le entregará en mano de Sus enemigos. En esta dramática ocasión, Jesús toma el pan y el fruto de la vid, e instituye la cena del Señor, como un acto
conmemorativo de Su muerte.
Pero cuando Jesús habla, su voz no suena
como la de un hombre derrotado, sino como la
de uno que tiene pleno dominio de Sí mismo y de Su situación. A Sus atribulados
discípulos, les dice: «No se turbe vuestro corazón;
creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay;
si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para
vosotros» (Juan 14.1-2). Más adelante les vuelve a hablar a
sus angustiados discípulos las siguientes palabras de consolación: «La paz os
dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe
vuestro corazón, ni tenga miedo» (Juan 14.27). Aun ante la perspectiva de la muerte. Él podía hablar acerca de Su gozo: «Estas cosas os
he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido»
(Juan
15.11).
Fue en medio de estos dramáticos eventos que Jesús dijo las siguientes
palabras a Sus discípulos:
Hijitos,
aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; pero como dije a los judíos, así
os digo ahora a vosotros: A donde yo voy, vosotros
no podéis ir. Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo
os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que
sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros (Juan 13.33-35).
Notemos primero que Jesús les dio a
Sus discípulos un mandamiento.
Jesús dijo: «Un mandamiento nuevo
os doy». No estamos hablando de algo que simplemente sería bueno o agradable
hacer, ni de algo que no pasaría de ser un ideal. En lugar de ello, estamos hablando de un mandamiento. No es una
opción. Debe cumplirse.
Cuando estudié toda
Cuando analizamos los numerosos pasajes
que hablan sobre el amor por nuestros hermanos, vemos que en ellos se
entremezclan los conceptos del amor ágape (acto de la voluntad) y del
amor filia (amor emocional afectuoso). Note, por ejemplo, 1ª Pedro 1.22: «Habiendo purificado vuestras
almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor
fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón
puro». (Énfasis nuestro.) La palabra compuesta que se traduce por «amor
fraternal» incluye la palabra filia, mientras que la frase «amaos unos a
otros», es traducción de una forma de la palabra ágape,
Por lo general, cuando uno se encuentra
en el Nuevo Testamento con la frase «amor fraternal», o con otra que se le
parezca, se trata de una traducción de filadelfia,
que está compuesta por filia y adelfos (hermano). Pablo usa esta
palabra en Romanos 12.10: «Amaos los unos a los otros con
amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos
los unos a los otros». Y la usa nuevamente en 1ª Tesalonicenses 4.9-10: «Pero acerca del amor fraternal no
tenéis necesidad de que os escriba, porque vosotros mismos habéis aprendido de
Dios que os améis unos a otros; y también lo hacéis así con todos los hermanos
que están por toda Macedonia». ¡Qué gran cumplido
el que les hace Pablo a estos hermanos! A pesar de que todavía eran niños en
Cristo, y a pesar del corto tiempo que Pablo había
estado con ellos, no les tomó mucho tiempo entender
la necesidad de amarse los unos a los otros.
Otros autores también subrayan la necesidad de amarse unos a otros, mediante el uso de la palabra griega filadelfia:
Finalmente,, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables (1ª Pedro 3.8).
[Añadid] a la piedad, afecto fraternal; y al
afecto fraternal, amor (2ª Pedro 1.7).
Luego, están las muchas referencias que
nos hablan acerca de tenerle amor ágape a
nuestros hermanos. Estas encuentran su culminación en 1ª Juan. Esta epístola por sí sola tiene más de
cincuenta referencias al amor. Notemos algunos pasajes selectos del capítulo 4, que mandan amar a nuestros hermanos:
Amados, amémonos unos a otros;
porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a
Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor [...] Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amamos unos a otros. Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros. Dios permanece en nosotros, y su amor se ha
perfeccionado en nosotros [...] Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que
no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede
amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El
que ama a DIOS ame también a su hermano (versos 7-8, 11-12, 20-21).
No obstante,
si apreciamos nuestra relación en Cristo, no
debería ser necesario que Jesús nos mandara amar a los demás miembros de la iglesia.
A la iglesia se le refiere con muchos
términos en el Nuevo Testamento, entre los cuales
están «el cuerpo», «la iglesia» y «el reino»; sin
embargo, mi término favorito es «la familia». Pablo declaró que le escribió a
Timoteo con el fin de que supiera «[cómo debía conducirse] en la
casa de Dios,
que es la iglesia del Dios viviente» (1ª
Timoteo 3.15). La palabra «casa» no es más que
otra manera de referirse a la «familia». ¡La iglesia es la familia de Dios!
Dios es nuestro Padre (1ª Juan 3.1). Cristo es nuestro hermano mayor (Romanos 8.29). Y nosotros somos hermanos y hermanas
(Santiago
5.12).
La anterior es una verdad que se
subraya en gran manera en el Nuevo Testamento. A los que han sido bautizados
bíblicamente se les llama de muchas maneras: «cristianos», tres veces (Hechos 11.26; 26.28; 1ª Pedro 4.16); «santos», varias veces
(1ª Corintios 1.2; etc.); «miembros» del cuerpo, algunas veces
(1ª Corintios 12.12, 27). Sin embargo, la palabra descriptiva que se usa más
que cualquier otra, es «hermano» (o «hermanos»).
Pablo mismo usa el término más de veinticinco veces.
Lo anterior debería tener un gran
efecto en los sentimientos de los unos para con los otros. Hay algo especial en
pertenecer a una misma familia. A veces hay familias en las que algunos de sus
miembros no se aman unos a otros. Por ejemplo, Caín mató a Abel. Entre Jacob y Esaú hubo conflictos. Absalón se rebeló en contra de su padre.
Pero, por regla general, los miembros de una misma familia se tienen especial
cariño entre sí. Yo tengo un hermano que se llama Coy, que es algunos años menor que yo. Hay cosas poco
halagadoras que yo podría decir acerca de Coy, pero son cosas, que ¡mejor ni se le ocurra a usted
decirlas, porque él es mi hermano! Es muy probable que usted tenga tal clase de
familia también, y que entienda que ser miembros de una misma familia es algo
especial. Es incluso emocionante encontrarse con parientes distantes que uno no
sabía que tenía.
Como ya lo dije anteriormente, no debería ser necesario que Cristo nos
mandara amarnos unos a otros, puesto que
somos hermanos y hermanas en Él. Sin embargo, el hecho es que sigue siendo
un mandamiento.
Tal vez responda usted diciendo: «Yo quisiera amar a los demás miembros
de la iglesia, pero no hallo cómo hacerlo». Varias sugerencias se podrían hacer
sobre cómo podemos aprender a amarnos más unos a otros. Como ya se propuso,
necesitamos entender la relación que tenemos en Cristo. Reiterando lo dicho,
Juan subraya en su primera epístola, que si nosotros apreciamos verdaderamente
lo que Dios y Cristo han hecho por nosotros, ello debería hacer que nos
amáramos unos a otros.
Una de las listas más prácticas, de cosas
que se pueden hacer, fue compilada por Bonardo Overstreet. Este
autor hace notar que para aprender a amarnos unos a otros, necesitamos 1) comer juntos, 2) hablar y escuchar juntos 3) dar y recibir ayuda, 4) trabajar y jugar juntos, 5) aprender ¿un-tos y 6) confirmar juntos. Note que las anteriores son las
formas más simples de relacionarse en la vida. Lo que por lo general se cree,
es que nosotros hacemos estas cosas cuando amamos a otros. En realidad es al
revés: llegamos a amar a otros cuando hacemos estas cosas.
Esta lista puede aplicarse al noviazgo,
al matrimonio, a la familia o a las amistades. También puede aplicarse a la
iglesia. Más de uno de los puntos de la lista tienen aplicación especial a
nuestra relación en Cristo. Es necesario que comamos juntos; la iglesia
primitiva celebraba el ágape, que era un banquete de amor. Es necesario que
hablemos juntos; Jesús y Sus discípulos hablaban unos con otros, mientras
caminaban de un lugar a otro. Aproveche todas las oportunidades que tenga para
conocer a sus hermanos y hermanas en Cristo, incluyendo el tiempo anterior y
posterior al culto. No entre corriendo, ni salga corriendo. Necesitamos
ayudarnos y darnos aliento unos a otros; después de todo, somos miembros del
mismo cuerpo (1ª Corintios 12). Es necesario que aprendamos juntos; cuando los
discípulos seguían a Jesús y aprendían de Él, ellos cultivaban una relación, no
sólo con el Maestro, sino que también el uno con el otro. Aprendamos juntos en
las clases, en los cultos y en otras situaciones. Los prados y los jardines de
flores no se cuidan solos. Los arbustos y los árboles no se podan solos. Y el
amor no es algo que se produzca espontáneamente. El amar a nuestros hermanos
exige esfuerzo —pero debemos hacerlo, porque es un mandamiento.
UN MANDAMIENTO NUEVO
No solamente es un mandamiento; es un mandamiento nuevo.
No es nuevo en el sentido de que se manda
amar a los demás. El Antiguo Testamento enseñaba a los hombres a amar a su
prójimo (Levítico 19.18). También, durante toda la historia
de la humanidad, ha habido maestros que enseñaron sobre el tema. Sócrates habló
acerca de la necesidad de que haya amor. Buda enseñó que sus seguidores debían
ser amigos de todos. ¡Pero el mandamiento era nuevo en el sentido de que
debemos amarnos «como» Cristo nos amó! Este amor era nuevo en ámbito, pues
abarcaba a todos los hombres. Era nuevo en negación de sí mismo, pues se
preocupaba por ayudar a la otra persona. Era nuevo en servicio, pues se
dedicaba a ayudar a los demás. Era nuevo en sacrificio, pues estaba
dispuesto incluso ¡a morir por los demás!
Es muchísimo lo que se podría decir
acerca de la manera como Cristo nos amó, pero por ahora sólo notemos tres
aspectos del amor de Cristo que mejorarían nuestras relaciones dentro de la
iglesia: El amor de Jesús se distinguía por estar presto, dispuesto y capacitado.
1) El amor de Jesús estaba presto a pensar lo
mejor.
Hemos visto en este estudio que el estar
presto a interpretar de la mejor manera las acciones de los demás, es una de
las más grandes cualidades del amor. El amor «todo lo cree», es decir, como se
lee en
El amor de Jesús tiene esa hermosa
cualidad. Cuando Él observó la vacilante personalidad de Simón, vio potencial
para un sólido e inalterable compromiso —y lo llamó Pedro, la roca (Mateo 16.18). La primera vez que Jesús se encontró con Juan, el
joven no era precisamente el apóstol del amor. Juan estaba presto a bombardear
con napalm a los que no formaban parte del grupo de
ellos. Pero Jesús vio potencial en él, potencial para un corazón que cuidaría
de otros, y confió Su madre al cuidado de Juan (Juan 19.26-27).
Cuando las acusaciones, las
insinuaciones y las indirectas comienzan a circular, ¡pidamos en oración tener
el amor que tuvo Jesús!
2) El amor de Jesús estaba dispuesto a pasar por
alto muchas faltas.
No se me adelante con esta cualidad. No dije: «todas las faltas», ni usé
la palabra «tolerar». Más adelante profundizaré más en la diferencia que hay
entre éstas y aquellas palabras; pero ahora deseo subrayar que a menos que
cultivemos la cualidad de ser capaces de pasar por alto muchas faltas, no habrá
manera de que nos podamos llevar bien con persona alguna.
Considere la relación que tenía Jesús con
Sus discípulos. Recuerde las debilidades de ellos, y cuan frecuentemente
desilusionaron al Maestro. Si Jesús así lo hubiera querido, él podía haber
pasado cada minuto del día señalándoles a los discípulos los errores de ellos.
No habría tenido tiempo de enseñarles a las multitudes. Pero Jesús fue paciente
con Sus seguidores especiales.
Efesios 4.4-6 es uno de los grandes pasajes sobre la unidad. Hace énfasis en que si
hemos de estar unidos, debemos ponernos de acuerdo sobre ciertas verdades: un
cuerpo, un Espíritu, una esperanza, un Señor, una fe, un bautismo y un Dios.
Pero note que el pasaje comienza en el versículo uno haciendo énfasis en la
clase de espíritu que se necesita para la unidad:
Yo, pues, preso en el Señor, os
ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con
toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en
amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz
(Efesios 4.1-3; énfasis
nuestro).
Otro pasaje importante sobre este tema es
1ª Pedro 4.8: «Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor
cubrirá multitud de pecados». Puede que Pedro esté citando de Proverbios 10.12, que dice: «El odio despierta rencillas; pero el
amor cubrirá todas las faltas». Son varias cosas las que se deben hacer notar
en el texto. Pedro recalca la importancia del amor cuando dice «Ante todo,
tened entre vosotros ferviente amor». Subraya la intensidad del amor que
debemos tener cuando dice: «Tened entre vosotros ferviente amor». Pero
las palabras que deseo subrayar son las que dicen: «El amor cubrirá multitud
de pecados».
Es una verdad generalizada que el amor
hará que pasemos por alto multitud de faltas. En casi todo hogar hay un juguete
viejo, un cuadro pasado de moda, un mueble que en realidad no hace juego con
los demás. ¿Por qué no nos deshacemos de tales cosas? Porque hay recuerdos
asociados con ellas —y el amor cubre los defectos.
Una vez un artista pintó un retrato de un
amigo. El hombre que fue retratado protestó diciendo: «Lo has pintado demasiado
bien para ser real». «No, —respondió el artista— sencillamente lo he pintado con amor».
Mencioné que tengo un nieto llamado Seth David (note cuan sutilmente lo traigo a colación otra
vez). Que yo sepa, no tiene defectos. Aun si los tuviera, el amor los cubriría,
y todavía sería el más hermoso de los niños.
Apliquemos ahora este principio general a
la cuestión del pecado. ¿De qué modo «cubrirá el amor multitud de pecados»?
Cuando alguien peca, si no lo amo, me resultará bastante fácil condenarlo al
instante. Pero si lo amo, entre otras cosas, trataré de
entenderlo y trataré de encontrar una razón para lo que ha hecho.
He causado, durante los años que he
vivido, muchas molestias a otras personas. Por lo general, estas molestias son
más involuntarias que maliciosas. Por ejemplo, a menudo estoy profundamente
concentrado en un pensamiento, y no noto la presencia de otras personas. A
veces, olvido hacer lo que dije que iba a hacer. De vez en cuando, lastimo los
sentimientos de alguien con mis palabras. Como resultado de ello hay personas a
las que no les importo, y hay algunos que buscan la manera de relacionarse lo
menos posible conmigo. Pero hay una persona a la que le he causado todas las
anteriores molestias y más, y se las he causado una y otra vez, y todavía se
mantiene a mi lado. Por supuesto que estoy hablando de mi esposa Jo. ¿Por qué se mantiene a mi lado? Porque el amor «cubre
multitud de pecados».
Esta es la actitud que necesitamos en la
iglesia. La mayoría de nosotros pasamos por una serie de etapas después de que
nos hacemos miembros de la iglesia. Etapa uno: Creemos que todos los miembros
de la iglesia son perfectos. Etapa dos: Nos damos cuenta de que todos los
miembros de la iglesia son débiles y tienen faltas. Etapa tres:
Aprendemos a amarlos a pesar de sus faltas. Permítame advertirle, si
usted no llega a la etapa tres, se irá de la iglesia.
¿Es este asunto de que «el amor cubrirá multitud de pecados» un
sorprendente concepto que acaba de proponerse? No, tan sólo es una aplicación
práctica de la regla de oro. Quiero que los demás me amen a pesar de mis
faltas. De modo que es necesario que yo ame a los demás a pesar de sus faltas.
Una peculiaridad de
3) El amor de Jesús estaba capacitado para
perdonar.
Este tercer punto coincide en gran
manera con los otros dos.
Jesús le dijo a la mujer acusada de
adulterio: «Vete, y no peques más» (Juan 8.11). Cuando estaba en la cruz, oró
diciendo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23.34). Jesús no guardaba rencor; no había animosidad
alguna en su corazón. Tal era la clase de amor que tenía.
Habrá quien proteste diciendo: «¡Pero es que usted no sabe lo que esa persona me hizo!
¡Jamás la perdonaré!». No me gustaría estar cerca de una persona con tal
actitud el día del juicio. Jesús dijo: «Mas si no perdonáis a los hombres sus
ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mateo 6.15).
Sería poco realista creer que no habrá
problemas entre los hijos de Dios. Hechos 15.39 dice que «hubo tal desacuerdo»
entre Pablo y Bernabé, que se separaron. Pero aun cuando los problemas surgen,
no debemos guardar rencor. Debemos estar prestos a perdonar. ¡Es necesario que
amemos como Jesús amó!
Otro responderá: «¡Eso
sí que está bonito! ¡Me parece que lo que usted está pidiendo es que
sencillamente nos olvidemos del pecado, que sencillamente pasemos por alto
todo!». No, no es así. Recuerde que es de amor ágape que estamos
hablando. Recuerde que este es el amor que procura lo mejor para el ser amado.
Recuerde que este es amor firme. ¿Pasó Jesús por alto el pecado en su
totalidad? No. Él reprendió a Sus discípulos de vez en cuando. A los fariseos
llamó «serpientes, generación de víboras» (Mateo 23.33), en otras palabras, «traidores». Echó fuera del templo a los
cambistas.
No se debe usar ningún pasaje de
Hay muchos pasajes que enseñan que la
disciplina correctiva es necesaria a veces (1ª
Corintios 5; etc.) y, de hecho, también dicen
que si uno no disciplina el pecado como debe, no estamos amando como
deberíamos. Note nuevamente Hebreos 12.6: «Porque el Señor al que ama,
disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo». No podemos pasar por alto
pecado alguno del cual no ha habido arrepentimiento, porque tal pecado puede
enviar a un alma al infierno. No se puede decir que amamos a una persona si no
tratamos de ayudarla a superar el pecado en su vida.
Así que, no estoy diciendo que debemos
pasar por alto el pecado; lo que estoy diciendo es que podemos mejorar la
manera como tratamos con él. Debemos aprender a ayudarles a las personas de
una manera amorosa. Estoy subrayando especial-mente que debemos esforzarnos por
mejorar nuestros motivos, por purificar nuestro corazón. Alguien dijo que
muchos de nosotros somos más capaces en la observancia de virtudes que nos
exigen severidad, que en la de virtudes que nos exigen cortesía. Debemos
aprender a amar como Jesús amó.
UN MANDAMIENTO QUE DISTINGUE
Por último, notemos que este es un
mandamiento que distingue. Jesús dijo: «En esto conocerán todos
que sois mis discípulos».
Cuando estamos orgullosos de pertenecer a una organización, nos gusta
que otros lo sepan. Hay personas que llevan visible un símbolo de la
organización para la cual trabajan, o tal vez de una organización de la cual
son miembros. De vez en cuando he llevado la insignia de una organización
cívica, o el distintivo de una sociedad de magos.
Pero Jesús dijo que los hombres sabrían que somos Sus discípulos, no por
algún distintivo que lleváramos puesto, ni por algún uniforme especial, ni por
el estilo del vestido o del peinado, sino por la forma como nos amáramos unos a
otros.
Hay muchas cosas que Jesús podía haber escogido como distintivo. Podía
haber dicho que todos conocerían que somos Sus discípulos por haber sido
sumergidos en agua para el perdón de pecados. Ser sumergidos es importante
(Hechos 2.38); sin embargo, es posible equivocarse en cuanto a los
motivos por los cuales uno se bautiza. O podía haber dicho que todos conocerían
que somos Sus discípulos cuando fuéramos capaces de citar muchas Escrituras —o cualquier cantidad de cosas, la mayoría de las
cuales, o todas, podrían ser muy importantes, incluso esenciales. Pero en lugar
de los anteriores distintivos, dijo que todos conocerían que somos Sus
discípulos cuando aprendiéramos a amarnos unos a otros.
Aparentemente, la iglesia primitiva tomó en serio este desafío. Según el
antiguo historiador Tertuliano, la siguiente es la opinión que el mundo tenía
de los cristianos primitivos: «Mirad cuánto se aman unos a otros; están prestos
a morir unos por otros».
Es importante advertir que no se debe
tomar Juan
13.34 aisladamente. En este versículo no
dice que el amor sea algo que todos pueden ver, sino que será lo que a
fin de cuentas atraerá o alejará a todos. No podemos ser la iglesia del
Señor, a menos que estemos bien en doctrina. Sin embargo, a nadie le
impresionará lo bien que estemos si no nos amamos unos a otros.
Esto fue lo que dijo un cínico acerca de los miembros de la iglesia: «Son un
montón de gente “no”, porque No beben, no maldicen, no cometen
adulterio
—y no se quieren».
Más de una vez he ido a visitar personas
con el fin de darles aliento para que vuelvan a la iglesia, y he oído historias
como la siguiente: «Mi papá era anciano (o predicador, o diácono, o lo que
fuera) de la iglesia, pero nos maltrataba a mi mamá y a mí». O también, he ido
a animar personas para que obedezcan el evangelio y se hagan miembros de la
iglesia, y he obtenido como resultado que me espeten palabras como las que
siguen: «¿Conoce usted a fulano de tal? Supuestamente
es un miembro importante allí, donde usted predica, pero he visto cómo trata a
las demás personas». Mientras no aprendamos a amarnos unos a otros, ¡el
resultado de nuestros esfuerzos de evangelismo será limitado!
Que Dios nos ayude a amar a los
hermanos —y a dejar
que el mundo vea.
CONCLUSIÓN
En esta lección, he subrayado la
importancia de amar a los demás miembros del cuerpo de Cristo. Hemos destacado
la necesidad de estar prestos a interpretar de la mejor manera lo que
nuestros hermanos hagan, de estar dispuestos a pasar por alto muchas
faltas y de estar capacitados para perdonar. Al llegar a esta
conclusión, deseo preguntar: «¿Cuál es su
reacción a estas enseñanzas? ¿Cómo terminaría usted la siguiente frase:
En cuanto al amor fraternal, yo deseo...?».
Había una vez un predicador al cual un
miembro de su congregación le dio un auto nuevo. Un día que andaba visitando en
su nuevo automóvil, al volver a su vehículo, halló a un niño de ropas
andrajosas admirándolo. «¡Qué auto más estupendo!»,
exclamó el niño. El predicador explicó que en realidad él no podía pagar por un
auto así, pero que un hermano se lo había dado para usarlo en el servicio de
Dios. El niño pensó en ello un rato, y luego dijo: «Deseara... ser un hermano
así».
Al haber hablado acerca de lo que supone
amar a nuestros hermanos, es posible que algunos de nosotros hayamos pensado:
«Así es como me gustaría que mis hermanos me trataran». Sin embargo, la
respuesta que Jesús desea es «¡Así es como yo quisiera
tratar a mis hermanos y hermanase».