(Lección 13)
“Bendito el
Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos
hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los
muertos, para una herencia
incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para
vosotros” (1ª Pedro 1:3-4)
Una
emocionante promesa que Jesús hizo es la siguiente: “Vuestro galardón es grande
en los cielos” (Mateo 5:12; Luc. 6:23) Los que somos
cristianos tenemos esperanza (Efes. 4:4) de una vida en el cielo, la cual
sobrepasa abundantemente a esta vida en gloria, esta es una gran bendición que
hace que valga la pena ser cristianos. Ninguna otra iglesia tiene tantos
cánticos acerca del cielo, ni canta tan a menudo acerca de un hogar futuro.
Nuestra expectación del cielo nos lleva con gozo a través de las muchas
tribulaciones y cargas que llevan a otros a la tristeza y a la desesperanza
(1ª Tes. 4:13)
Hubo alguien que llegó a la siguiente conclusión:
“La vida cristiana es todavía la mejor vida que el hombre puede vivir mientras
esté aquí, aun si no hubiera recompensa después de la muerte”. En concordancia con lo anterior, esto fue lo
que Pablo escribió: “La piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta
vida presente, y de la venidera” (1ª Tim. 4:8) Jesús
enseñó lo mismo: “Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en
abundancia” (Juan 10:10) Una vida
abundante no es una vida sin problemas. Esto fue lo que Pablo escribió: “Y
también todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán
persecución” (2ª Timoteo 3:12) La
persecución que Pablo sufrió le llevó a decir: “Si en esta vida solamente
esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los
hombres” (1ª Cor.
15:19) Pablo escribió acerca de sus tribulaciones con Cristo: “Si como hombre
batallé en Efeso contra fieras”, ¿qué me aprovecha?
Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos”
(1ª Cor.
15:32; Isa. 22:13)
El Nuevo
Testamento nos da promesas más abundantes como desear fervientemente el
cielo. Aunque el cielo, en el sentido de
hogar eterno de los salvos, no se menciona en las Escrituras frecuentemente, ni
es descrito en detalle, sin embargo, las bendiciones del cielo son aludidas
muchas veces.
Nuestra
esperanza cristiana de un hogar en el cielo es una de las cosas que nos trae
gozo (Rom. 12:12)
Esta es una promesa mejor que la que fue hecha a los que estaban bajo en
antiguo pacto (Heb. 8:6; 10:34) A éstos se les
prometió la tierra de Canaan, una larga vida y
prosperidad, si observaban el pacto que Dios hizo con ellos (Deut. 4:13; 5:33) Si
todo lo que se nos promete es un lugar sobre una tierra restaurada a su estado
prístino, entonces las promesas de Dios bajo en nuevo pacto, la base de nuestra
esperanza, no son mejores que las promesas de tierra que Dios le hizo a Israel
(Deut. 28:1-14)
No obstante, nuestra esperanza es un lugar para siempre en el cielo
(1ª Pedro 1:3-4) en un lugar de un lote
de tierra con prosperidad y larga vida en la tierra.
¿CÓMO ES EL CIELO?
Para poder
comprender el cielo tal como se describe en la Biblia, debemos darnos cuenta,
como lo estudiamos en una lección anterior, que la palabra “cielo” se usa para
tres diferentes esferas (2ª Cor. 12:2-4)
1)
El cielo
en el cual se encuentran las nubes (Deut. 11:11)y en
el que los pájaros vuelan (Salmo 72:2)
2)
El
Universo lleno de estrellas y constelaciones (Gén.
1:14-18; Deut. 1:10) , y
3)
El lugar
en cual mora Dios, donde los redimidos de la tierra vivirán para siempre
(1ª Ped.
1:3-4) Esta última referencia es el interés de esta lección.
La
expresión “reino de los cielos” se usa para referirse a:
1)
El reino
eterno de Dios (Mateo 13:43)
2)
El reino
preparado para los salvos (Mat. 25:34), y
3)
El reino
de Cristo del cuál él predicó que estaba cerca y acerca del cual envió a otros
a predicar. A este reino se le refirió como “reino de los cielos” (Mateo 4:17);
“reino de Dios” (Marcos 1:15), “mi reino” (Lucas 22:30), y “reino de su amado
Hijo” (Col. 1:13). Una hebra (hilo) común, que corre a través de estos
términos, los correlaciona en significado, pues todos ellos se refieren al
reino de los cielos. El reinado especial de Cristo, el cuál él predicó que
estaba cerca (Mateo 4:17), comenzó con su ascensión (Efes. 1:19-23) y terminará
cuando él regrese(1ª
Cor. 15:24) Esta lección hará énfasis en el
reino en al cual los salvos entrarán como su recompensa eterna (Mateo 25:34)
Solamente el contexto puede determinar cuál de estos usos del término es el que
se da a entender en cada pasaje.
Dado que el cielo no es una dimensión
física, tangible, debemos tener en cuenta que los términos referidos, sólo
pueden insinuar las realidades de esta esfera espiritual. Pablo escribió lo
siguiente: “No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven;
pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”
(2ª Cor. 4:18)
Aunque Dios describe al cielo en términos que se refieren a cosas materiales,
no se debe pensar de éste como algo material.
El cielo es...
a)
El
“paraíso de Dios” (Apoc. 2:7) Un lugar de descanso
b)
Una
“ciudad” (Heb. 11:10,16; 13:14), un lugar de
protección
c)
“La casa
de mi Padre” (Juan14:2), el palacio del Rey
d)
“El
reino de el Padre” (Mateo 13:43) “el reino eterno” (2ª Ped. 1:11) Un lugar
donde Dios estará reinando sobre su reino
e) Cielos nuevos y tierra nueva”
(2ª Pedro 3:13) Un lugar especial,
diferente y mejor que los actuales cielos y tierra.
La tierra
no ha de ser renovada ni transformada en una habitación espiritual. Si así lo
fuera, entonces no podríamos tomar en serio al que se sentó en el trono y dijo:
“He aquí yo hago nuevas todas las cosas” (Apoc. 21:5)
Ni podríamos tomar literalmente la siguiente expresión: “Vi un cielo nuevo y
una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron”
(Apoc.21:1)
La nueva
Jerusalén, la ciudad de los salvos, se describe como estando hecha de los más
costosos materiales conocidos en la tierra (Apoc.
21:11-21) Tal descripción es impresionante, casi más allá de la imaginación
humana. Es el cuadro que Dios quiso que nosotros los mortales tuviéramos.
Seremos impresionados cuando seamos glorificados en su reino (1ª Tes. 2:12; Heb. 2:10) cuando contemplemos su esplendor y gloria (Rom. 8:18) y cuando seamos participantes de esa gloria ( 1ª Pedro 5:1) El
será “glorificado en sus santos” (2ª Tes. 1:10). Seremos también impresionados por el hecho de
que no se trata de una esfera temporal, si no que nos proveerá a nosotros, como
ciudadanos del cielo, “un cada vez más excelente y eterno peso de gloria”
(2ª Cor. 4:17)
Comparado con la tierra, es “una mejor patria, esto es celestial” (Heb. 11:16)
La buenas nuevas acerca del cielo es que éste siempre
existirá y será siempre el mismo. No será como esta tierra transitoria. Nuestra
esperanza es “una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible,
reservada en los cielos para nosotros” (1ª
Pedro 1:4) El cielo es un lugar “donde ni la polilla y el orín
corrompen, y donde ladrones no minan y hurtan” (Mateo 6:20; Luc.
12:33) Cada uno de los que entren al
cielo tendrá un nuevo cuerpo, “una casa no hecha de manos, eterna, en los
cielos” (2ª Cor.
5:1)
El más
maravilloso aspecto del cielo será nuestra asociación por toda la eternidad con
Dios, Jesús y el Espíritu Santo (Apoc. 21:3), y con
todas las personas maravillosas salvas que habrán vivido. No hay convivio en la tierra que se pueda
comparar con el convivio eterno que tendremos en el cielo. Si pudiéramos echar
una mirada, aunque fuera por un momento, a la gloria del cielo y ver la
comunión que experimentaremos, estaríamos tan emocionados de ir allí, que
pasaríamos cada instante despiertos soñando con ello,
trabajando y planeando para ello. Esto fue lo que Pablo escribió: “Pues tengo
por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la
gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos
:18)
¿QUÉ HABRÁ EN EL CIELO?
Para ayudarnos a comprender el cielo se usan
símbolos. El cielo no tendrá cosas como as que necesitamos aquí en la tierra,
tales como el sol, la luna, o una lámpara; no habrá noche allí pues el Cordero
será su lumbrera (Apoc. 21:23,25; 22:5) El tener acceso inmediato a la presencia
divina significará que no será necesario un templo, pues Dos y el Cordero serán
el templo (Apoc. 21:22)
No
tendremos necesidad de alimento físico, pues la vida será sustentada por el
agua del río de la vida y por el árbol del fruto de la vida (Apoc. 22:1-2) No estaremos ya más separados de Dios, pues,
“él morará con ellos; y ello serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos
como su Dios” (Apoc. 21:3) El trono de Dios y del Cordero estará allí, y
debido a esto, no puede haber allí maldición (Apoc.
22:3) Sólo justicia habrá en nuestra nueva morada (2 Pedro 3:13)
¿A QUÉ NOS ASEMEJAREMOS?
Nuestros
cuerpos materiales serán transformados en cuerpos espirituales (1ª Cor.
15:44,51-54) Los cuerpos materiales no
serían adecuados para la dimensión espiritual a la que entraremos, pues, “la
carne y la carne no pueden heredar el reino de Dios” (1ª Cor. 15:50) La esfera espiritual de Dios le es natural a
él, pues él es Espíritu (Juan 4:24), y para los ángeles, pues estos también son
espíritus (Heb. 1:14)
No podemos comprender cómo será el cuerpo en tal dimensión, pero tenemos
la certeza de que “cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le
veremos tal como él es” (1ª Juan 3:2)
Para poder ver a Dios, nosotros debemos entrar a su dimensión, pues los seres
físicos no pueden ver a Dios (1ª Tim. 6:16) Jesús
“transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al
cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí
mismo todas las cosas” (Fil. 3:20-21) Cuando esto suceda, “veremos su rostro” (Apoc. 22:4), un rostro que ninguno de nosotros en nuestros
cuerpos materiales puede contemplar y vivir ( Éxodo 33:20)
Cuando
seamos transformados, tendremos la gloria de los seres celestiales. Seremos
glorificados con Cristo (Rom. 8:17), cuando hayamos
entrado a la gloria, la honra y la paz (Rom.
2:7,10) En nuestro nuevo estado
“resplandeceremos como el sol en el reino” de nuestro Padre (Mat. 13:43) “Y así
como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del
celestial” (1ª Cor.
15:49)
Seremos
personas eternas, con “vida eterna”, y no podremos ya más morir (Luc. 2=.36; Apoc. 21:4) La “vida
eterna”, significa calidad de vida como también longevidad, lo cual se puede
referir a una posesión presente (Juan 3:36; 5:24; 6:47; 1ª Juan 5:11,13), o la que recibiremos como
recompensa por creer en Jesús y servirle(Mat. 19:29;
Marcos 10:30; Luc. 18:30; Juan 10:28; Romanos 2:7;
6:22; 1ª Timoteo 6:12)
Los muertos
injustos continuaran viviendo. No obstante, su existencia eterna no debiera
considerarse “vida eterna”; en lugar de ello, debiera llamarse “muerte eterna”,
la cual es la segunda muerte, el lago de fuego (Apoc.
20:14)
¿QUÉ ESTAREMOS HACIENDO?
Dios nos ha
dado una descripción completa de lo que estaremos haciendo en el cielo, y tal
vez por una buena razón. Nosotros, por estar en una condición física, podríamos
pensar que no es emocionante lo que hacen los seres espirituales. Dado que
nuestra felicidad por lo general se basa en cosas materiales, podríamos tener
dificultad para emocionarnos con las actividades espirituales. Del cielo.
En el cielo
conoceremos sólo la felicidad, pues Dios “enjugará... toda lágrima de los ojos
de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá
más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apoc. 21:4) Los
aspectos materiales de esta vida que nos han causado tristeza o que han sido
una maldición para nosotros, no existirán más (Apoc.
22:3) Los salvos entraremos al “gozo” de
nuestro Señor (Mat. 25:21,23) Descansaremos de los
trabajos de esta vida (Apoc. 14:13; hebreos 4:8-11)
Por toda
la eternidad nos gozaremos, porque
estaremos con el Padre (Apoc. 21:3), con Jesús (Juan
12:25; 14:3; 17:24; 2ª Cor. 5:6-8; Fil. 1:23; Col. 3:4;
1ª Tes. 4:17),
con los ángeles (Luc. 9:26), y con los que sean
salvos (Mateo 13:43) Serviremos gozosamente a Jesús (Apoc.
22:3) y reinaremos con él por siempre (2ª
Tim. 2:12; Apoc.
22:5). El será glorificado en los santos
(2ª Tes.
1:10), lo cual debe significar que Jesús será altamente honrado y reverenciado
(Fil. 2:10-11) por los que él haya salvado. El cielo
será un maravilloso lugar de amor, convivio y regocijo.
¿QUIÉNES IRÁN AL CIELO?
Esto fue lo
que Jesús dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de
los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre...” (Mateo 7:21) “Vino a ser autor de eterna salvación para
todos los que le obedecen” (Heb. 5:9) Los que reciban
la vida eterna “los que perseverando en bien hacer, buscan honra y honra”
(Romanos 2:7), y “todo el que hace lo bueno” (Rom.
2:10)
Las glorias
del cielo no se dan con base en los
méritos, sino con base en la gracia (2ª Tes. 2:16) No vamos a poder jactarnos de haber ganado el
cielo por medio de buenas obras (Efes. 2:8-9; Tito 3:5) Simplemente diremos: “lo que debíamos hacer
hicimos” (Luc. 10:17)
El cielo nos
será dado como una herencia (Hech. 2:32; 26:18; Efes.
1:11,18; 5:5; Col. 1:12; 3:24; Heb. 9:15; 1 Pedro
1:4) Una herencia no es algo que se gana, es un regalo. Los herederos son los hijos de Dios (Romanos
8:16-17; Gálatas 3:6-7,29) Al ser
nacidos de nuevo, de Dios (Juan 1:12-13) De esta forma nos convertimos en Hijos
de Dios y herederos del cielo a través de la fe y el bautismo (Gál. 3:26,27)
Los que no entrarán en el cielo
son los que se revelan en contra de Dios y viven vidas inmorales (1ª Cor. 6:9-10; Gál. 5:19-21) Debido a que no han sido lavados en la sangre
de Jesús, ellos se quedarán contaminados y no podrán entrar al cielo (Apoc. 21:27; 2ª
Pedro 3:13) Los que entrarán al
cielo serán los que hayan sido lavados por la sangre de Jesús (Efes. 5:25-27;
Col. 1:19-22)
¿SEREMOS TODOS RECOMPENSADOS
IGUAL?
Hay quienes
han llegado a la conclusión de que Dios dará grados de recompensa. Algunos
basan tal conclusión en el hecho de que se mencionan tres diferentes coronas:
La corona de “justicia” (2ª Tim. 4:8), de “gloria” (1ª
Pedro 5:4), y de “vida” (Apoc. 2:10; Sant. 1:12) Estas
puede que no sean grados de recompensa, sino descripciones de las bendiciones
de todos los justos.
Hay
buen fundamento para poder decir que
todos recibirán la misma recompensa. En la parábola acerca de los que habían
trabajado desde una hora hasta el día laboral completo, Jesús expresó que todos
recibieron la misma paga (Mateo 20:2-15)
También enseñó que los que dieron todo recibirán la vida eterna ( (Luc. 18:30), pero no dijo nada
de recompensas más grandes. Sería justo si Dios recompensara a unos más que a
otros; no obstante, nadie merece el cielo. Si Dios da a todos la misma
recompensa, tal como la parábola lo indica (Mateo 20:2-15), él todavía estaría
mostrando su gracia a todos.
¿NOS RECONOCEREMOS UNOS A OTROS?
Hay quienes
han argüido que si nos reconocemos unos a otros, entonces tendremos dolor en el
cielo, pues nos daremos cuenta que algunos de nuestros seres amados no lograron
llegar allí. Esto podría ser problema; no obstante, los que vayamos al cielo
comprenderemos la forma como Dios administra la justicia. Por esta razón,
estaremos satisfechos con cualquiera que sea su veredicto.
Otros han
llegado a la conclusión de que no nos reconoceremos unos a otros pues nuestros
cuerpos espirituales no lucirán como nuestros cuerpos terrenales. El hombre
rico reconoció a Lázaro en el seno de Abraham después de que ambos salieron de
sus cuerpos. Pablo les dijo a los hermanos Tesalonicenses que ellos serían la
razón de su gozo y gloria en la venida de Cristo (1ª Tes. 2:19-20) ¿Cómo podrían ser su razón para regocijarse
si no pudiera reconocerlos y saber que estaban entre los salvos? En el cielo los justos tendrán comunión por
toda la eternidad con amigos salvos que tuvieron en la tierra y también con
todos los salvos de la tierra.
CONCLUSIÓN:
El cielo
es un lugar maravilloso el cual excederá a nuestros más preciados
sueños. Nuestra más grande aspiración debería ser el entrar en esa esfera
espiritual donde se encuentra Jesús. Gozaremos de una nueva existencia
espiritual por toda la eternidad en el cielo, donde habrá un maravilloso
convivio. No tendremos más dolor,
tristeza ni llanto. Todos será gozo, felicidad y paz.&