Y
POSTRÁNDOSE LO ADORARON
(5)
Vinieron del oriente a Jerusalén unos magos que buscaban al niño
Jesús. Habían viajado una gran distancia
con el propósito expreso de adorar al recién nacido rey de los Judíos. Y al entrar en la casa, vieron al niño con su
madre María, y postrándose lo adoraron (Mateo 2:11). La palabra que se traduce por adoraron en este versículo, es una forma de proskuneo, la palabra griega que más a menudo se usa en el
Nuevo Testamento para dar a entender la idea de
adorar. Significa postrarse ante
una persona y besar sus pies, el borde de su vestido, el suelo, etc., (postrase y)
adorar, tributar homenaje, postrarse, hacer reverencia, recibir
respetuosamente.
Con la postura física que se adopta al
postrarse, uno mostraba una actitud de reverencia y de humildad. Cuando se dirige a Dios, esta actitud de
“postración” tiene un profundo significado espiritual. Jesús y la mujer que estaba junto al pozo
usaron esta palabra cuando hablaron sobre donde y qué se debía adorar, según se
narra en Juan 4:20-24.
Una palabra Neotestamentaria que se usa con
menos frecuencia para referirse a la adoración es “latreia”,
que a menudo se traduce por “servir” y se usa con relación de llevar a cabo
ritos religiosos que incluyen servicio o adoración a Dios. El equivalente Veterotestamentario
de esta palabra se usa más comúnmente en referencia a llevar a cabo los
servicios del tabernáculo o del templo.
Fil. 3:3, se refiere al modo como los cristianos sirven a Dios, en
contraste con el acto carnal de la circuncisión. Hebreos 10:2, usa esta palabra en el contexto
de los ritos que se llevaban acabo en el santuario veterotestamentario. Jesús usó ambas palabras en la misma frase
con que le respondió a Satanás su petición en el sentido de que se postrara
y le adorara (Mateo 4:9-10). Satanás usó
la palabra “proskuneo” (Verso 9). Jesús respondió: “Al Señor tu Dios adorarás “proskuneo”, y a él sólo servirás “latreus”
(v 10). Le estaba diciendo a Satanás que
Dios era el único a quién esta clase de adoración debe darse.
Cada vez que en el contexto de la adoración se menciona la postura
corporal, por lo general encontramos la palabra “doblegarse” o
“postrarse”. Son más de cincuenta veces
que las Escrituras se refieren a alguna forma de postrarse ante Dios. A menudo se adoraba a Dios postrándose hasta
hacer que el rostro tocara la tierra.
Esta clase de humillación incluye poner el rostro de uno tan debajo como
sea posible, aun en medio de la suciedad.
Cuando el pueblo oyó el anuncio de Moisés y Aarón en el sentido de que
Dios había visto la aflicción de los Israelitas y les iba a librar de la
esclavitud que sufrían por parte de los egipcios, ellos “se inclinaron y
adoraron” (Exodo 4:31). También, cuando Moisés les explicó el rito de
la pascua “el pueblo se inclinó y adoró”
(Exodo 12:27)
Después de que Moisés quebró las tablas de piedra sobre las cuales
habían sido escritos los diez mandamientos, él volvió a subir al monte a
encontrarse de nuevo con Dios. Cuando
llegó a la cima, el Seor descendió en una nube a pasó delante de Moisés,
proclamando Su presencia con las siguientes palabras: “¡Jehová! ¡Jehová! Fuerte, misericordioso y piadoso;
tarde para la ira, y grande en misericordia y verdad...”. En ese momento Moisés se apresuró “a bajar la
cabeza hacia el suelo para adorar” (Exodo 34:5-)
En 2ª Crónicas 29, leemos que el
rey Exequias reparo el templo y volvió a abrir las puertas de este para que por
primera vez en años, se llevara a cabo la adoración en él. Cuando acabaron de ofrecer el holocausto, “se
inclinó el rey, y todos los que con él estaban y adoraron”. Entonces el rey Exequias y los príncipes
dijeron a los levitas que alabasen a Jehová... y ellos alabaron con gran alegría y se
inclinaron y adoraron (29:29-30)
En otra ocasión, que se registra en 2ª Crónicas 20, el rey Josafat recibió noticia en el sentido
de que los amonitas, los Moabitas y otras tribus de
los amonitas se habían aliado para venir en contra de él a la guerra ( versos
1-2). Entonces él se volvió a Dios e
hizo pregonar ayuno a todo Judá (v-3). El pueblo de Judá
se reunió en Jerusalén para pedir socorro a Jehová; Josafat se puso pie en medio de ellos y
comenzó a orar. Cuando terminó de orar,
el Espíritu de Jehová vino sobre Jahaziel, y éste
dijo: “No temáis ni os amedrentéis delante de esta multitud tan grande, porque
no es vuestra la guerra, sino de Dios (v- 15).
El profeta indicó al pueblo que descendiera hasta el extremo del valle,
antes del desierto de Jeruel, y que se pararan donde
pudieran ver la salvación del Señor (v- 16-17).
Concluyó: “no temáis ni desmayéis; salid mañana contra ellos, porque
Jehová estará con vosotros (V-17b). A
continuación Josafat se inclinó rostro a tierra, y así mismo todo Judá y los moradores de Jerusalén se postraron delante de
Jehová (v- 18). Después, se levantaron
los levitas y alabaron a Dios con alta voz (v- 19)
En un momento cuando todo parecía irle bien a Israel, Esdras el profeta recibió noticias
preocupantes: Aún
los sacerdotes y levitas, y los príncipes del pueblo, habían violado los
mandamientos del Señor al mezclarse con los pueblos de la tierra (Esdras
9:10). ¡Esdras se espantó!. Se sentó y guardó
silencio hasta la hora del sacrificio de la tarde; después se postró rostro a
tierra, extendió sus manos a Dios y oró.
Más adelante, Esdras reunión al pueblo para leerles la ley, todo el
pueblo estuvo atento. Cuando Esdras
alabó a Dios, ellos respondieron; “¡Amen! ¡Amen! Alzando sus manos; y se
humillaron y adoraron a Jehová inclinándose a tierra” (Nehemías
8:5-6)
Aún otro ejemplo de postración se narra en el libro de Job. Cuando Job había recibido la noticia de había
perdido todo en una serie de eventos catastróficos, “se levantó, y rasgó se
manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró”. (Job 1:20). Esto no era lo que Satanás esperaba. Es interesante observar, por lo tanto, cuando
le ofreció a Jesús la gloria del mundo, Satanás quiso que Jesús lo adorara postrándose
ante él (Mateo 4:9).
No debe sorprendernos que se presente adorando de esta manera a los que
están alrededor del trono de Dios.
Los veinticuatro ancianos siempre adoran al que está
sentado en el trono, postrándose de delante de Él y arrojando sus coronas
delante de su Trono (Apoc. 4:10). En (Apoc. 7:11b), leemos que los ángeles, junto con los
veinticuatro ancianos y loa cuatro seres vivientes, “se postraron sobre sus
rostros delante del trono,, y adoraron a Dios”. Cuatro
capítulos más adelante, leemos que los 24 ancianos, aún teniendo sus propios
tronos, “se postraron sobre sus rostros, y adoraron a Dios” (Apoc. 11:16b).
La adoración no solamente requiere postración; la adoración es postración. ¿Significa lo anterior que la adoración debe
ser siempre solemne y sombría?. ¡No!
La adoración bíblica se describe a veces como una celebración llena de
gozo. En Salmo 95:1-6, el canto, la
aclamación alegre y el entrar ante la presencia de Dios dando gracias son
mencionados en un mismo contexto junto con la postración.
Cuando los Judíos que habían vuelto del exilio
a Jerusalén escucharon la lectura de
En
2ª de Samuel 6 leemos acerca de lo ocurrido cuando el arca
del pacto, puesta sobre los hombros de los sacerdotes, fue llevada a
Jerusalén. David danzaba con toda su
fuerza delante de Jehová; y estaba David vestido con un efod
de lino (V- 14). Mical,
la esposa de David, lo vio danzando y le menospreció en su corazón. A Mical no parece
haberle inquietado la danza o la celebración en sí, sino la manera como David
iba vestido. Ella consideraba que el
atavío era poco decoroso para el rey. Lo
acusó de descubrirse delante de las criadas, como lo haría una persona
cualquiera. Un comentarista dijo: «La ofensa de David, según consideraba Mical, no consistía en la danza, sino en haberse despojado
de sus ropas reales, y en haber aparecido delante de sus súbditos vestido con
ropas de una clase inferior». Evidentemente, Mical
consideraba que el efod de lino, que originalmente
llevaban puesto los sacerdotes (Éxodo 39: 2-7), estaba por debajo de la
dignidad real de David Ella hubiera preferido que él orgullosamente mostrara su
túnica y corona reales, marchando pomposamente a la cabeza de la procesión Ella
reflejaba el orgullo y las actitudes, a menudo irreligiosas, de su padre —Saúl,
el rey anterior David, sin embargo, se postraba aun en la celebración Era a
propósito que se había vestido con el atavío de los humildes sacerdotes que
portaban el arca. Por primera vez en muchos años, la presencia del Señor en la
forma del arca del pacto estaba con Israel. David estaba agradecido, y a la vez
se sentía indigno, delante de la presencia del sobrecogedor Dios del universo.
Él demostró que la celebración sin postración es celebración sin adoración. ¡La
celebración sin postración puede ser arrogante!
¿Significa lo que hemos venido diciendo que
debemos caer de rodillas de cara al suelo cada vez que entramos en la presencia
de Dios?. Ken Neller planteó una
interesante pregunta: «¿Qué haría usted si de pronto fuera
arrebatado hasta la presencia misma de Dios?».
Yo no sé lo que haría. Podría ser que me desmayara, sin embargo me
gustaría hacer lo mismo que hizo Juan, según se relata en Apocalipsis 1:17.
Juan estaba «en el Espíritu» en el día del
Señor (Apocalipsis 1:10). Por lo general se piensa que estar «en el Espíritu»
es un estado de éxtasis espiritual,4 tal como sucedió con los que
hablaron u oraron por la inspiración del Espíritu Santo. (Vea Ezequiel 3.12-14;
Hechos 22:17.) Juan oyó una voz detrás de él, y esta voz le dijo que escribiera
en un libro lo que estaba viendo. Cuando se volvió para ver quién era el que le
hablaba, se dio cuenta de que estaba en la presencia misma del Hijo del Hombre.
El apóstol cayó como muerto a Sus pies. La postración es la postura natural del
que se acerca al Dios del cielo y de la tierra.
Una vez que aguardaba yo en la sala de
abordaje del aeropuerto de Kiev, Ucrania, observé a varios hombres, vestidos a la usanza
oriental, que se dirigieron a una esquina y se postraron sobre sus rostros en
una alfombra que se había dispuesto especialmente para ello. Estuvieron allí
varios minutos. Eran musulmanes, y les había
llegado el momento de observar una de sus horas de oración. Tal vez haya algo
que los cristianos podríamos aprender de ellos en cuanto a la postración.
Podríamos aprender, por ejemplo, que la postración
no se avergüenza en presencia de otros, y que al
humilde no lo desalientan ni lo incómodo, ni lo poco práctico de la situación.
Sin
embargo, coincido con Jack Hayford cuando dijo:
[ ] aunque es
completamente posible hacerlo cuando se ora en privado, el estar postrados
de cara al suelo no es ni práctico, ni exigido, ni generalmente
recomendado cuando los creyentes están reunidos en
asamblea Sin embargo hay una postración que debería exigirse siempre, y ésta es la postración
del orgullo y el allanamiento de la voluntad
humana, que tan fácilmente cede a la tendencia a afirmar su propia dignidad a expensas de la humilde
participación en una adoración que
sea de todo corazón, que esté viva espiritualmente y que
se exprese corporalmente”
Independientemente de la postura corporal que
se adopte —ya sea que se esté de rodillas, con las
manos extendidas, sentados o de pie— la postura del corazón deberá ser siempre
de postración.
Todavía recuerdo cuando los que dirigían a la
asamblea en oración a menudo se arrodillaban. Había un hermano que, sin sentir vergüenza alguna, se salía de la fila de
asientos e hincaba una rodilla sobre el pasillo. Había otro que caía de
rodillas a un lado del pulpito cada vez que dirigía
a la congregación en oración.
Alfred P.
Gibbs, comentando sobre la humildad del adorador de Deuteronomio 26: 5-9, dijo: “No se hizo previsión para el orgullo, ya
fuera por la raza, por el lugar de procedencia, por la apariencia o
por el estatus. Su confesión fue: «Un arameo a punto de perecer fue mi padre».
No se dio «aires» de importancia, no mostró asomo alguno de complejo de
superioridad ni asumió actitud de mando al venir a la presencia de Dios. No
debía haber glorificación de sí mismo, ni despliegue de esa parte tan
detestable del ser humano, como lo es la carne, sobre la cual Cristo declaró
que «para nada aprovecha» (Juan 6: 63).
Que Jesús estaba en contra del adorador
arrogante es algo que se evidencia en la parábola que Él cuenta en Lucas
18.10-14. Un personaje de esta parábola, fariseo, daba gracias a Dios porque no
era como el otro hombre que había venido a adorar. El fariseo estaba más
admirado de sí mismo que de la presencia de Dios. Se jactaba de su propia
«Justicia» delante de Dios, mientras que el otro adorador, cobrador de
impuestos, ni siquiera alzaba los ojos a Dios. En vez de esto, se golpeaba el
pecho y le pedía a Dios que fuera misericordioso con él. El humilde cobrador de
impuestos se fue a casa agradando más a Dios que el orgulloso fariseo. Esto fue
así porque Dios siempre exalta al adorador humilde (Vea Santiago 4:10.)
CONCLUSIÓN
El adorador orgulloso de la parábola de
Jesús comparó la impresión que tenía de sí mismo con la que tenía de otra persona;
cuando debió haberse comparado a sí mismo con Dios. Y es que cuando nos
comparamos con Dios, es inevitable que caigamos de rodillas. Una característica
de la verdadera adoración es que nos libra de la pomposidad y el orgullo. En
cambio, la adoración que exalta el ego, que exige que se llenen las necesidades
personales o que insiste en incluir las preferencias personales no es adoración
del todo.
El problema que Pablo observaba que tenían
los cristianos que estaban en Corinto era el egocentrismo. El haber preferido a
diferentes líderes les causó que se dividieran (1ª Corintios 1: 12-13). El
insistir en sus derechos personales les llevó a aceptar la inmoralidad, a
llevarse unos a otros a juicio y a darse gusto comiendo carne de animales que
habían sido sacrificados a los ídolos, sin tomar en cuenta la conciencia de los
demás (1ª Corintios 5: 6- 8). En la adoración, su egocentrismo les había
llevado a hacer gala de los dones espirituales dados por Dios, compitiendo unos
contra otros (1ª Corintios 12—14). Estaban incluso profanando
Aun
los ángeles ocultan sus rostros delante de Dios (Isaías 6:2). Las huestes celestiales
se postran delante de Él (Apocalipsis 4:10; 7.11). ¿Habrá otra actitud
aceptable con la que los mortales nos podamos acercar a Dios? ¡Festeje, sí,
pero hágalo con humildad, con un corazón postrado! Festeje la victoria que
tiene en Jesús; pero reconozca que tal victoria tuvo un costo, y humíllese
delante del que lo pagó. (Vea Filipenses 2:10-11.) Fin