Lo que la
iglesia no es
(Lección 2)
Ahora me
gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mí carne lo que falta de las
aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia; de la cual fui hecho
ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros,
para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, el misterio que había estado
oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus
santos, a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio
entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria, a quien
anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda
sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre
(Colosenses 1.24—28).
Un amigo,
en cierta conversación que tuvimos, hizo un comentario acerca de la iglesia,
que todavía conservo fresco en mi memoria. Le había preguntado qué les deberían
decir los cristianos a los que no son cristianos acerca de la iglesia. Me
contestó: «Que les digan lo que la iglesia no es. Lo que a mí me ayudó a
entender la iglesia neotestamentaria, fue que le eché una mirada a lo que la
iglesia no es».
Las
comparaciones y las analogías son excelentes maneras de analizar y tratar una
materia de estudio. Muchas veces, la verdad de Dios se aprecia mejor, cuando es
colocada junto al error y se la compara con éste. Jesús usó esta técnica de
enseñanza en Mateo 23, cuando señaló lo que los escribas y los fariseos hacían
como ejemplo de lo que Sus discípulos no debían hacer. Les dijo: «En la cátedra
de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan
que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque
dicen, y no hacen» (Mateo 23.2—3).
El Nuevo
Testamento define de modo expreso lo que la iglesia es.’ Es un cuerpo
espiritual, cuya composición la constituyen los que han obedecido el evangelio
de Cristo y, por este medio, han llegado a ser Su pueblo, y se reúnen para
adorar, y trabajan, cual pueblo Suyo, en una localidad dada. Llevan el nombre
de Cristo, y consideran a Este Señor de ellos. Constituyen un organismo con
vida, en el cual mora el Espíritu del Dios viviente. Los que componen este
cuerpo mantienen, a través de la obediencia a Su Palabra, una comunión permanente
con Dios, con Cristo y con el Espíritu Santo.
Habiendo
hecho el anterior análisis de lo que la iglesia es, hagamos ahora una
observación detallada de lo que no es. Esperamos, por este medio, entender más
exactamente lo que Dios quiere que la iglesia neotestamentaria sea.
NO ES UN
EDIFICIO
En
primer lugar, la iglesia no es un edificio. Cuando uno pasa frente al edificio
de una iglesia y exclama: «He allí una iglesia!», por
supuesto que se está equivocando. La iglesia no la constituye un edificio
material, construido de ladrillos y cemento. Los cristianos, cual piedras
vivas, son los que constituyen el cuerpo llamado la iglesia (1ª Corintios 12.27; 1ª Pedro 2.5).
Puede
que la iglesia use un edificio, en el cual se reúna y celebre cultos de
adoración; pero la iglesia no está hecha de madera, metal, piedra ni vidrio. La
iglesia es una entidad viviente. Pablo les dijo a los cristianos de Efeso: «[...] vosotros también sois juntamente edificados para
morada de Dios en el Espíritu» (Efesios 2.22). Pedro dijo: «[...]
vosotros,... como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual» (1ª Pedro 2.5).
La única
cualidad física de la iglesia la constituyen los cuerpos humanos, en los que
moran los espíritus de los que la componen. Un ser humano es un espíritu humano
que vive en un cuerpo físico. Cuando un ser humano llega a ser cristiano, llega
a formar parte de la iglesia. Una vez que forma parte de la iglesia, es en su
cuerpo físico que anda, va al culto, manifiesta un comportamiento y trabaja.
Esta es
la única característica tangible de la iglesia. Puede que, de vez en cuando,
una persona diga: «Voy para la iglesia». Se entiende lo que está diciendo, y
es: «Voy para la reunión de la iglesia». La palabra «iglesia» se usa en el
Nuevo Testamento para referirse a la asamblea (1ª Corintios 11.18); pero si tomamos en cuenta el
uso más frecuente que en ese mismo libro se le da —para designar el cuerpo
espiritual de Cristo— sería incorrecto decir: «Voy para la iglesia». ¡No es
posible ir a la iglesia, cuando nosotros somos la iglesia! La iglesia, o los
cristianos, pueden reunirse en asamblea para el culto y el estudio; pero un
cristiano no va y forma parte de la iglesia para adorar, y luego sale del
cuerpo de Cristo, del mismo modo que uno entra y sale de su casa.
¿No es
motivo de gozo que la iglesia no sea un edificio material? Si lo fuera, estaría
en un solo lugar, limitada, sin vida, y sin amor. Pensar que el culto sólo se
puede llevar a cabo en una catedral, equivale a pensar que sólo se puede
realizar en un lugar concreto. Más bien, al ser la iglesia un pueblo redimido
por la sangre de Cristo, ella hace que la influencia de la sangre de Cristo se
manifieste entre todas las demás personas y lugares del mundo. Permite que el
culto se pueda llevar a cabo en cualquier lugar y en cualquier momento en que
los cristianos decidan adorar a su Padre celestial. La iglesia va donde los
cristianos van, pues ella está constituida por éstos.
Tengamos
cuidado de lo que decimos y hacemos, pues cuando hablamos y actuamos, lo hacemos
como la iglesia de Cristo. No somos Su iglesia solamente cuando estamos
reunidos para adorar; lo somos dondequiera que estemos. Cristo nos ha puesto
aparte para ser «pueblo adquirido» por El, nos ha llamado a salir y a ser
santificados por Su sangre. Dios no tiene un cuerpo muerto, un objeto
inanimado, sino una familia viviente, compuesta por personas perdonadas y
escogidas. Su iglesia es una nación espiritual, un sacerdocio santo, una sociedad
para la comunión en El (1ª Pedro 2.9).
NO ES UNA
SOCIEDAD PARA
En
segundo lugar, la iglesia no es un club social. Es algo más que una alentadora
amistad, más que una grata asociación con otros.
La
comunión es uno de los beneficios inmediatos de formar parte de la iglesia,
pero ésta es más que comunión. Cuando uno se convierte, es levantado de muerte
espiritual y revivido para ser puesto a la par de otros cristianos en el cuerpo
de Cristo. Pablo escribió:
Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que
nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con
Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo
nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús (Efesios 2.4—6).
Los que
Dios ha redimido por el sacrificio de Su Hijo, han sido adoptados para formar
parte de Su familia espiritual, y El, con todo su amor, «[ha
enviado a nuestros] corazones el Espíritu de su Hijo, el cual dama: ¡Abba,
Padre!» (Gálatas 4.6). El hecho de ser la familia de Dios, hace que la iglesia
se caracterice por una gran profundidad en las relaciones entre las personas.
Sin embargo, esta comunión es una consecuencia de nuestros lazos familiares con
Dios. Juan escribió: «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de
Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido
engendrado por él» (1ª Juan 5.1).
Imagínese
cómo habría sido si, siendo usted un niño de corta edad, sus padres hubieran
muerto y las autoridades lo hubieran puesto, por necesidad, en un hogar de
huérfanos. Habría experimentado la soledad, el vacío y la separación propios de
la difícil situación de aquellos a los que se describe con la frase «sin
hogar». Con el paso de los años, habría olvidado cómo era la experiencia de
tener su propia familia. Digamos que un día hubiera sido adoptado por una
hermosa familia. Se habría mudado a un nuevo mundo de afecto y una nueva
identidad le habría sido dada. Habría descubierto, de pronto, que podía contar
con un padre terrenal que lo amaba y lo cuidaba, que ahora contaba con el bondadoso
cariño del amor de una madre, y que tenía hermanos y hermanas a los que le
unían los lazos del apoyo y el afecto familiar que ellos le extendían..
Dios
no tiene un cuerpo muerto,
un objeto inanimado, sino una
familia viviente compuesta por personas
perdonadas y escogidas.
Ahora
disfrutaría de hermosos días, en los que compartiría con su familia, tendría un
futuro que la familia le habría creado e inspirado. Con el tiempo, llegaría a
conocer el verdadero amor familiar. ¿Cómo se habría producido todo esto? ¿Sería
que a usted sencillamente le habría atraído la amistad y el formar parte de una
sociedad, tal como sucede en el caso de quien forma parte de un club social?
No. Se habría debido al hecho de haber sido adoptado por esta familia. Habría
llegado a formar parte intrínseca de la familia, y el hecho de unirse a ella
habría dado como resultado que surgieran la comunión y las bendiciones.
Pues
bien, un cambio parecido le sucede al cristiano nuevo. Este ha sido ubicado en
una nueva familia, la familia de Dios. Pablo, incluso, usa la palabra
«adoptado» para referirse a tal proceso (Efesios 1.5).
Una
persona puede unirse a un club social, sin que por ello cambie su vida. El
formar parte de un club social es tan sólo una añadidura, una actividad más de las
muchas en que se ocupa una persona que vive. Podríamos desecharla en cualquier
momento, no nos llena una necesidad básica. Se hace con el fin de divertirse y
obtener de ello algún placer. El llegar a formar parte de una familia es algo
totalmente diferente. Uno forma parte de la familia, y ésta forma parte de uno.
No se trata de una «bendición adicional» para la vida de uno; uno llega a ser
la familia. Uno toma el nombre de ella; todos los miembros de ella llegan a ser
de uno, y uno llega a ser de ellos. Uno se llega a unir con ella más
estrechamente que con cualquier otra persona o grupo con el que se relacione.
Todos
los que llegan a formar parte de la familia de Dios, lo hacen por medio de un
nuevo nacimiento (Juan 3.5). Uno no puede «unirse» a ella; uno nace, o es
adoptado, en ella. Nadie puede formar parte de Su familia sin experimentar
cambio alguno. Cuando llegamos a ser de Cristo, tomamos el nombre de Cristo y
somos llamados «Cristianos». Experimentamos cambios en nuestras relaciones con
los demás, en nuestra conducta y en nuestras aspiraciones. Llegamos a ser una
familia guiada y alimentada por Dios, nutrida y apreciada por El, mantenida y
protegida por El. Vivimos, adoramos, trabajamos y tenemos comunión, como hijos
que están juntos, porque la sangre de Jesús nos une.
NO ES UNA IDEA
HUMANA
En
tercer lugar, la iglesia no es una simple idea humana. No fue algo que se le
ocurriera al hombre ni algo que inventara el hombre. Tampoco está bajo el mando
del hombre ni es sustentada por el hombre.
La iglesia
es idea y creación de Dios. Antes de que por su palabra fuera hecho el mundo,
El ya había hecho planes para que por medio de la cruz y la iglesia, fuera
salvo el hombre. Antes de que fuera cometido el primer pecado, El ya había
pensado en el perdón. Pedro escribió que en el lejano pasado eterno, antes de
que Dios creara la primera estrella o brizna de hierba, la primera mariposa o
el primer ser humano, Dios eligió salvar a los que entraran en el cuerpo de
Cristo. Por lo tanto, los cristianos fueron «elegidos según la presciencia de
Dios Padre en santificación del Espíritu» para obedecer a Jesucristo y ser
rociados con Su sangre (1ª Pedro 1.1—2).
Apocalipsis 13.8, dice que los nombres de los santos de Dios, los que han sido
redimidos por la preciosa sangre del Cordero, están escritos en el libro de la
vida del Cordero, desde el principio del mundo. Dios eligió salvar —no de modo
particular, sino grupal— a los que eligieran ser salvos a través de la cruz. El
resultado de que se derramara la sangre de Cristo, fue y es la iglesia. Juan
dijo que, a los que fueron lavados en la sangre de Cristo, Dios los hizo un
reino (Apocalipsis 1.5—6; NVI).
El
anterior razonamiento graba en nuestras mentes una verdad fundamental: Si Dios
dispuso el sacrificio de Cristo, antes de que el mundo comenzara, y si la
iglesia es creada por la sangre de Cristo, lo lógico es que la iglesia sea el
propósito eterno de Dios. Por lo tanto, no debería sorprendernos que Pablo
mencionara esta misma verdad en Efesios 3.10—11:
…
para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de
la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme
al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor,...
Había
una minoría en Galacia que había rechazado la autoridad de Pablo como apóstol
de Cristo, y por esta razón no aceptaban que su mensaje fuera inspirado por
Dios. Al comienzo de la carta que les envió, les respondió a las objeciones de
ellos en contra de su apostolado, con las siguientes palabras: «Pablo, apóstol
(no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo
resucitó de los muertos)» (Gálatas 1.1). En pocas palabras, el argumento de
Pablo es que su apostolado no tuvo origen en los hombres, ni fue administrado
por hombres. Estaba diciendo: «Mi apostolado vino directamente de los cielos
por medio de Jesucristo».
Lo que
Pablo dijo acerca de su apostolado se podría decir acerca de la iglesia: La
iglesia no provino de los hombres. Es de origen divino. Fue planeada en los cielos,
anunciada en los cielos y enviada desde los cielos. La idea que le dio origen,
fue concebida en la mente de Dios. El plan de ella fue puesto en práctica por
Jesús en el momento de Su muerte en la cruz, y con el derramamiento milagroso
del Espíritu Santo sucedido el día de Pentecostés. Las personas entran en la
iglesia y son sustentadas en ella por
Cuando
uno entra en la iglesia, no es lo mismo que entrar en una organización o
confesión humana. Dios no nos ha pedido que depositemos nuestra esperanza
eterna en la sabiduría, energía, dispositivos y fortaleza del mundo. Nos ha
pedido que entremos en el cuerpo de Cristo, que fue creado divinamente, el cual
exhibe y lleva dentro de él la sabiduría de Dios, un cuerpo espiritual que fue
construido por Su poder, y protegido por la eternidad por Su gracia y dirección.
El único
modo como podemos entrar en esta iglesia, es obedeciendo el evangelio inspirado
que se revela en las Escrituras (2ª Tes.
1.7—9). El único modo como podemos continuar siendo la fiel iglesia de Cristo,
es siguiendo el modelo para la vida cristiana que se encuentra en las
Escrituras (1ª Juan 5.2—3). Esta iglesia
no tiene credo más que las Escrituras, ni cabeza más que Cristo.
NO ES UN
SUSTITUTO DIVINO
En
cuarto lugar, la iglesia no fue concebida para sustituir algún plan fallido. No es un reemplazo de alguna institución superior
que el Señor hubiera concebido; y que no hubiera podido llevar a la práctica
por la pecaminosidad del mundo.
La era
de la iglesia es aquella para la cual Dios ha trabajado y ha actuado desde el
mismo comienzo de los tiempos. Los profetas anunciaron regularmente la venida
del reino. Cuando Jesús comenzó su ministerio terrenal, esto fue lo que
anunció: «El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado;
arrepentíos, y creed en el evangelio» (Marcos 1.15). Cuando el evento de la
cruz se acercaba, Jesús les dijo a Sus apóstoles: Y yo también te digo, que tú
eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no
prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y
todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que
desatares en la tierra será desatado en los cielos (Mateo 16.18—19).
Tan sólo
unos pocos días antes del establecimiento de su reino, Jesús les dijo: «[...] mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo
dentro de no muchos días» (Hechos 1.5). El día de Pentecostés, el Espíritu
Santo fue derramado sobre los apóstoles y fueron bautizados en el poder e
influencia del Espíritu. En Hechos 2.11—15, Pedro señaló que este evento milagroso
fue el cumplimiento de la profecía de Joel (Joel 2.28—31), la cual había
anunciado el comienzo de los «postreros días», la era de la iglesia, la era del
reino de Dios. Así, la iglesia, la forma terrenal de Su reino, fue establecida
en el momento que El dispuso en Su calendario, y del modo que El determinó de
antemano.
Una
creencia que muchas, si no la mayoría, de las confesiones religiosas del mundo
han adoptado, es la que se conoce como premilenarismo. Al descomponer en sus
partes el nombre que se le da a esta creencia, que se basa casi en su totalidad
en el lenguaje figurado de Apocalipsis 20.1—4, obtenemos el sufijo «pre», que
significa «antes», y «milenio», que significa- «mil años». Los que siguen esta
doctrina, que no es bíblica, sostienen que Cristo vendrá al final de los
tiempos a establecer Su reino. Alegan que Jesús reinará cual Rey sobre Su reino
en esta tierra por mil años, y que literalmente se sentará en el trono que
David ocupó en Jerusalén. Los que sostienen este punto de vista, esperan que la
nación de Israel sea restaurada en la tierra de Palestina durante ese tiempo, y
que ella gobierne a las naciones de la tierra. Creen que el templo
veterotestamentario, que fue destruido por Tito en el 70 d.C., va a ser
reconstruido, y que el antiguo sistema de sacrificios levítico, volverá a estar
activo una vez más. El premilenarismo ha llegado a la
conclusión de que Jesús vino la primera vez a establecer su reino, pero su
esfuerzo fue rechazado y la iglesia fue establecida en lugar del reino. Por lo
tanto, el premilenarismo ve en la iglesia una alternativa provisional al
verdadero reino que debía haberse inaugurado.
Solamente
hay una cosa mala con este ingenioso entretejido de ideas sobre la iglesia y el
reino: Es falso. Se ha nutrido de fantasiosas teorías humanas, y no de
Un
sustituto siempre es de segunda categoría, un suplente de lo genuino. ¿No se
identifica su corazón con Jacob, al cual, habiendo pedido la mano de Raquel, el
amor de su corazón, mediante engaños le dieron a Lea
(Génesis 29.16—25)? ¿Puede usted imaginarse cómo sería recibir el día de su
boda a una sustituta en lugar de la mujer que ama, su prometida?
Nos
compadecemos de Jacob, porque sabemos que nadie está realmente satisfecho con
una imitación, un reemplazo. El artículo genuino es siempre preferido a la
réplica. La iglesia es auténtica, no un sustituto.
Dios nos
muestra la belleza y trascendencia de la iglesia, cuando nos dice que la
iglesia del Nuevo Testamento es el glorioso cumplimiento de las profecías del
reino. Pablo dijo que Jesús santificó a la iglesia, «habiéndola purificado en
el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una
iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que
fuese santa y sin mancha» (Efesios 5.26b—27).
¿No se
goza usted conmigo al saber que la iglesia es Su primera elección, no un plan
alterno al original? Cuando llegamos a ser parte de la iglesia, llegamos a ser
parte de la realización del sabio planeamiento y misericordiosa actuación de
Dios para con el hombre pecador. Haga una pausa en este momento y alabe a Dios
en oración de acción de gracias por el hecho de que la iglesia es el propósito
eterno de Dios para nuestra redención, y no un simple suplente.
CONCLUSIÓN
¿Verdad
que pudimos observar lo que la iglesia neotestamentaria es, al contrastarla con
lo que no es? La iglesia no es una estructura física; es el cuerpo espiritual
de Cristo. No es un club social; es la familia espiritual de Dios, en la cual
se entra por medio del nuevo nacimiento. No es una idea humana; es el modelo y
deseo de Dios por medio de la cruz. No es un sustituto de lo que Dios
verdaderamente intentó hacer; es el cumplimiento de las profecías sobre el
reino y el propósito eterno de Dios. Cuando uno entra en la iglesia, lo hace en
el esquema general de Dios cuyo origen se remonta a una eternidad en la que no
había dado comienzo el tiempo.
Una vez
le preguntaron su nombre a un niño de corta edad unos invitados que estaban de
visita en su casa. El respondió: «Me llamo “No”». Dudando, los invitados le
preguntaron: «Cómo sabes que tu nombre es “No”?». Sin
siquiera levantar la vista, les dijo: «Cada vez que me vuelven a ver me dicen: “NO!”». El pequeño había oído tal negativa por tanto tiempo que
—por lo menos a su modo de verlo— se había convertido en un niño negativo. Su
nombre había llegado a ser No.
Un
peligro parecido se corre, cuando estudiamos lo que la iglesia no es. No
debemos permitir que un estudio así pueda hacer que veamos a la iglesia como un
fardo de «no es». Un cristiano no es tan sólo la oposición andando en dos pies,
a la cual sólo se le conoce por las cosas en las que no está de acuerdo. Lo
negativo está presente tan sólo para acentuar lo positivo. Cuando se ve lo que
la iglesia no es, ello sirve para ayudarnos a determinar y llegar a ser lo que
la iglesia sí es.
El hecho
de que seamos la iglesia, hace que le pertenezcamos a Cristo en calidad de
discípulos, siervos y seguidores. Vivimos bajo Su señorío por medio de la fiel
sumisión a Su voluntad. Le respondemos a Dios, a Cristo y al Espíritu Santo
diariamente, mediante la fe que lleva a la obediencia. Sea que miremos a la
iglesia desde el punto de vista del reino de Dios, del cuerpo o de la familia
de Dios, la respuesta del cristiano es siempre con una clase de fe que obedece.
Vemos a través del testimonio de Su Palabra, y del testimonio de la vida, que
la mayor necesidad de todo pecador es entrar en la iglesia de Cristo, confiando
plenamente, y andar por fe delante de Cristo hasta que Él nos llame a casa o
venga por nosotros a llevarnos.
¡No se
conforme con Lea, usted puede desposar a Raquel! ¡Usted puede ser parte de la
misma iglesia que Jesús estableció!
PREGUNTAS PARA
ESTUDIO Y ANÁLISIS