El templo de Dios
(9)
¿No
sabéis que sois templo de Dios, y que el
Espíritu
de Dios mora en vosotros? (1 Corintios 3.16).
Cuando San Agustín reflexionaba desde la
perspectiva del vacío del hombre sin Dios, esto fue lo que escribió: “Nuestros
corazones están inquietos, OH Dios, y no reposarán sino hasta hallar descanso
en ti”. Tiene sentido creer que cuando Dios reflexiona desde la perspectiva de
un Dios que anhela tener comunión con el hombre, esto es lo que dice: “Mi
corazón te anhela, OH hombre, y te seguirá anhelando hasta que halles descanso
en mí. Te amo, y me deleito en tu salvación y en tener comunión contigo”.
¿Podemos creer que el Todopoderoso Dios que
realmente desea tener comunión con el hombre?.
Por qué habría creado Jehová Dios este universo, los cielos y la tierra,
y el hombre, si ése no hubiera sido su deseo?.
¿Quién podría creer que el omnisciente e infinitamente sabio Dios, que
creó todas las cosas, haría al hombre como quien hace un juguete, para su
diversión, tal como se creía que lo habían hecho las caprichosas e infantiles
deidades de la mitología?.
La conformación del mundo y el potencial
espiritual del hombre constituyen, unidos, un argumento en el sentido de que el
Dios de los cielos y de la tierra procura la comunión con nosotros y halla gozo
en ella.
La conclusión, a la cual nos lleva a la
razón, es la afirmación misma de las Escrituras. Esto es lo que Dios le ha
dicho a su pueblo: “Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi
pueblo” (2 Corintios 6.16). Esto es lo que ha dicho de los que
Redimiría y haría entrar en
comunión con él: “Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e
hijas,...” (2 Corintios 6.18).
La certeza de que Dios mora en medio de su
pueblo debe analizarse de conformidad con el hecho de que la iglesia. Bajo el
nuevo pacto, el templo de Dios lo constituye la iglesia, una casa espiritual (1
Pedro 2.5), en la cual cada cristiano es una piedra viva (1 Pedro 2.5), y todo
el edificio sirve de morada de Dios en el Espíritu (Efesio 2.21-22).
Cuando se reconoce a la iglesia como el
templo de Dios se revela otra faceta de la naturaleza de la iglesia. La palabra
“templo”, la cual es rica en connotaciones antiguotestamentarias, nos lleva a
una más profunda comprensión de la relación de la
iglesia con Dios y de su
andar con éste. Por lo tanto, para tener un mejor entendimiento de la iglesia
de Cristo, preguntémonos: “¿En qué modo es la iglesia el templo de Dios?”.
UN LUGAR DONDE REUNIRSE
En primer lugar, la iglesia es el templo de
Dios en el sentido de que ella es el lugar donde Dios y el hombre se reúnen. La
iglesia es el lugar donde Dios y el hombre se unen para tener comunión.
Cuando Israel llegó al monte Sinaí, Dios, a
través de Moisés, les dio su ley y un lugar de adoración. Al lugar de adoración
se le llamó “el tabernáculo de reunión”,
pues éste era el lugar donde Jehová se reunía con Moisés, sus sacerdotes y su
pueblo (Éxodo 9.42). A la entrada del tabernáculo se hacían ofrendas
continuamente, pues Dios había dicho:
“…me reuniré con vosotros, para hablaros allí. Allí
me reuniré con los hijos de Israel; y el lugar será santificado con mi gloria”
(Éxodo 29.42-43). Dios había
diseñado un lugar donde él y su pueblo podían reunirse para tener comunión.
Ahora bien, bajo la última voluntad y
testamento de Cristo, es decir, el nuevo pacto, Dios ha escogido a la iglesia
como el lugar donde él y su pueblo se reúnen. Cuando nosotros obedecemos el
evangelio de Cristo, somos lavados de nuestros pecados en la sangre de Cristo y
somos adoptados hijos dentro de la familia de Dios (Efesios 1.5; Gálatas 4.6).
Los que han llegado a ser cristianos, no solamente han llegado a conocer a
Dios, sino que también han llegado a ser conocidos por Dios y han entrado a
formar parte de la herencia de Dios Efesios 1.14; Gálatas 4.9). Hemos llegado a
ser hijos de Dios, y como hijos que somos, hemos llegado a ser herederos de la
vida eterna a través de Cristo Romanos 8.17; Gálatas 4.7). Hemos entrado en la
iglesia, la familia de Dios, en la cual andamos con Dios, cultivando nuestra
amistad y teniendo convivio con él, es decir, en comunión y camaradería con él.
Hace varios años, se dice que, la iglesia se
veía bendecida por la predicación de Marshal Keeble. Este tenía un modo
pintoresco de ilustrar verdades espirituales de un modo que lograba captar la
atención de su audiencia y fijaba las verdades a la mente. Una noche que
predicaba sobre el bautismo, citó 1 Pedro 3.21: “El bautismo que corresponde a
esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la
aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de
Jesucristo”. Luego el hermano Keeble dijo: “Son tres los que están
presentes en el bautismo. El primero es el que está siendo bautizado, el
pecador, éste está presente para ser bautizado. El segundo es el predicador, el
que bautiza al pecador, éste está presente para llevar a cabo el bautismo. El
tercero es Dios. Cuando el predicador bautiza al pecador, Dios y el pecador
tienen un encuentro en el agua”.
La ilustración de Marshal Keeble constituye
un eficaz argumento a favor del bautismo. Dios ha mandado este acto como parte
de su plan de salvación. Es el último mandamiento que obedecemos cuando venimos
a Cristo. En el momento que los pecadores, ya creyentes y arrepentidos, se
bautizan en Cristo, ellos se unen con Dios y con Cristo (Romanos 6.3; Gálatas
4.6), reuniéndose con éstos para formar una relación salvadora debajo del agua.
Las maravillosas buenas nuevas del
evangelio, son que Dios ha provisto un lugar donde él se reúne con el hombre,
para tener una sagrada comunión con éste, y ese lugar es la iglesia. En
esencia, esto es lo que Dios, en la presente dispensación cristiana, le ha
dicho al hombre mediante su
palabra: “Me reuniré contigo en mi templo, el cuerpo de Cristo, la iglesia. Te
he brindado un modo como puedes ser salvo, y así te puedas reunir conmigo para
tener una vida espiritual y una santa comunión”.
UN LUGAR DONDE MORAR
En segundo lugar, la iglesia es el templo de
Dios porque éste mora allí. No es solamente que Dios se reúne con nosotros en
ese lugar, sino que también mora con nosotros allí. Es a través de la iglesia,
que Dios vive en medio de su pueblo.
En cuanto al tabernáculo que se había
erigido bajo la ley de Moisés, esto fue lo que Dios le dijo a Israel: “Y
habitaré entre los hijos de Israel, y seré su Dios. Y conocerán que yo soy
Jehová su Dios, que os saqué de la tierra de Egipto, para habitar en medio de
ellos. Yo Jehová su Dios” (Éxodo 29.45-46). El tabernáculo y todo lo
que estaba relacionado con él, le recordaba a Israel de la presencia de Dios
entre ellos. Dios llenaba el tabernáculo con su gloria, tal como se lo había
prometido a Israel (Éxodo 40.34). Como manifestación de la presencia de Dios,
una nube se posaba de día sobre el Lugar Santísimo del tabernáculo, y de noche
era un pilar de fuego lo que se posaba sobre él. Cuando Israel se trasladaba de
un lugar a otro durante el día, la nube iba delante de ellos como expresión de
la guía de Dios, mientras que por las noches era el pilar de fuego lo que les
proveía la guía de Dios (Éxodo 40.36-38; Números .9:15-23). Era a través del
tabernáculo que Dios moraba en medio de su pueblo, lo cual hacía guiándolos y
viviendo en medio de ellos.
Ya bajo la vigencia del Nuevo Testamento, el
lugar en el que mora Dios es la iglesia, lo cual hace a través de su Espíritu.
Pablo le escribió lo siguiente a la iglesia de Corinto: “¿Y qué acuerdo hay entre templo
de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois templo del Dios viviente, como Dios
dijo: Habitare y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”
(2 Corintios 6.16). Esto es lo que Pablo decía, en Efesios 2, de los
gentiles que habían llegad a ser cristianos:
“Así que ya no sois extranjeros ni
advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de
Dios, edificados sobre el fundamento de
los apóstoles y profetas, siendo la
principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien
coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien
vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu
(Efesios 2.19-22).
Dios
mora en los cristianos de dos maneras:
En primer lugar, su Espíritu mora en cada cristiano en particular, utilizando el
corazón del cristiano coma su templo. Pablo utilizaba la idea de la morada de
Espíritu Santo en el creyente, como un argumento para motivar a los cristianos
a conservar puros sus cuerpos, es decir, libres de fornicación: “Huid de la fornicación.... ¿O ignoráis que
vuestro cuerpo el templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros el cual
tenéis de Dios, y que no sois vuestros?’ (1 Corintios 6.18-19).
En segundo lugar, el Espíritu de Dios mora en el cuerpo colectivo de los cristianos, es
decir, en la iglesia. Esto fue lo que Pablo escribió acerca de la iglesia de
Corinto: “¿No sabéis que sois templo de
Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” 1ª Corintios 3.16). Es de notar que la
palabra griega que Pablo utilizó para referirse a “vosotros”, se encuentra en
plural. Es obvio que el Espíritu estaba pensando en el cuerpo de los creyentes,
en la iglesia, y no simplemente en el cristiano individual.
Como templo de Dios que es,
la iglesia es el lugar de reunión de
Dios,
es su morada y el lugar donde
le adorarnos.
Todos hemos tenido preguntas acerca de la
manera como Dios mora en los que son suyos. No obstante, una verdad de la que
podemos tener certeza, es que la morada de él en nosotros es de conformidad con
su palabra, pues Dios actúa a través de su palabra (Efesios 6.17). Pablo, en
estos sajes, no nos dio los pormenores de la forma como Dios mora en los
creyentes; simplemente afirmó que lo hace. La verdad que los cristianos
deberían hallar en estos pasajes, es que Dios está en nosotros como individuos
y como colectividad mora entre nosotros; él vive en nosotros.
Cuando Moisés tenía ochenta
años de edad, él tuvo un encuentro con Dios junto a la zarza ardiente en Horeb
(Exodo 3.1). Esto fue lo que Dios le dijo:
“…te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto mi
pueblo, los hijos de Israel” (Éxodo 3.10). Moisés no creía que era él quien había de ir a Egipto en nombre de
Dios, pero, una vez que le hubo desbaratado Dios sus excusas, dejó la zarza
ardiente y emprendió el camino a Egipto, encomendado con misión de liberar al
oprimido Israel. Moisés pronto se percató de la diferencia que hay entre
reunirse con Dios y andar con Dios. Se había reunido con Dios en Horeb, donde
recibió la comisión. Al salir de Horeb, lo hizo andando con Dios. Esto es lo
que el Señor le había dicho: “Ve, porque
yo estaré contigo;...” (Éxodo 3.12). Dios cumplió su promesa y anduvo con
Moisés cuando éste guió a Israel durante los momentos en que se dieron las
plagas, durante la travesía del mar Rojo, hasta la llegada al monte Sinaí.
Como iglesia o templo de Dios que somos,
nosotros, no solamente nos hemos reunido con Dios en Cristo, sino que también
Dios mora continuamente en nosotros, y anda con nosotros. ¡Cuánta certeza y
confianza deberíamos los cristianos tener!. Cuando vivimos fielmente la vida
cristiana, nosotros andamos en comunión diaria con Dios. No hay tribulación ni
dificultad, en la que no contemos con su bendita presencia y fortaleza.
Esto fue lo que Juan escribió: “Si
decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas mentimos, y no practicamos
la verdad; pero s andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos
con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan
1.6-7)
UN LUGAR DONDE ADORAR
En tercer lugar, la iglesia como templo de
Dio que es, es un lugar donde se adora. El cristiano es una catedral andante.
Esto fue lo que Pedro dijo: “... vosotros también como piedras vivas,
sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer
sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro
2.5). También dijo: “Mas vosotros
sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios,
para que anunciéis as virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz
admirable” (1 Pedro 2.9). El hecho de ser los sacerdotes de Dios hoy día,
les permite a los cristianos darle alabanzas a Dios a través de Jesús, en todo
momento y en todo lugar. Es gracias a la mediación de Jesús, que el escritor de
Hebreos nos insta a acercarnos confiadamente a Dios: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar
misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4.16).
Jesús le dijo a la mujer de Samaria, junto
al pozo de Jacob, que la adoración iba a dejar de estar restringida a un lugar
específico, a una montaña o templo, divinamente señalado para tal propósito.
Esto fue lo que le dijo: “Mujer, créeme,
que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén doraréis al Padre”
(Juan 4.21). Lo que le estaba diciendo era que, en el futuro, la adoración
iba a ser aceptada, no porque se ofreciera en el lugar concreto donde debía ofrecerse,
sino porque se ofreciera en espíritu y en verdad. También le dijo a la mujer
samaritana: “Mas la hora viene, y ahora
es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad;
porque también el Padre tales doradores busca que le adoren” (Juan 4.23).
Jesús se estaba refiriendo a la dispensación cristiana, cuando los cristianos,
como sacerdotes de Dios que son, adorarían a Dios a través de él, en todo lugar
y momento.
El hecho de tener libre acceso a Dios, les
significa a los cristianos el ser bendecidos con los privilegios de la
adoración (Juan 4.23), con los beneficios de la expiación (1 Juan 2.1) y con el
poder que viene de Dios (Efesios 1.19). Así que, como sacerdotes de Dios que
hemos sido rica y superabundantemente dotados, “ofrezcamos siempre a Dios, por
medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su
nombre” (Hebreos 13.15).
CONCLUSIÓN
¡La iglesia es el templo de
Dios!. ¡Cuán estimulante es esta verdad!. Como templo de Dios que es, la
iglesia es el lugar de reunión de Dios, es su morada y el lugar donde le
adoramos.
¿Es usted miembro de la iglesia de Cristo?.
Piense en todo de lo que se está perdiendo si usted se encuentra fuera de
Cristo. Fuera de él, usted está fuera del lugar donde él se reúne con el
hombre. Si así es, usted no ha tenido un verdadero encuentro con Dios ni se ha
acercado a él, y esto sin importar cuán religioso usted pueda ser. Fuera de él,
usted no puede morar con Dios. No puede vivir ni andar con él en el lugar donde
usted se encuentra ahora. Fuera de él, usted no puede adorar a Dios de modo
aceptable. Usted no podrá adorarle del modo ni en el lugar que él ha señalado,
es decir, en el corazón del cristiano, si usted sigue donde se encuentra ahora.
Si usted está fuera del cuerpo de Cristo, decídase ahora a entrar en ese cuerpo
(Romanos 6.3) para que así pueda andar con Dios en la vida y en la eternidad.
Para gozar de la presencia y bendiciones de
Dios, usted debe estar en el lugar donde Dios cumple sus propósitos. El
propósito de Dios fue que Moisés se encaminara a Egipto y liberara a su pueblo.
¿Qué tal si Moisés hubiera tomando el camino opuesto? Simplemente se hubiera
ido sin la presencia, bendiciones y poder de Dios. Esto es cierto porque se
hubiera puesto fuera del lugar donde se cumplen los propósitos de Dios. Dios le
dijo a Jonás que fuera Nínive, pero Jonás tomó el camino a Tarsis. Esto es lo
que
Cualquiera que entre en la iglesia, es
decir, en el templo de Dios, entra en los propósitos de Dios y en el cuerpo de
aquellos a quienes Dios les ha dicho: “Y
seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas” (2 Corintios
6.18). Cuando uno se convierte en cristiano, su casa de barro, su cuerpo,
¡llega a ser un glorioso templo de Dios!
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