El Israel espiritual
(8)
“Mas
vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio , nación santa, pueblo adquirido
por Dios, para que anunciéis las
virtudes de aquel que os llamó de las
tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, ¡
pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado
misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia (1 Pedro 2.9-10).
La venida de Cristo a este mundo, se produjo
“cuando vino el cumplimiento del tiempo”. Pero: “Qué significa el cumplimiento
del tiempo?”. Busque en Gálatas 4.4-5, y lea las palabras de Pablo acerca del
nacimiento de Cristo: “Pero cuando vino
el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo
la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin d que
recibiésemos la adopción de hijos”.
La frase “el cumplimiento de tiempo” se
refería al momento histórico que Dios en su eterna sabiduría y previsión, había
señalad como el ideal para la venida de Cristo al mundo en su condición de
Salvador nuestro. En otras palabras, el nacimiento del Salvador fue precedido
de previsión y preparación divinas. Su venida no fue la consecuencia de una
efímera idea que se cruzara por su mente a nuestro Padre celestial, la cual
luego fuera irreflexiva e impulsivamente puesta en práctica; más bien, fue
objeto de un intrincado planeamiento en la mente de Dios, el cual se dio antes
de que los cimientos del mundo fueran puestos.
Fue cuando los eventos requeridos ya habían ocurrido, cuando el mundo
estaba preparado par esta intervención divina, que Jesús nació. Es acertado de
parte de Pablo, llamarle “el cumplimiento de tiempo” a esta coyuntura
histórica.
La totalidad del período del Antiguo
Testamento-- las dispensación patriarcal y mosaica— constituyeron un preludio
de la venida del Mesías. En el período patriarcal, Dios escogió a Abraham y a
Jacob, para que éstos fueran sus siervos, a través de los cuales él crearía una
nación que consideraría suya. El eligió llamarle a esta nación “Israel”, el
nombre que le había dado a Jacob. En la era mosaica, Dios le dio la nación por
él escogida, su ley, la cual él dio a conocer a través de Moisés en el monte
Sinaí. Le enseñó a adorarle y a vivir como era digno de un pueblo santo suyo.
No obstante, toda la actuación de Dios durante el Antiguo Testamento, realmente
constituyó un trabajo preparatorio, un arreglo de antemano, para traer al
Mesías al mundo cuando llegara “el cumplimiento del tiempo”. Ya alguien lo dijo:
“La historia del Antiguo Testamento es la historia de una nación, y la historia
del Nuevo Testamento es la historia de una persona”.
Dado que la historia del Antiguo Testamento
es la historia de la nación de Israel, y dado que la creación de esta nación
fue el trabajo preliminar de Dios para traer al Mesías al mundo, no debería
sorprendernos que Pablo se refiriera a la iglesia del Señor como el Israel de
Dios: “Y a todos los que anden conforme a
esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios” (Gálatas
6.16). Tampoco nos sorprende que Pablo usara términos propios de la
relación del pacto entre Dios y el antiguo Israel, para describir, en forma
figurada, a la iglesia: “Porque nosotros
somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en
Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” (Filipenses 3.3). Esta
descripción de la iglesia, con palabras que se refieren a “Israel”, es muy
importante para nosotros, pues nos dice que ¡los cristianos son el Israel
espiritual hoy día, y que ellos han sido apartados para ser un pueblo propio de
Dios, tal como lo fue el antiguo Israel!.
Tal vez, la afirmación más concisa del Nuevo
Testamento, de que la iglesia es el Israel neoestamentario, sea (1 Pedro
2.9-10). Cuando Pedro explicaba el significado de ser cristiano, en 1 Pedro
1.22—2.10, él se refirió a la conversión del cristiano — 1.22-25), a la
conducta de éste (2.2-3), y al llamado del que es objeto (2.4-10). El concluyó
pidiéndoles a sus lectores, que se regocijaran en el hecho de que los cristianos son el pueblo escogido de Dios, su
verdadero Israel.
Centre su atención en el pasaje donde Pedro
se refiere a los cristianos como el Israel de Dios en 1 Pedro 2.9-10. Esta
comparación confirma nuestra especial relación con Dios y el especial llamado
que éste nos hace; nos da una razón para regocijarnos en las bendiciones
espirituales que se nos ofrecen por estar en Cristo. Estos versículos nos
enseñan que nosotros somos el Israel espiritual.
LINAJE ESCOGIDO
Al describir a la iglesia como el Israel
espiritual, Pedro primero dijo que los cristianos son “linaje escogido” (1
Pedro 2.9). Ellos habían sido elegidos, escogidos y apartados. Ellos son la
raza de gente que ha sido divinamente seleccionada, son los que han sido llamados
a salir de entre todos los pueblos de la tierra.
Esto es lo que Dios le había dicho a Israel,
a través de Moisés, en el monte Sinaí: “Porque
tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para
serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra”.
También le dijo esto: “Ahora, pues, si
diereis oído a mis voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial
tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra” (Éxodo 19.5).
No obstante, en esta última era de la
historia de la humanidad, el linaje escogido de Dios lo constituyen los
cristianos, no los israelitas de carne y hueso. El antiguo Israel tuvo como
propósito servir como precursor del nuevo Israel, es decir, de la iglesia; es
por esta razón que aquel Israel constituyó el fundamento de la iglesia, y es en
ella que se ha cumplido tal propósito.
Pablo dijo que la determinación tomada de antemano por Dios, fue que todos los
que entraran en Cristo, serían su raza escogida de personas:
“…según nos escogió en él antes de la fundación del
mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos
predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el
puro afecto de su voluntad,... En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido
predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el
designio de su voluntad” (Efesios 1.4-5, 11).
Todos hemos tenido la desagradable
experiencia de haber sido excluidos, pasados por alto o tratados como si no
existiéramos. Hemos visto cómo otros fueron los nominados, los seleccionados,
mientras que nosotros ni siquiera fuimos tomados en cuenta, se nos dejó al
último. Algunos de nosotros pasamos por esta frustración, cuando siendo niños
los integrantes de los equipos para un juego eran escogidos, sucedía una de
dos: o se escogía a otros antes que a nosotros o se nos pasaba por alto
completamente y, por cortesía, se nos dejaba llevar la cuenta del
marcador. Algunos de nosotros hemos
pasado por la mala experiencia de escuchar, cuando la lista de los laureados
era leída, y los nombres de éstos eran mencionados primero. Y nosotros
escuchábamos con mucha ilusión, tan sólo para oír nuestros nombres mencionados
de último y, lo peor, mal pronunciados.
Esta clase de episodios nos deprimen y se nos quedan en la mente como
recuerdos que nos persiguen y nos aplastan el concepto que tenemos de nosotros
mismos y nos convencen de que somos completos “don nadie”. Estas desagradables
circunstancias que nos hacen sentir mal, son como el siquiatra que atendió a
aquel pobre paciente que vino a su consultorio clamando: “Doctor, tengo un
complejo de inferioridad, y no se qué hacer al respecto”. Después de que pasó
varias sesiones analizándolo, el siquiatra le dijo: “Mire hombre, usted no
tiene un complejo de inferioridad; ¡lo que sucede es que usted es inferior!”.
El hecho de ser el Israel de Dios
de hoy día, es una poderosa
verdad —tan poderosa que nos infunde
una gran dosis de esperanza
y confianza,...
Las situaciones en que hay personas que son
pasadas por alto, por lo general se producen debido a que se le presta
demasiada importancia a las habilidades que las personas tengan, a la
apariencia de éstas, a su inteligencia o a sus posesiones. En consecuencia,
cuando esto nos sucede, los efectos son devastadores, pues nos dice que no
tenemos un nivel aceptable de talento, que no somos bien parecidos, ni muy
inteligentes, ni somos poseedores de suficientes bienes.
Los cristianos, según Pedro, son el linaje
escogido de Dios. Esto es cierto, dice él, pero no lo es porque seamos los más
talentosos, los más bien parecidos o los más inteligentes ni porque tengamos
posesiones más que nadie en la tierra, sino porque Dios nos ama, hemos
respondido por fe, hemos sido obedientes a su voluntad, y hemos llegado a ser
sus hijos, es decir, su iglesia. Nuestros estatus delante de Dios es el
resultado de la misericordia de Dios, no de nuestro dinero ni de nuestros
méritos humanos. Esto fue lo que Pedro dijo: “... en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora
habéis alcanzado misericordia” (1 Pedro 2.10). Esto fue lo que Pablo le
dijo a Tito: “... nos salvó, no por obras
de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el
lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito
3.5). Cuando somos bautizados en Cristo, recibimos la misericordia de Dios
y llegamos a ser parte de su linaje escogido.
El hecho de ser el Israel de Dios de hoy
día, es una poderosa verdad —tan poderosa que nos infunde una gran dosis de
esperanza y confianza, las cuales no nos podrán arrebatar ni las circunstancias
hostigadoras ni un mundo hostil. Nos infunde, por ejemplo, de confianza y valor
para acercarnos en oración a Dios. Podemos acercarnos con confianza a su trono
en cualquier momento que tengamos necesidad o cada vez que tengamos deseos de
alabarle y darle gracias. Debería inspirarnos a vivir en la fortaleza de Dios,
pues el hecho de ser el pueblo escogido de Dios significa que el almacén de sus
bendiciones espirituales de Dios jamás está cerrado para nosotros (Efesios
2.18).
¡Regocijémonos
de que somos linaje escogido de Dios!
REAL SACERDOCIO
En segundo lugar, Pedro dijo que la iglesia
es “real sacerdocio” (1 Pedro 2.9). Los cristianos son los sacerdotes de Dios
hoy día. El hecho de estar unido en un cuerpo, los convierte en un reino de
sacerdote. En los tiempos del Antiguo
Testamento, fue por medio de los sacerdotes levíticos que Dios les proveyó
acceso a su persona a los de su nación. El escogió que los sacerdotes
procedieran de la familia de Amram, de la tribu de Leví. Estos eran los que
ofrecían los sacrificios del pueblo a Dios, y los que dirigían al pueblo en los
actos de adoración, de todas las formas prescritas en la ley de Moisés.
Esto fue lo que Dios le dijo a la tribu de
Leví: “Yo soy tu parte y tu heredad...” (Números 18.20). A los levitas se les
concedió el honor de servirle a Dios de un modo muy especial en la adoración,
el servicio y la vida. A ellos se les permitió acceso a Dios y una relación
íntima con él.
Pedro dijo en 1 Pedro 2.9, que ya el
sacerdocio levítico había dejado de tener vigencia, que el Señor había escogido
un nuevo sacerdocio. A través de de la obra redentora de Cristo, él ha
establecido a su iglesia en el oficio de sacerdotes de la era cristiana. No es
solamente la palabra “sacerdocio” la que Dios ha utilizado para referirse a su
iglesia; también ha dicho que se trata de un “real” sacerdocio.
La iglesia es un reino de sacerdotes o
sacerdotes reales. Esto fue lo que Juan les escribió a los cristianos
perseguidos, desde la isla de Patmos: “...
y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre;...” (Apocalipsis 1.6).
Pedro también dijo: “vosotros también,
como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo,
para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de
Jesucristo” (1 Pedro 2.5). El cristiano puede acudir directamente al trono
de Dios mediante la ayuda del Espíritu Santo (Romanos 8.27) y a través de la
obra intercesora de Jesús, nuestro mediador y sumo cerdote (1 Timoteo 2.5;
Hebreos 7.26-27). Un cristiano no acude ante el trono de Dios a través de
intermediario alguno que no sea Jesucristo. El puede estar de pie ante el trono
de Dios, como sacerdote de Dios que él es, y hacer su ruego a Dios a través de
Jesucristo, sin necesidad de la ayuda de sacerdotes humanos consagrados, ni de
santos que ya han partido, ni de ángeles.
La palabra “sacerdote” en latín, significa “constructor de puentes”. La idea
de un puente ilustra el papel de un sacerdote durante el período del Antiguo
Testamento. El sacerdote era una especie de puente espiritual entre Dios y el
hombre. El le daba a conocer la voluntad de Dios al hombre, y le transmitía a
Dios las peticiones del hombre. Dios establecía contacto con el pueblo a través
del sacerdote, y el pueblo se ponía en contacto con Dios través del sacerdote.
¡Cuán diferente es lo anterior en la era cristiana! Cuando uno llega a ser
cristiano, no llega a ser, en el momento de su entrada en Cristo, un sacerdote
de Dios.
Nuestro puesto como sacerdotes de Dios
debería obligarnos a estar consagrados a la obra de Dios y a utilizar este
sagrado puesto que él nos ha dado para servir en comunión con él. Como
sacerdocio de Dios que somos, tenemos un lugar de elevado privilegio delante de
Dios.
¡Regocijémonos
de que somos un “real sacerdocio”!
NACIÓN SANTA
En tercer lugar, Pedro dijo que la iglesia
de Cristo es una “nación santa” (1 Pedro 2.9). Hablando en sentido figurado, la
iglesia es un conjunto de personas que forman la nación de Dios, un reino de
personas exclusivamente consagradas a
él. Israel, como nación escogida de Dios que era, fu llamada a la santidad. A
través de Moisés, Dios le dijo a Israel: “Santos
seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios” (Levítico 19.2). Además
les dijo: “Y vosotros me seréis un reino
de sacerdote y gente santa” (Éxodo 19.6). Pedro tenía presente este llamado
que se le hace a Israel a ser gente santa, el cual tal vez había tomado de
Levítico 19.2, cuando les dijo a los lectores de su carta: “...
sin como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda
vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo”
(1 Pedro 1.15-16).
Los cristianos, el conjunto de personas que
forman la nación de Dios, han de ser como Dios. El es santo, y nosotros hemos
de ser santos, imitándolo a él como hijos amados y reproduciendo en nuestras
personalidades y acciones la semejanza a nuestro Padre (Efesios 5.1-2).
La palabra “santo” significa simplemente:
“apartado para uso sagrado”. Referida a los cristianos, esta palabra significa
que el pueblo de Dios ha sido apartado para dedicarse por entero a la devoción
y el servicio de él.
El cristiano es ciudadano de dos naciones
—una es aquella en la que mora y la otra es aquella de la cual es devoto. El
vive en este mundo como ciudadano de la tierra, pero su ciudadanía principal se
encuentra en la nación de Dios, la cual es un reino espiritual, celestial. Esto
fue lo que Pablo escribió:
“Mas
nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador,
al Señor Jesucristo” (Filipenses 3.20).
Cuando un cristiano reflexiona sobre su
condición de ciudadano de la nación santa de Dios, esto le conforta y a la vez
le pone a prueba —es confortado por el hecho de que tiene una relación con Dios
y es puesto a prueba por la supremacía del llamado que esta relación le
significa. Nuestra conducta sobre la tierra, según dijo Pedro, debe reflejar en
todo momento que somos ciudadanos de los cielos. La santidad debe extenderse a
todo aspecto de la vida del cristiano. Esto fue lo que dijo Pedro: “... sed también vosotros santos en toda
vuestra manera de vivir” (1 Pedro 1.15). Lo que hagamos, pensemos y
digamos, debe reflejar lo que somos.
Había
una madre que, en el momento de despedir sus hijos, cuando éstos iban para la
escuela o para alguna otra actividad que los separara de ella por algún tiempo,
siempre les decía: “Ahora bien, recuerden quiénes son ustedes”. Ella tenía la
esperanza de que su recordatorio les motivaría a vivir a la altura de esa
imagen, que el comportamiento de ellos guardaría armonía con las creencias de
ellos. Si los cristianos recuerdan quiénes son ellos, que son la nación santa
de Dios, ellos se verán obligados vivir vidas santas.
¡Regocijémonos
de que somos una “nación santa”!.
PUEBLO ADQUIRIDO
En cuarto lugar, Pedro dijo que los
cristianos son pueblo adquirido” (1 Pedro 2.9). En
Esto fue lo que Dios le dijo al Israel
carnal, a través de Moisés: “Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu
Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que
todos los pueblos que están sobre la tierra”. También les dijo: Yo
Jehová ha declarado hoy que tú eres pueblo suyo, de su exclusiva posesión, como
te lo ha prometido, para que guardes todos sus mandamientos; a fin de exaltarte
sobre todas las naciones que hizo, para loor y fama y gloria, y para que seas un pueblo santo a Jehová tu Dios, como él ha
dicho (Deuteronomio 26.18-19).
Este hermoso concepto, de ser un pueblo que
le pertenece a Dios, lo aplica Pedro a la iglesia de Cristo, cuando dice que
ahora, en la dispensación cristiana, la iglesia es “pueblo adquirido por Dios”.
Pablo hizo una aplicación similar de esta frase, en Tito 2.14, cuando dijo que
Cristo “se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y
purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras”.
Cada país o Nación. Ciudad o Provincia, suele tener sus héroes. México por ejemplo tiene a Miguel Hidalgo,
Benito Juárez y muchos más. Estados
Unidos a Abraham Lincoln, JF Kennedy, y muchos otros. Se les han construido monumentos,
Estatuas, museos y en ellos se colocan prendas de los mismos para que la gente
al pasear por dichos museos recuerde a sus héroes que lucharon por mejorar a su
Patria.
Puede que nosotros los cristianos no
valgamos mucho, ni se nos construyan monumentos para que se nos recuerde, esto
si tan sólo se nos toma en cuenta a nosotros mismos, pero cuando se toma en
cuenta que somos el pueblo que es posesión propia de Dios, el pueblo que Dios
posee y al cual utiliza, ¡nuestro valor verdaderamente crece!. Debería
contribuir en gran manera a nuestro sentido de valor propio, al valor que
nosotros mismos consideramos tener, el darnos cuenta de que Dios nos ha tomado,
de entre todos los pueblos de la tierra, para que seamos propiedad suya.
Imagínese a un niño que entra con su madre a
una tienda de juguetes, con el fin de comprarse un juguete. Cuando el niño
examina los juguetes que están en barata, sus ojos se posan sobre un velero
roto, el cual tiene una etiqueta que dice: “se vende tal cual es”. El valor del
velero “tal cual es”, es bajo, pero es el que el niño escoge. Éste paga el
insignificante precio que tiene. Tan pronto llega a casa, se pone a trabajar en
él. Después de haberle puesto un poco de pegamento aquí, una nueva pieza de
madera allá, y una capa de pintura a todas las superficies, ya le puede decir a
su bote: “Yo te he comprado. Te he reparado!. ¡Ahora eres verdaderamente mío!”.
De un modo similar, los cristianos le pertenecemos a Dios. El nos ha comprado
con la sangre de su Hijo, nos ha reconstruido en nuestra conversión a éste, y está
continuamente transformándonos en la medida que andamos con él. Ahora puede
decir, con todo el esplendor de la redención: “Este es verdaderamente mi
pueblo”. Cada persona que se convierte a Cristo es elevada al supremo y
maravilloso estatus de persona que es posesión propia de Dios.
¡Regocijémonos
de que somos “pueblo adquirido por Dios!.
CONCLUSIÓN
La iglesia es, por lo tanto, el Israel
espiritual, el Israel de Dios hoy día. Somos pueblo escogido tal como el Israel
antiguo lo fue. Tenemos un sacerdocio tal como lo tuvo el Israel de los tiempos
del Antiguo Testamento. Del mismo modo que Israel fue la nación santa de Dios,
así también la iglesia es la nación santa de Dios hoy día. Así como Dios llamó
a Israel a ser un pueblo suyo, propio en aquellos tiempos, también en la
dispensación cristiana, Dios considera a la iglesia su posesión escogida.
Todos los cuartos jueves del mes de
noviembre, los estadounidenses celebran el día de Acción de Gracias. Aunque
entendemos que el Nuevo Testamento, en ninguna parte manda que un día en
particular sea el día de acción de gracias, sí describe la acción de gracias
como un espíritu que se ha de tener todos los días, una actitud permanente. Según el Nuevo Testamento, la acción de gracias
no es una celebración de un día en particular; es una inclinación del carácter.
Pablo caracterizó a los cristianos como personas que están “dando siempre
gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo”
(Efesios 5.20). Cuando tomamos en cuenta las bendiciones que los cristianos
tenemos, podemos fácilmente ver por qué el Nuevo Testamento dice que todos los
días deberían ser días de acción de gracias. El hecho de ser “linaje escogido”,
“nación santa”, “real sacerdocio” y “pueblo adquirido por Dios”, significa que
verdaderamente se nos ha bendecido, y que deberíamos pasarnos todos los días
cantando “Bendiciones, cuántas tienes ya?”.
Si usted no es cristiano, usted se está
perdiendo de una de las más sublimes y grandiosas bendiciones que Dios le
ofrece al hombre. Ahora que usted ya ha visto los privilegios que Dios le ha
conferido a la iglesia, ¿dejará usted que Dios lo haga parte de
ella?
PREGUNTAS PARA ESTUDIO Y ANÁLISIS
10.
Defina la expresión “pueblo adquirido por Dios”.
11.
¿En cuáles bendiciones piensa cuando recuerdo que los
cristianos son el pueblo especial de Dios
12.¿De
qué modo entramos en el Israel espiritua1 hoy día?. Fin