(Eclesiastés 3; 4)
El objetivo final de Salomón, en su búsqueda del significado de
la vida, era la verdadera felicidad. En Eclesiastés reflexionó sobre todos las
maneras como procuró hallar felicidad y plenitud. Había probado todo aquello
que la gente por lo general prueba, con el fin de ponerse feliz y contenta. No
hubo nada que le deparara una satisfacción duradera.
Tal como Salomón lo ilustró, la verdadera felicidad no se
encuentra al buscarla. Las conclusiones, a las cuales llegó, son las que Dios
querría que nosotros también llegáramos. Cuando se aplican estas verdades
estaremos mejor capacitados para hacer un mejor uso de nuestras vidas. En los
capítulos 3 y 4, se nos brindan algunas instrucciones para tener vidas de
contentamiento. Tendremos tribulaciones, inevitablemente, pero ellas no
destruirán nuestro gozo. Si podemos aprender a sacarle el mejor provecho a
situaciones de la vida, podremos conservar el gozo, el contentamiento, la paz y
la tranquilidad, aun en medio del fragor de las tempestades de la vida
alrededor de nosotros. No podemos evitar que las tempestades causen estragos
alrededor de nosotros, pero sí podemos evitar que los causen dentro de
nosotros.
¿Significará esto que la
verdadera felicidad no es algo que se encuentra, sino algo que se aprende?
Veamos lo que Salomón dijo al respecto.
LA VERDADERA FELICIDAD PROVIENE DEL PROVECHO QUE SE
LE SAQUE A LAS SITUACIONES DE LA VIDA (3.1-22)
Dios ha provisto un tiempo para todas las cosas: “Todo tiene su
tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora” (3.1). Se acude
a catorce pares de términos opuestos para ilustrar esta verdad:
Tiempo de nacer, y tiempo de morir;
Tiempo de plantar, y tiempo de arrancar
lo plantado;
Tiempo de matar, y tiempo de curar;
Tiempo de destruir, y tiempo de
edificar;
Tiempo de llorar, y tiempo de reír;
Tiempo de endechar, y tiempo de bailar;
Tiempo de esparcir piedras, y tiempo de
juntar piedras;
Tiempo de abrazar, y tiempo de
abstenerse de abrazar;
Tiempo de buscar, y tiempo de perder;
Tiempo de guardar, y tiempo de
desechar;
Tiempo de romper, y tiempo de coser;
Tiempo de callar, y tiempo de hablar;
Tiempo de amar; y tiempo de aborrecer;
Tiempo de guerra, y tiempo de paz (3.2-8)
Muchos de estos son eventos sobre los cuales no podemos ejercer
mucho dominio o del todo ninguno. El nacimiento ocurre cuando es tiempo de que
ocurra, y lo mismo la muerte. Plantamos cuando es tiempo de plantar, no podemos
apresurar las estaciones. Arrancamos lo plantado cuando el fruto está en su
punto. A veces no nos queda más remedio que llorar, pero después podemos volver
a reír. Hay tiempo de demoler edificios y tiempo cuando se les puede construir
nuevos.
La comparación se extiende hasta abarcar una amplia serie de
temas. Hay tiempo de llorar y tiempo de reír. Hay tiempo de endechar y tiempo
de bailar de alegría. Si un granjero desea ver sus campos libres de piedras, es
tiempo de esparcirlas. Si un hombre desea construir una casa, es tiempo de
juntar piedras. Hay tiempo de romper lo cosido, y tiempo de coser lo descosido.
Hay tiempo cuando se debe hablar y tiempo cuando lo aconsejable es callar.
Algunas cosas deben aborrecerse, otras deben amarse. A veces las guerras son
necesarias; en otros momentos, puede negociarse la paz.
¿Qué significa todo esto para nosotros? ¿Qué estaba tratando de
decirnos el predicador? Algunos eventos son más agradables que otros, pero
todos tienen un tiempo cuando han de ocurrir. ¿Estaba Salomón diciendo que
debemos aprender a aceptar todas las situaciones de la vida, las buenas y las
malas, o estaba simplemente señalando lo negativo y lo positivo con el fin de
observar el sistema de pesos y contrapesos que hay en la vida? Puede ser que al
mirar la vida, Salomón fuera como el hombre que dijo: “Por qué he de molestarme
en dar mi voto? Si voto en contra, mi esposa votará a favor, y el voto de uno
neutralizará el del otro”. Tal vez, lo que Salomón estaba ilustrando, era el
hecho de que la suma de los débitos y créditos de una vida en la que Dios no
está presente, es cero.
Esta es la pregunta que se hace en 3.9: “Qué provecho tiene el
que trabaja, de aquello en que se afana?”. La vida es una serie de ciclos
positivos y negativos sobre los cuales poco control tiene el hombre. Desde un
punto de vista humano parece inútil que uno tenga que dar vueltas como una
rueda al ser llevado por las estaciones y los tiempos en el cumplimiento de sus
ciclos. Debemos simplemente aceptar las circunstancias que no podemos controlar
y usar esta vida para darle el mejor servicio que podamos, al Dios que nos la
ha dado.
Todas las circunstancias de la vida trabajan juntas en el
cumplimiento de un plan (3.10-15). El predicador le echó una mirada a todo el
arduo trabajo que por la providencia de Dios se le ha impuesto a la humanidad.
Esto fue lo que escribió:
“Yo he visto el trabajo que
Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en él. Todo lo hizo
hermoso en su tiempo” (3.11-a). Dios ha planeado todo en su tiempo e incluso ha
puesto en nuestros corazones la conciencia de que, en la vida, así como hay
eventos visibles, también los hay invisibles. Esto es lo que leemos: “... ha
puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender
la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin” (3.10-11 b). Tenemos
conocimiento de que Dios está al mando de todo, pero no podemos ver el cuadro
entero de principio a fin. Sólo podemos ver los eventos que ocurren durante
nuestra breve dimensión temporal.
Con base en lo anterior, Salomón llegó a la conclusión de que
lo mejor que puede hacer un hombre, es disfrutar del bien de su labor mientras
viva sobre la tierra: “Yo he conocido que no hay para ellos cosa mejor que
alegrarse y hacer bien en su vida; y también que es don de Dios que todo hombre
coma y beba, y goce el bien de toda su labor” (3.12-13). Dios nos ha regalado
el día de hoy con sus oportunidades y dificultades. Nos ha dado ciertos dones
que nos sirven como herramientas, con las cuales vivir y trabajar. No podemos
cambiar el modelo diseñado por Dios; tampoco podemos añadirle ni quitarle
(3.14). Confiar en Dios significa que aceptamos su voluntad para nuestra vida,
aun cuando ésta no tenga sentido para nosotros.
Incluso la maldad y la
injusticia pueden tener una razón para existir (3.16-22). Cuando Salomón
esperaba hallar justicia, él observaba que la maldad estaba ganando la
batalla. En lugar de rectitud, veía
iniquidad. El estaba convencido de corazón, que Dios juzgaría a los justos e
injustos con el tiempo, pero quería saber por qué a la injusticia se le
permitía existir. Llegó a pensar que Dios le permitía a ésta existir, con el
fin de demostrar que la gente que vivía en el pecado no estaba en mejor
condición que las bestias.
Cuando los hombres viven como animales, haciendo caso omiso de
la presencia de Dios, morirán también como animales. No tendrán más esperanza
ni propósito que los animales. ¿Cómo puede ser mejor que una bestia un hombre
que vive en la maldad? Tanto el hombre como la bestia vuelven al polvo.
Esto también llevó a Salomón a la conclusión de que lo mejor
que un hombre puede hacer es contentarse con el bien de su trabajo y aceptar la
parte que le corresponde en la vida. Sólo pasamos por este inundo una vez.
Debemos aprovechar lo que Dios nos da a medida que nos lo da.
LA VERDADERA FELICIDAD NO ES OBRA HUMANA (4.1-16)
El hombre no puede ser el arquitecto de su propio
contentamiento —son demasiadas las circunstancias que lo pueden destruir. La
opresión puede destruir los esfuerzos del hombre por tener contentamiento
(4.1-3). Considere a los oprimidos que hay en el mundo. Ellos derraman lágrimas
de tristeza, y no hay quien los pueda consolar. Todo el poder está del lado del
opresor. Los oprimidos no pueden lograr que se les trate con justicia. Salomón
sugirió que los muertos están mejor que aquellos a quienes se les ha privado de
su libertad. Esto es lo que el versículo 3, dice: “Y tuve por más feliz que
unos y otros al que no ha sido aún, que no ha visto las malas obras que debajo
del sol se hacen”. Si los oprimidos han de estar contentos, ese contentamiento
deberá consistir de un estado mental, pues no hay nada que puedan hacer para
mejorar las circunstancias en las que se encuentran.
Ni el trabajo arduo ni la ociosidad podrán producir la
verdadera felicidad (4.4-6). Imagínese a una persona que ha trabajado
arduamente toda su vida. Tiene energía y entusiasmo. Se esfuerza por alcanzar
altos ideales y lo logra. ¿Le garantiza está la felicidad? ¡No es así! Tal
hombre es el blanco de la envidia de sus vecinos y ello le priva de su gozo.
Cuando el éxito se enfrenta con la envidia, ello da como resultado que se
pierdan los amigos. ¿Vale la pena tener éxito a cambio de perder las amistades?
La ociosidad tampoco es la respuesta al problema; ella también
lleva a la ruina. No es de extrañar que la vida sea yana y esté llena de
frustraciones. ¿Cuál es la conclusión? Es mejor una mano llena y tener paz, que
dos manos llenas y tener tristezas y frustraciones. ¿Es éste el análisis del
necio o la conclusión a la cual llega Salomón? De cualquier modo, la lección
para nosotros es la misma. La felicidad no se obtiene ni trabajando por ella ni
esperando ociosos su llegada. Ni el exceso de trabajo ni la indolencia son
deseables. Debemos evitar los extremos que nos puedan llevar a poner el énfasis
donde no se debe. Debemos vivir gozosos para Dios día a día, sin afanarnos por
el éxito. En ningún caso debemos preocuparnos ¡ni porque tengamos las dos manos
llenas ni porque tengamos una sola o ninguna llena!
La codicia destruye el contentamiento (4.7-12). Imagínese a
otro hombre, uno que nunca está satisfecho con lo que tiene. Está tan absorbido
en la adquisición de más posesiones materiales que vive una solitaria vida de
aislamiento. No tiene hermano, hijo o amigo. Trabaja todo el tiempo. ¿Para
quién hace todo esto? No se detiene lo suficiente como para disfrutarlo. No
tiene familia con la cual disfrutarlo. No desea compartirlo.
La vida egoísta es una vida
insensata. No es bueno que el hombre esté solo. Dios fue el primero en aseverar
esta verdad (Génesis 2.18). Salomón dio cuatro razones que explican por qué dos
son mejor que uno: 1) Pueden tener mejor paga de su trabajo. 2) Cuando uno cae,
el otro lo podrá levantar; mientras que el que está sólo, estará en problemas.
3) Cuando los dos se cubren con la misma cobija en una noche fría, ellos podrán
calentarse mutuamente. 4) Si uno se queda solo, estará más expuesto a ser
atacado y derrotado que dos que resisten juntos. Un solo cordón puede romperse
fácilmente, pero “cordón de tres dobleces no se rompe pronto” (4.12).
Ni siquiera los que ostentan puestos de autoridad tienen garantizado
el contentamiento (4.13-16). Hay quienes procuran puestos de autoridad,
creyendo que esto les producirá contentamiento. Es mejor ser un muchacho pobre
y sabio, que un rey viejo que no admite consejos. El muchacho podría
eventualmente salir de la prisión y llegar a ser rey, a pesar de haber nacido
en la pobreza. Habría miles que le apoyarían para ayudarle a llegar al trono.
Este mismo muchacho podría llegar a ser un poderoso y popular líder por un
tiempo. Luego, cuando la generación que viene detrás de la suya crezca, él
podría perder su popularidad. Otro muchacho podría tomar el trono en su lugar.
El poder y la popularidad no le dan significado a la vida tampoco. También esto
es aflicción de espíritu, es como perseguir los torbellinos.
CONCLUSIÓN
¡Gracias a Dios que podemos conocer a Jesús! Este tratado que
Salomón escribió, enfatiza la necesidad que tenemos de un Salvador. No podemos
ponernos felices por nuestros propios esfuerzos y mucho menos salvarnos. Jesús
vino a responder a esa necesidad. En Cristo, la vanidad de la vida desaparece.
Jesús jamás habló de vanidad. El sólo habló de esperanza, gozo, amor y paz. El
vino para que tuviésemos vida y para que la tuviésemos en abundancia (Juan
10.10).
Deposite su confianza en Jesús. Acepte su estilo de vida para
usted. Se va a maravillar de los cambios que él puede obrar en su vida. Fin.
Alguien ya lo dijo: “Podemos poner a descansar nuestras adoloridas
cabezas sobre la almohada de las promesas de Dios, y luego levantarnos más
fortalecidos”.