En defensa de Dios

(Job  32-37)

 

    Para los propósitos de este estudio, nos hemos acercado al libro de Job enfocando las partes más significativas. Estamos examinando el mensaje central del libro y aplicando este mensaje a situaciones de nuestras vidas. Hay algunas secciones del libro que nos estamos saltando con tal de lograr tal propósito. Nos saltaremos el capítulo 20 y los capítulos del 22 al 31, en los cuales continúa el debate sobre la causa de los problemas de Job. Los tres amigos de Job insistían en que él había pecado. En total, los primeros dos amigos hablaron tres veces cada uno, y el tercer amigo habló dos veces. Job le contestó a cada uno de ellos y lo hizo de tal manera que los dejó en un silencio que dejaba entrever la frustración de ellos. Las acusaciones de ellos, añadidas a sus aflicciones, martillaron contra Job; pero éste sostuvo que era inocente. A estas alturas, una nueva personalidad, Eliú, entra en el drama. Este había estado escuchando todo el debate entre Job y sus tres amigos; al final, se ve obligado a hablar.

 

¿QUIÉN ERA ELIÚ?

    ¿Era Eliú un hombreo o un mensajero de Dios? Aunque Eliú dijo algunas cosas que lo hacían parecer como que había venido de los cielos con un mensaje de parte de Dios, lo que sabemos es que era un hombre, pues en los primeros versículos del capítulo 32, se menciona su procedencia. Era descendiente de Buz, quien era hijo de Nacor, un hermano de Abraham (Génesis 22.20-21). Al igual que los otros amigos de Job, Eliú dijo algunas verdades. No hablaba por inspiración, pero era un joven muy perspicaz con algunas cualidades que deberíamos imitar.

 

    En primer lugar, Eliú respetaba a sus mayores. Esto fue lo que dijo:

Yo soy joven, y vosotros ancianos; Por tanto, he tenido miedo, y he temido declararos mi opinión. Yo decía: Los días hablarán, Y la muchedumbre de años declarará sabiduría (326-7).

 

    Job y sus tres amigos eran mayores que Eliú. Esta era la razón, por la cual no había hablado antes. Había sido criado con la creencia de que la edad y la experiencia enseñan sabiduría, sin embargo, se llegó a dar cuenta de que la edad por sí sola no puede hacer sabia a una persona.

 

   En segundo lugar, él respetaba la palabra de Dios. Esto fue lo que dijo: “Ciertamente espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente le hace que entienda” (32.8). Un joven que escuchaba la palabra de Dios también podía tener sabiduría y entendimiento. Eliú creía en que Dios les abre los oídos a las personas para darles instrucción, les cambia sus corazones, les aparta de su orgullo (33.16-18), todo lo cual da como resultado la salvación.

 

   En tercer lugar, él era un hombre valiente y de profundas convicciones. Estaba más preocupado por hablar en nombre de Dios que por agradar a los hombres. Tenía un mensaje y se esforzaba por darlo a conocer:

Porque lleno estoy de palabras, Y me apremia el espíritu dentro de mí.

De cierto mi corazón está como el vino que no tiene respiradero,

Y se rompe como odres nuevos. Hablaré, pues, y respiraré;

Abriré mis labios, y responderé. No haré ahora acepción de personas,

Ni usaré con nadie de títulos lisonjeros (32.18-21).

 

    No quería estar atado a la diplomacia del que evita herir los sentimientos de otros. Quería que se le permitiera hablar franca y claramente. Esto fue lo que le dijo a Job: “Mis razones declararán la rectitud de mi corazón, y lo que saben mis labios, lo hablarán con sinceridad” (33.3).

    Es obvio que la cualidad que más interfería con la personalidad de Eliú, era su ego. Estaba seguro de lo que iba a decir. Esto fue lo que dijo: “... óyeme tú a mí; calla, y te enseñaré sabiduría” (33.33).

 

¿QUÉ ERA EL MENSAJE DE ELIÚ?

    Como había oído todo lo que se había dicho, Eliú estaba a punto de estallar. Tenía tantas ganas de hablar que se sentía como un odre nuevo sin respiradero. No podía contenerse ya más.

 

    A Eliú no le habían agradado las palabras de los tres amigos (32.3). Los argumentos de ellos no habían sido convincentes, y sin embargo, habían condenado a Job. Eliú creía que Job había sido más convincente que ellos, y que ellos debían haberle dado una mejor respuesta a Job. Les reprendió por haberse creído sabios, diciéndoles que el oído prueba las palabras del mismo modo que el paladar gusta de lo que uno come. Había probado las palabras de ellos y había llegado a la conclusión de que todavía no habían juzgado por sí mismos lo que era bueno (34.1-4).

 

   Además, Eliú estaba perturbado con lo que le sucedía a Job (32.2). Estaba enojado porque Job había tratado de justificarse a sí mismo y no a Dios. Quería corregir a Job acerca de quién era el que estaba siendo juzgado por quién. Dios y sus razones no son los que están sometidos a juicio por el hombre. Es el hombre y sus razones los que están sometidos ajuicio por Dios (33.12-44). Eliú pensaba que Job había hablado sin saber (34.35; 35.16). No le gustaba el hecho de que Job cuestionara la justicia de Dios. Revisó las palabras de Job y le decía que él se había equivocado al acusar a Dios:

De cierto tú dijiste a oídos míos, Y  yo oí la voz de tus palabras que decían;

Yo soy limpio y sin defecto; Soy inocente, y no hay maldad en mí.

He aquí que él buscó reproches contra mí, Y me tiene por su enemigo;

Puso mis pies en el cepo, Y vigiló todas mis sendas.

He aquí, en esto no has hablado justamente; Yo te responderé que mayor es Dios que el hombre (33.8-42).

 

   Lo que Eliú dijo, lo dijo en nombre de Dios y para defenderlo. En primer lugar, defendió los juicios de Dios, cuando dijo: “Sí, por cierto, Dios no hará injusticia, y el Omnipotente no pervertirá el derecho” (34.12). Después dijo:

 

Espérame un poco, y te enseñaré; Porque todavía tengo razones en defensa de Dios. Tomaré mi saber desde lejos, Y atribuiré justicia a mi Hacedor (36.2-3).

 

   Job había declarado que él era justo y que sus aflicciones eran un castigo injusto. Acusaba a Dios de tratarlo como a un enemigo suyo. Eliú dijo: [ Job] en esto no has hablado justamente; Yo te responderé que mayor es Dios que el hombre” (33.12). Criticó severamente a Job por contender con Dios (33.13). Dios excede en grandeza al hombre tanto, que éste no debe atreverse a pensar que su justicia es mayor que la de Dios (35.2). Eliú no creía que Dios era más, responsable que Job por los problemas de éste-El le atribuía justicia y sabiduría a su Hacedor (36.2-3)

 

    No hay quien sea más justo que Dios (34.17). Dado que la justicia y el juicio justo están en las manos de Dios, el hombre debe confiar en Dios y no someter a éste a juicio (35.14). Este es un error muy común de la gente. Los que no comprenden por qué Dios ha dicho o hecho algo, están propensos a sacar como conclusión que Dios no comprende. Aquellos cuyas vidas no armonizan con Dios, a menudo creen que la palabra de éste es irrelevante para las necesidades de la gente de hoy día. La verdad es que el hombre no es quien para que determine lo que es mejor. Lo que le parece mejor al ser humano, no siempre es lo mejor para éste. El único modo como los humanos descubren lo que no es mejor para ellos es el de aprender a fuerza de errores. Dios ya lo sabe. El no necesita aprender a fuerza de errores.

 

    Dios nos hizo a nosotros y al mundo en el que vivimos. Él sabe qué es lo mejor para nosotros. Debemos confiar en su conocimiento y respetarle sus razones. Por supuesto que no entendemos todas las cosas que Dios hace. No sabemos lo que él sabe. Por lo tanto, ¿quién puede acusar a Dios de que está haciendo lo malo? (36.23).

 

    En segundo lugar, Eliú defendió el derecho que tiene Dios de quedarse callado cuando se le interroga. Dios excede en su grandeza al ser humano tanto, que él no está obligado a dar explicaciones de todo lo que hace (33.12-14). Por siglos, las personas curiosas se han preguntado por qué las cosas son como son en nuestras vidas y en la naturaleza. Entre más conozcamos acerca del universo, más comprenderemos el por qué de muchas cosas; pero jamás podremos saber todo lo que Dios, el Creador, sabe. ¡Si nosotros supiéramos todo lo que Dios sabe, éste dejaría de ser Dios!  Dios no es Dios de los que creen saber tanto como él; tales personas no se le acercan con respeto y reverencia. Las personas pueden llegar a estar tan desilusionadas por el engreimiento, al punto que se les olvida que dependen de Dios.

 

   En tercer lugar, Eliú defendía el derecho de Dios a requerir de nosotros nuestra obediencia. Esto es lo que él creía que Job estaba preguntando: “Por qué tenemos que obedecerle a Dios? ¿Qué beneficios hay en ello?” (35.2-3). Hay momentos cuando la gente piensa que no hay paga por servir a Dios- Aunque era inocente, Job no consideraba que iba a estar mejor que si hubiera pecado. Eliú intentaba que Job entendiera que no le estamos haciendo ningún favor especial a Dios con obedecerle. Dios se agrada cuando las personas viven vidas justas, pero a él no le beneficia la justicia ni le perjudica el pecado (35.6-8). Los cristianos no deben servirle a Dios con el fin de recibir beneficios, aunque obedecerle trae bendiciones.

 

    En cuarto lugar, Eliú alababa la grandeza de Dios. Dios es tan grande que los humanos no pueden conocerlo plenamente (36.26). Su grandeza se manifiesta en la naturaleza. El hace las nubes para hacer caer la lluvia con abundancia sobre la tierra. El hace que esas mismas nubes encubran la luz del sol (36.27-32). La grandeza de Dios causaba que Eliú se estremeciera maravillado (37.1 y sig.). Él comparaba el trueno y el relámpago con la voz de Dios.

 

    Lo que Dios hace en la naturaleza escapa a nuestra comprensión. Él envía la nieve, la cual a su vez hace que los animales se vayan a sus escondrijos a hibernar. Luego envía el viento del sur, el cual trae el verano nuevamente. Por su soplo se da el hielo. Las nubes que traen la tormenta las dirige adonde él quiere que vayan. Dios ve todo el conjunto. El tiene un propósito para todo. Algunas veces las tormentas vienen para el bien de la tierra. Es probable que la persona común y corriente no vea la utilidad que tienen las serpientes, los mosquitos o las avispas, pero éstos forman parte de la

totalidad del conjunto de los seres vivos de Dios. A nosotros sólo nos interesa lo que abarca nuestro propio círculo de vida. Hay momentos en los que nos gustaría que Dios alterara sus leyes naturales tan sólo para favorecernos a nosotros. Lo que quisiéramos que se nos hiciera a nosotros podría ser lo contrario que a nuestros amigos y vecinos les gustaría que se les hiciera, Lo que les ayuda a unos puede perjudicarles a otros. La lluvia que le eche a perder una comida campestre a una familia, puede salvar los cultivos de la zona en que ésta vive.

 

    Nosotros no sabemos cómo es que Dios dirige el tiempo. Esta fue la descripción que nos dio Eliú:

Truena Dios maravillosamente con su voz; El hace grandes cosas, que nosotros no entendemos.

Porque a la nieve dice: Desciende a la tierra; También a la llovizna, y a los aguaceros torrenciales.

Así hace retirarse a todo hombre, Para que los hombres reconozcan su obra...

Unas veces por azote, otras por causa de su tierra, Otras por misericordia las hará venir (37.5-13).

 

    Eliú se maravillaba del balance de la naturaleza, de cómo Dios ha extendido los cielos como un espejo fundido (37.15-18).  No pueden los humanos contemplar a Dios como tampoco se puede mirar a simple vista el sol sin que se le cause daño al ojo. El viene en “majestad terrible” (37.22). Esto fue lo que Eliú dijo: “El es Todopoderoso, al cual no alcanzamos, grande en poder; y en juicio y en multitud de justicia no afligirá” (37.23).

 

CONCLUSIÓN

    Dios tiene todo el dominio de la situación. ¿Por qué, entonces, no impide que sucedan los problemas de la vida? ¿Por qué permite él que haya destrucción y dolor? ¿Guardan armonía las circunstancias terribles con la manera de ser de un Padre amoroso? ¿Cuál es el propósito de las dificultades de la vida?

 

    Hay ocasiones cuando los problemas de la vida acontecen con el propósito de darnos enseñanzas correctivas. No hay otro que pueda dar enseñanzas tan bien como Dios (36.22). Las lecciones que se aprenden en el dolor se recuerdan por mucho tiempo. Las privaciones obligan a la mente a concentrarse en las cosas que son importantes. El dolor y las privaciones tienen la virtud de hacer salir las mejores cualidades que hay dentro de las personas, mientras que la prosperidad y las comodidades pueden hacer salir los peores defectos. Dios permite que suframos dolores y tristezas, pero también nos libra de nuestros padecimientos. El reconforta y restaura (3323-26). Cuando somos castigados, esto es lo que conviene decirle a Dios: “He llevado ya castigo, no ofenderé ya más. Enséñame tú lo que yo no veo; si hice mal, no lo haré más” (34.31-32).

 

    Las dificultades también pueden ser demostraciones de la misericordia de Dios. La misericordia y la gracia de Dios son temas complejos. Lo que Dios hace para manifestar su misericordia a la humanidad puede no parecer misericordioso en el momento. La muerte de Jesús en la cruz fue un acto de misericordia para un mundo perdido, pero fue difícil para Jesús soportarlo en aquel momento. Jonás debió haber creído que Dios estaba emprendiéndola en contra suya, cuando lo envió a predicar en medio del pueblo inicuo de Nínive. Lo que le sucedió a Jonás no se interpretó como algo misericordioso, pero su misión fue un acto de misericordia hacia una nación entera.

 

    Una sola dificultad de la vida no basta para dar idea de la historia completa. Ningún episodio en particular debería derrotarnos. Es la suma de todas las circunstancias de la vida lo que determina el resultado final. Cualesquiera que sean las circunstancias, hay que poner la mirada más allá de las dificultades para poder ver los beneficios de ellas. Si no podemos ver ningún bien, ni razones para ellas, es porque tenemos una visión limitada, terrenal, de la situación. El resultado final es lo que determina el valor de la experiencia.

 

   Eliú estaba en lo correcto cuando acusó a Job de hablar sin tener conocimiento. Job no sabía de qué era lo que estaba hablando. Estaba tratando de entender las obras del Todopoderoso Dios. Debemos tener paciencia; debemos esperar y ver el resultado y no someter a juicio a Dios. Fin.