EL PROBLEMA DEL SUFRIMIENTO

 

PHIL SANDERS

 

    Hay personas cuya fe en Dios se tambalea por causa de la maldad y del sufrimiento que existen en el mundo, y de que todo esto ocurra ante la presencia de un Dios que es amor y a la vez todopoderoso. Hay quienes creen que él es todopoderoso pero que no es todo amor, y que por esta razón no detiene la maldad y el sufrimiento; mientras que hay otros que creen que él es todo amor, pero no todopoderoso, y que por esta razón es incapaz de detener la maldad y e1 sufrimiento. Ellos no conciben cómo el Dios de la Biblia, que alega ser amoroso y todopoderoso, pueda existir.

 

EL “POR QUÉ” DEL SUFRIMIENTO

    ¿Por qué no detiene Dios toda la maldad?

Dios hizo al hombre un agente moral con libre albedrío. Cuando lo hizo inocente, lo declaró “muy bueno”. El hombre tiene intelecto, emociones y voluntad —es libre de escoger. Si un hombre no tuviera voluntad no sería más que un títere o autómata. El libre albedrío que Dios le dio al hombre incluye su capacidad de elegir entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo incorrecto.

 

    Todos pecan según dice Romanos 3.23. Los agentes morales con libre albedrío que Dios creó, eligen las opciones incorrectas de vez en cuando. ¿Cómo ha de tratar Dios con nuestra pecaminosidad? Esto es lo que alguien sugirió: “Debería destruir a todos los pecadores y a Satanás también!”. Si él destruyera a todos los que pecan, nos destruiría a usted y a mi. En realidad no es justicia pura lo que necesitamos que Dios nos dé; lo que necesitamos es misericordia.

 

    Dios ha elegido trabajar con los hombres y las mujeres, no forzándolos a ser justos, sino permitiéndoles la libertad de escoger hacer el bien o el mal. Dios no se ha descuidado en ayudarle a la humanidad a elegir correctamente. Envió a Jesús al mundo a morir por nosotros, y luego construir un reino de justicia. Dios nos ha dado su palabra, la Biblia, para guiamos. Él prefiere que la gente se arrepienta de sus pecados y sea salva, y no que sea castigada (Ezequiel 33.11; 2 Pedro 3.9). A Dios no se le puede responsabilizar de lo que las personas que eligen hacer el mal, se hagan unas a otras.

¿Por qué no impide Dios los desastres naturales?

 

    Otro problema que plantean aquellos, cuya fe en Dios flaquea, es el de los desastres naturales: los huracanes, los terremotos, las explosiones volcánicas, los tornados, los incendios forestales, las inundaciones, las enfermedades, etc. Dios no es el causante de estas tragedias. Son accidentes que resultan de un balance natural que está continuamente gestándose. (Vea Eclesiastés 9.11-12.) Las leyes con las que Dios rige la naturaleza son constantes. La gravedad, la lluvia, el viento, el fuego y los relámpagos, son todos necesarios para la vida, sin embargo pueden hacernos daño.

 

    Dios hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos (Mateo 5.45). Los accidentes pueden ocurrirles a las personas cuando éstas se descuidan, o son inconscientes del peligro, o no están preparadas para los cambios de la naturaleza.

Hay ciertos incidentes, los cuales Dios no impide, porque son una buena prueba de nuestra fe (Job 1.12). Hay momentos, en los cuales el sufrimiento nos puede acercar más a Dios (1 Pedro 4.29). El sufrimiento nos recuerda de nuestra necesidad de Dios (Mateo 7.7-11).

 

    La disciplina de Dios es para nuestro beneficio, para fortalecernos y ayudarnos a ser más fuertes (Hebreos 12.5-11). La disciplina no es castigo; su propósito es beneficiamos. La calamidad a menudo despierta a las personas al hecho de que Dios es el Señor de nuestras vidas (Isaías 45.5).

 

EL VALOR DEL SUFRIMIENTO

    Si se puede demostrar que el sufrimiento tiene valor y que les produce beneficios alas personas en sus vidas, entonces su presencia deja de ser un argumento en contra de la existencia de un Dios bueno. Muchas personas suponen que la aspiración de todo viviente debería ser el llegar a ser feliz y el vivir cómodamente (Eclesiastés 7.2—4). No obstante, hay ciertos “valores sólidos” del carácter, los cuales sólo se producen mediante el sufrimiento. La formación de una perla no se da mediante la comodidad, sino mediante el sufrimiento. Esto es lo que Romanos 8.28, dice: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas buenas [o malas] les ayudan a bien,...”.

 

¿Cómo nos ayuda el sufrimiento?

1)     El sufrimiento nos puede ayudar a conocernos a nosotros mismos, a entender cómo  es nuestro carácter y lo que podemos hacer para bendecir las vidas de otros.

2)     Nos puede ayudar a reconocer lo que realmente tiene valor.

3)     Nos puede ayudar a desarrollar una mayor gratitud por las bendiciones que tenemos.

4)     Nos puede enseñar a tener compasión para las necesidades de otros.

5)     Nos puede ayudar a desarrollar un mayor aprecio por la oración.

6)     Podemos tener un mayor entendimiento del valor de la amabilidad en la forma como hablamos, pensamos y actuamos.

7)     Nos puede demostrar que las tinieblas a menudo son seguidas por la luz de la mañana (Salmos 30.5).

8)     Nos puede estimular a recordar a Dios. Hay algunos que no piensan en Dios, sino hasta que alguna gran necesidad les sobreviene,

9)     Las aflicciones producen paciencia en nuestras vidas (Romanos 5.3).

 

EL MÁS GRANDE EJEMPLO DE SUFRIMIENTO

    Jesucristo conoce el sufrimiento en sus muchas formas, incluyendo el dolor, la ofensa, el insulto, el castigo, el rechazo, el prejuicio, la envidia, el odio, el hambre y la debilidad. El sufrió, a pesar de no haber cometido falta ni pecados propios. No hay quien pueda acusarlo de no entender el sufrimiento.

 

    El sufrimiento que Cristo experimentó en la cruz, nos enseña que el amor y el sufrimiento son compatibles. Jesús jamás puso en duda, ni por un momento, el amor de su Padre. El amor de Dios se muestra en su faceta más dramática en el sufrimiento y muerte de Cristo en la cruz (Romanos 8.6-8; 1 Juan 4.8). No hay quien pueda acusar a Dios de que a él no le importa el hombre.

 

    La muerte de Jesús en la cruz nos enseña que el sufrimiento no siempre es un castigo por nuestros pecados, pues él no era un pecador (1 Pedro 2.22; Hebreos 4.14-16). Jesús murió, no por sus pecados, sino por los nuestros.

La muerte de Jesús en la cruz nos enseña que el sufrimiento puede lograr propósitos que benefician a otros. El sufrimiento de uno puede bendecir las vidas de muchos más. Por ejemplo, José sufrió para salvar a Israel durante una hambruna, Moisés sufrió para sacar a Israel de Egipto y llevarlo a la libertad. David sufrió, con el fin de poder establecer un reino de justicia en Israel. Jesús sufrió, con el fin de poder salvar “a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1.21).

 

    El sufrimiento voluntario, aunque sea injusto, ayuda a obtener maravillosos resultados en el carácter de los que se deciden a experimentarlo. El amor tiene un costo (Juan 15.13). La muerte de Jesús en la cruz proclama que hay algo peor que el sufrimiento: el pecado. Un Dios que es santo y justo, odia el pecado. No hay otra cosa en la cual él pueda convertir el pecado; debe condenarlo. Nuestro Padre celestial condenó el pecado mediante la cruz de Cristo. Cuando Jesús murió, él llevó sobre sí la condenación por el pecado del mundo.

 

    No debemos compadecemos de Jesús por haber ido a la cruz. En su lugar, es de Caifás, de Pilato y de Judas, de quienes debemos compadecemos. No debemos permitir que las aflicciones de la vida nos oculten la verdadera causa del sufrimiento en este mundo en que vivimos; se trata del pecado y la rebeldía en contra de Dios.

 

    La muerte de Jesús nos asegura que el sufrimiento por la voluntad de Dios siempre lleva a la victoria. El sufrimiento por sí sólo no lleva a la victoria, pero el sufrimiento “por la voluntad de Dios”, y que depende de la gracia de Dios, sí lleva a la victoria. La muerte de Jesús nos muestra cómo el sufrimiento puede transformarse en amor y gloria. La dura cruz era un símbolo de vergüenza, pero Jesús transformó el símbolo de muerte en un mensaje de amor.

 

    La muerte de Jesús también nos enseña que el sufrimiento no es permanente, y que la muerte no es el fin. Cuando los hombres y las mujeres de Dios sufren, él está cerca de ellos, siendo partícipe de su dolor, y tomándolos en sus manos. Sea que el cristiano viva, o que muera, él siempre hará bajar de los cielos el amor de un Padre que se preocupa. “Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos, Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos” (Romanos 14.8; cfr. 8.37-39). Jesús se entregó él mismo en las manos de su Padre para que éste recibiera su espíritu al morir. A nosotros también se nos ha dado certeza de que así será con nuestro espíritu.

 

    Jesús tuvo la confianza y la valentía de rendirse a su Padre en los momentos de sufrimiento. Esto, también, es una gran fuente de fortaleza para los cristianos (1 Pedro 2.21-24).

 

CONCLUSIÓN

    Podemos ser partícipes del canto de Habacuc, en el cual éste expresa su confianza en Dios:

Aunque la higuera no florezca,

Ni en las vides haya frutos,

Aunque falte el producto del olivo,

Y los labrados no den mantenimiento,

Y las ovejas sean quitadas de la majada,

Y no haya vacas en los corrales;

Con todo, yo me alegraré en Jehová,

Y me gozaré en el Dios de mi salvación.

Jehová el Señor es mi fortaleza,

El cual hace mis pies como de ciervas,

Y en mis alturas me hace andar (Habacuc 3.17-19).

 

    La confianza en Dios nos ayuda a elevarnos por encima de los muchos sufrimientos de esta vida (2 Corintios 4.7-15). Fin