Escucha el
fin de todo el discurso
Eclesiastés 11; 12
Ahora sí estamos preparados para considerar los hallazgos
hechos por Salomón, la suma de todas las observaciones que hizo y de las
aflicciones que sufrió. El probó todas las cosas y aprendió —a fuerza de
errores, como también por sabiduría y experiencia— qué era lo que realmente
importaba y lo que no.
Se propuso investigar la felicidad y fue metódico, casi
científico, en el modo como realizó tal investigación. Cuando ya se hallaba al
final de sus días, preparó este informe de investigación con el fin de revelar
sus hallazgos. Son miles de personas, las cuales, después de Salomón, han
llevado a cabo similares ensayos, y han llegado a similares conclusiones —pero
ninguno ha sido tan bien fundamentado, ni tan lleno de inspiración, como éste.
Las palabras de Salomón son de un valor que se resiste al paso del tiempo. Si
el mundo continuara existiendo por un millón de años más, su mensaje todavía
sería cierto y útil, tal como lo ha sido desde el comienzo.
El contenido de Eclesiastés 11 y 12, despeja cualquier duda en
el sentido de que las respuestas a las preguntas de la vida se encuentran en
Dios. Del Señor es la tierra y su plenitud (Salmo 24.1). Todos somos creación
de Dios. Si queremos saber por qué estamos aquí, sólo necesitamos consultar con
el manual del dueño de la creación, la Biblia.
CONFÍE EN DIOS (11.1-6)
El capítulo 11, comienza así: “Echa tu pan sobre las aguas;
porque después de muchos días lo hallarás”. Echar el pan sobre las aguas es una
acción que no parece tener sentido. Éste sólo flota por algunos segundos y
luego desaparece para siempre. ¿Qué provecho podría haber en echar el pan sobre
las aguas? Eso es precisamente lo que Salomón estaba ilustrando —hay ciertas
obras que parecen tan inútiles que no existe razón para hacerlas. No siempre
podremos ver los resultados de lo que estamos haciendo. Somos incapaces de
medir los resultados, porque no conocemos lo que Dios hará con nuestras obras.
No podemos entender la forma como Dios opera. Esto fue lo que Pablo dijo: “Yo
planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios” (1 Corintios 3.6). Si
nos mantenemos trabajando para Dios, incluso cuando parece inútil,
eventualmente recogeremos los beneficios.
Luego, encontramos este consejo: “Reparte a siete, y aun a
ocho; porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra” (11.2). Los números
“siete” y “ocho”, se usan como números indefinidos, con lo cual se da entender
“tantos como haya”. Debemos hacer todo el bien que podamos, pues no sabemos
cuándo tendremos necesidad de ayuda nosotros mismos. No podemos alterar el
curso de la naturaleza. Cuando las nubes se cargan de lluvia, luego están
vacías (11.3). No sabemos en qué dirección caerá el árbol. El relámpago podría
impactarlo, o el viento desarraigarlo. En la dirección que caiga, allí quedará
(11.3). Los eventos naturales sobre los
cuales no tenemos control podrían causar que tengamos necesidad en
cualquier momento.
Esta fue la actitud que motivó a los cristianos primitivos a
vender todas sus posesiones y a darle el dinero a los apóstoles para que éstos
lo distribuyeran entre todos los que tenían necesidad (Hechos 2.44-45;
4.32-37). Si los que daban, tenían luego necesidad, ellos hallarían ayuda en
los demás. Este es el plan de seguros de Dios.
Los que depositen demasiada confianza en las leyes naturales,
bien podría ser que no logren nada. Si le prestamos demasiada atención al
viento, bien podría ser que no sembremos nada. Si las nubes se amontonan, bien
podría ser que decidamos no recoger la cosecha, por temor de la lluvia. Sería
insensato menospreciar las adversidades de la naturaleza, pero el preocuparse
demasiado por los afanes, puede desalentarnos de lograr algo.
No podemos entender lo que sucederá en la vida (11.5). No
conocemos el funcionamiento del espíritu humano ni cómo crecen los huesos del
bebé en el vientre de su madre. Tampoco podemos entender las obras de Dios, el
cual hace que estas cosas sucedan. No podemos permitir que nuestra falta de
entendimiento nos impida realizar nuestra labor.
Debemos confiar en Dios y continuar cumpliendo con nuestra
labor. Debemos comenzar a trabajar por la mañana y seguir tan diligentes en
ello por la tarde, así como en la mañana. Jamás sabremos lo que será más productivo.
Ello depende de la forma como Dios bendiga nuestros esfuerzos. Puede que la
semilla sembrada por la tarde sea tan productiva como la que se siembre por la
mañana (11.6).
REGOCÍJATE EN EL SEÑOR HOY (11.7-10)
Es maravilloso disfrutar de la vida (11.7-8). La expresión “ver
el sol” significa por lo general “disfrutar de la vida”. Salomón se refirió
repetidamente al tiempo en que vive un hombre, con la frase “lo que se hace
debajo del sol”. Los días cuando los ojos pueden ver la luz solar son los días de
la vida sobre la tierra. Esta era la manera como Salomón daba a entender que es
“maravilloso estar vivos”.
En el versículo 8, se nos habla de que vivamos tanto cuanto
podamos y que nos regocijemos de la vida cada día. Nos servirá de aliento
sacarle el máximo provecho a la vida, cuando recordamos que algún día
moriremos. Es probable que la frase “los días de las tinieblas” se refiera a
los días que se pasarán en el sepulcro (9.10). La eternidad es larga en
comparación con el tiempo que dura la vida aquí. Salomón se refería al sepulcro
como la “morada eterna” del hombre en 12.5. El estar percatados de que
moriremos debería motivarnos a vivir la vida al máximo de su plenitud. Esto
vuelve a enfatizar que realmente no sabemos cómo vivir sino hasta que hayamos
aprendido a morir.
Luego, leemos esto: “Alégrate, joven, en tu juventud, y tome
placer tu corazón en los días de tu adolescencia” (11.9). Esto es lo que
Salomón estaba diciendo: “Sé feliz de que eres joven. Dios quiere que disfrutes
de la vida. Que tu corazón esté alegre. Abre tus ojos a las buenas cosas que te
rodean, pero no te engañes al creer que el placer pecaminoso es el camino a la
felicidad. Recuerda que debes dar cuenta delante de Dios de tus acciones”.
El hallar gozo en la vida no debe confundirse con la rebeldía
del que goza de los deleites del pecado (Hebreos 11.25). Dios desea que nos
deshagamos de la tristeza en nuestros corazones, mediante un vivir lleno de
gozo. También desea que nos deshagamos de la maldad de nuestra carne. El vivir
llenos de gozo es un vivir justo. Es inútil tratar de vivir llenos de gozo
enredándonos en los deleites el pecado.
RECUERDA A DIOS CUANDO AÚN ERES JO VEN (12.1-8)
La mejor honra que le podemos dar a Dios es la que le demos
antes de la vejez. Esto fue lo que Salomón escribió: “Acuérdate de tu Creador
en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años
de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento” (12.1). Es más difícil
disfrutar de la vida cuando se es anciano —y más lo es, si no se tiene a Dios
La mayoría de los que llegan a la vejez sin Dios, mueren sin él. Es mucho más
difícil volverse a Dios, cuando tal decisión se pospone para la vejez. La
estadísticas demuestran que entre más edad tenga una persona, menos posibilidad
tendrá ésta de que se convierta a Cristo. Por todo el mundo, donde sea que el
evangelio se predique, es la gente joven la que mayormente responde.
¿Por qué es menos probable para la gente de mayor edad,
volverse a Dios? En los versículos del 2 al 7, encontramos una serie de
metáforas que se refieren a los resultados del envejecimiento:
“…antes que se oscurezca el sol, y la
luz, y la luna y las estrellas, y vuelvan las nubes tras la lluvia; cuando
temblarán los guardas de la casa, y se encorvarán los hombres fuertes, y
cesarán las muelas porque han disminuido, y se oscurecerán los que miran por
las ventanas; y las puertas de afuera se cerrarán, por lo bajo del ruido de la
muela; cuando se levantará a la voz del ave, y todas las hijas del canto serán abatidas;
criando también temerán de lo que es alto, y habrá terrores en el camino; y
florecerá el almendro, y la langosta será una carga, y se perderá el apetito;
porque el hombre va a su morada eterna, y los endechadores andarán alrededor
por las calles; antes que la cadena de plata se qu ebre, v se rompa el cuenco
de oro, y el cántaro se quiebre junto a la fuente, y la rueda sea rota sobre el
pozo; y el polvo vuelva a la tierra, como era y el espíritu vuelva a Dios que
lo dio.
Cuando se llega a la edad anciana, los sentidos pierden su
agudeza. Las manos (los guardas de la casa) comienzan a temblar, y las piernas
(los hombres fuertes) se comienzan a encorvar. Los dientes (las muelas)
comienzan a cesar, y los ojos (las ventanas) se oscurecen. El cuerpo se
desgasta al punto que no puede responder a las instrucciones del cerebro tal
como lo hacía antes. Los ancianos a menudo se desalientan cuando piensan en
vivir para Dios. Estiman que ya desperdiciaron sus mejores años viviendo sin
Dios. Temen que no les queda mucho tiempo ni energía para darle a Dios. Piensan
que no sería justo pedirle a Dios que los perdone y los acepte a esa edad. Por
supuesto que no es cierto lo que piensan. Dios desea perdonar y aceptar a todos
los que sinceramente se arrepienten y se someten a él —sean jóvenes o ancianos.
Salomón continuó pintando su cuadro de palabras que describe a
la persona que ha envejecido. Los oídos pierden su agudeza para oír (las
puertas de afuera se cerrarán, por lo bajo del ruido de la muela), pero por
otro lado, las personas mayores tienen un sueño tan ligero, que el canto de un
ave las puede despertar por la mañana. La voz pierde su escala musical (todas
las hijas del canto serán abatidas). El temor a las alturas aumenta con la
edad. El cabello se torna canoso (florecerá el almendro). No podrá ya más
echarse cargas pesadas al hombro (la langosta será una carga), y su apetito
disminuirá (se perderá el apetito). Sabe que vendrá pronto el día cuando irá a
su morada eterna y i05 endechadores andarán por las calles.
En 12.6, la muerte se ilustra mediante dos figuras: “la cadena
de plata se rompa, y se rompa el cuenco de oro, y el cántaro se quiebre junto a
la fuente, ya la rueda sea rota sobre el pozo”. Cuando la cadena de plata de la
vida se quiebra, la lámpara cae y se rompe. En la otra figura la rueda se
destruye, y el cántaro se queda junto al pozo. El cuerpo regresa al polvo del
cual fue tomado (Génesis 2.7), y el espíritu vuelve a Dios quien lo dio (12.7-8).
Lo que hayamos planeado hacer para Dios, debemos hacerlo antes de que llegue
ese tiempo. Cualquier preparación que hagamos para la eternidad debe hacerse
antes de ese tiempo. La vida en la que se descuida la preparación, es inútil y
yana al final de cuentas.
RECONOZCA LA VERDAD (12.9-14)
A pesar de sus problemas, el Predicador, Salomón, pudo
compartir su sabiduría con los demás. Recopiló muchos proverbios para enseñarle
a su pueblo. Buscó la mejor manera de comunicar sus palabras de verdad y
justicia (12.9-40).
Las palabras del sabio son
como el aguijón que compunge la conciencia y motiva a la acción (12.11). Un
aguijón era una vara con una punta aguda en uno de sus extremos, la cual se
usaba para hacer andar a los bueyes. Estos proverbios eran como clavos hincados
por los maestros que los enseñaban.
Salomón pasó luego a amonestar a su hijo en el sentido de
ponderar cuidadosamente lo que iba a oír y ser enseñado (12.12). Son
innumerables las opiniones que expresan aquellos que alegan ser eruditos.
Estudiar estas opiniones para distinguir las que son verdaderas, puede ser una
labor agotadora, pero debemos examinar lo que se nos enseña. Cualquier concepto
que no demuestre ser verdadero no es sabiduría.
Por muchos años Salomón, en
toda su sabiduría, buscó descubrir el significado de la vida. Al final de
Eclesiastés esto fue lo que escribió: “El fin de todo el discurso oído es este:
Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.
Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea
buena o sea mala” (12.13-14).
CONCLUSIÓN
La conclusión a la cual llego Salomón debería ser nuestra
propia conclusión: “Teme a Dios, y guarda sus mandamientos”. De esto es que
trata la vida! El más sabio camino que se puede escoger es vivir nuestras vidas
para él y estar preparados para el Día del Juicio (Mateo 25.31-46). Daremos
cuenta a Dios por las cosas que hagamos, incluso las secretas, sean buenas o
sean malas. Pablo habló del día cuando “Dios juzgará por Jesucristo los
secretos de los hombres” (Romanos 2.16). Los que teman a Dios y guarden sus
mandamientos tendrán causa para gozarse, cuando tal día llegue (1 Pedro
4.13). Fin.