La prueba
para entrar a la eternidad
(Job l - 3)
Job y Eclesiastés son dos de las más grandes obras maestras de
la literatura universal. Los dos libros constituyen singulares muestras de la
poesía hebrea y los dos tratan con los problemas de la vida. Ambos buscan
respuestas a la pregunta del significado de la vida y los sufrimientos que en
ella se tienen.
Los eruditos reconocen el libro de Job, como uno de los poemas
de mayor contenido dramático que jamás se haya escrito. La poesía hebrea no
carece de métrica y rima. Su estructura básica consiste en la combinación de
ideas relacionadas, en lugar de la combinación de palabras relacionadas. Esta
combinación de ideas relacionadas, se expresa en tres clases de paralelismo:
sinónimos, antítesis y síntesis:
1) En el paralelismo de sinónimos el segundo verso
repite la idea del primero, formando así una copla. Un ejemplo de esto se
encuentra en las palabras que un espíritu le habló a Elifaz en 4.17: “Será el
hombre más justo que Dios? ¿Será el varón más limpio que el que lo hizo?”.
2) En el paralelismo antitético, el segundo verso
presenta una idea que contrasta con la idea del primero. Un ejemplo de esto se
observa en la respuesta que Job le da a Dios en 42.5: “De oídas te había oído;
más ahora mis ojos te ven”.
3) En el paralelismo sintético, el segundo verso, y
algunas veces los versos sucesivos, elaboran más ampliamente la idea del
primero. Un ejemplo de lo anterior aparece en el discurso de Elifaz en 4.19-21:
Cuánto más en los que habitan en casas
de barro,
Cuyos cimientos están en el polvo,
Y que serán quebrantados por la
polilla!
De la mañana a la tarde son destruidos,
Y se pierden para siempre, sin haber
quien repare en ello.
Su hermosura, ¿no se pierde con ellos
mismos?
Y mueren sin haber adquirido sabiduría.
Sin embargo, para los propósitos que nos ocupan, es el mensaje
de Job y Eclesiastés en sí lo que importa, más que la forma. Me maravillo al
darme cuenta de que la gente de hace tres mil o cuatro mil años tenía los
mismos problemas nuestros de hoy día. La gente de aquel tiempo se angustiaba
por los mismos problemas y buscaban soluciones, del mismo modo que nosotros lo
hacemos. Las conclusiones a las cuales llegaron son especialmente útiles porque
en el proceso de alcanzarlas, Dios les ayudó. Las experiencias que tuvieron
enfatizan la inutilidad de buscar nosotros mismos las soluciones a nuestros
problemas sin tomar en cuenta a Dios.
El libro de Job trata el
problema del sufrimiento humano. ¿Qué significado tiene el sufrimiento dentro
del diseño de la vida? ¿Recibimos algún beneficio a través del sufrimiento?
¿Por qué algunas personas parecen tener más de lo que les
corresponde de su cuota de sufrimiento? El problema que mayormente le aturdía a
Job era por qué el hombre bueno tiene que sufrir tanto, a la vez que el inicuo
parece tener prosperidad. (Jeremías se hizo la misma pregunta en Jeremías 12.1-3).
Salomón trató de hallarle solución al problema de la búsqueda
de la felicidad en la vida. Su vida y escritos ilustran el hecho de que el
hombre que prospera no necesariamente es tan feliz como parece. Salomón tenía
buena salud, riquezas, y sabiduría; sin embargo, buscaba el significado de la
vida.
El libro de Job y el de Eclesiastés forman un interesante
contraste entre ellos. Job fue un hombre al que le arrebataron su salud y
riquezas y se preguntaba porqué. En Eclesiastés, Salomón ilustró que el hombre
no necesariamente tiene felicidad tan sólo porque tenga riquezas y buena salud.
Uno tenía riquezas y buena salud y quería saber lo que ello significaba. El
otro había perdido su salud y sus riquezas y quería saber lo que ello
significaba.
Los relatos de Job y Salomón nos llevan a través de ciertos
apasionantes dramas de la vida y nos obligan a inquirir dentro de nosotros
mismos acerca de cuál puede ser el significado de la vida. ¿Qué sucede después
de la muerte? ¿Viviremos nuevamente? ¿Le importa a Dios lo que nos suceda a
nosotros? ¿De qué modo debemos ver la prosperidad? ¿Cuál será el propósito del
dolor?
Job nos enseña cómo manejar una crisis cuando ella llega. Las
palabras de Salomón nos ayudan a poner en el orden prioritario correcto los
múltiples aspectos de nuestras vidas y a mantener una perspectiva correcta.
Ambos nos ayudan a discernir qué debe declararse una crisis y qué no.
El escenario del relato de Job es Uz. Esta tierra, se cree que
debió haberse situado a lo largo de la frontera entre Palestina y Arabia. La
tradición sitúa el hogar de Job en Hauram, una fértil área al este del Mar de
Galilea.
No sabemos quién escribió el libro, pero hay algunas teorías
antiguas que son dignas de mencionar. Algunos eruditos sostienen que fue Moisés
quien escribió el libro. La Septuaginta, anota en un pie de página una cita de
la tradición, la cual asocia a Job con Jobab, el segundo rey de Edom, que se
consigna en Génesis 36.33. El escenario que se describe en el libro, y los
nombres que se dan en él, guardan armonía con el escenario y los albores del
r’eino de los edomitas. Lo anterior, de ser correcto, situaría cronológicamte a
Job en un tiempo que correspondería a los primeros años que Israel estuvo en
Egipto. Después de la hambruna que dio como resultado que José enviara por su
padre y su familia, Israel comenzó a convertirse en una gran nación dentro de
Egipto.
Los edomitas también se
convirtieron en una gran nación, al sur y al este de Palestina.
La tradición judía le atribuye la escritura del libro a Moisés,
cuando éste estuvo en Madián. Esto, también es factible y no contradice la
anterior tradición. Moisés pudo haberse enterado de la historia de Job a través
de los descendientes inmediatos de éste. Madián limitaba con Edom, y la gente
de una y otra región tenían tratos comerciales entre sí.
Es de notar que hay otros escritores bíblicos que reconocen a
Job como una persona real y no como un carácter ficticio que se hubiere
inventado con el fin de ilustrar una verdad (Ezequiel 14.14, 20; Santiago
5.11).
LA RECTITUD DE JOB (1.1—5, 8)
Son pocos los hombres que han sido tan bendecidos como Job.
Muchas de sus bendiciones están consignadas en 1.1-5:
Hubo en tierra de Uz un varón llamado
Job; y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal, Y
le nacieron siete hijos y tres hijas. Su hacienda era siete mil ovejas, tres
mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas, y muchísimos
criados; y era aquel varón más grande que todos los orientales. E iban sus hijos
y hacían banquetes en sus casas, cada uno en su día; y enviaban a llamar a sus
tres hermanas para que comiesen y bebiesen con ellos. Y acontecía que habiendo
pasado en turno los días del convite, Job enviaba y los santificaba, y se
levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos.
Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra
Dios en sus corazones. De esta manera hacia todos los días.
Job era un hombre temeroso de Dios, recto, que amaba el bien y
odiaba el mal. Era perfecto (1.1, no en el sentido de que no cometiera pecado,
sino en el sentido de que era fiel a Dios. Era constante en su devoción y
adoración a Dios (1.5).
Entre las bendiciones de las que gozaba Job, se contaba una
linda familia. Tenía diez hijos, siete varones y tres mujeres. Formaban una
familia muy unida. Los hijos estaban acostumbrados a tener un banquete, cada
uno en “su día” —tal vez el día de su cumpleaños— e invitaban a sus tres
hermanas a que se les unieran en sus celebraciones. Ellos disfrutaban de
reuniones familiares. No hay bendición más grande para un padre, que la de
tener el amor e intimidad de su familia.
Job era dueño de una gran riqueza material. En aquellos días,
las riquezas se medían en manadas y rebaños. Tenía siete mil ovejas, tres mil
camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas, y muchísimos criados.
Era el hombre más rico de aquella parte del país.
Es poco el valor que tienen las demás bendiciones terrenales
cuando no se goza de una buena salud, pero Job gozaba de una buena salud. El
valor de las riquezas disminuye cuando no se goza de buena salud. La pérdida de
la salud nos puede arrebatar las riquezas o imposibilitar el disfrute de ellas.
Los amigos de Job lo respetaban. Esto también, es una bendición
deseada. Hay quienes, incluso, valoran más el ser aceptados por sus amigos que
el ser aceptados por Dios. Aunque Job atesoraba la aprobación de Dios por
encima de la de sus amigos, él debió haber apreciado el respeto que le tenían.
A todos nos gusta, y tenemos necesidad de que nuestros amigos nos acepten.
Por encima de todas las bendiciones, Job disfrutaba de la
aprobación de Dios: “... no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y
recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (1.8). No hay bendición más grande
que la de saber que uno es aceptado por Dios. Dios le pagó a Job uno de los más
grandes cumplidos que se le puede pagar a hombre alguno. ¡Qué meta más grande
podrá haber en la vida que la de vivir de un modo tal que Dios diría cosas tan
buenas de nosotros!
LA PRUEBA DE JOB (1.6—2.10)
Satanás estaba vivo y tenía su campo de acción en la tierra.
Cuando llegó el día en que los hijos de Dios se presentaran delante del Señor,
Satanás se encontraba entre ellos. Los hijos de Dios, en este caso, se cree por
lo general que se trataba de ángeles. He aquí una profunda lección para
nosotros, sobre el poder de Satanás. Si Satanás puede introducirse a una
reunión de los hijos de Dios, no es de extrañar que pueda meterse a las
congregaciones del pueblo de Dios en la tierra. Note que él venía de “rodear la
tierra y de andar por ella” (1.7).
Dios y Satanás no hablaron acerca de aquella reunión en los
cielos, sino acerca de alguien en la tierra. Satanás había estado haciendo todo
lo que podía en la tierra para ganarle, en forma fraudulenta, la creación a
Dios, comenzando por Adán y Eva (Génesis 3); pero todavía no le había
arrebatado a Job de las manos de Dios.
Esto fue lo que Dios le dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi
siervo Job? (1.8). Satanás ya había considerado a Job. Él no ponía en
entredicho la rectitud de Job, tal como sí la cuestionaron sus amigos más
adelante. En lugar de ello, Satanás fue directo al grano. Puso en entredicho
los motivos que pudo haber tenido Job. El creía que cualquiera que fuera
bendecido por Dios, tal como Job lo había sido, le sería leal a Dios. El
acusaba a Job de tener un motivo egoísta para servirle a Dios:
¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le
has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene? Al trabajo de sus
manos has dado bendición; por tanto, sus bienes han aumentado sobre la tierra.
Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blastema
contra ti en tu misma presencia (1.9-11).
Satanás estaba dando a entender que Job no tenía ningún interés
en Dios, sino que era bueno tan sólo por que él quería las cosas que Dios le
daba. Estaba sugiriendo que si Dios dejaba de bendecir a Job, éste dejaría de
amarlo.
Dios le dio permiso a Satanás para que probara sus alegatos: “Quítale
todo lo que tiene, y verás que todavía me amará; solamente no pongas tu mano
sobre él”.
Son profundas las lecciones que podemos aprender aquí acerca de
Satanás y la tentación.
En primer lugar, si un hombre tan bueno como Job no escapó al asedio de Satanás, tampoco
nosotros escaparemos.
En segundo lugar, si Dios permitió que Job fuera probado por el poder del diablo (hasta
cierto punto) y que Pedro fuera pasado por la zaranda de Satanás como a trigo
(Lucas 22.31-32), entonces nosotros también podemos esperar ser sometidos a sus
pruebas.
En tercer lugar, Dios le pone límites al poder de Satanás. El le permitió quitarle a Job
sus posesiones materiales, pero no le permitió que le hiciera daño a su persona
(por el momento). Dios no le permitió a Satanás tentar a Job más allá de su
capacidad para soportar. Todos nosotros seremos tentados, pero “fiel es Dios,
que no [nos] dejará ser tentados más de los que podemos] resistir, sino que
dará también juntamente con la tentación la salida, para que [podamos]
soportar” (1 Corintios 10.13).
Dios le dio permiso a Satanás, pero fue un permiso limitado.
Dios es el único que tiene el poder que se necesita para ponerle freno a
Satanás. Podríamos preguntarnos ¿por qué? ¿Qué beneficio habría en permitirle a
Satanás que probara tan severamente a Job? La contestación de esta pregunta es
precisamente el propósito del libro en su totalidad. Las respuestas resultarán
evidentes a medida que avancemos en este estudio.
Es Dios quien tiene el
mando. El sabe lo que hace. Sus decisiones están completamente justificadas,
pues tanto Job como sus posesiones le pertenecen a Dios (Salmo 24.1; 50.10-12;
Éxodo 19.5; Hageo 2.8; Ezequiel 18.4). Job se daba cuenta de esto. Esto fue lo
que dijo: “Desnudo salí del vientre de mi
madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de
Jehová bendito” (1.21).
Tome nota de las bendiciones que Satanás le arrebató a Job: sus
bueyes, sus asnas, sus ovejas, sus camellos, la mayoría de sus siervos y sus
hijos (1.13-22). De las bendiciones que se mencionan en el capítulo 1, había
dos que no se le podían arrebatar.
Satanás no podía arrebatarle la condición de justo ni la aprobación
divina de Job. Estas eran las bendiciones que más deseos tenía Satanás de
arrebatarle. A Satanás no le importa cuán buenas nuestras familias sean, cuán
grande nuestra riqueza material sea, o cuántos amigos tengamos. Lo que
realmente odia es el hecho de que amemos a Dios y que Dios nos ame.
Satanás creía que él podía debilitar el amor de Job hacia Dios
mediante la eliminación de su riqueza material. Le destruyó sus bueyes, sus
burros, sus ovejas y camellos junto con sus siervos, excepto uno de éstos que
en cada caso escapó para informar acerca de la tragedia. Luego Satanás golpeó
la familia de Job.
La segunda gran prueba llegó poco después de la primera
(2.1-10). Dios y Satanás hablaron nuevamente. Dios le recordó a Satanás acerca
de su fiel siervo Job, el cual no había pecado ni había sido insensato como
para culpar a Dios. Job había pasado la primera prueba. ¿Podría pasar la
segunda?
Satanás luego atacó la buena salud de Job. En los días de Job,
la buena salud se percibía como una señal de que se contaba con la aprobación
divina. Habría sido difícil, incluso para un buen hombre, disfrutar de buena
salud si él no creía que contaba con la aprobación divina.
Satanás no se rinde fácilmente. Esto fue lo que dijo: “Pero
extiende ahora tu mano, y toca su hueso y su carne, y verás si no blasfema
contra ti en tu misma presencia” (Job 2.5). Satanás quería que se le ampliaran
los límites que se le habían impuesto. Esto fue lo que Dios le respondió: “He
aquí, él está en tu mano; mas guarda su vida”.
La desgracia de Job aumentó. Satanás lo hirió con una sarna
maligna desde la coronilla de la cabeza hasta la planta del pie. Llegó a estar
sentado en ceniza y con un tiesto se rascaba su cuerpo. Su esposa se volvió en
contra suya. Trató de convencerlo de que maldijera a Dios y muriera, en lugar
de seguir viviendo en tales condiciones. Job regañó a su esposa por tan fatua
manera de hablar y dio a entender que era señal de egoísmo esperar que Dios siempre
le dé a uno buenos tiempos y que jamás le dé el mal. Job entendía que lo amargo
viene acompañado de lo dulce. No es que le gustara, pero lo aceptaba.
LA PREGUNTA DE JOB (2.11—3.26)
Tres amigos de Job vinieron a visitar a éste para consolarlo (2.11-13).
Elifaz, Bildad y Zofar ni siquiera lo reconocieron cuando lo vieron desde
cierta distancia. Lloraron con él y se sentaron con él en tierra por siete días
sin decir palabra, pues podían comprobar que el dolor de Job era muy grande.
Job maldijo el día en que nació (3.1-10). Su desgracia era tan
grande que no podía alegrarse de estar vivo. No podía ver la razón para tan desgraciada
existencia. Se preguntaba por qué no hubo muerto el día que nació (3.11-19).
Creía que hubiera sido mejor morir cuando nació que estar experimentando tal
desgracia. Estando muerto, por lo menos tendría descanso. Pensaba que en la
muerte “los impíos dejan de perturbar” y “descansan los de agotadas fuerzas,
allí también reposan los cautivos; no oyen la voz del capataz” (3.17-18). En
aquel momento, para Job era mejor el descanso de la muerte que el sufrimiento
que le causaba el dolor, la soledad y la desgracia de su vida. Esperaba la
muerte del mismo modo que un buscador de tesoros esperaba encontrar un tesoro
enterrado.
Se preguntaba por qué
Dios dejaría nacer a un hombre que después se enfrentaría con tan desgraciada
existencia. Nuestras propias preguntas se añaden a la lista cuando nos dejamos
llevar por el drama. ¿Por qué tuvieron que morir sus hijos? ¿Por qué tuvieron
que morir sus siervos?
Aunque Job sabía que la tragedia podía sobrevenirle a su casa,
él no podía entender por qué Dios había permitido que tales eventos sucedieran.
“Porque el temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que yo
temía. No he tenido paz, no me aseguré, ni estuve reposado; no obstante, me
vino turbación” (3.25-26). Él en ningún momento se descuidó, en ningún momento
dejó de adorar a Dios, jamás fue perezoso en su devoción a Dios. Tenía temor de
que algo así le pasara si se descuidaba. Sin embargo, le pasó. ¿Por qué?
Cuando nos encontramos en situaciones similares, también nos
preguntamos: ¿Por qué? Las respuestas son difíciles de hallar. Lo que pasa es
que nosotros no vemos la vida desde el punto de vista de Dios. Sus caminos no
son nuestros caminos. Con el tiempo, Job llegó a ver a Dios con diferentes
ojos. El pudo aceptar su sufrimiento con una mejor disposición.
CONCLUSION:
Dios no nos creo para vivir sobre la tierra eternamente. El tiene un mejor lugar diseñado para
nosotros en los cielos. La vida aquí es
una arena de pruebas en las que nos prepara para la vida allá.
“Hermanos míos tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas
pruebas, sabiendo que la prueba d vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa,
para que seas perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (Santiago
1:2-4). Fin