EL DÍA
QUE NINGUN HOMBRE CONOCE
Dios “ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por
aquel varón a quien designó (Hechos 17:31). ¡Qué día! El día para el
cual todos los demás días fueron hechos.
En aquel día, aparecerá Jesucristo por segunda vez, viniendo en las nubes de
los cielos, con poder y gran gloria, sin
tocar jamás la tierra, y visible en todo lugar tal cual el relámpago
(Hebreos 9:28; Mateo 24:27, 30). Jesús dijo: “el sol se oscurecerá, y la
luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias
de los cielos serán conmovidas” (Mateo 24:29).
Sonará la trompeta de Dios, hablará Miguel el arcángel y el Señor mismo
pronunciará un comando a toda voz (del griego, keleusma) a toda persona
muerta (1 Tesalonicenses 4:16; Judas 9; Juan 5:28-29). El sumo sacerdote
Caifás, quien vio a Jesús por primera vez en el año 30 d.C., de nuevo verá,
después de miles de años, “al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder
de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (Mateo 26:64). Además, le verán
“los que le traspasaron” (Apocalipsis 1:7).
Todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán, el mar entregará
los muertos que en él hay (Juan 5:28-29; Apocalipsis 20:13). De la manera que
el Señor mismo, al venir en las nubes del cielo, ya no tendrá el cuerpo de
carne y huesos que tenía en la tierra, asimismo todos los muertos tendrán
cuerpos espirituales (1 Tesalonicenses 4:16; Lucas 24:39; 1 Corintios 15:44; 2
Corintios 5:16).
Ni a Jesús, ni a los muertos en sus cuerpos espirituales, le hará falta la
tierra para que se paren en ella, y no la habrá, pues la tierra con sus hechos
será quemada y los cielos que conocemos en la actualidad, serán destruidas en
llamas, y los elementos ardiendo serán fundidos (2 Pedro 3:10-12; Apocalipsis
20:11).
Los seres en sus cuerpos espirituales
verán a Jesús como Juez sobre su gran trono blanco, pues el Padre no juzga a
nadie, habiendo dado todo juicio a su Hijo (Apocalipsis 20:11-12; Juan 5.22).
Entonces, todos los muertos, grandes y pequeños, serán juzgados conforme a sus
obras, habiendo resucitado o para vida o para condenación (Juan 5:28-29;
Apocalipsis 20:11-12).
¿Qué es el día del Señor el cual Dios ha establecido como el Día del Juicio
(Hechos 17:31; 2 Pedro 3:10)? El Juez mismo no sabe, pues no lo sabe nadie sino
solamente el Padre, ni siquiera los ángeles o el Hijo (Marcos 13:32).
Si ni los ángeles ni el Juez mismo saben cuándo vendrá el Día del Juicio, ¡cuán
necios y cuán presuntuosas son las personas faltas de inspiración divina que fijan
fechas! Es larga la lista de personas que se han declarado a sí mismos profetas.
Tan temprano como el año 52 d.C., el apóstol Pablo advertía contra algunas
personas quienes decían que el Día del Señor ya había pasado (enesteken).
Dijo Pablo: “Nadie os engañe en ninguna manera” (2 Tesalonicenses
2:2-3).
Luego, en el año 67 d.C., Pablo señaló a dos auto nombrados profetas, Himeneo y
Fileto, quienes decían que ya se había efectuado la resurrección (2 Timoteo
2:17-18).
Todavía otros profetas (auto nombrados) aseveran que Cristo regresó en el
año 70 d.C., afirmando, juntamente con Himeneo y Fileto, que la
resurrección ya pasó, haciendo invisible la segunda venida de Cristo. El
apóstol Juan escribió que todo ojo lo verá (Apocalipsis 1:7).
Además, si “en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento” (Mateo
22:30), y la resurrección pertenece ya al pasado, entonces ¡no ha habido
casamientos desde el año 70 d.C.!
Asimismo, los cristianos reciben el
mandamiento de celebrar la Cena del Señor hasta que él regresa (1 Corintios
11:26), pero si regresó en el año 70 d.C., ¡ninguno cuenta con la autoridad
de celebrar la Cena del Señor en el tiempo presente!
Añadimos
que si Cristo recibió autoridad para reinar hasta que hubiese puesto a todos
sus enemigos por estrado de sus pies y el último enemigo que destruye es la
muerte, y si dejó de reinar, entregando el reino al Padre (1 Corintios
15:24-26) en el año 70 d.C., entonces ¡no ha muerte nadie desde aquel
tiempo!
Referente al año 1000 d.C., en la
edición del 25 de diciembre de 1996, el periódico The Oregonian informa:
“Algunos eruditos argumentan que gran parte de Europa clavó su vista en el
cambio del calendario como si los tres ceros auguraran una brecha en los
cielos.”
Según cierta leyenda, en la
noche de año viejo del año 999 d.C., el Papa Silvestre II se encontró
parado, con sus brazos levantados, en la Basílica de San Pedro, en Roma. Al
acercarse las manecillas del reloj a la hora de la medianoche, la gente,
vestida de cilicio y con cenizas, cayó de rodillas, atemorizada.
Escribe el Sr. Richard Erdoes in su libro “1000 d.C: Viviendo al borde del
Acpocalipse”: “Al llegar la hora fatídica, la multitud se quedó paralizada,
casi no atreviéndose a respirar, cayéndose muertos no pocos a causa del terror,
entregando sus almas en el acto.”
Juan Wesley escribió que “el tiempo, y tiempos y mitad del tiempo” de
Apocalipsis 12:14 eran los años desde 1058 a 1336 d.C., “cuando Cristo
debería venir” (Citado por A. M. Morris, Las profecías descubiertas,” página
361).
William Miller, el fundador de la
Iglesia Adventista del Séptimo Día, especificó no solo el año, sino también el
mes y el día para la segunda aparición del Señor: el 21 de marzo de 1843.
Después de este fracaso, Miller, abochornado, sacó nuevos cálculos, fijando
como fecha el 22 de octubre del año 1844 (Tolle). Entonces, Miller desistió de
fijar fechas.
José Smith, hijo, fundador de la Iglesia de
Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, anunció en el año 1835 que se
acercaba la venida del Señor y que todo llegaría a su fin al transcurrirse 56
años más (La historia de la iglesia, página 182, citado por William Hearn
en “Respuesta a un mormón,” página 73). Tal y cual le sucedió a Wesley,
Smith no vivió el suficiente número de años para verificar que estaba
equivocada su adivinación acerca del año 1891, pues lo fusilaron en la cárcel
de Carthage, Misuri (EE.UU.) en el año 1844.
En el año 1891, Charles Taze Russell,
fundador de la denominación de los Testigos de Jehová, no anunció una fecha
futura para la segunda venida del Señor sino que proclamó que Jesús ya había
venido invisiblemente en octubre del año 1874 (Estudios en las Escrituras,
III, páginas 124 – 133). Sin embargo, Jesús dijo que su advenimiento sería
tan visible como el relámpago, y el apóstol Juan escribió que todo ojo lo verá
(Mateo 24:27; Apocalipsis 1:7). Más tarde, Russell cambió la fecha para la venida
de Jesús del año 1874 a otra venida invisible en el año 1914.
José Franklin Rutherford, el sucesor de
Russell, publicó, en el año 1920, un folleto intitulado Millones ahora vivos
nunca morirán, anunciando que Jesús vendría en el año 1925 y que aparecerían
en la tierra los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob. Sus discípulos compraron
una mansión de ensueño, Beth Sarim, o sea, la Casa de los Príncipes,
ubicada en San Diego, California (EE.UU.), donde honrar a los patriarcas.
Rutherford mismo ocupó la casa hasta su muerte en el año 1942. Entonces, la
casa fue vendida.
Nathan Knorr, el sucesor de Rutherford, fijó
la fecha del 5 de septiembre del año 1975 para el retorno de Cristo. Después de
ese fallo, la cambió al 31 de octubre.
Al fallar las cinco fechas fijadas por los
líderes de los Testigos de Jehová, no es de extrañarse que Robert
Jackson, el portavoz actual de la organización, no presente ninguna nueva
adivinación, diciendo sencillamente, en noviembre del 1995: “Estamos
viviendo el tiempo del fin” (La cristiandad actual, 5 de febrero de
1996).
Empiece a que Jesús no sabe la fecha de su venida
(Marcos 13:32), Hal Lindsey facilitó esa información al escribir que el
Señor volvería cuarenta años después de 1948 (El último gran planeta Tierra,
páginas 53-54). Además, Lindsey previo lo que él mismo experimentaría al
aparecer Cristo: “Estaban viajando por la autopista y, de repente, todo se
volvió como enloquecido... automóviles que iban dondequiera... y no había
chofer en ninguno. Quiero decir que fue salvaje” (página 125). Como fruto
de la imaginación de Lindsey, apareció en los automóviles la siguiente
calcomanía: “Al ocurrir el rapto, ¡este vehículo se quedará sin chofer!”
El libro Dejado atrás, por Tim Lahaye
y Jerry Jenkins, empieza con la escena de un avión Boeing 747 que
sobrevuela el océano Atlántico. De repente, cien pasajeros son arrebatados,
dejando en sus asientos joyas y marcapasos.
Harold Whisenant, otro auto nombrado
profeta, dio seguimiento a la fecha 1988, publicando Ochenta y ocho razones
para creer que Cristo volverá en el año 1988. A la gente le fascina lo
espectacular, así que compraron veinticinco millones de ejemplares del fracaso
de Lindsey y seis millones del fracaso de Whisenant.
Algunas personas dicen que la segunda venida de
Cristo, en presencia de todos y visible, la precederá un retorno secreto y
encubierto, visible solo para los santos muertos resucitados y los santos
vivos transformados. Su apariencia en las nubes será ocultada de los ojos de
los seres humanos (vivos en la tierra) y nadie lo verá. Entra y sale
sigilosamente: entra para sacar sus joyas, y sale sigilosamente, como quien
anda de noche velado por las tinieblas (Cómo estar preparado personalmente
para la segunda venida de Cristo, página 34, Oral Roberts. Citado por Steve
Singleton, Gospel Advocate, octubre del año 1996, página 30).
Un retorno secreto y quieto no concuerda con el
sonido de la trompeta, la voz de Miguel el arcángel y el comando a voz en
cuello del Señor mismo (1 Tesalonicenses 4:16). La Biblia no enseña dos
retornos más de Cristo, uno secreto, el otro visible.
También Billy Graham se hizo un auto
nombrado profeta al decir, en el año 1950: “Quizás tengamos otro año, quizás
dos. Entonces, creo yo, se acabará.” Luego, persuadido, aparentemente por
el libro de Lindsey, Graham dijo que 1988 sería el año. Pero, dos años después
del debacle de Lindsey, Graham se quitó su manto profético, declarando: “No
sé la hora, el mes o el año. Solo Dios sabe.”
Aunque Graham haya dejado de fijar fechas, sigue
sosteniendo, juntamente con miles de evangélicos mal instruidos o susodicho
cristianos, que Jesús, al regresar, iniciará un reinado terrenal por mil años,
como rey en Jerusalén sobre los judíos convertidos. Si lo hace el Señor, tendrá
que pedirle perdón al gobernador Pilato, pues Pilato creyó a Jesús cuando este
le dijo: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36).
En el año 1975, un judío guía de turistas, veterano de la
Guerra de los Seis Días contra los árabes, nos llevó a Scott Little, mi esposa
y este servidor a muchos sitios bíblicos por toda la Tierra Santa. Al llegar a
la última parada, la antigua Joppa, el guía solicitó permiso para pronunciar un
mensajito. Dijo que creía que en el futuro el Mesías volverá y reinará en Jerusalén,
añadiendo que Billy Graham cree lo mismo. Replicamos que, en la actualidad,
según el plan de Dios, “no hay diferencia entre judío y griego, pues
el mismo que es Señor de todos, es rico para con los que le invocan”
(Romanos 10:12), y que todos los cristianos, sean judíos o sean griegos, son “linaje
de Abraham, y herederos según la promesa” (Gálatas 3:29). Respondió que
nunca había escuchado semejante idea.
¿Qué piensa Dios acerca de los auto nombrado profetas? “Si el
profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha
hablado; con presunción la habló el tal profeta; no tengas temor de él” (Deuteronomio
18:22).
Escribe: H.M