(Lecc. 7)
“... ¿cómo escaparemos
nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?
La cual, habiendo sido anunciada primeramente por
el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales
y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Sant”o (Hebreos 2.3-4).
Los milagros constituyen una
parte importante de la obra del Espíritu Santo. Las Escrituras señalan que el
Padre usó al Espíritu Santo como el medio por el cual hizo milagros (Hebreos 2.3-4).
Dios testificó, a través de los actos milagrosos
del Espíritu, que los hombres que hablaban eran Sus
hombres (Marcos 16.20). Así, a través del Espíritu, Él presentó, confirmó y
preservó Su Palabra.
Lo que Dios probó
milagrosamente, no necesita volver a probarlo de
este modo. A través de la creación Dios presentó de una vez por todas, las pruebas de Su existencia y de Su naturaleza
(Romanos 1.20). Dios ha desplegado la majestad de Su poder en la expansión de
los cielos estrellados (Salmos 19.1), y la grandeza
de su genio creativo en las casi innumerables formas de vida de nuestro
planeta. Desde los días de la creación, todo lo que
se necesita para probar el poder y naturaleza de Dios está contenido en lo que
El creó.
Muy temprano en la historia de la humanidad, las religiones politeístas se hicieron muchos dioses, creando así la necesidad de probar que existe un
único Dios, y de probar quién es Él. Dios eligió probarse Él mismo en Egipto,
un país lleno de dioses falsos. En aquel escenario infestado de multiplicidad
de dioses, el Faraón de Egipto preguntó: «¿Quién es Jehová,
para que yo oiga su voz y deje ir a Israel?» (Exodo 5.2). Como respuesta a esta pregunta. Dios desplegó Su majestad y poder sobre los dioses
de los egipcios por medio de actos milagrosos. Demostró que Él es el único
Dios. Dijo: «... y ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto. Yo
Jehová» (Éxodo 12.12). Jotro, el suegro de Moisés,
llegó a la conclusión correcta después de oír acerca de los milagros de Dios
que mediaron en la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto. Dijo:
«Ahora conozco que Jehová es más grande que todos los dioses; porque en lo que
se ensoberbecieron prevaleció contra ellos» (Éxodo 18.11).
Dios no ha tenido necesidad
de probarle a cada generación sucesiva que Él es el único Dios. Le dijo a Moisés que haría señales en Egipto para que
contara a sus hijos y a sus nietos «las cosas» que hizo en Egipto, y las señales de Él que hizo entre los egipcios;
para que supiera que Él es Jehová (Éxodo 10.2). Dios no iba a repetir los
milagros que hizo en Egipto para que los hijos y los nietos de Israel vieran
que Él tenía poder sobre los dioses de los egipcios. La generación que vio
estas señales debía contárselas a las generaciones subsiguientes para que éstas
pudieran aceptarlo como el único y verdadero Dios.
Años más tarde,
Gedeón preguntó: «...si
Jehová está con nosotros, ¿por qué nos ha
sobrevenido todo esto? ¿Y dónde están todas sus
maravillas, que nuestros padres nos han contado, diciendo: ¿No nos sacó Jehová de Egipto?...» (Jueces 6.13). Su pregunta es indicio 1) de que
ya no se estaban haciendo milagros como los que habían
liberado a Israel de Egipto y 2) de que a las generaciones posteriores se les
estuvo contando acerca de tales milagros.
Del mismo modo, los que vieron a Jesús
hacer milagros los pusieron por escrito para que las generaciones futuras
pudieran creer (Juan 20.30-31). Nos hemos enterado de Su vida, milagros,
muerte, sepultura y resurrección a través de
LOS MILAGROS TUVIERON UN
PROPÓSITO EXPRESO
Algunas veces Jesús hizo milagros por la compasión que tenía de la
gente (Mateo 9.36; 14.14; 15.32; 20.34). No obstante, todo milagro que se ha
hecho, comenzando con el de la creación, ha tenido el mismo propósito
primordial detrás de él.
1. La magnificencia de la creación ha tenido como
propósito probar la existencia de Dios (Romanos 1.20).
2. A través de los milagros. Dios demostró que El es el
único y verdadero Dios —un Dios que es superior a los dioses de los egipcios
(Éxodo 10.2) y superior a los dioses de los canaanitas
(1ª Reyes 18.36-39).
3. Dios probó que Jesús es Su Hijo a través de
maravillas, prodigios y señales (Juan 20.30-31; Hechos 2.22).
4. Dios dio a conocer que aprobaba a ciertos hombres
(los apóstoles) como portavoces Suyos «por medio de señales, prodigios y
milagros» (2ª Corintios 12.12).
5. Dios usó su divino poder para revelar Su Palabra a
través del Espíritu Santo con el fin de escoger hombres (Efesios 3.3-5; 2ª
Timoteo 3.16; 1ª Pedro 1.10-12; 2ª Pedro
1.20-21).
6. No sólo les fue dada milagrosamente
7. Dios confirmó Su voluntad a través de señales
milagrosas. Por ejemplo, usó una señal para confirmar que estaba abriéndoles la
puerta de salvación a los gentiles (Hechos 10.47; 11.17; 15.7-9). Las señales
también mostraron Su aprobación de la conversión de los samaritanos (Hechos
8.14-19) —un pueblo que era normalmente rechazado por los judíos (Juan 4.9)— y el rebautismo de los
discípulos que sólo conocían el bautismo de Juan (Hechos 19.1-6).
SE HAN DADO SITUACIONES EN LAS QUE FALSAS SEÑALES SE HAN HECHO
Los falsos maestros pueden hacer señales y
maravillas convincentes. Tanto Moisés (Deuteronomio 13.1-3), así como Jesús
(Mateo 24.24), Pablo (2ª Corintios 11.13-15; 2ª Tesalonicenses 2.8-10), y Juan
(Apocalipsis 13.13-14; 16.14)/ enseñaron todos esta verdad.
Se nos ha mandado a juzgar lo que los
maestros dicen, con el fin de determinar si son o no son verdaderos maestros de
Dios. El fruto de los profetas (Mateo 7.15-20), es decir, su enseñanza, es el
principio por el cual se distingue entre los que son verdaderos y los que son
falsos. Dios le dio la siguiente instrucción a su pueblo:
Cuando se
levantare en medio de ti profeta/ o soñador de sueños, y te anunciare señal o
prodigios,... diciendo: Vamos en pos de dioses ajenos, que no conociste, y
sirvámosles; no darás oído a las palabras de tal profeta, ni al tal soñador de
sueños; porque Jehová vuestro Dios os está probando, para saber si amáis a
Jehová vuestro Dios con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma. En pos
de Jehová vuestro Dios andaréis; a él temeréis, guardaréis sus mandamientos y
escucharéis su voz, a él serviréis, y a él seguiréis. Tal profeta o soñador de
sueños ha de ser muerto,... (Deuteronomio 13.1-5).
Dios espera que Su pueblo pruebe a los
maestros analizando lo que dicen (1ª
Juan 4.1, 6). Cualquiera que no enseñe
A Faraón lo engañaron las obras de sus
hechiceros, los cuales «con sus encantamientos» imitaron los milagros de Moisés
cuando convirtieron sus varas en culebras (Éxodo 7.11), convirtieron el agua en
sangre (Éxodo 7.20, 22) e hicieron que aparecieran ranas (Exodo
8.6-7). Estas obras, por más milagrosas que podían haber parecido, no probaron
que los hechiceros de Faraón fueran de Dios. Del mismo modo, las obras en
apariencia inusitadas que llevan a cabo los hacedores de milagros de hoy día,
no prueban que Dios está actuando a través de ellos.
Podemos tener dudas acerca de la fuente de la que proceden tales
prácticas engañosas. ¿Serán éstas el producto de milagrosos poderes de Satanás
(2ª Tesalonicenses 2.9)?; ¿serán obras engañosas de
hombres movidos por Satanás (2ª Corintios 11.13-15)?;
¿serán engaños permitidos por Dios (2ª Tesalonicenses 2.11-12)?; ¿serán señales hechas por demonios (Apocalipsis
16.14)? ¿Le otorga Dios tales poderes a Satanás hoy
día? Sabemos que Dios le permitió a Satanás afligir a Job (Job 1.12; 2.6) y que
un demonio le dio poder a un joven para que rompiera grillos y cadenas (Marcos
5.2-4). No obstante.
Satanás jamás ha sido capaz de lograr nada que sea comparable con los
verdaderos milagros de Dios. Los poderes inusitados que Satanás o los demonios desplegaron durante el ministerio de Jesús, no prueban que ellos tengan poderes milagrosos hoy
día. De lo que podemos tener certeza es de que los que
escribieron
Los milagros eran hechos por el poder de Dios y no únicamente por la fe
de alguien. Jesús, después de que se despojó a sí
mismo (Filipenses 2.6-7), hizo
milagros por el poder del Espíritu Santo, del cual
estaba ungido (Mateo 12.28; Lucas 4.18; Hechos 10.38). Les dio poderes
milagrosos a los setenta discípulos que salieron en cierta misión (Lucas 10.9, 17), así como a los apóstoles durante Su ministerio
personal (Mateo 10.1), lo cual hizo, tal vez, a través del Espíritu Santo que estaba con
ellos (Juan 14.17). Más adelante, cuando fueron
bautizados y llenos del Espíritu Santo (Hechos 1.2-5; 2.4), fueron dotados de un poder aun mayor. Parece un
hecho importante que los apóstoles sean los únicos que,
según se relata, estuvieron haciendo milagros por
un tiempo después de la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés (Hechos
2.43; 4.33; 5.12). Ningún otro comenzó a hacer milagros sino hasta que los
apóstoles impusieron sus manos en otros tales como Esteban y Felipe (Hechos
6.5-6, 8; 8.6).
Al comienzo de su ministerio —a pesar de
haber recibido el poder para echar fuera espíritus inmundos (Mateo 10.1, 8;
Marcos 3.14-15) e incluso después de haber echado fuera demonios (Marcos 6.13)— los apóstoles fueron incapaces de sanar a un endemoniado.
Esto sucedió no porque carecieran de autoridad para echar fuera demonios, sino
porque carecían de fe (Mateo 17.20). No era el padre ni su hijo endemoniado los
que carecían de fe, sino los apóstoles.
Para poder hacer un milagro, debía primero
recibirse el poder. Luego, era necesaria la fe para ejercer tal poder. Pedro
recibió de Jesús el poder que necesitaba para andar sobre el agua, pero flaqueó
—no porque careció de poder sino porque flaqueó su fe (Mateo 14.28-31).
Los milagros eran concedidos por Dios (1ª Corintios 12.4-6) a través del Espíritu
Santo. No eran obtenidos por voluntad humana ni por fe solamente, sino a través
de la actuación del Espíritu. Se nos informa: «Pero todas estas cosas las hace
uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere»
(1ª Corintios 12.11; vea también Hebreos
2.4). La clase de don milagroso que algún cristiano recibía se decidía según la
voluntad del Espíritu y no según el deseo del individuo que lo recibiera.
A los apóstoles se les dio el poder de
impartirles el Espíritu a otros creyentes por medio de la imposición de sus
manos, acto por el cual les otorgaban dones milagrosos a los demás (Hechos
19.6; 2ª Timoteo 1.6). La capacidad para impartir el Espíritu era una de las
señales de su apostolado (2ª Corintios 12.12). No tenemos indicios de que los
que recibían poderes por medio de los apóstoles, tuvieran la capacidad de
transmitir dones milagrosos por medio de la imposición de sus manos sobre los
demás.
Aun contando con la presencia de Felipe, el
cual podía hacer milagros (Hechos 8.6), se requirió de la presencia de los
apóstoles —Pedro y Juan— en Samaria para que impartieran el Espíritu Santo
(Hechos 8.14-19). Dios les dio a los apóstoles la capacidad especial de otorgar
poderes milagrosos a otros.
J.W. McGarvey escribió el siguiente comentario acerca de la obra
de Pedro y Juan en Samaria:
“Cualesquiera que hayan sido los demás propósitos
que pudieron haber motivado la misión de los dos apóstoles, tales como el de la
confirmación de la fe de los discípulos, o el de ayudarle a Felipe en sus
labores, lo cierto es que el propósito principal de su misión fue el de
impartir el Espíritu Santo. Lo que hicieron al llegar fue desde luego la razón
por la cual fueron: pero la actividad más importante a la que se dedicaron fue
la de conceder el Espíritu Santo; por lo tanto, este fue el propósito principal
de su visita. Por otro lado, si Felipe hubiera podido conceder este don, la
misión [de Pedro y Juan] habría sido inútil en lo que al propósito principal
atañía. Esto constituye prueba concluyente de que el don milagroso del Espíritu
Santo no era otorgado por medio de manos humanas excepto las de los apóstoles;
y esta conclusión se confirma por la consideración en el sentido de que sólo
hay otro evento de esta clase recogido en Hechos, el de los doce [discípulos]
que estaban en Éfeso (19.1-7), evento en el cual el
don fue otorgado por medio de las manos de un apóstol”.
A la iglesia que estaba en Corinto no le
faltaba ningún don (1ª Corintios 1.7), un hecho que Pablo usó como prueba de
que él era apóstol. Esto fue lo que les escribió: «... el sello de mi
apostolado sois vosotros en el Señor» (1ª Corintios 9.2). Si estos dones podían
haberse recibido por medio de la fe solamente, o por algún otro medio que no
fuera la imposición de las manos de un apóstol, entonces Pablo no habría
señalado a la iglesia que estaba en Corinto como prueba de su apostolado. Si
ningún otro apóstol había ido a Corinto, entonces Pablo debió haber sido un
apóstol, pues él era el único que había estado allí para otorgarles dones
milagrosos. Como lo anterior era así, los dones que tenía la iglesia de Corinto
eran prueba de su apostolado.
Si los dones milagrosos hubieran sido dados
directamente por Dios en ausencia de apóstol alguno, los apóstoles Pedro y Juan
no habrían tenido que ir a Samaria, y Pablo no habría tenido que ir a Roma a
impartirles algún don espiritual a los cristianos que estaban en esa ciudad (Romanos
1.11). Lo anterior podía haberse logrado sin la presencia de apóstol alguno, si
así hubiera sido el modo de actuar de Dios. La única excepción a la anterior
regla es lo sucedido en casa de Cornelio.
A partir de aquel tiempo (el tiempo que
vivieron los apóstoles) hubo un cese de los milagros, las maravillas y las
señales. No hay apóstoles con vida hoy día para otorgar tales dones. Si los que
alegan hacer milagros hoy día pudieran andar sobre el agua, calmar un mar
tempestuoso, levantar a los muertos, multiplicar alimentos para darles de comer
a multitudes o hacer otros milagros visibles, podrían demostrar tales
habilidades una y otra vez. No pueden hacer milagros como los que se
describen en el Nuevo Testamento.
Jesús declaró en Marcos 16.17-18: «Y estas
señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán
nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera,
no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus
manos, y sanarán». En este pasaje no se responden las siguientes preguntas:
1) ¿Iban a ser capaces todos los creyentes de echar
fuera demonios, de hablar nuevas lenguas, de tomar serpientes en sus manos, de
beber cosa mortífera sin que les hiciera daño y de sanar los enfermos?
2) ¿Iban a restringirse estos dones a ciertos
creyentes?
3) ¿Con base en qué iban a poder llevar a cabo estos
actos los que los hacían?
4) ¿Por cuánto tiempo se mantendrían ocurriendo estas
señales?
5) ¿Cuál habría de ser el propósito de estas señales?
Hay unas palabras de Pablo que sirven para
probar que no todos los creyentes poseían dones (1ª Corintios 12.7-11, 27-31). Preguntó de modo
retórico: «¿Son todos apóstoles? ¿son
todos profetas? ¿todos maestros? ¿hacen
todos milagros? ¿Tienen todos dones de sanidad? ¿hablan
todos lenguas? ¿interpretan todos?». Eran sólo ciertos
creyentes los que tenían dones milagrosos, y cada uno tenía su propio don
especial.
Los que tenían dones milagrosos no los
tenían tan sólo por ser creyentes, sino porque habían sido facultados por el
Espíritu Santo (1ª Corintios 12.11). Sus
poderes milagrosos eran el resultado de que los apóstoles les habían impartido
el Espíritu Santo por medio de la imposición de manos (Hechos 8.14-17; 19.6).
Por esta razón, los dones milagrosos eran dados únicamente cuando los apóstoles
estaban presentes (note Romanos 1.11). El propósito de ellos era confirmar las
verdades del evangelio (Marcos 16.20; Hechos 14.3; Hebreos 2.3-4) mientras el
fundamento de la iglesia estaba siendo puesto sobre los apóstoles y profetas
(Efesios 2.20).
McGarvey estaba en lo
correcto cuando comentó lo siguiente acerca de Marcos 16.17-18:
La promesa no es en el sentido de que estas señales seguirían por un
tiempo señalado, ni de que seguirían a cada creyente en particular; sino que
sencillamente seguirían, y seguirían a «los creyentes» tomados como un todo. De
hecho siguieron a los creyentes durante la era apostólica —no a cada creyente
en particular, sino a todos, o a casi todos los cuerpos organizados de
creyentes. El anterior constituyó el cumplimiento en su totalidad de lo que se
prometió.
LOS MILAGROS ERAN HECHOS EN EL NOMBRE DE JESÚS
La noche anterior a Su crucifixión. Jesús
les dijo a los apóstoles: «Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré» (Juan
14.14). Algunos han concluido, con base en estas palabras, que si lo pedimos en
el nombre de Jesús, un milagro sucederá. No obstante, estas palabras fueron
dichas a los apóstoles, que eran los únicos que estaban presentes con Jesús en
ese momento (Mateo 26.20; Lucas 22.14). El libro de Hechos nos habla de ciertos
hombres que pidieron en el nombre de Jesús que un demonio saliera de alguien.
El demonio contestó: «A Jesús conozco, y sé quién es Pablo; pero vosotros,
¿quiénes sois?» (Hechos 19.13-15). Jesús le había dado poder a Pablo pero no a
los hijos de Esceva. El demonio entendió esto y por
tal razón no obedeció a aquellos hombres que no estaban facultados para dar
órdenes.
Jesús negará que conoce a los inicuos que
le dirán: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos
fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?» (Mateo 7.22).
El poder para hacer milagros debía ser dado
primero; luego un milagro podía ser hecho a través de la fe, pidiéndolo en el
nombre de Jesús. Un ejemplo de esto se encuentra en Hechos 3.1-16. Pedro y
Juan, quienes recibieron poder cuando el Espíritu vino (Hechos 1.8; 2.4),
sanaron al cojo en el nombre de Jesús (verso
6) y a través de la fe de ellos en Su nombre (verso 16). No fue con base
en la fe solamente, ni simplemente porque se pidieran en el nombre de Jesús que
los milagros se hicieron. Debía darse el poder para que un milagro pudiera
realizarse por fe en el nombre de Jesús.
LOS MILAGROS NO SE HACÍAN A
CAMBIO DE DINERO
Pedro le dijo a un cojo pordiosero: «No
tengo plata ni oro» (Hechos 3.6ª). Jesús les había dado estas instrucciones a
los apóstoles: «Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad
fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia» (Mateo 10.8). Pablo
escribió que él a menudo ministró estando «en hambre y sed; en muchos
ayunos, en frío y en desnudez» (2ª Corintios 11.27). Jesús dijo: «Las Sorras
tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del hombre no
tiene dónde recostar la cabeza» (Lucas 9.58).
Los que tenían poderes milagrosos no los
usaban para obtener beneficios económicos. Jesús dijo que ellos habían recibido
sin pagar por ello y debían dar sin esperar pago. Los llamados hacedores de
milagros de hoy día reciben enormes cantidades de dinero y viven en condiciones
de lujo muy superiores a las de la gente pobre de la cual reciben dinero. Este
es un aspecto en el que no están imitando a Jesús, ni a Pablo, ni a Pedro, ni a
los primeros cristianos, los cuales no se beneficiaban en gran manera de los
milagros que hacían.
LOS MILAGROS NO ERAN UNA PANACEA
Jesús creía en los doctores, lo cual es
indicio de que aprobaba el uso de la medicina. Esto fue lo que dijo: «Los sanos
no tienen necesidad de médico, sino los enfermos» (Mateo 9.12; Marcos 2.17;
Lucas 5.31). Lucas era médico. Cuando Pablo se refirió a él, no sólo dijo que
era médico, sino que lo llamó «Lucas el médico amado» (Colosenses 4.14), lo
cual es indicio de que continuó siendo doctor aun después de que se hizo
cristiano.
Pablo recomendó el uso de la medicina
cuando le escribió a Timoteo: «Ya no bebas agua, sino usa de un poco de vino
por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades» (1ª Timoteo 5.23). No era que Pablo estuviera
recomendando el vino como bebida, sino como medicina para el estómago de
Timoteo y otras enfermedades.
El hecho de que Pablo no sanara a sus
compañeros es señal de que la sanidad no era solamente para beneficio del enfermo,
sino que tenía un propósito más. Esto fue lo que escribió: «... a Trófimo dejé en Mileto enfermo» (2ª Timoteo 4.20b). Otro
indicio es que Pablo no fue sanado de su «aguijón en la carne» (2ª Corintios
12.7-8).
Las siguientes observaciones pueden desprenderse
de las anteriores palabras:
1) Las personas enfermas deben ir al doctor.
2) Aun cuando Pablo tenía los poderes propios de un
apóstol y había sanado personas (Hechos 14.9-10; 19.11-12), él no sanó a
Timoteo ni a Trófimo.
3) A Timoteo se le recomendó el uso de medicinas; de
igual manera debe precederse hoy día para ayudar a sanarnos de nuestras
enfermedades.
4) Era una de tres posibilidades: la primera, que la fe
de Pablo no era suficiente para sanar a Timoteo y a Trófimo,
la segunda, que éstos no tenían suficiente fe para ser sanados, y la tercera,
que no estaba previsto que la sanidad beneficiara a todos los enfermos. No
habría razón para dudar de la fe de Pablo, y tal vez no deberíamos poner en
tela de juicio la fe de Timoteo (2ª Timoteo 1.5) ni la de Trófimo.
5) Pablo no le recomendó tener fe ni orar a Timoteo
para que se sanara, sino medicinas para tal efecto. Si la fe por sí sola
pudiera sanar, entonces Pablo le habría dado a Timoteo un consejo equivocado.
6) Si Pablo podía haber sanado a Timoteo y a Trófimo y no lo hizo, entonces les hizo una gran
injusticia.
7) El propósito de la sanidad debió haber sido
solamente el de servir como señal cuando ésta fue necesaria para atraer
incrédulos o para confirmar que el mensaje provenía de Dios.
8) Timoteo y Trófimo sabían
que la enseñanza de Pablo era de Dios, de modo que no necesitaban prueba de tal
hecho.
9)
10)
Deberíamos usar
cualquier medio que tengamos a mano para recuperarnos cuando estamos enfermos.
Deberíamos orar pidiendo que se nos ayude, no que se nos hagan milagros.
CONCLUSIÓN
Las señales y milagros hechos por medio de
la actividad del Espíritu Santo fueron importantes para probarles a los
testigos presenciales de ellos que Dios es Dios y que
Él se ha revelado a nosotros a través de Su Palabra. La presencia del Espíritu
Santo en los cristianos hoy día, no tiene como propósito actuar directamente
sobre ellos o en ellos de un modo milagroso. Esta actuación cesó con la muerte
de la última persona que recibió el don del Espíritu por medio de la imposición
de las manos de uno de los apóstoles.
Los maestros deben ser juzgados por sus
enseñanzas y no por sus aparentes milagros. Se nos ha mandado probar los
espíritus (1ª Juan 4.1), no con base en
las señales y maravillas que aleguen hacer, sino con base en su enseñanza. Dios
nos ha dado una norma para tal evaluación: «Ellos son del mundo; por eso hablan
del mundo, y el mundo los oye. Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios,
nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de
verdad, y el espíritu de error» (1ª Juan
4.5-6). ¨