(Lecc- 4)
El Espíritu da vida; la
naturaleza humana no vale para nada. Las palabras que
les he dicho son espíritu y son vida (Juan 6.63).
Casi todos los que se convierten a la fe cristiana
creen que el Espíritu actúa de alguna de las siguientes maneras en el proceso
de conversión:
1) A través de una intervención directa en el corazón
del perdido,
2) Conjuntamente con la predicación o lectura de
3) Indirectamente a través de
Toda persona que estudie
Jesús no precisó cómo intervendría el
Espíritu Santo en el «nuevo nacimiento», sólo dijo
que intervendría. Es necesario estudiar otras enseñanzas del Nuevo Testamento
para poder entender la manera como el Espíritu efectuaría el nuevo nacimiento.
A pesar de que la mayoría de los grupos
religiosos enseñan que el «Espíritu» al cual se refiere Juan 3.5, es el Espíritu Santo,
tales grupos cometen el error de interpretar de varias maneras la palabra
«agua».
El «agua» considerada como
Si Jesús hubiera usado la palabra «agua» en
sentido figurado, ¿cómo sabríamos que no usó la
palabra «Espíritu» en sentido figurado también? ¿Por qué habría de usar Jesús
solamente el agua en sentido figurado en esta oración,
y a la vez usar las demás palabras de la oración en sentido literal? Si las
demás expresiones —«Espíritu», «entrar», y «Reino de
Dios»— son literales, ¿por qué
no significa agua la
palabra «agua»?
El versículo que a menudo se cita de
Efesios 5.26, no dice que el agua sea
El «agua»
considerada como el Espíritu: Otros han argumentado que la palabra «agua» representa al Espíritu.
Opinan que a la palabra griega, kai, no
debería dársele su acepción principal, «y», sino su acepción secundaria,
«incluso». Por consiguiente, el pasaje se leería: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua e incluso del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios». La acepción
primaria es la que siempre se ha de usar, a menos que el contexto exija una
acepción secundaria. No hay nada en el contexto que obligue a usar «incluso» en
lugar de «y». El esfuerzo por hacer que «agua» signifique «Espíritu» es un
claro intento por eludir la conclusión de que tal agua se refiere al bautismo.
Existe otro argumento, el cual se vale de
Juan 7.38-39: «El que cree en mí, como dice
El «agua»
considerada como el nacimiento físico. Los que argumentan que Jesús
aludió al nacimiento físico piensan que el «agua» se refiere al líquido
embrionario que acompaña al nacimiento del ser humano. Abonan en favor de su
argumento lo que Jesús dijo en Juan 3.6: «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu,
espíritu es». El comentarista Robert Harvey Strachan aseveró: «El agua
puede también simbolizar el hecho del nacimiento físico... Según la forma de
pensar que los judíos adoptaron posteriormente, el “agua” era un elemento
necesario para la creación dentro del vientre (2 Esdras vii. 8)».
El problema con este argumento es que Jesús
no estaba hablando de dos nacimientos diferentes. Estaba hablando de uno
solamente, uno que incluye el agua y el Espíritu. Frederick Dale Bruner comentó lo que sigue sobre este
versículo:
“Juan no repite
la preposición «de» (del griego ex) antes de la palabra «Espíritu» como si
estuviera describiendo dos nacimientos diferentes. El hecho de que sólo haya un
«ex» demuestra que se trata de un único nacimiento. Además, la singularidad se
termina de demostrar mediante el uso del aoristo pasivo subjetivo gennete, el cual significa literalmente:
«una vez nacido» de agua y el Espíritu”.
Homer Kent Jr. y otros eruditos concuerdan
en que: «El griego... usa dos sustantivos sin artículos,
los cuales están conectados por kai, como objetos de una misma
preposición, sugiriendo así que no están
completamente separados sino que son aspectos de un mismo concepto».5
Jesús no estaba hablando de un nacimiento
de agua y otro del Espíritu. Estaba hablando de un solo nacimiento, el nacimiento de «agua y el Espíritu».
El «agua»
considerada como señal solamente. Otros consideran que Jesús quiso dar a entender que el «agua» del
bautismo es solamente una señal. No creen que lo expresado por Jesús a Nicodemo significara la necesidad del
bautismo para la salvación o para la entrada en los cielos. William Hendriksen
escribió: «El significado evidente, por lo tanto, es este: El ser bautizado con agua no es suficiente.
La señal es valiosa como realidad y como sello. Pero la señal debe ir
acompañada de las realidades que se dan a entender: La obra purificadora del
Espíritu Santo».
El problema con el anterior argumento es
que Jesús dijo que uno debe nacer, no solamente del
Espíritu, sino «de agua y del Espíritu» para poder entrar en el reino de Dios.
Sea que con el agua se haya dado a entender una señal o un sello, como no sea así. Jesús
dijo que se necesita un nacimiento que incluye agua para entrar en el reino.
Por lo tanto, los que no han nacido de «agua y del Espíritu», no han entrado en
el reino de Dios.
Si el nuevo nacimiento se efectúa por medio
del uso de «agua» en el bautismo, ¿cómo interviene, entonces, el Espíritu Santo
en él? En un nacimiento físico se tiene que salir del cuerpo de una madre a la
vida física. Esa vida es generada por la simiente del padre. En la simiente
está la vida.
Lo mismo se puede decir del nacimiento
espiritual:
«... siendo renacidos, no de simiente
corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece
para siempre» (1ª Pedro 1.23). La simiente, es decir, la palabra de Dios, es la
fuente de vida del nuevo nacimiento. Jesús declaró: «El Espíritu da vida; la
naturaleza humana no vale para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu
y son vida» (Juan 6.63; NVI). El
Espíritu da vida a través de
A través de la simiente del reino (Mateo 13.19-23) nacemos a una nueva vida cual plantas espirituales
del reino de Dios. La simiente de la cual obtenemos una vida espiritual es
En el Nuevo Testamento no se da ejemplo ni
texto alguno indicando que el nuevo nacimiento sea efectuado por una intervención
directa del Espíritu. El Espíritu da origen a la simiente, es decir, a
En Jerusalén (Hechos 2.5), el día de Pentecostés, se predicó por primera vez
el perdón de pecados en el nombre de Jesús (Lucas 24.47). Una multitud se reunió (Hechos 2.6) después de que el Espíritu hubo descendido sobre los apóstoles
(Hechos
2.4). Pedro invitó a los de la multitud a
oír «palabras» (Hechos 2.14, 22). «Al oír» estas
palabras ellos reaccionaron conmovidos de corazón
(Hechos
2.37). «Así que, los que recibieron su
palabra fueron bautizados» (Hechos 2.41ª). Este evento constituye un ejemplo y
una explicación de la manera como las personas nacen de nuevo. Después de haber
sido lleno del Espíritu Santo (Hechos 2.4), Pedro estaba siendo guiado a toda la verdad por el Espíritu, tal como
Jesús lo había prometido (Juan 14.16-17; 16.13).
Las palabras de Pedro llevaron a los judíos
a creer en Jesús como Mesías (Hechos 2.37; vea Juan 17.20; Hechos 17.11-12; Romanos 10.17), y los movió a ser bautizados (Hechos 2.36-38,41). Fue así como nacieron del agua y del Espíritu.
Luego recibieron «el don del Espíritu Santo» (Hechos 2.38), el cual es dado a todos los que son «hijos»
(Calatas
4.6).
Lo mismo podría deducirse de lo aseverado
por Pablo a los Colosenses. Les dijo que antes del bautismo uno está muerto en
pecados. No obstante, la persona que tiene fe en lo que Dios ha hecho —levantando a Jesús de entre los muertos— y es sepultada con Jesús en el bautismo, también es
resucitada con Él. El creyente reconoce que ese mismo poder que levantó a Jesús
de entre los muertos también puede cambiar su vida y sacarlo de su condición de
muerto en pecados, para hacerlo nacer a una nueva vida en Jesús (Colosenses 2.12-13).
“El poder con que
Dios obró y que ya quedó demostrado al resucitar a Cristo, se convierte así en
el objeto en el cual el creyente deposita su confianza. Esta sería entonces la
explicación: Aceptaron que la resurrección de Cristo es un hecho cierto. Tal
hecho fue la señal mediante la cual se demostró el poder de Dios, y apoyados en
ese poder experimentaron una resurrección espiritual juntamente con Cristo”.
La fe en tan poderosa obra
divina viene por
De este modo, el nuevo nacimiento se efectúa a través
de la fe que se produce por el poder de
UNA NUEVA CRIATURA (2ª
CORINTIOS 5.17)
La persona que se encuentra en Cristo es
una nueva criatura, una que ha nacido de nuevo (2ª Corintios 5.17). Estar «en Cristo» es resultado del bautismo
(Romanos
6.3; Calatas 3.27), lo cual ocurre cuando uno obedece a la verdad (1ª Pedro 1.22). La obediencia nace cuando uno oye esta verdad que es el evangelio de
nuestra salvación (Efesios 1.13ª),
“En el Nuevo
Testamento no se enseña que el Espíritu Santo intervenga directamente en el
corazón del pecador;... en ninguna parte del Nuevo Testamento consta ejemplo
alguno de persona convertida que no oyera primero la verdad, creyera en Cristo,
se arrepintiera de pecado, y fuera bautizada en Cristo”.
El procedimiento fue dado a conocer a
través de Pedro el día de Pentecostés. Las palabras que él predicó (Hechos 2.14, 22, 40) enternecieron los corazones de los que oyeron
(Hechos
2.37). Como resultado de haber recibido
la verdad ellos se bautizaron (Hechos 2.41).
Los demás ejemplos de conversión que se
narran en Hechos, siguieron todos este plan.
El plan seguido por las personas que
respondieron fue resumido por Pablo en Efesios 1.13: «En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el
evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con
el Espíritu Santo de la promesa». Note que el sello del Espíritu Santo se
recibe después de que se ha oído y creído el evangelio. No era que el Espíritu
introducía la fe en el corazón de las personas, sino que las personas llegaban
a creer a causa de oír el evangelio (vea también Juan 17.20; Hechos 17.11; Romanos 10.17), al recibirlo
como Palabra de
Dios (1ª Tesalonicenses 2.13). Esta Palabra de Dios actuaba «viva y eficazmente» en sus vidas
(Hebreos
4.12). Los creyentes eran sellados con el
Espíritu después de aceptar
Vemos, pues, que el Espíritu Santo obra
para salvarnos mediante la renovación y regeneración de nuestras personas. En
Tito
3.5, dice que «[Dios
nuestro Salvador] nos salvó, no por obras de Justicia que nosotros hubiésemos
hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la
renovación en el Espíritu Santo». El Espíritu dio la verdad (Juan 16.13) —la poderosa Palabra de Dios (Juan 17.17; Hebreos 4.12), es decir, el evangelio, el poder de Dios para salvación (Romanos 1.16). Los que responden al mensaje del Espíritu nacen de
nuevo (Juan
3.5), siendo renovados y regenerados a
través del lavamiento que se realiza en el bautismo (Hechos 22.16).
Frederick Dale Bruner estaba en lo correcto cuando hizo la siguiente
observación acerca de Tito 3.4-8:
“Todo el evento de
salvación —desde el comienzo
hasta el fin— se ve como una
gran obra. La salvación se produce por la manifestación de la misericordia de
Dios el Salvador, y se aplica en el extremo opuesto “el hombre” por el
lavamiento de renovación y regeneración en el Espíritu Santo que tiene lugar en
el bautismo”.
Por lo tanto,
la obra del Espíritu Santo en el nuevo nacimiento culmina en el momento que el
pecador se bautiza en respuesta a
La obra del Espíritu Santo al producir la
simiente que da vida,