JESÚS SIGUE SIENDO EL MISMO
Estudio suplementario. (04)
Ciertos grupos religiosos esperan que las
señales y maravillas se continúen manifestando hoy día debido a las palabras
que dicen que «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13.8). Esta conclusión no
puede ser correcta porque el pasaje no está considerando el tema de los
milagros, sino el constante cuidado providencial de
Dios para con Su pueblo (Hebreos 13.5-6). Además, el pasaje no puede ser tomado como enseñanza en el
sentido de que todos los aspectos de la existencia y las actividades de Jesús
han sido, son y serán siempre las mismas. Jesús no
ha sido siempre el mismo en todo sentido; por ejemplo: Él existió en forma de
espíritu antes de venir a la tierra y se encarnó en un cuerpo humano (Juan
1.14; Hebreos 10.5c)/ y luego regresó a su naturaleza original cuando ascendió
al Padre (Juan 17.5). Jesús no está aquí en la tierra en persona ahora, ni
vendrá en persona nuevamente a hacer milagros para que podamos creer que Él es
Hijo de Dios. Las señales y maravillas que hizo mientras estuvo en la tierra, las hizo con ese propósito y han sido puestas por
escrito para que podamos creer (Juan 20.30-31). Del mismo modo, su muerte
redentora en la cruz no es un acto que siga ocurriendo,
sino que ocurrió una vez para siempre y jamás se repetirá (Hebreos 1.3; 7.27;
9.12, 24-26; 10.12-14).
Tampoco han sido las
actividades de Jesús siempre las mismas mientras no vino en carne. Él creó
todas las cosas (Juan 1.3; Colosenses 1.16) en seis
días (Génesis 2.2; Éxodo 20.11), un acto completo que no se ha repetido hasta
la fecha que sepamos. A través del milagro de la creación. Jesús le ha probado a la humanidad Su existencia y
Su gloria (Romanos 1.19-20; Salmos 19.1; Juan 1.1-3).
Como ya reveló toda la verdad (Juan 14.26; 16.13; Judas 3) —la cual no necesita
que se le añada ni que se le hagan cambios (Calatas
1.8-9; Apocalipsis 22.18-19)— no ha continuado
revelando nuevas verdades.
Jesús sigue siendo el mismo
en cuanto a Su personalidad y Su cuidado de nosotros,
pero esto no significa que creará nuevos mundos, ni
que morirá nuevamente por nuestros pecados, ni que
resucitará, ni que andará sobre el agua otra vez,
ni que alimentará multitudes con unos pocos panes y peces, ni que repetirá alguno de Sus grandes milagros para
que podamos creer en Él. Nuestra fe en Él no se basa en señales que se ven. Si
creemos el testimonio de Dios a pesar de no verlo,
somos bienaventurados por ello (Juan 20.29b). Sus milagros fueron hechos y
puestos por escrito para que las generaciones subsiguientes, incluida la nuestra,
pudieran creer que Él es el Cristo, el Hijo de Dios
(Juan 20.30-31).
A través de Pedro, Dios dio
testimonio en el día de Pentecostés de que Él había aprobado a Jesús «con... maravillas, prodigios y
señales» (Hechos 2.22). Los que no creen en Jesús dudan del testimonio de Dios
acerca de Jesús: «... el que no cree a Dios, le ha
hecho mentiroso, porque no ha creído en el
testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo»
(1ª Juan 5.10; énfasis nuestro). Este
versículo no se refiere a testimonio alguno que Dios «esté dando», como si Dios continuara dando testimonio. Más bien, se refiere al testimonio que Él «ha dado» (del
griego memartureken, verbo perfecto,
activo, en modo indicativo),
con lo cual da a entender que la acción se ha completado y tiene resultados que
continúan produciéndose. El verbo indica que,
aunque Dios terminó de dar su testimonio acerca de Jesús, este testimonio todavía existe con el propósito de
producir fe. La fe que se continúa produciendo por el testimonio dado por Dios
en el pasado a través de los milagros de Jesús, tiene resultados que se siguen
dando a través del registro escrito de sus obras (Juan 20.30-31). ¨