¡Dios mío Ayúdame!

“He pecado”

 

(Lección  9)

 

     “Entonces dijo David a Natan: Pequé contra Jehová.  Y Natán dijo a David Tambn Jehová ha remitido tu pecado no morirás.  Mas por cuanto con este asunto hiciste blasfemar a los enemigos de Jehová, el dijo que tu te ha nacido ciertamente morirá (2ª  Samuel 12: 13-14)

Lectura de fondo Samuel 12: 1-23

   ¿Habrá mirado el rey David en retrospectiva, y se habrá preguntado, sorprendido, si realmente hizo el aquellas cosas?.  Aunque su historial de fe y devocn contrastan marcadamente con sus transgresiones, David no pudo negar cuan depravadas fueron sus acciones.

   Parece escapar a nuestro entendimiento que este pastor del Altísimo, este compositor de tan exquisita música, este poeta de tan profundos salmos, este monarca, este estadista de tanta justicia en la administracn pudiera de repente hundirse en las profundidades de un frío, horrible y calculador homicidio.  “Pero el caso es que si se hund”.

   Podríamos fácilmente enumerar los pecados de David.  En su complot para ocultar su pecado, él había cometido adulterio, le había robado la mujer a otro hombre, y había asesinado al mando de ella.  Por causa de David, el nombre de Dios fue blasfemado. Cada uno de estos pecados era castigado con la pena de muerte, según la ley de Moisés (Levítico 20:10; 24:16-17).  Además, había codiciado y había mentido.  En total, había violado por lo menos cuatro de los Diez Mandamientos, el código moral que formaba parte del fundamento de la relación de pacto que había entre Dios y su pueblo escogido

   Es fácil para un pecadorsea David, usted o yo pensar que con el tiempo se ocultará el pecado.  Los pecadores se pueden engañar, pues la vida diaria, por lo general, retorna a la normalidad bastante rápidamente después de que pecamos.  Pocos días después de la muerte de Urías, los problemas de David parecían estar resueltos

   David continuaba cosechando triunfos. El ejército, bajo el liderazgo de Joab, por fin derrotó a los amonitas en Raba.  El embarazo de Betsabé marchaba normalmente.  Con el tiempo, el hijo de David le naca ella.  La vida parecía normal, pero en definitiva no lo era.

   El pueblo no olvidaba ¡Cuán insensato fue David en creer que el pueblo de Israel no se daba cuenta de lo que había sucedido entre él y Betsabé.  Aunque David se había casado con Betsabé, podemos imaginarnos el chisme que se siguió contando en medio del pueblo. ¿Cuánto respeto y favor del pueblo había perdido David por causa de lo que hizo?.  Todavía más importante que lo anterior, ¿cuánto respeto hacia Dios había perdido el pueblo?.

   Los enemigos de David no olvidaban. Ellos hablaban y bromeaban acerca de lo actuado por David. Ellos veían pruebas de que la fe de David en su Dios, no tenía efectos en su comportamiento. David había actuado de igual modo que los paganos. No hay nada que blasfeme el nombre de Dios tanto, como la hipocresía (Romanos 2: 24)

   Podemos tener certeza de que David no olvidaba.  Los salmos nos permiten echarle una mirada a su angustia mental y física. ¡Cuánto lo angustiaron sus emociones encontradas y sus recuerdos del pecado.  Incluso la ternura y el amor hacia su nuevo hijo eran neutralizados con sentimientos de culpa por la terrible muerte de Urías. Los pensamientos, las emociones y la conciencia de David estaban todos distorsionados y divididos por el recuerdo de sus pecados. Tal vez buscó el placer y la manera de olvidarse de todo en el alimento,  en la bebida, e incluso en el amor de su nueva familia, pero David no podía olvidar.

   Más importante que lo anterior- Dios no olvidaba Su reacción a todo esto se expresó de la manera más concisa.  “Mas esto que David había hecho, fue desagradable ante los ojos de Dios” (2ª  Samuel 11:27).  Aunque ya había pasado aproximadamente un año.  Dios recordaba. El Señor del espacio y del tiempo no está sujeto a días, meses ni años (2ª  Pedro 3:9).

   Podemos entender a David. Los que han conocido las profundidades del pecado pueden identificarse con los sentimientos y tortura mental de David. Podemos hallar en él una advertencia. Sólo necesitamos mirar a David para entender los horrores de una mala actuación.

EL PODER DEL PECADO

   Un hermano cuenta diciendo: “Una de las más impresionantes e imponentes vistas de la naturaleza son las Cataratas del Niágara. Durante mi visita a ese lugar, no solamente me impresionaron las cataratas en sí, sino también el curso del río Niágara en la parte superior de ellas. Desde un puesto de observación pude ver el río en dirección contraria a la corriente que se extiende anterior a las cataratas. En varios lugares del río se encontraban pescadores en sus embarcaciones. Estoy seguro de que todos estos pescadores sabían perfectamente que no era mucho lo que se podían acercar a las cataratas. Sabían que más allá de cierto punto del río, ni el motor más fuerte podría sacar a la embarcación de la corriente”.  El ir más allá de ese punto llevaría a una muerte segura al caer en las cataratas. El pecado funciona del mismo modo. No es mucho lo que uno se puede acercar a la tentación sin que llegue un momento, en el cual inevitablemente se convierta en pecado. El poder del pecado es irresistible.

   Dietrich Bonhoeffer nos recuerda que los cristianos no son inmunes a este poder: “Hay en nuestros miembros una adormecedora inclinación hacia el deseo, la cual se manifiesta repentina y ferozmente...”. La codicia que de tal manera se excita envuelve los pensamientos y la voluntad del hombre en la más densa oscuridad.  Perdemos la capacidad para distinguir claramente.  La decisiones de índole moral se dificultan.  Es por esta razón que la Biblia nos enseña que en el momento de la tentación de la carne hay que huir.  “Huid de la fornicación” (1ª  Corintios 6: 18).    No hay otra manera de resistirle a Satanás excepto huyendo.  Cualquier lucha en contra de la codicia con fuerzas propias está destinada al fracaso.

EL PECADO ES ENGAÑOSO

   El pecado nos engaña con la idea de que una simple acción pecaminosa será suficiente.  Nos hace creer que podemos cometer el pecado una vez, luego apartarnos de él y no volver a dejar que nos afecte más. ¡No se nos debe olvidar jamás que Satanás es un mentiroso!.  Esto es lo que Juan 8:44 dice: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad,  porque no hay verdad en el.  Cuando habla mentira, de suyo habla, porque es mentiroso, y padre de mentira”.

   ¿Repitió David su pecado con Betsabé?.  No se nos dice. Aun si no fue así, su único pecado lo llevó a cometer una multitud de otros actos repulsivos. Sumada a sus otros pecados estaba la hipocresía de llorar la muerte de Urías y también lo estaba su pretendida compasión casándose con Betsabé. Todas estas transgresiones se originaron en una mirada que no supo dominar.

   El pecado promete placer pero lleva a la muerte: “Porque la paga del pecado es muerte,...” (Romanos 6:23). Un acto pecaminoso puede desencadenar una serie de eventos que no se pueden detener; es semejante a abrir una caja de Pandora; puede dar comienzo a una cadena de eventos irreversibles. El pecado nos engaña con la idea de que somos más fuertes de lo que en realidad somos.

EL PECADO NOS LLEVA A LA RACIONALIZACIÓN

   Es inevitable que una persona que mire de frente el pecado emprenda alguna clase de acción. Podemos conjeturar que David hizo el intento de justificar su pecado. Lo racionalizó con las siguientes palabras: “... la espada consume, ora a uno, ora a otro;...” (2ª  Samuel 11:25). Tal vez pensó que, de todos modos, Urías eventualmente moriría en la batalla. Puede ser que David se comparara con otros reyes. Pudo haber pensado: “No soy tan malo como los paganos. Un rey pagano ya hubiera matado a Urías sin contemplaciones, o sencillamente habría tomado a Betsabé sin preguntar nada”. Tal vez trató de aplacar su conciencia con las acciones emprendidas posteriormente: “Estoy haciendo algo bueno”, podría haber pensado. “Después de todo, me estoy casando con ella”. ¿Por qué habríamos de suponer que David pensó de tal manera?.  Porque a menudo utilizamos estas mismas racionalizaciones. No obstante, pensamientos como los anteriores sólo sirven para satisfacer las mentes de los que son culpables.

   La gente de hoy día ha eliminado casi totalmente la conciencia de que el pecado es una fuerza de la vida. Lo hemos logrado cambiando las normas de moralidad predominantes. Hemos cambiado los nombres con los que nos referimos al pecado. No debe extrañar que el destacado siquiatra Kari Meninger produjera conmoción en medio de tantos eruditos con la publicación de su libro: ¿Qué pasó con el pecado?.  En éste, él hizo ver que el pecado no desaparece tan sólo porque le cambiemos su nombre de “pecado” al de “crimen”. Hizo ver que los psicoanalistas pueden ayudar a sobrellevar el peso de la culpa, pero jamás podrán proporcionar el perdón.

   En realidad, sólo hay una manera de hacerle frente al pecado. David llegó a conocerla: “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová: Y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:5).

   En nuestro estudio se ha demostrado la naturaleza progresiva del pecado. Si la progresión del pecado no puede ser detenida antes de que la intención de pecar se desarrolle, deberá ser detenida antes de que la oportunidad de pecar surja. Si la oportunidad llega, el pecado todavía podrá ser resistido y vencido. Aun si la persona que está siendo tentada peca, hay esperanza. Dios puede y está dispuesto a perdonar a sus hijos.

   Uno no debería posponer la búsqueda del perdón de Dios. El amor al pecado puede endurecer el corazón, volviéndolo tan insensible que no pueda ya ser enternecido ni por la bondad ni por el terror de Dios. La conciencia de una persona puede llegar a estar tan cauterizada que llegará un momento cuando dejará de pensar que es culpable. ¡Cuan agradecidos estamos de que David jamás llegó a tal grado!

   Nuestra esperanza de evitar el pecado debe buscarse en el conocimiento de que el pecado no tiene por qué ser nuestro amo. Podemos ganar la batalla en contra de Satanás por medio de estas promesas que Dios, de su gracia, nos ha hecho:  No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es díos, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1ª  Corintios 10:13).

   En primer lugar. Dios nos ha prometido que no enfrentaremos tentación alguna que sea mayor que nuestra capacidad para vencerla. En segundo lugar, nos ha dado la certeza de que él dará la salida para ayudarnos en nuestros esfuerzos por evitar el pecado. Dios nos fortalecerá lo suficiente como para soportar y vencer el pecado.

 

LA CULPA ES UN GRAN PESO

   Había pasado cerca de un año desde que David había cometido aquellos actos pecaminosos. Tal vez el transcurrir del tiempo había aliviado levemente su tormento. Se daba cuenta de que, por lo menos. Dios no lo había herido de muerte. Es probable que la imagen de un Urías muerto ya no le atormentara tanto como en el pasado.

   David había pecado otras veces, pero no lo había hecho tan gravemente como esta vez. Aun transcurrido un año, la conciencia de David estaba todavía despierta. Esto se puede observar en los salmos de penitencia que tradicionalmente se le atribuyen a él (Salmos 32; 38; 51; 143).

   No debemos pasar por alto jamás el papel que cumple la conciencia, aunque a menudo se le malentienda. Ella es parte de nuestra estructura síquica, y ha sido dada por Dios con el propósito de evitar que pequemos o de que permanezcamos en el pecado.

   Uno no nace con una conciencia correctamente instruida. A la conciencia debe educársele en lo moral, con el fin de que pueda discernir las diferencias entre el bien y el mal. Cuando se le educa correctamente, ella es vital. John Knox, el reformador escocés, le explicaba en ocasiones las Escrituras a la Reina María. En una de estas ocasiones, ella le dijo: “Mi conciencia no me dice que así sea”. Knox le contestó: “La conciencia, mi señora, requiere de conocimiento”.  Discurriendo sobre el mismo tema, Martín Lutero se defendió en la Dieta de Worms, en 1521, con las siguientes palabras: “... mi conciencia sigue estando cautiva a la palabra de Dios...”. La culpa que compunge a la conciencia jamás deberá ser minimizada ni descuidada.

   El papel de la culpa es vital. Todos los que están perdidos harían bien en considerar el valor de su culpa. Dios desea que esta culpa lleve al pecador al arrepentimiento.

   Cuando estamos enfrentados con la culpa, tenemos opciones. La culpa, la cual de alguna manera se asemeja a la luz roja que aparece en el tablero de instrumentos de un automóvil, es una advertencia de que algo anda mal.  Podemos ignorar la luz de advertencia y continuar conduciendo el automóvil hasta que el motor se detenga, o podemos tomar un martillo y romper la luz.  Es obvio que lo mejor es investigar cual es el problema y corregirlo de inmediato

   La culpa puede ser tratada del mismo modo.  Podemos hacer caso omiso de ella hasta que deje de molestarnos.  Esto es lo que algunas veces se hace cuando se redefine lo bueno y lo malo.  “Puede que el pecado no fuera tan malo después de todo”.  Una manera como uno puede negar el pecado propio, es echándole la culpa a otros, incluso a Dios, por la mala actuación de uno.  Indiferentemente de la manera incorrecta que una persona elija para hacerle frente a su culpa, el precio que se paga por ello es demasiado alto.

   Mientras hay algunos que no le hacen caso a sus remordimientos de conciencia, hay otros que llevan a cuestas pesadas cargas que solo existen en su imaginación.  Debemos sufrir solamente por la culpa que es real.  El peso de la culpa y sus efectos son los mismos, sea esa culpa real o imaginaria.  La culpa imaginaria es la que se origina en un pecado que ya ha sido perdonado.  Si nosotros nos arrepentimos de nuestros pecados. Dios es fiel para perdonarnos por causa del sacrificio de Cristo y de nuestra entrega a el (1ª  Juan 1: 8-10) Debemos vivir libres en Cristo y en paz con él.

   Un predicador refirió una vez el caso de una mujer que vino a su oficina buscando orientación.  Ella le pidió que le orara a Dios pidiéndole que le perdonara de un pecado de su pasado.  “No puedo hacer tal cosa”, le respondió el predicador”. ¿Por que se niega a orar por el perdón de mi pecado?”, le pregunto ella “Porque”, le respondió él, “usted ya confeso ese pecado el año pasado, y en aquella ocasión oramos juntos y le pedimos a Dios que la perdonara.  No hay necesidad de orarle a Dios por ello en este momento.  El no sabría de que le estaríamos hablando”.  A medida que crecemos espiritualmente, deberíamos entender de mejor manera cada vez, que Dios perdona y olvida.

CONCLUSIÓN

   La única manera de hacerle frente al pecado y a la culpa es la misma que David por fin llegó a aprender.  El le confesó su pecado a Dios y a otras personas.  El hizo el esfuerzo de restituirle a los que había lastimado.  Fue entonces que pudo aceptar el perdón que Dios le había dado.

   El collar de fuerza que es el pecado puede ser rotopero solamente mediante el entregarse uno a Dios. Fin ¨ http://henrycis.net