¡Dios mío Ayúdame!
“He pecado”
(Lección 9)
“Entonces
dijo David a Natan: Pequé contra
Jehová. Y Natán
dijo a David También Jehová ha remitido tu pecado no morirás. Mas por cuanto
con este asunto hiciste blasfemar a los enemigos de Jehová, el dijo que tu te
ha nacido ciertamente
morirá (2ª Samuel
12: 13-14)
¿Habrá mirado el rey David en retrospectiva, y se habrá preguntado, sorprendido, si realmente hizo el aquellas cosas?. Aunque su historial de fe y devoción
contrastan marcadamente con sus transgresiones, David no pudo negar cuan
depravadas fueron sus acciones.
Parece
escapar a nuestro entendimiento
que este pastor del Altísimo, este compositor de tan
exquisita música, este poeta de tan
profundos salmos, este monarca, este estadista de tanta justicia en la administración pudiera de repente
hundirse en las profundidades
de un frío, horrible y
calculador homicidio. “Pero el
caso es que si se hundió”.
Podríamos
fácilmente enumerar los pecados de David. En su complot para ocultar su pecado, él había cometido adulterio, le había robado la mujer
a otro hombre, y había
asesinado al mando de ella. Por causa de David,
el nombre de Dios fue blasfemado. Cada uno de estos
pecados era castigado con la pena de muerte, según la ley de Moisés (Levítico
20:10; 24:16-17). Además, había codiciado y había mentido. En total, había violado por lo menos
cuatro de los Diez Mandamientos, el código moral que
formaba parte del fundamento de la relación de
pacto que había entre Dios
y su pueblo escogido
Es fácil para un pecador —sea David, usted o yo— pensar que con el tiempo se ocultará el
pecado. Los pecadores se pueden engañar, pues la vida diaria, por lo general, retorna a la normalidad
bastante rápidamente después de que pecamos. Pocos días después
de la muerte de Urías, los problemas de David parecían estar resueltos
David continuaba cosechando
triunfos. El ejército, bajo el liderazgo de Joab, por fin
derrotó a los amonitas en Raba. El embarazo
de Betsabé
marchaba normalmente. Con el tiempo, el hijo de David le nació a ella. La vida parecía normal, pero
en definitiva no lo era.
El pueblo
no olvidaba ¡Cuán insensato
fue David en creer que el pueblo de Israel no se
daba cuenta de lo que había sucedido entre él y Betsabé. Aunque David se había casado con Betsabé, podemos imaginarnos el chisme que se siguió contando en medio del pueblo. ¿Cuánto
respeto y favor del pueblo había perdido David por causa de lo que hizo?. Todavía más importante que lo anterior, ¿cuánto respeto hacia Dios había perdido el
pueblo?.
Los enemigos de David no olvidaban. Ellos hablaban y bromeaban acerca de lo
actuado por David. Ellos veían pruebas de que la fe
de David en su Dios, no tenía efectos en su comportamiento. David había actuado
de igual modo que los paganos. No hay nada que
blasfeme el nombre de Dios tanto, como la hipocresía (Romanos 2: 24)
Podemos tener
certeza de que David no olvidaba. Los salmos nos permiten
echarle una mirada a su angustia mental y física. ¡Cuánto lo angustiaron sus emociones encontradas
y sus recuerdos del pecado. Incluso la ternura y el amor hacia su nuevo
hijo eran neutralizados con sentimientos de culpa por la terrible muerte de Urías. Los pensamientos, las emociones y la conciencia de
David estaban todos distorsionados y divididos por el recuerdo de sus pecados.
Tal vez buscó el placer y la manera de olvidarse de todo en el alimento, en la bebida, e incluso en el amor de su
nueva familia, pero David no podía olvidar.
Más importante que lo anterior- Dios no olvidaba Su reacción a todo
esto se expresó de la manera más concisa.
“Mas esto que David había hecho, fue desagradable ante los ojos de
Dios” (2ª Samuel 11:27). Aunque ya había pasado
aproximadamente un año. Dios recordaba.
El Señor del espacio y del tiempo no está sujeto a días, meses ni años
(2ª Pedro
3:9).
Podemos entender a David. Los que han conocido las profundidades del
pecado pueden identificarse con los sentimientos y tortura mental de David.
Podemos hallar en él una advertencia. Sólo necesitamos mirar a David para
entender los horrores de una mala actuación.
Un hermano
cuenta diciendo: “Una de las más impresionantes e imponentes vistas de la
naturaleza son las Cataratas del Niágara. Durante mi visita a ese lugar, no
solamente me impresionaron las cataratas en sí, sino también el curso del río
Niágara en la parte superior de ellas. Desde un puesto de observación pude ver
el río en dirección contraria a la corriente que se extiende anterior a las cataratas.
En varios lugares del río se encontraban pescadores en sus embarcaciones. Estoy
seguro de que todos estos pescadores sabían perfectamente que no era mucho lo
que se podían acercar a las cataratas. Sabían que más allá de cierto punto del
río, ni el motor más fuerte podría sacar a la embarcación de la
corriente”. El ir más allá de ese
punto llevaría a una muerte segura al caer en las cataratas. El pecado funciona
del mismo modo. No es mucho lo que uno se puede acercar a la tentación sin que
llegue un momento, en el cual inevitablemente se convierta en pecado. El poder
del pecado es irresistible.
Dietrich Bonhoeffer nos recuerda que los cristianos no son inmunes a
este poder: “Hay en nuestros miembros una adormecedora inclinación hacia el
deseo, la cual se manifiesta repentina y ferozmente...”. La codicia que de
tal manera se excita envuelve los pensamientos y la voluntad del hombre en la
más densa oscuridad. Perdemos la
capacidad para distinguir claramente. La decisiones de índole moral se dificultan. Es por esta razón que la Biblia nos enseña
que en el momento de la tentación de la carne hay que huir. “Huid de la fornicación” (1ª
Corintios
6: 18). No hay otra
manera de resistirle a Satanás excepto huyendo.
Cualquier lucha en contra de la codicia con fuerzas propias está
destinada al fracaso.
El pecado
nos engaña con la idea de que una simple acción pecaminosa será
suficiente. Nos hace creer que podemos
cometer el pecado una vez, luego apartarnos de él y no volver a dejar que nos
afecte más. ¡No se nos debe olvidar jamás que Satanás es un mentiroso!. Esto es lo que
Juan 8:44 dice: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de
vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido
en la verdad, porque no hay verdad en
el. Cuando habla mentira, de suyo habla,
porque es mentiroso, y padre de mentira”.
¿Repitió
David su pecado con Betsabé?. No se nos dice. Aun si no fue así, su único
pecado lo llevó a cometer una multitud de otros actos repulsivos. Sumada a sus
otros pecados estaba la hipocresía de llorar la muerte de Urías
y también lo estaba su pretendida compasión casándose con Betsabé.
Todas estas transgresiones se originaron en una mirada que no supo dominar.
El pecado
promete placer pero lleva a la muerte:
“Porque la paga del pecado es muerte,...” (Romanos 6:23). Un acto pecaminoso puede desencadenar una serie de eventos que no se
pueden detener; es semejante a abrir una caja de Pandora; puede dar comienzo a
una cadena de eventos irreversibles. El pecado nos engaña con la idea de que
somos más fuertes de lo que en realidad somos.
Es
inevitable que una persona que mire de frente el pecado emprenda alguna clase
de acción. Podemos conjeturar que David hizo el intento de justificar su
pecado. Lo racionalizó con las siguientes palabras: “... la espada consume, ora a uno, ora a otro;...” (2ª Samuel 11:25). Tal vez pensó que, de todos modos, Urías
eventualmente moriría en la batalla. Puede ser que David se comparara con otros
reyes. Pudo haber pensado: “No soy tan malo como los paganos. Un rey pagano ya
hubiera matado a Urías sin contemplaciones, o
sencillamente habría tomado a Betsabé sin preguntar
nada”. Tal vez trató de aplacar su conciencia con las acciones emprendidas
posteriormente: “Estoy haciendo algo bueno”, podría haber pensado. “Después de
todo, me estoy casando con ella”. ¿Por qué habríamos de suponer que David pensó
de tal manera?.
Porque a menudo utilizamos estas mismas racionalizaciones. No obstante,
pensamientos como los anteriores sólo sirven para satisfacer las mentes de los
que son culpables.
La gente de
hoy día ha eliminado casi totalmente la conciencia de que el pecado es una
fuerza de la vida. Lo hemos logrado cambiando las normas de moralidad
predominantes. Hemos cambiado los nombres con los que nos referimos al pecado.
No debe extrañar que el destacado siquiatra Kari Meninger produjera conmoción en medio de tantos eruditos
con la publicación de su libro: ¿Qué pasó con el pecado?.
En éste, él hizo ver que el pecado
no desaparece tan sólo porque le cambiemos su nombre de “pecado” al de
“crimen”. Hizo ver que los psicoanalistas pueden ayudar a sobrellevar el peso
de la culpa, pero jamás podrán proporcionar el perdón.
En
realidad, sólo hay una manera de hacerle frente al pecado. David llegó a
conocerla: “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré
mis transgresiones a Jehová: Y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo
32:5).
En nuestro estudio se ha demostrado la naturaleza progresiva del
pecado. Si la progresión del pecado no puede ser detenida antes de que la
intención de pecar se desarrolle, deberá ser detenida antes de que la
oportunidad de pecar surja. Si la oportunidad llega, el pecado todavía podrá
ser resistido y vencido. Aun si la persona que está siendo tentada peca, hay
esperanza. Dios puede y está dispuesto a perdonar a sus hijos.
Uno no
debería posponer la búsqueda del perdón de Dios. El amor al pecado puede endurecer
el corazón, volviéndolo tan insensible que no pueda ya ser enternecido ni por
la bondad ni por el terror de Dios. La conciencia de una persona puede llegar a
estar tan cauterizada que llegará un momento cuando dejará de pensar que es
culpable. ¡Cuan agradecidos estamos de que David jamás
llegó a tal grado!
Nuestra
esperanza de evitar el pecado debe buscarse en el conocimiento de que el pecado
no tiene por qué ser nuestro amo. Podemos ganar la batalla en contra de Satanás
por medio de estas promesas que Dios, de su gracia, nos ha hecho: “No os ha
sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es díos, que no os dejará ser tentados más
de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la
salida, para que podáis soportar” (1ª Corintios
10:13).
En primer
lugar. Dios nos ha prometido que no enfrentaremos tentación alguna que sea
mayor que nuestra capacidad para vencerla. En segundo lugar, nos ha dado la
certeza de que él dará la salida para ayudarnos en nuestros esfuerzos por
evitar el pecado. Dios nos fortalecerá lo suficiente como para soportar y
vencer el pecado.
LA CULPA ES UN GRAN PESO
Había pasado cerca de un año desde que David había cometido aquellos
actos pecaminosos. Tal vez el transcurrir del tiempo había aliviado levemente
su tormento. Se daba cuenta de que, por lo menos. Dios no lo había herido de
muerte. Es probable que la imagen de un Urías muerto
ya no le atormentara tanto como en el pasado.
David había
pecado otras veces, pero no lo había hecho tan gravemente como esta vez. Aun
transcurrido un año, la conciencia de David estaba todavía despierta. Esto se
puede observar en los salmos de penitencia que tradicionalmente se le atribuyen
a él (Salmos 32; 38; 51; 143).
No debemos
pasar por alto jamás el papel que cumple la conciencia, aunque a menudo se le
malentienda. Ella es parte de nuestra estructura síquica, y ha sido dada por
Dios con el propósito de evitar que pequemos o de que permanezcamos en el
pecado.
Uno no nace
con una conciencia correctamente instruida. A la conciencia debe educársele en
lo moral, con el fin de que pueda discernir las diferencias entre el bien y el
mal. Cuando se le educa correctamente, ella es vital. John Knox, el reformador
escocés, le explicaba en ocasiones las Escrituras a la Reina María. En una de
estas ocasiones, ella le dijo: “Mi conciencia no me dice que así sea”. Knox
le contestó: “La conciencia, mi señora, requiere de conocimiento”. Discurriendo sobre el mismo
tema, Martín Lutero se defendió en la Dieta de Worms,
en 1521, con las siguientes palabras: “... mi conciencia sigue estando cautiva a la palabra de Dios...”. La culpa que compunge a la conciencia jamás deberá ser minimizada ni
descuidada.
El papel de
la culpa es vital. Todos los que están perdidos harían bien en considerar el
valor de su culpa. Dios desea que esta culpa lleve al pecador al
arrepentimiento.
Cuando
estamos enfrentados con la culpa, tenemos opciones. La culpa, la cual de alguna
manera se asemeja a la luz roja que aparece en el tablero de instrumentos de un
automóvil, es una advertencia de que algo anda mal. Podemos ignorar la luz de advertencia y
continuar conduciendo el automóvil hasta que el motor se detenga, o podemos
tomar un martillo y romper la luz. Es
obvio que lo mejor es investigar cual es el problema y corregirlo de inmediato
La culpa
puede ser tratada del mismo modo.
Podemos hacer caso omiso de ella hasta que deje de molestarnos. Esto es lo que algunas veces se hace cuando
se redefine lo bueno y lo malo. “Puede
que el pecado no fuera tan malo después de todo”. Una manera como uno puede negar el pecado
propio, es echándole la culpa a otros, incluso a Dios, por la mala actuación de
uno. Indiferentemente de la manera
incorrecta que una persona elija para hacerle frente a su culpa, el precio que
se paga por ello es demasiado alto.
Mientras
hay algunos que no le hacen caso a sus remordimientos de conciencia, hay otros
que llevan a cuestas pesadas cargas que solo existen en su imaginación. Debemos sufrir solamente por la culpa que es
real. El peso de la culpa y sus efectos
son los mismos, sea esa culpa real o imaginaria. La culpa imaginaria es la que se origina en
un pecado que ya ha sido perdonado. Si
nosotros nos arrepentimos de nuestros pecados. Dios es fiel para perdonarnos
por causa del sacrificio de Cristo y de
nuestra entrega a el (1ª Juan
1: 8-10) Debemos vivir libres en Cristo y en paz con él.
Un
predicador refirió una vez el caso de una mujer que vino a su oficina buscando
orientación. Ella le pidió que le orara
a Dios pidiéndole que le perdonara de un pecado de su pasado. “No puedo hacer tal cosa”, le
respondió el predicador”. ¿Por que se niega a orar por el perdón de mi
pecado?”, le pregunto ella “Porque”, le respondió él, “usted ya confeso ese
pecado el año pasado, y en aquella ocasión oramos juntos y le pedimos a Dios
que la perdonara. No hay necesidad de
orarle a Dios por ello en este momento.
El no sabría de que le estaríamos hablando”. A medida que crecemos espiritualmente,
deberíamos entender de mejor manera cada vez, que Dios perdona y olvida.
La única
manera de hacerle frente al pecado y a la culpa es la misma que David por fin
llegó a aprender. El le
confesó su pecado a Dios y a otras personas.
El hizo el esfuerzo de restituirle a los que había lastimado. Fue entonces que pudo aceptar el perdón que
Dios le había dado.
El collar
de fuerza que es el pecado puede ser roto —pero
solamente mediante el entregarse uno a Dios. Fin ¨ http://henrycis.net