¡Dios mío Ayúdame!
¡Estoy siendo tentado!
(Lección 8)
“Y
sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de
su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado
a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa. Envió David a preguntar por
aquella mujer...” (2ª Samuel 11:2-3).
La Biblia
es diferente de cualquier otro libro. Al igual que el retrato de Oliver Cromweil, los grandes hombres de Dios son
pintados con todas sus imperfecciones. La Biblia muestra a David como el pastor
que Dios escogió para que sirviera como rey de Israel. El fue el dulce cantor
que escribió muchos de los Salmos. David fue el poderoso guerrero de Dios, el
líder que fue capaz de someter a los enemigos de Dios,
y de unir a las tribus de Israel. No obstante,
cuando el Espíritu Santo pintó el retrato de David, él se rehusó a utilizar un
acabado de alto brillo. Hizo que el escritor pintara la parte más negra de la
vida de David tan vívidamente como fuera posible. A pesar de la cercana
relación de David con Dios, el escritor inspirado
no ocultó ni minimizó el pecado de David.
Como todo
pecado, el de David dio comienzo con una ocasión para ser tentado. Los
israelitas estaban reanudando una guerra en contra de los amonitas
(2ª Samuel
11:1). En el año anterior, David había guiado al ejército
en varias victorias, pero éstas no habían sido
suficientes como para lograr una completa conquista de aquellos enemigos.
Cuando la temporada de la guerra se acercaba, el ejército de David había ido
una vez más a la guerra; pero esta vez, David se
quedó en Jerusalén.
Desde el
terrado de su palacio, David podía ver los techos de los edificios que le
rodeaban. Un día que caía la tarde, después de
levantarse de su lecho, él se paseó por el terrado
de su palacio. En un terrado cercano, vio a una
mujer bañándose. Al verla, David se llenó de una lujuria que le abrumó su
conciencia. Sus averiguaciones le revelaron que se trataba de Betsabé, la mujer de Urías heteo,
uno de los más leales soldados de David.
El Espíritu
Santo nos evita muchos de los detalles acerca de los motivos y las acciones que
siguieron. De modo breve, las Escrituras consignan
los hechos de su pecado. David envió por Betsabé. Ella
no se rehusó a su petición, y los dos cometieron adulterio juntos. Así como sólo basta dar un paso para ser
atrapado en las arenas movedizas, un pecado
desencadena una serie de eventos que no pueden ser detenidos. Un embarazo fue
uno de los resultados del pecado de David y Betsabé.
David hizo
el intento por ocultar su pecado. Llamó a Urías del
campo de batalla, con el supuesto propósito de que
le hiciera un informe del progreso del sitio a Raba.
Después de su reunión, David despidió a Urías y le dio permiso de ir a casa. El plan de David era
brillante —o por lo menos, así le
parecía. Si Urías pasaba una noche en casa con Betsabé, el pecado de David quedaría
oculto. Todo mundo supondría que Urías era el padre
del hijo de Betsabé.
No obstante, Urías era un hombre de
carácter. En lugar de ir a casa, durmió a la
entrada de la casa de David. La nobleza del carácter de Urías
resalta también en su respuesta a David. Cuando se le preguntó por qué no había
ido a casa, Urías declaró que él no podía disfrutar
de comodidad y tranquilidad mientras sus hombres estuvieran durmiendo en el
campo. No sería ocioso especular que Urías podía
haber oído rumores de la conducta de David con Betsabé.
El
siguiente paso de la conspiración de David fue hacer que Urías se embriagara. Luego, pensó David, él iría a
casa y dormiría con Betsabé. Este plan también
fracasó, pues Urías, una vez más, pasó la noche en el palacio. Ya desesperado, David tomó medidas más drásticas para ocultar su
pecado.
David le
dio a Urías una carta para que se la entregara a Joab, el capitán del ejército. Esta
carta mandaba a Joab poner a Urías
en lo más recio de la batalla y luego replegar el ejército. Como resultado de
esta acción, Urías fue muerto.
El
siguiente envío de Joab le informó a David de la
muerte de su siervo Urías. David se vio obligado a
hacer el papel de un hipócrita, o a revelar su
pecado. Para los que estaban presentes, él racionalizó la muerte de Urías como un resultado de la batalla. Luego, oportunamente, se casó con Betsabé y supuso
que el problema estaba solucionado. No obstante, el
capítulo incluye al final una sombría y escalofriante nota: “Mas esto que
David había hecho, fue desagradable ante los ojos de Jehová” (2ª Samuel 11:27). ¡Cuan fácilmente condenamos las acciones
y actitudes de David!.
La naturaleza humana no ha cambiado con el paso de los siglos. Hoy día,
sufrimos las mismas tentaciones que David experimentó. Hallamos los mismos
motivos y deseos en nuestras vidas. La tendencia a unírsele a David haciendo el
papel de hipócrita está despierta en todos nosotros. Es bastante lo que podemos
aprender de la tentación, el pecado, y el perdón de David, para ayudarnos a evitar
dificultades semejantes.
TODO MUNDO ES TENTADO
David era
humano. Aunque esto no constituye excusa para su pecado, sí explica su
tentación. Todos tenemos deseos naturales parecidos, los cuales Dios nos ha
dado para nuestro propio bien. Nuestro deseo de relaciones sexuales asegura la
supervivencia de la raza humana. El deseo de alimento y de agua mantiene vivos
nuestros cuerpos. Estos y otros deseos instintivos son naturales y necesarios.
Ninguno de
estos deseos es malo en sí mismo, pues Dios ha proporcionado una manera lícita
de saciar cada uno de ellos. El pecado se origina cuando las personas tratan de
saciar estos deseos naturales de una manera antinatural, ilícita o inmoral.
Aunque Dios le ha reservado las relaciones sexuales a los que están casados,
hay quienes buscan saciarse en la fornicación. Aunque tenemos maneras legítimas
de obtener alimento, hay quienes lo hurtan o dejan que otros los alimenten. Los
intentos de producir comodidad y abrigo pueden también pervertirse. Hay
personas que acumulan más posesiones de las que necesitan y se olvidan de la
responsabilidad de proveer para los menos afortunados. Incluso en el acto de
llenar las necesidades más básicas y naturales, los individuos pueden hallar
numerosas ocasiones para pecar.
Esta
debilidad no significa que nuestra caída es inevitable. Significa que debemos
tener dominio de nuestros deseos y circunstancias cuando llenamos nuestras
necesidades más básicas. Este dominio es una batalla de todos los días, la cual
sólo puede ganarse por la continua entrega de nuestra voluntad a Cristo.
... derribando argumentos y
toda altivez que se levanta contra el conocimiento de díos/ y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a
Cristo... (2ª Corintios 10:5).
... sino que golpeo mi
cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser
eliminado (1ª Corintios 9:27).
... porque si vivís
conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de
la carne, viviréis (Romanos 8:13).
Jamás
podremos vencer completamente el pecado y la tentación. Ellos están
constantemente presentes con nosotros, pues el diablo es persistente.
Con la
ayuda de Dios, el cristiano es más fuerte que cualquier tentación. 1ª
Corintios 10:13, dice:
“No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana, pero fiel es Dios,
que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará
también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar”. Aunque que no podemos vencer todas las tentaciones, lo cierto es que
podemos vencerlas, si tratamos de hacerlo y de confiar en que Dios proporcionará
la fortaleza, y en que su palabra dará la guía.
El pecado
de David comenzó con una tentación; no se trataba de un pecado en sí mismo. Fue
debido a que él no trató con la tentación de manera correcta, que David pecó.
Dado que las personas no han cambiado, necesitamos
entender la naturaleza básica de la tentación. Tan sólo entonces estaremos en
condiciones de vencer y de triunfar.
La base de
la tentación es la atracción. Lo que es de mal gusto rara vez nos tienta. En
lugar de ello, es lo que nos promete placer,
cumplimento de los deseos o tranquilidad de ánimo,
lo que nos resulta más
atractivo a nosotros. Cuando somos enfrentados con tentaciones, es fácil
justificarnos mientras estemos centrados en lo que nos atrae. A menudo
pensamos: “Esto es algo que necesito”, lo cual nos lleva a pecar.
Cuando
nuestras prioridades y valores están distorsionados, la tentación es más fuerte
y el pecado más atractivo. Eva tenía todo lo que necesitaba en el huerto del
Edén, sin embargo ella codició el fruto que le prometía algo que no tenía. El
llamado de sirena de los lujos, la comodidad y el placer, ejercen atracción
sobre el cristiano en el mundo de hoy día. Un mal definido juego de valores
sólo puede llevar a una constante tentación a estar buscando algo que parezca
más precioso que lo que ya tenemos.
La
tentación es una parte de la progresión del pecado. Por lo tanto, una
oportunidad para pecar debe estar presente antes de que el pecado en sí ocurra.
Todo lo anterior estuvo presente en el caso de David. El eligió seguir aquella
progresión hacia el pecado.
Es posible
detener el pecado en cualquier etapa del proceso. Cuando estamos enfrentados
con la tentación, podemos dominar el deseo de pecar. Incluso si nos rendimos a
la tentación, todavía podemos evitar la oportunidad de pecar. Cuando uno se
deja llevar a través de las etapas del deseo, la tentación y la oportunidad, el
pecado puede llegar a ser arrollador.
Leí una vez
acerca de un hombre que siempre repetía la misma frase en sus oraciones en
público. Esto es lo que decía: “Señor, limpia de nuestras mentes las
telarañas del pecado y la duda”. Después de oír esta expresión muchas
veces, alguien levantó la voz durante la oración y dijo: “¡No lo hagas,
Dios! Mejor mata la araña”.
¿Cuándo es
que la tentación se convierte en pecado?. Podemos ver que fue la tentación lo que llevó
a David a dar pasos que a su vez lo llevaron al adulterio. Su pecado no fue una
mirada casual a Betsabé cuando ésta se estaba
bañando. Esto podía haberle sucedido a otros. .Su pecado comenzó cuando la
mirada que le echó, llevó a la acción de preguntar por ella y de enviar a traer
a Betsabé. Esto es lo que Santiago
1:14-15, explica: “... sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es
atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a
luz el pecado;...”.
Los que
vivimos bajo el nuevo pacto de Dios, necesitamos estar percatados de pecados
diferentes del de David. Nosotros no sólo pecamos cuando quebrantamos los
mandamientos de Dios, sino también, cuando tenemos la intención y hacemos
planes de actuar así. Esto se ilustra en la explicación que da Jesús acerca de
la diferencia entre su ley y la de Moisés: “Oísteis que fue dicho: No
cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para
codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo
5:27-28).
Jesús no se
estaba refiriendo al mirar sin querer. Uno peca cuando comienza a tomar
acciones —con el fin de procurarse oportunidades de ver
todavía más. Una mirada codiciosa lleva a tener fantasías de actos pecaminosos,
las cuales llevan a tener deseos, a hacer planes y a tener intenciones de
cometer adulterio si la posibilidad se presenta. Esta es la clase de mirada que
Jesús condenó. Tal intención no se aplica solamente al adulterio. Jesús enseñó
que el tener la intención, o el hacer planes, de cometer cualquier pecado —homicidio, glotonería, o hurto—
equivale a cometer el acto.
La
disposición mental que uno tenga puede brindar la oportunidad de pecar. Un
estudio de la disposición mental de David en el momento de su tentación puede
ayudar a entender mejor el proceso de la tentación.
¿Estaba
David descuidado?.
Tal vez el adulterio jamás había sido problema para David. El ya tenía
muchas mujeres. En la posición que ocupaba, él podía casarse con casi cualquier
mujer que quisiera, con tal que estuviera disponible. Debemos recordar que una
fortaleza que se ha tenido, puede a veces llevarnos a una trampa. El adulterio
o cualquier otro pecado puede no haber sido problema para nosotros en el pasado
y puede que no sea problema en el presente. Esto no significa que jamás llegará
a ser problema.
El Espíritu
Santo no nos ha dado las razones de la ociosidad de David. Algunos eruditos
suponen que él se llenó de orgullo y llegó a pensar que su ejército no lo
necesitaba para ganar la guerra. También, es posible que los líderes del
ejército pensaron que era demasiado peligroso que el rey fuera
(2ª Samuel
18:3). Si este fue el caso, David pudo haber estado lleno
de orgullo, el cual constituye un predecesor a la caída (Proverbios
16:18). También, él pudo haberse deprimido por la idea de
que el ejército no lo necesitara. David podía fácilmente haber estado sufriendo
de lo que se conoce actualmente como “crisis de los cuarenta”.
No debemos
darle importancia al papel que otros juegan en proveernos oportunidades para
pecar. El Espíritu Santo no consideró apropiado revelar mucho acerca de Betsabé y su disposición mental. ¿Era ella tan ingenua como
para pensar que nadie la iba a ver bañándose?. ¿Se
expuso ella deliberadamente para que David la viera y así tener la oportunidad
de estar con él?.
No lo sabemos ni podemos saberlo. De todos modos, David no era responsable de las decisiones
que ella tomara. Aún si hubiera sido un plan elaborado de ella el seducir a
David, ello no excusa a David ni le resta gravedad al pecado de éste. El fue
responsable de las miradas que echó, de los pensamientos que tuvo de las
acciones que emprendió. No debemos culpar a otros por las oportunidades que
ellos nos dan de pecar. El culpar a otros sirve tan sólo para evadir nuestra
propia responsabilidad.
Si deseamos
mantener nuestros corazones libres de pecado, debemos dominar las situaciones
que nos proveen oportunidades de pecar. Con el fin de evadir el pecado, puede
ser que tengamos que evadir la oportunidad. Aun cuando David miró a Betsabé, él pudo haber cerrado sus ojos o haber mirado hacia
otro lugar. Podía haber bajado las escaleras, avergonzado de haber visto a una
mujer en el momento que ella se bañaba. Pudo haber actuado de cualquiera de
estas maneras y, así, no haber pecado. En lugar de lo anterior, él eligió
continuar la progresión hacia el pecado.
Esta fue la
diferencia entre David y José. Cuando José fue enfrentado con una tentación
parecida a la de David, él dominó la situación. El salió corriendo de la
presencia de la esposa de Potifar, incluso se
escabulló de las manos de ella (Génesis 39:7-9,11-12). Cuando David se enfrentó con la tentación, él se quedó donde estaba,
lo que inevitablemente lo llevó a pecar.
Necesitamos
estar conscientes de la índole progresiva del pecado. Una tentación puede
llevar a la oportunidad, la cual a su vez, puede llevar al pecado. Recuerde que
hay ayuda disponible en cualquier etapa, la cual nos puede servir para superar
nuestras tentaciones. No podemos esperar ayuda divina si nos dejamos llevar
hasta un punto en el que no podemos evitar el pecado. Es muchísimo mejor evitar
la oportunidad que el ser atrapados por el pecado. El sabio sabe cuándo huir de
una pelea que no puede ganar.
Idealicemos
lo que Dios nos ha dado. En una ocasión
un hermano me dijo: “El pasto del jardín del vecino siempre es más atrayente
porque no es tuyo, nada más por eso”.
Esto reza también para la esposa, que puede mirar a otro más atractivo y
joven, comenzar a darse a desear hasta lograr desunir aquello que Dios había
aprobado.
De pronto a
la esposa le da mucho por salir sola a visitar y visitas largas, ya no tiene
paz en casa, nada le satisface ni le parece bien, siempre molesta inconforme,
¿insatisfecha?. Recuerde los valores espirituales, son
los verdaderos hijos de acero para sostener lo que debe ser sostenido. Lo mismo
puede ocurrir con el marido. ¡Debemos tener cuidado!
Aquellos,
hombres y mujeres, que hemos sido bendecidos con el matrimonio, no jueguen con
el mismo. Esposas en ocasiones juegan a castigar al marido, y así ellas misma
propician un posible problema que les cobrará con creces en sus vidas.
No perdamos
la perspectiva. El matrimonio es para
siempre, hasta la muerte y más allá. http://henrycis.net