¡Dios mío Ayúdame!
“Estoy lleno de odio”
(Lecc.
6)
“Aconteció al otro día, que un espíritu malo de
parte de Dios tomó a Saúl, y él desvariaba en medio
de la casa. David tocaba con su mano como los otros días; y tenía Saúl la lanza
en la mano. Y arrojó Saúl la lanza, diciendo: Enclavare a David a la pared. Pero David
lo evadió dos veces” (1ª Samuel 18:10-11).
Lectura de fondo: 1ª Samuel 24:1-22.
Todos nosotros tenemos
desacuerdos y rupturas en la comunicación con nuestros cónyuges o amigos, pero hay algunos que están constantemente en pugna
con los que les rodean. Tal como el en caso de Ismael en Génesis 16,
pareciera que, suceda lo que suceda, “su mano
será contra todos, y la mano de todos contra [ellos]” (verso 12). Hay otros que incluso se sienten
orgullosos de causar desacuerdos que provocan enemistades y destruyen para
siempre las relaciones entre las personas.
¿Será posible para un cristiano agradar a
Dios a la vez que abriga resentimientos que llevan a la ruptura de las
relaciones?. Si
su respuesta es “sí”, usted puede estar malentendiendo
la verdadera naturaleza del pecado.
A veces, el
pecado es difícil de distinguir, pues tiene
muchísimas maneras de disfrazarse. No es difícil reconocer a alguno de los
pecados visibles de la carne. Dado que hallamos éstos tan fáciles de distinguir, que podemos suponer que ellos son los pecados más
graves. Jesús, no obstante,
condenó no solamente los pecados del hombre exterior. Aunque es cierto que él
condenó los pecados visibles de la carne —tales como el homicidio, el adulterio y la
mentira— también hallamos en sus enseñanzas que hay una
mayor o igual preocupación por las cualidades internas y las actitudes que
producen estos pecados (Mateo 15:17-20).
Jesús ilustró esto cuando habló del
homicidio: “Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás, y cualquiera que matare será culpable de juicio.
Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de
juicio; y cual-quiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio” (Mateo 5:21-22ª).
Todos nosotros estamos de acuerdo en que el homicidio es malo, pero Jesús fue
más allá del acto en sí y de modo singular condenó la actitud que produce el homicidio.
Son pocos los que entre nosotros pueden sentir la tentación o tener la ocasión
de cometer homicidio; sin embargo, la malicia, el resentimiento, y el enojo que
pueden producirlo están presentes en las vidas de muchos.
Cuando emociones tan negativas como las
anteriores se convierten en un problema predominante, ¿cómo
resuelve el cristiano el problema de la ira que resulta en el odio y el
resentimiento?. Una vez más, la
vida de David nos revela algunas maneras como podemos resolverlo.
Después de haber sofocado otra incursión de
los filisteos (1ª Samuel
23:26-29), Saúl se sintió
nuevamente en condiciones de perseguir a David. El rey volvió al desierto de En-gadi con tres mil hombres y reanudó su
búsqueda de David cerca de los peñascos de las cabras monteses (1ª Samuel
24:1-2).
Una multitud de cuevas penetraban por estos
peñascos. Los registros geográficos actuales muestran que una de las cuevas es
de tamaño suficiente como para darles cabida a un total de treinta mil hombres.
Tal vez fue en esta cueva o una parecida a ella,
donde Saúl se retiró de su ejército con el fin de procurarse un poco de
privacidad.
Sin que Saúl se diera cuenta, David y sus hombres se encontraban dentro de esta
misma cueva. Saúl, solo y vulnerable, estaba ahora a merced de David. De inmediato, los
hombres de David vieron aquí la oportunidad dorada.
Pensaron que David debía matar a Saúl, y ponerle
fin, de una vez por todas,
a la persecución que los había convertido a todos ellos en forajidos. Este acto
le permitiría a David asumir el puesto que con todo derecho le pertenecía en el
trono de Israel.
David se acercó calladamente a Saúl y sacó
su cuchillo; sin embargo, se rehusó a hundírselo en
el corazón al indefenso Saúl. En lugar de esto, se
limitó a cortar la orilla del manto de Saúl y luego se escabulló sigilosamente, sin permitir que Saúl se diera cuenta de lo que
había sucedido.
Más adelante,
fuera de la cueva, David se enfrentó con Saúl.
Poniendo en duda las acciones de Saúl, le hizo ver a éste que la persecución de
él tenía tanto sentido como el perseguir a un perro muerto (1ª Samuel
24:14). Sostuvo en su mano la
orilla del manto de Saúl para probar su ausencia de malicia y para hacer ver
que no tenía intención de hacerle daño alguno a Saúl.
La misericordia de David hizo sentirse
humilde a Saúl y lo convenció de llegar a un pacto de apoyo mutuo. También
prometió cesar su persecución de David, una promesa que sólo cumplió por un
breve tiempo.
Este relato histórico ilustra el espíritu
bondadoso de David y su entrega a Dios y a Saúl como rey ungido. El amor de
David hacia Saúl y su fe en Dios, le permitieron superar el resentimiento y el
odio. Esta fe liberó a David de todo deseo e impulso de matar a Saúl.
LA
JUSTIFICACIÓN DEL ODIO
Hubiera sido fácil para David justificar su
odio hacia Saúl. El sufrimiento de David a manos de Saúl le había causado más
daño, y le había traído más dificultades, de las que la mayoría de los hombres
están obligados a soportar.
Promesas quebrantadas
Saúl había roto ciertas promesas importantes
que le había hecho a David. Le había ofrecido una gran recompensa al hombre que
matara a Goliat. Le había prometido grandes riquezas y la mano de su hija para
que se casara con ésta. Saúl también había prometido eximir del pago de los
impuestos a la familia de su padre en Israel (1ª Samuel
17:25-26).
Después de la victoria de David sobre
Goliat, Saúl no había cumplido ni una sola de estas promesas. David no había
recibido las riquezas prometidas. Decía de sí mismo: "¿... siendo yo un
hombre pobre y de ninguna estima?" (1ª Samuel 18.23). Aunque Saúl le había
dado su hija Mical por mujer, ésta después le fue
quitada y dada a otro (1ª Samuel 25:44).
El padre y la madre de David fueron obligados a salir al exilio a tierra de Moab, el lugar de nacimiento de Rut, la bisabuela de David.
Intentos de homicidio
David estaba dolorosamente consciente del
deseo de Saúl de verlo muerto. Las Escrituras hablan de por lo menos diez
intentos aislados de tomar la vida de David, por
parte de Saúl. Estos revistieron características variadas, desde los que se
daban mediante el envío de David a misiones peligrosas, hasta los que se dieron
las veces que trató de enclavar a David en la pared con una lanza. Cualquiera
de estos intentos podía haberle servido de excusa a David para matar al rey
Saúl (Éxodo 21:23-25).
Trato humillante
Saúl obligó a David a huir de su casa. Su
esposa Mical pudo engañar a los hombres de Saúl,
dándole la oportunidad a David de escapar de ellos. El tener que hacer que su
esposa le sirviera de protección fue ciertamente un acto humillante para un
guerrero como David. Además, no se le permitió que
se llevara sus pertenencias, ni siquiera la espada que Jonatan
le había dado. En lugar de lo anterior, sus acciones le valieron el epíteto de
forajido y lo llevaron a perder su condición de heredero como yerno del rey.
¿Hubiera tenido David la justicia de su
parte si hubiera matado a Saúl?. Según las normas del derecho actual, hay
muchos que sin pensarlo hubieran tildado el homicidio de Saúl como un
"acto en defensa propia". Podíamos razonar que David vivió en la era
anterior al cristianismo. El no sabía nada acerca de lo de "volver también
la otra mejilla" (Mateo 5:38-39).
De hecho, la muerte de Saúl habría acabado
con la persecución de David y de sus hombres. Es muy probable que las acciones
de Saúl llevaran a muchos a la conclusión de que él era un desequilibrado
mental. Es probable que algunos miraran en Saúl un perro rabioso o a un animal
salvaje enloquecido. Casi nos parece oírlos decir: "Deberíamos acortarle
su agonía a Saúl".
David no pensaba de tal modo. Sin duda, Saúl
lo había lastimado varias veces. Hasta los hombres de David veían perfectamente
justificable el que David matara a Saúl; sin embargo, David eligió no seguir el
razonamiento de los demás. David eligió no odiar a Saúl. ¡Cuan fácil es para
nosotros echar mano de razones equivocadas para justificar sentimientos
equivocados!. Le damos cabida a la terquedad y a la
malicia diciendo que estamos "peleando por nuestros derechos".
Abrigamos resentimientos diciendo: "No le permitiré a nadie que me
atropelle". Le aseguramos al que nos lastima: "¡Me vengaré si
eso es lo último que haga en esta vida!". Es la naturaleza egoísta,
mundana, la que nos lleva a pensar que debemos desquitarnos cuando se nos causa
daño. Nuestro orgullo carnal no nos permitirá sufrir pérdida ni humillación
alguna.
Necesitamos aprender de David que no estamos
obligados a llenarnos de odio, es algo que elegimos. Por lo general se necesitan
dos para que haya un pleito, una discusión o un divorcio. También se necesitan
dos para que exista el odio. Booker T. Washington
dijo una vez: "No permitiré que hombre alguno me haga sentir inferior a
él odiándolo". Jesús es nuestra alternativa: "... bendecid a los que os
maldicen,..." (Lucas 6:28). Pablo añadió: "... bendecid, y no maldigáis" (Romanos 12:14).
Los que tienen sus
corazones llenos de odio no tienen a nadie a quien culpar excepto a sí mismos.
Ellos han elegido tener sus corazones llenos de odio.
CUANDO
SE NIEGA EL ODIO
Hay algunos que, sin pensarlo, niegan que sus
resentimientos, sospechas o prejuicios, sean comparables con el odio que Saúl
sentía hacia David: "Por supuesto", dicen, "mis sentimientos no
pueden ser tan malos". Dios nos advierte del peligro de que el pecado dé
inicio en nuestras vidas. "Mirad bien, no sea que alguno deje de
alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y
por ella muchos sean contaminados" (Hebreos 12:15).
Son pocos los que llegan a cometer el acto
en sí de homicidio, sin embargo, esto no es de consuelo para cuando alguna vez
hayamos sentido ganas de matar a alguien, o hayamos deseado que alguien
estuviese muerto. "Jamás he matado a nadie", dijo Clarence
Darrow una vez, "pero he leído las esquelas
mortuorias con agrado". Tomás de Aquino dijo: "La gente mira la
acción; Dios mira la intención". ¿Cómo mira Dios el odio, esto es, el
aborrecimiento?. "Todo aquel que aborrece a su
hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente
en él" (1ª Juan 3:15).
CÓMO
SUPERAR EL ODIO
Note las palabras que usa David para
describir a Saúl: "... el ungido de Jehová". David hacía caso omiso de las debilidades
y las fallas de Saúl, con el fin de poder ver otra cosa. A pesar de las fallas
de Saúl, David jamás olvidó que Saúl había recibido la bendición especial de
Dios, la cual era semejante a la recibida por él. Dios había elegido a Saúl
para que fuera rey, e iba a ser Dios —no David— el que lo apartara de
ese puesto.
También debemos reconocer la singularidad de
cada persona como parte de la creación de Dios que ella es. El ha provisto para
la salvación de las personas (1ª Timoteo
2:3-4). Aunque muchos no eligen
ser parte de este plan, sus acciones no cambian el valor que ellos tienen a los
ojos de Dios.
Aunque los talentos de las personas son
diferentes, siempre es Dios la fuente de ellos. Las Escrituras nos hacen ver
que Dios puede tomar los talentos de cualquier persona, y utilizarlos para sus
propósitos y para su gloria. Por lo tanto, debemos
reconocer la singularidad de cada individuo. No todas las personas son buenas, de modo alguno; pero todos llevan la señal del
Creador.
Si Dios tiene un lugar único para cada
persona, ¿qué derecho tienen los cristianos de
destruir alguna parte de esa persona?. Nuestro odio no
debe llevarnos a matar a una persona, pero nuestras pasiones descontroladas
pueden llevarnos a destruir reputaciones y relaciones. Hay momentos en los que
la lengua es el arma afilada, cortante, que utilizamos para destruir a nuestros enemigos: "Con
ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella
maldecimos a los hombres, que están hechos a la
semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos
míos, esto no debe ser así" (Santiago 3:9-10).
David se abstuvo de odiar, y más adelante se resistió a una segunda oportunidad
de matar a Saúl. Nuevamente se negó, dándole a Abisai la siguiente razón:
No le mates; porque
¿quién extenderá su mano contra el ungido de Jehová, y será inocente?... Vive
Jehová, que si Jehová no lo hiriere, o
su día llegue para que muera, o descendiendo en batalla perezca,... (1ª Samuel 26:9-10).
¡Hay algunos de nosotros que anhelamos
vengarnos con nuestras propias manos!. El enorme número de casos interpuestos en los
juzgados no son el resultado de una necesidad de ser compensados por agravios.
Cuando el costo de litigar es mayor que cualquier posible ganancia, podemos suponer que es la venganza lo que está
motivando el caso.
Se cuenta la anécdota del hombre que había
hecho planes de llegar a ser predicador, pero cambió sus planes y comenzó a
estudiar medicina. Más adelante, cambió su profesión por la de abogado. Alguien
después le preguntó por qué había hecho tales cambios de carreras. Esto fue lo
que respondió:
"Decidí llegar a ser doctor porque observé que las
personas pagarían más por salvar sus cuerpos que por salvar sus almas. Después
observé que los hombres pagarían más por desquitarse que por cualquier otra
cosa".
A pesar de la presencia de esta actitud en
el mundo, el Padre no les permite a los cristianos el deleite sensual de la
venganza (Romanos 12:19; 2ª Timoteo
4:14). Esta responsabilidad es
tan grande y tan seria que solamente Dios Todopoderoso puede correctamente
administrar la verdadera justicia. La verdadera justicia de Dios no sólo sopesa
las acciones de todos, sino también sus intenciones y motivos. Sólo Dios
Todopoderoso tiene el poder para juzgar de esta manera. Mientras no haya
conocimiento ni discernimiento divinos, no habrá simple mortal que pueda
justamente llevar a cabo la venganza.
CONCLUSIÓN
David podía ver lo que el odio le había
causado al rey Saúl: Le había convertido en un hombre amargado, de mente
torcida y pecaminoso. El odio había hecho que Saúl
intentara matar a los tres hombres más importantes de su vida: a Samuel, a
David e incluso a Jonatan, su hijo (1ª Samuel
16:2; 19:1; 20:32-33). Las emociones
distorsionadas llevaron a Saúl a odiar a los tres hombres que más lo amaron.
El odio produce más daño al que lo siente
que al que es objeto de él. El sufrimiento emocional, mental y físico del odio
tiene un grave efecto en cualquiera que lo siente. Un hombre ingenuo entró una
vez a una ferretería y quiso comprar un cartucho de dinamita. Cuando el dueño
de la ferretería le preguntó en qué lo pensaba usar, el hombre dijo: "Hay
un tipo que siempre me pega en el pecho y me rompe el cigarro que llevo en los
bolsillos de mi abrigo. Me voy a poner este cartucho de dinamita dentro del
bolsillo interior de mi abrigo. La próxima vez que me golpee, le volaré su
mano". Cuan trágico es que, en su ingenuidad, él no entendiera que su
desquite también le volaría su propio corazón. Los sentimientos de odio y
venganza llevan al resentimiento y pueden envenenar y eventualmente destruir a
una persona.
Aprendamos a cortar el pecado desde
el principio, pues es mejor abstenerse de pecar que pecar y después
arrepentirse.
¡Si el pecado del odio ha
podido arraigarse en nuestras vidas, comencemos inmediatamente a arrancarlo
desde sus mismas amargas raíces!
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