¡Dios mío Ayúdame!
“Mi corazón es rebelde”
(Lección 5)
“Entonces dijo Saúl: Traedme holocaustos y ofrendas de paz. Y ofreció el
holocausto... Entonces Samuel dijo a Saúl: Locamente has
hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios que él te había ordenado; pues ahora Jehová hubiera confirmado tu reino sobre Israel para
siempre. Mas ahora tu reino no será duradero,
Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón, al cual Jehová ha
designado para que sea príncipe sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó (1ª Samuel 13:9-14).
Lectura de apoyo: 1ª Samuel 13—15.
El rey Saúl es uno de los grandes enigmas
de la Biblia. Tenía las cualidades necesarias para ser el primer rey de Israel (1ª Samuel 11:24). Como hombre de carácter que él era, fue capaz de inspirar y guiar al pueblo. Durante su
reinado, él enfrentó a la mayoría de los enemigos
de Israel y llevó a su ejército a la victoria (1ª Samuel 14.47-48). Saúl podía distinguir
las habilidades de otros. Aglutinó a hombres poderosos y valientes alrededor
suyo (1ª Samuel 14:52). No obstante, Saúl también tenía debilidades iguales a sus
fortalezas. Saúl era mezquino en su trato para con los demás. La envidia y el
deseo de venganza hacia que perdiera la razón. Le preocupaba profundamente la
opinión de los demás. Con el paso de los años, degeneró hasta llegar a tener
una escala de prioridades y valores distorsionada. Añádale a esta debilidad un
mal genio, y vemos a un hombre que al principio era
un buen rey, pero que después llegó a ser un déspota paranoico.
La fábula del ratón que llego a ser león, sirve de ilustración para la vida de Saúl: Una vez, un ratón persuadió a un hechicero a que convirtiera
en león. La primera acción del nuevo león fue huir de un gato. El disgustado
hechicero lo volvió a convertir en ratón diciéndole:
“Tienes el cuerpo de un león/ pero el corazón de un
ratón”.
Todas las debilidades de Saúl emanaban de
una predominante falla: —un corazón obstinado y rebelde— Saúl no estaba dispuesto a subordinarle su corazón a Dios. Esta
debilidad fue la que eventualmente lo descalificó como rey e hizo que le
sobreviniera el desastre a él y a su casa. Su vida es una clara demostración de
la insensatez que resulta de la obstinación egoísta y de la rebeldía en contra
de Dios.
La obstinación de Saúl se mira en la
desobediencia que mostró en Gilgal (1ª Samuel 13). Es probable que este
incidente ocurriera durante el segundo año de su reinado, y que signifique el comienzo de las dificultades.
Él había comenzado bien su reinado,
derrotando a los amonitas en Gabaón. Para
fortalecer el país, había formado un ejército
permanente, tal como Samuel lo había anunciado (1ª Samuel 8:11-12). Había comenzado con una pequeña fuerza de
tres mil hombres que llevaban un extraño equipo militar. Sólo Saúl y Jonatan tenían espadas y lanzas, mientras que el resto se había armado con hachas y
aguijones para bueyes. No obstante, el pueblo de
Dios había sido victorioso.
En Gilgal, este ejército se enfrentó a una fuerza filistea completamente pertrechada. Israel todavía
estaba en la Edad de Bronce, mientras que los
filisteos ya habían pasado a la Edad de Hierro. Los filisteos invadieron
a Israel con un ejército de tres mil carros, seis
mil hombres de a caballo, y pueblo numeroso como la arena que está a la orilla
del mar. La idea de enfrentarse con aquel enemigo de tal magnitud hizo que
desfallecieran los corazones de los israelitas. En su cobarde huida, se
dispersaron y se dirigieron a las cuevas, y a los
matorrales donde se escondieron en peñascos, en
fosos y en cisternas.
Saúl mismo no fue inmune al temor. Acampó en
Gilgal, donde esperó a Samuel, quien venía a cumplir
la promesa de venir en siete días a ofrecerle sacrificios a Dios. Saúl, no
obstante, fue impaciente. Vio que su ejército se reducía de tres mil a
seiscientos hombres por causa de la deserción. Se precipitó a actuar, y no
esperó a que llegara el día sétimo. Fue impulsivo y ofreció él mismo el
sacrificio. Al final del sacrificio, Samuel apareció. Saúl sólo pudo dar una
débil excusa por sus acciones:
Porque vi
que el pueblo se me desertaba, y que tú no venías dentro del plazo señalado, y
que los filisteos estaban reunidos en Micmas, me
dije: Ahora descenderán los filisteos contra mí a Gilgal,
y yo no he implorado el favor de Jehová. Me esforcé, pues, y ofrecí holocausto (1ª Samuel 13:11-12).
A pesar de estas declaraciones y excusas tan
convincentes, Saúl fue severamente reprendido. Como resultado del pecado de
Saúl, Samuel le dijo que su reino no sería duradero. A él no se le iba a
permitir dar inicio a una dinastía. Su hijo Jonatan Jamás le sucedería como
rey.
Habrá quienes puedan pensar que este castigo
fue demasiado severo para un desliz de impaciencia. La impaciencia, no
obstante, no era el pecado de Saúl. La impaciencia era el resultado de su
pecado. Su pecado era la falta de fe, la cual le llevó a desobedecer una clara
orden de Samuel, la cual a su vez era un claro mandamiento de Dios.
No hay que negar que Saúl se encontraba en una situación aparentemente imposible de
superar, sin embargo Saúl no recordó una importante verdad de la historia de
Israel. Cuando tales eran las circunstancias, la fe en Dios era la única
esperanza del hombre. Saúl no fue capaz de entender que Dios estaba dispuesto a
defender a su pueblo. También se olvidó de que Dios haría esto sólo si Israel
se sometía a él y honraba su pacto. Saúl hizo caso omiso de lo anterior porque
su confianza estaba depositada en sí mismo. Como resultado de esta
incredulidad, Saúl perdió su reino —y más adelante, su vida. A menudo nos
hallamos en situaciones en las que, al igual que a Saúl, se nos acaba la
paciencia. Esto ocurre, por lo general, porque tenemos nuestro propio
calendario de eventos, y este calendario no es igual al de Dios. Ya alguien lo
dijo: "Dios jamás llega tarde, pero rara
vez está a tiempo". Nuestra impaciencia
puede originarse en nuestro deseo de ejercer dominio de lo que está fuera de
nuestro dominio.
Nuestra impaciencia puede ser superada
cuando aceptamos dos verdades inmutables. La primera verdad es que Dios es
el que está al mando. Él manda el mundo y todo lo que está en él, pero
nuestras vidas sólo las puede mandar si nosotros estamos dispuestos a
entregarnos a él y a procurar su voluntad por encima de todo lo demás
(Proverbios 3:5-6; 16:3; 2ª Crónicas 16:9).
La segunda verdad es que los caminos de
Dios no siempre son los nuestros. Sus propósitos y planes pueden estar muy
por encima de los nuestros. Dios dijo: "Como son más altos los cielos
que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis
pensamientos más que vuestros pensamientos" (Isaías 55:9).
Como parte integral de nuestra disposición a
echar toda nuestra ansiedad sobre él, está nuestra disposición a aceptar su
calendario y sus propósitos.
LA REBELDÍA PRODUCE TEMOR
Las Escrituras nos presentan un temor
predominante en Saúl: el temor de perder su reino. Este temor lo llevó a tratar
de matar a David en por lo menos diez ocasiones. El temor de Saúl lo llevó
eventualmente al abominable acto de consultar con una adivina para conocer su
destino.
Este temor se origina en una falta de
confianza. Dios nos llama a entregarle todo nuestro ser a él —cuerpo, alma y espíritu (Mateo 22:37-38; Romanos 12:1-2). Cualquier aspecto de nuestras vidas que
nosotros no le entreguemos a Dios, se encuentra en rebeldía en contra de él.
Pablo le hizo un llamado a los romanos —y a nosotros— a hacer una entrega total: “... ni tampoco presentéis
vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos
vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a
Dios como instrumentos de justicia (Romanos 6:13).
Cuando somos obstinados, siempre tendremos
temor. Nos sentiremos culpables de no tener un perfecto desempeño. Cualquier
propósito por mejorar sólo servirá para sacar a la luz más fallas y fracasos.
El corazón rebelde es atrapado en un círculo vicioso, el cual lleva al cinismo,
la hipocresía y la desesperación.
En nuestra relación con Cristo podemos
hallar la serenidad que nos permitirá aceptar nuestros temores: "El
Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre" (Hebreos 13:6).
LA REBELDÍA LLEVA AL RAZONAMIENTO INSENSATO
Después de la desobediencia de Saúl, Dios
puede haberle concedido unos veinticinco años de reinado exitoso. Saúl pudo
consolidar su dominio y guiar al pueblo en más victorias sobre muchos enemigos.
Un enemigo que permanecía sin conquistar era
la tribu nomádica de los amalecitas. Fue durante el
reinado de Saúl que la tolerancia que Dios les tenía a éstos, llegó a su fin.
Por fin, le mandó a Saúl que los destruyera completamente (1ª Samuel 15:3).
Hay personas a las que les puede perturbar
el mandamiento de Dios en el sentido de que se llevara a cabo la total
eliminación de los amalecitas. No obstante, debemos recordar este hecho: Esta
no fue una decisión repentina de Dios, sino un acto judicial, un castigo justo
contra los amalecitas por sus pecados.
Este castigo no se debió solamente al hecho de que asediaran al pueblo
de Dios por muchos años (Éxodo 17.8-14). La cultura e influencia
de los amalecitas era tan corrupta que, de no ser eliminados, seguiría siendo
una tentación constante para los israelitas. La exterminación de ellos era la
única manera de llevar paz a la tierra, y de destruir tan corrupta influencia.
Haciendo uso de su competente destreza
militar, Saúl les tendió una emboscada a los amalecitas, y los mató a todos
excepto a uno. Saúl, de un modo descarado, haciendo caso omiso al mandamiento
de Dios, le perdonó la vida a Agag, el rey de los
amalecitas. Saúl también permitió que los soldados le perdonaran la vida a lo
mejor del ganado, de los carneros y de las ovejas.
Esta descarada desobediencia desagradó en
gran manera a Dios. Éste le reveló a Samuel el pecado de Saúl y el desagrado
que le tenía. Samuel se apesadumbró y clamó a Jehová toda aquella noche por
Saúl.
A la mañana siguiente
Samuel se dirigió a interceptar el ejército vencedor de Saúl. Irónicamente, se
encontraron en Gilgal, el mismo lugar donde Saúl
había ofrecido el inoportuno sacrificio, y donde se le había anunciado la
pérdida de su dinastía.
Saúl, tal vez movido por su culpa dio inicio
a la conversación con Samuel proclamando su obediencia al Señor. Le dijo:
"Bendito seas tú de Jehová; yo he cumplido la palabra de Jehová" (1ª Samuel 15.13).
Samuel le respondió a
Saúl señalándole la irrefutable prueba de su desobediencia. El balido de las
ovejas y el bramido de las vacas pusieron en entredicho las declaraciones de
obediencia de Saúl. Aunque había sido el pueblo el que le salvó la vida a los
animales. Dios hizo responsable a Saúl. Dios ya le había dicho anteriormente a
Samuel que era Saúl, no el pueblo, el que había pecado (1ª Samuel 15:11).
Puede que nos preguntemos cómo podía Saúl
haber actuado de manera tan rebelde. ¿Ignoraba la historia de su pueblo? ¿No
sabía lo que le había sucedido a Acán en circunstancias
parecidas? (vea Josué 7:20-26). ¿No se daba cuenta de
que por su obstinación estaba haciendo que el pueblo pecara?
Sólo el poder del pecado puede explicar lo
actuado por Saúl. El pecado le afecta la habilidad para razonar al hombre. Esto
fue lo que Isaías dijo: "¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo
bueno malo...!" (Isaías 5:20a). Pablo,
hablando de los gentiles, dijo: "Pues
habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en
sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios,
se hicieron necios,..." (Romanos 1:21-22a). El razonamiento necio no era el gran
pecado de Saúl. Se trataba de un pecado que resultaba de su desobediencia. Para
Dios, la obediencia siempre ha sido la prueba más
fundamental de la fe.
No debemos confundir jamás el legalismo con la obediencia. El legalismo es la
inclinación a definir la relación del hombre con Dios en términos de cuan acertadamente el hombre obedece. La verdadera
obediencia es una demostración de fe (Romanos 1:5). La verdadera obediencia es una señal de cuan profundamente confiamos en Dios al hacer lo que él
ya ha definido que debe hacerse. Algunos de los mandamientos de Dios son tan
sencillos que es imposible malentenderlos, tan
específicos que deben ser obedecidos al pie de la letra. El no obedecer a éstos, tal como Dios los ha mandado,
es una demostración de que se carece de una fe completa y madura (Santiago 2:22).
Uno de los más grandes fracasos del hombre
es no entender cómo es que Dios mira la obediencia. Samuel se lo dejó bien en
claro a Saúl: “¿Se complace Jehová tanto en los
holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová?. Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el
prestar atención que la grosura de los carneros Porque como pecado de
adivinación es la rebelión y como ídolos e idolatría la obstinación” (1ª Samuel 15:22-23). Saúl dio a entender, con
su desobediencia, que el consideraba su discernimiento igual al de Dios
La
terquedad es una actitud que todos debemos superar, si es que hemos de agradar
al Padre celestial. No hay duda de que nuestra terquedad es nuestro más grande
enemigo Es necesario emplear toda la fuerza de la que se requiera para
someterla Phihp Keller
dijo: Se nos ha llamado a
prescindir del ego Se nos ha instruido en el empleo de la violencia si es
necesaria, con tal de eliminar nuestro peor enemigo,
esto es, el ego La mayoría de nosotros, al igual que Saúl, sencillamente no lo hará. Tratamos
por todos los medios de proteger nuestros propios intereses, empleamos tácticas sutiles para preservar nuestra propia identidad. No estamos dispuestos
a ser implacables en nuestros actos de autodisciplina, bajo la autoridad de dios
para obedecerlo implícitamente.
Jesús
asemejó la conquista de
nuestra voluntad con el cortarse el miembro que nos
haga caer o el sacarse el 0j0 que sea pecaminoso
(Mateo 5: 29-30). No importa
cuánto nos pueda costar, nuestra terquedad debe ser
superada. Llegados a este momento,
podemos ver otra diferencia
fundamental entre David y Saúl. Hay quienes se
han preguntado cómo Dios pudo haber preferido a David y no a Saúl.
Los dos eran imperfectos,
habían pecado gravemente. Lo que los hacía diferentes
era aquello que hacía de David "un hombre conforme al corazón de Dios" A diferencia de Saúl, David siempre se preocupó por
hacer lo que Dios le había mandado. Su más grande
preocupación era la voluntad de Dios. Cuando Dios hablaba, David obedecía. Si David fallaba, él se arrepentía.
Tal obediencia era de
fundamental importancia
para Dios. Todavía sigue
siéndolo.
CONCLUSIÓN
Saúl sufrió mucho en esta vida por
causa de su rebeldía, no por causa de dos acciones aisladas. Estos dos incidentes no son más que
síntomas de un corazón rebelde. Dios no puede vivir, ni amar, ni obrar en un corazón
que no se le ha subordinado. La obediencia incompleta es desobediencia completa. ¨