¡Dios mío Ayúdame!
“Tengo que enfrenta a un
Gigante”
(3)
Y dijo David a Saúl: No desmaye el corazón
de ninguno a causa de él; tu siervo irá y peleará contra este filisteo. Dijo Saúl a David: No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear
con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud... Añadió David: Jehová,
que me ha librado de las garras del león y de las
garras del oso, él también me librará de la mano de
este filisteo... (1ª Samuel
17:32-37).
Lectura de fondo: 1ª Samuel
17:1-58.
Saúl, el primer
rey de Israel, una vez más enfrentaba un ejército
invasor de filisteos (1ª Samuel 13:5).
Esta vez, el frente de la batalla se situaba en el
valle de Ela. Los filisteos ocupaban el extremo
occidental del valle. Al este estaban los hijos de Israel. Para los filisteos
este valle era un lugar en el que se confrontaban paladines. En esta ocasión,
habían escogido como paladín de ellos a Goliat, de Gat, un descendiente de las antiguas
razas de gigantes.
Goliat era un formidable oponente, era de una estatura de casi tres metros, y llevaba puesta una armadura que le cubría la
totalidad de su cuerpo (1ª Samuel 17:4-7). Su estatura se elevaría por encima de la de los
más altos jugadores de baloncesto del mundo. Por haber sido un guerrero al que
se le había preparado desde muy joven, es probable
que tuviera el temperamento feroz de un combatiente. Podemos suponer que su
fealdad se equiparaba con su agresividad. Además,
era arrogante, jactancioso y detestable; provocaba a los escuadrones de Israel
dos veces al día, lo cual hizo durante cuarenta
días.
La forma como Saúl reaccionaba ante las
provocaciones de Goliat, era lastimosa. Ochenta veces se limitó a quedarse
sentado a escuchar a las provocaciones sin hacer nada. Para Saúl, Goliat era un gigante tan grande, que nadie podría
matarlo. Después de cada provocación Saúl quedaba consternado y aterrorizado.
La providencia de Dios escapa a nuestra
comprensión. Su poder soberano fue suficiente como para proporcionarle a Israel
un libertador, cuya procedencia era la menos
esperada. A menos de un día de camino del valle de Ela, vivía aquel que
derrotaría a Goliat. Se trataba de David, el que
pronto sería rey de Israel, el cual trabajaba como pastor. El padre de éste, Isaí, había enviado a David al valle de
Ela para que les llevara alimentos a sus hermanos,
los cuales formaban parte del ejército de Saúl. Después de entregar las
provisiones, se esperaba que David regresara a su padre Isaí, con noticias acerca de la
condición de sus hermanos.
David llegó al campamento del ejército a
tiempo para oír las provocaciones de Goliat. A David le sorprendió que las
provocaciones no fueran respondidas. A pesar de la formidable apariencia de su
oponente, David confiaba en que Dios le concedería la victoria al hombre que se
enfrentara a Goliat. Le extrañaba que ninguno estuviera dispuesto a pelear para
alcanzar esta segura victoria. Las palabras de David lo llevaron hasta la
presencia del rey. Cuando éste oyó que había uno que tenía la valentía para enfrentarse
a Goliat, Saúl envió inmediatamente a traer a David. Saúl, sin duda, se decepcionó al enterarse
de que el que estaba dispuesto a pelear con el gigante era tan sólo un pastorcillo.
La desesperación llevó a Saúl a proponerle a
David que se pusiera su armadura y llevara sus armas. David se las probó pero
se rehusó a utilizar aquel equipo de protección. En lugar de éste, cuando David se acercó al sitio de confrontación con
Goliat, él eligió sus propias armas. Del arroyo
escogió cinco piedras lisas. Es probable que también llevara su cayado pastoril (1ª Samuel 17:40).
Los anteriores, junto con su honda, constituyeron las armas,
con las cuales enfrentaría al gigante filisteo.
Sólo dos golpes se oyeron en el curso de
esta batalla. David golpeó a Goliat, y Goliat
golpeó el suelo. La piedra de David dio contra Goliat en una parte del cuerpo
de éste, la cual no estaba cubierta por su armadura — su frente. David tomó la espada del
gigante, y con ésta le cortó la cabeza, ganando así la contienda.
Cuando los filisteos vieron a su paladín
muerto, huyeron rompiendo así la promesa que habían hecho de convertirse en
siervos de los israelitas (1ª Samuel 17:9).
Israel los alcanzó, mató a muchos, y saquearon su campamento. David, no
obstante, tomó solamente la cabeza de Goliat y las armas de éste. Esta cabeza
fue exhibida para que todo mundo viera que el gigante había muerto, no por el
poder de David, sino por el de Dios.
TODOS ENFRENTAMOS
GIGANTES
Todos encaramos gigantes. Podemos dar gracias de
que no se trata de opresores físicos como Goliat. Nuestros gigantes son a
menudo nuestros problemas y dificultades diarios. Pueden ser aflicciones
corporales. Pueden ser actitudes que hayamos adoptado. Algunos están allí por
causa de las circunstancias que nos rodean, tanto las del pasado como las del
presente; otros son el resultado de cambios naturales en las relaciones y en el
envejecimiento. Su gigante puede ser tan temible como un diagnóstico de cáncer.
Puede que se trate de su casa o negocio, el cual ha sido destruido por el
fuego. Puede ser que descubra que su cónyuge le es infiel. Puede ser la
adicción a una sustancia química.
Son pocos los que se libran de los pesos de
la vida. Esta puede ser la razón por la cual Jesús comparó estos problemas de
la fe con montañas: “Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a
este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere
que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho” (Marcos 11:23). Cuando enfrentamos a nuestros gigantes, tenemos
dos opciones: Podemos pelear o podemos huir. Todos somos poseedores, en las
estructura física, mental y emocional de la que estamos compuestos, de lo que
se conoce como “mecanismo de pelea o huida” —reacciones naturales, fisiológicas, al
miedo, al peligro y a la incertidumbre. La Biblia ilustra en forma idónea los
dos principios, el de “pelea” y el de “huida”, para enfrentar el peligro. José
se libró del peligro corriendo (Génesis 39:11-12). Sansón enfrentó a un león y atacó (Jueces
14:5-6).
La tendencia a huir se ilustra
brillantemente en los momentos cuando el pueblo de Dios enfrentó gigantes.
Cuando los hijos de Israel llegaron a Cades-barnea, después de varios años de vagar por el desierto,
ellos enviaron a doce hombre a reconocer la tierra de Canaán
(Números 13:1-20). Ellos debían reconocer
la solidez de las fortificaciones militares, y explorar la riqueza de la
tierra. El grupo regresó y el acuerdo de ellos fue unánime en cuanto a la
riqueza de la tierra. No obstante, la opinión estuvo dividida en cuanto a la
fortaleza militar de los habitantes. La mayoría dijo:
“... Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos
enviaste, la que ciertamente fluye leche y miel; y este es el fruto de ella.
Mas el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las ciudades muy grandes y
fortificadas; y también vimos allí a los hijos de Anac...”-- ... No
podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros (Números 13:27-31).
Estaban temerosos y llenos de incertidumbre.
Cuando vieron a los hijos de Anac, los cuales eran
gigantes, diez espías fueron paralizados por el temor. Estos diez persuadieron
a la multitud de Israel de que ellos no podía tomar Canaán. Como intentaron huir del problema, los hijos de Israel sufrieron en gran manera: El
desierto fue el hogar de ellos por treinta ocho años más.
El vivir lleno de temores está lejos de ser
una solución idónea para los problemas que nos plantea el vivir en este mundo.
Además, no es propio de los cristianos el vivir llenos de temor (2ª Timoteo 1.7; 1ª Corintios
16:10). El miedo no solamente
nos hace sentir desdichados, sino que puede causar que hagamos sentir
desdichados a los que nos rodean. El miedo tiene el potencial de destruir
nuestras vidas enteras —física, emocional y espiritualmente.
Puede que estemos huyendo cuando
racionalizamos. Puede que nos excusemos de nuestra falta de actividad diciendo
que el problema es demasiado grande o que nuestros recursos son muy limitados.
Una vez oí de un grupo de cazadores de
osos, reunidos en una cabaña de cazadores. Un cazador de baja estatura se
acercó a otro que era de mucho mayor tamaño y le dijo: “Si yo fuera de su
tamaño, saldría y cazaría el oso más grande con nada más que un garrote”. Sin
volver a ver, el hombre grande dijo: “También hay muchos osos pequeños en el
bosque”.
Algunos tratan de echarles la culpa de sus
problemas a otros. Hay quienes incluso se atreven a culpar a Dios. Dudan de la
sabiduría de éste poniendo en tela de juicio el tamaño de los problemas que
enfrentan. Dudan de su amor preguntándose por qué no quita de ellos los
problemas que tienen. Tal frustración es el resultado de olvidarse de una de
las verdades primordiales de la vida: “Dios es más grande que cualquier
problema. Ya alguien lo dijo: “El poder que nos respalda es más grande que el
problema que nos amenaza”.
La otra opción que nos queda es la de pelear
con el gigante. A menudo es necesario atacar, pelear y vencer al gigante, si es
que ha de haber paz en nuestros corazones. No debe haber razón para que los
cristianos no estén dispuestos a pelear en contra de sus gigantes.
La opinión dividida expresada por los espías
en cuanto a la tierra de Canaán, dividió a su vez al
pueblo (Números 13).
La mayoría de ellos dijo que la tierra era buena, pero que no podía ser tomada;
una minoría de dos opinaba diferente. Josué y Caleb
declararon que, como el Señor estaba con ellos, ellos podían tomar la tierra.
Caleb no solamente
creyó que los gigantes podían ser derrotados con la ayuda del Señor, sino que
también mantuvo la determinación de que un día demostraría tal posibilidad.
Cuando más adelante los israelitas comenzaron a distribuirse la tierra después
de la conquista, Caleb pasó al frente para reclamar
su parte. Esto fue lo que dijo:
“Dame, pues, ahora este
monte, del cual habló Jehová aquel día; porque tú oíste en aquel día que los anaceos están allí, y que hay ciudades grandes y
fortificadas. Quizá Jehová estará conmigo, y los echaré, como Jehová ha dicho”
(Josué 14:12).
Caleb sabía que
los gigantes estaban en su tierra. Él sabía, por lo tanto, que para poder
disfrutar de su tierra, él debía atacar y derrotar a los gigantes. A pesar de
que ya había pasado algún tiempo, su convicción de que con la ayuda de Dios él
podía prevalecer, estaba intacta.
Con tal confianza, nosotros también podemos
enfrentar a nuestros gigantes con certeza. Podemos enfrentar gigantes y
triunfar sobre ellos.
Un pastor era el más humilde de los siervos,
a menudo era el hijo más joven. Este era el papel de David. Isaí
no supo apreciar el valor de su hijo David. Ni siquiera invitó a éste para la
reunión que Samuel había convocado para los hijos de Isaí
(1ª Samuel 16:5-11). ¿A quién se le podía ocurrir que un pastor podía
alguna vez llegar a ser rey?. No obstante, David aprendió lecciones como
pastor, las cuales contribuyeron enormemente para llegar a ser rey. Como pastor
que él era, David había aprendido el valor de ser responsable, de cuidar y de
defender a las ovejas (1ª Samuel 17:34-36). Sus solitarias responsabilidades le concedieron
tiempo para practicar con la honda. Aún más, fue sin duda un estudiante de la
naturaleza, aprendió a apreciar la obra de Dios. En el momento, tal vez, no se
percataba de que la humilde posición de pastor le estaba enseñando cómo ser un
rey.
No debemos subestimar las lecciones que Dios
nos enseña. Podemos pensar que son sencillas e innecesarias, pero puede que
nuestra fe sea probada primero con las cosas pequeñas. Cuando cumplimos con
actos de obediencia elementales, nos estamos preparando para oportunidades más
grandes.
En el deporte de Béisbol: Todo calentamiento
previo a un juego, incluye un juego de prácticas de rutina dentro y fuera del
campo. Los jugadores llevan a cabo el mismo ritual de práctica de recepción y
lanzamiento antes de cada juego. ¿Por qué?. Solamente cuando uno ejecuta en forma
repetida las Jugadas sencillas, es que estará en condiciones de llevar a cabo las
jugadas espectaculares. La grandeza se aprende en las tareas sencillas. Aunque
parezcan tareas insignificantes, Dios puede estar
enseñándonos lecciones para la vida.
Uno de los beneficios de la fe en Dios
proviene de la nueva perspectiva que ella nos presenta. Note la diferencia en
la forma como David y Saúl vieron a Goliat. El rey Saúl vio a un gigante de
casi tres metros de alto —a
un hombre que había sido guerrero desde su juventud. Por otro lado, David vio a
un filisteo incircunciso que estaba insultando a Dios — un enemigo que podía ser derrotado, no
importaba cuan grande fuera su tamaño. ¡David lo vio como un blanco tan enorme
que no había manera de errar!. Saúl vio a Goliat a la
luz de sus propias debilidades personales; David vio al gigante desde la
posición de un siervo que ha sido fortalecido por la ayuda de Dios.
¡Qué fácilmente nos engañamos!. Una nueva perspectiva puede mostrarnos que nuestros
“gigantes” no son tan grandes como creíamos. También nos puede mostrar que
incluso los gigantes tienen sus partes débiles. La única parte de Goliat no
cubierta por la armadura, era la más vulnerable; así puede suceder con nuestros
gigantes.
Una nueva perspectiva puede mostrarnos las
verdaderas debilidades de nuestros gigantes. Debemos recordar que respaldando a
cada gigante está el dios de este mundo. Nuestro Dios es inimaginablemente más
poderoso que el diablo. Nuestro Padre siempre limita el poder que Satanás tiene
para tentarnos (Job 1:9, 12; 2:4-6). Nuestro Padre puede facultarnos para vencer las
tretas del mal (Efesios 6:11-13). La perspectiva nos permite comparar el poder de
Dios con las debilidades de los malos.
Para los que están en el mundo, nuestras
armas para enfrentar gigantes parecen débiles. ¡Imagínese el miedo sentido por
el ejército de Israel cuando David salió al valle de Ela con nada más que una
honda y cinco piedras lisas!. Goliat recibió el acercamiento de David con
burla; sin embargo las armas de David, con la ayuda de Dios, resultaron ser más
que suficientes. Pablo nos recordó que “las armas de nuestra milicia no son
carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando
argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios,...” (2ª Corintios 10:4-5). Nuestro poder hoy día no reside en la
fuerza de nuestras armas, sino en la presencia de Dios. David, con su honda,
fue superior a cien Goliats porque Dios estaba con
él.
El Dios de David también es nuestro Dios. El
tiempo no ha erosionado ni disminuido su poder. Así como estuvo con David,
también estará con nosotros. Nuestra oración a Dios más innecesaria tal
vez sea aquella en la que le pedimos que él esté con nosotros (aunque esta
oración puede consolarnos y hacernos conscientes constantemente de su
presencia). ¿Por qué pedirle que haga lo que ya ha prometido hacer?. Las Escrituras nos dan certeza de su presencia si estamos
con él.
“... he aquí yo estoy con vosotros todos los
días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20b).
“... porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré;
de manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré
Lo que me pueda hacer el hombre” (Hebreos 13:5-6).
Vemos en David una demostración de la
verdadera humildad. La humildad no es creer que no somos nada; es creer que
Dios lo es todo. En esta fe podemos hallar nuestra más grande fortaleza.
David no sólo tuvo fe; también tuvo
experiencia en la fe. El recuerdo de la ayuda de Dios en el pasado le dio
certeza de que éste le ayudaría en el presente. Este recuerdo es uno de los
recursos más eficaces para cuando enfrentamos las dificultades de la vida. Si
Dios ha sido nuestro ayudador en el pasado, ¿qué razón hay para no esperar que
continúe siéndolo? El no ha cambiado. Si no esperamos que él sea nuestro
ayudador en el presente, puede que se deba a que carecemos de la fe que tuvimos
en el pasado.
Los cristianos batallamos para hacerle
frente, pelear, y vencer gigantes en nuestras vidas. El diablo es persistente
en sus esfuerzos por vencernos (2ª Corintios 10:4;
Efesios 6:12), y algunas veces nuestras
batallas parecen ser iguales a la de David en el valle de Ela. No obstante.
Dios está con nosotros, tal como lo estuvo con David:
“Te amo, OH Jehová, fortaleza mía.
Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fuerte mío, en él
confiaré; Mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio. Invocaré a
Jehová, quien es digno de ser alabado, Y seré salvo de mis enemigos” (Salmo
18:1-3; énfasis nuestro).
Nuestra victoria final es segura, pues Dios
eventualmente vencerá a Satanás. Una victoria personal ahora es un anticipo de
esa victoria final. Toda la gloria se le debe dar a él. Nuestra debilidad es la
fortaleza de Dios; nuestra victoria es suya. ¨