¡Dios
mío Ayúdame!
(Lección 13)
“Y dijo David a Abisai y a todos sus siervos: He aquí, mi hijo que ha salido de mis entrañas,
acecha mi vida; ¿cuanto más ahora un hijo de Benjamín?. Dejadle que maldiga, pues Jehová se lo ha
dicho. Quizá mirará Jehová mi aflicción, y me dará Jehová
bien por sus maldiciones de hoy. Y mientras David y los suyos iban por el
camino, Simei iba por el lado del monte delante
de él, andando y maldiciendo, y arrojando piedras delante de él, y esparciendo polvo” (2ª Samuel 16:11-13).
Lectura de fondo: 2ª Samuel 15—18.
Son más de sesenta
capítulos de nuestra Biblia los que están dedicados a narrar la historia de David. El hecho de que la Biblia narre la vida de
David con tanto detalle, nos permite examinar el
desarrollo espiritual de éste desde los tiempos en que era un joven pastor, hasta que llegó a ser anciano. Durante los últimos
días, David se vio asistido y enriquecido por algunas de las lecciones
espirituales que Dios le había enseñado a través de los años.
No debería desalentarnos el saber que se
necesitan muchos años para desarrollar la madurez
espiritual. Un hombre le trajo una vez su hijo a James A. Garfieid, cuando éste era presidente del Hiram Eclectic Institute.
Le preguntó a Garfieid
cuánto tiempo se llevaría la educación de su hijo. Garfieid le contestó que se necesitaban por
lo menos doce años para llegar hasta la secundaria. “¿Lo
puede hacer más rápidamente?”, le preguntó el
hombre. “Por supuesto”, le contestó Garfieid, “el tiempo que se necesita
depende de lo que usted desee. Sólo se necesitan diez semanas para cultivar un
calabacín, pero se necesitan cien años para
cultivar un roble”.
La odisea espiritual de David fue prolongada
y difícil. En su conflicto con Absalón,
no obstante, el demostró haber aprendido
algunas importantes lecciones de espiritualidad.
La profecía de Natán, en el sentido de que la espada jamás se apartaría de
su casa, definió el resto de la vida de David (2ª Samuel
12:10). Después de su pecado con
Betsabé, David jamás volvió a saber lo que era la paz, tal como la había conocido
anteriormente. Su hijo Absalón llegó a ser su más
grande enemigo.
En un acto de venganza, Absalón había hecho que mataran a su medio hermano Amnón. Según los estándares de aquellos
tiempos, Absalón había dado buenas razones para
haber actuado así. Amnón había violado cruelmente a Tamar, la hermana de Absalón, y luego, de modo
despiadado, la rechazó (2ª Samuel 13:1-17). Absalón esperó dos años y luego hizo que
sus siervos mataran a Amnón mientras éste estaba
ebrio (2ª Samuel 13:18-28).
Después de la muerte de Amnón,
Absalón huyó al exilio en Gesur y se quedó allí tres años. Al final de este período, David le permitió regresar. Dos años más tarde, David lo reinstaló a su antigua posición (2ª
Samuel
13:38; 14:28).
Dada
la imprudencia de su juventud, Absalón no estuvo
contento con esperar a que su padre muriera, y así
llegar a ser él rey. Haciendo uso de la adulación y la conspiración, Absalón
logró ganar los corazones del pueblo de Israel. Cuando la oportunidad se le
presentó, le hizo un llamado a sus seguidores a que
le ayudaran a destronar a David. Después de iniciar la revolución, Absalón convenció a Ahitofel, uno de los consejeros de mayor confianza de David, a que se
le uniera, cuando ya
estaba a punto de tomar el trono, Absalón sonó la trompeta de rebelión y reunió
su ejército en Hebrón.
Cuando oyó que Absalón marchaba por la
ciudad, David y la mayoría de los de su casa evacuaron Jerusalén. Un David lloroso
y con los pies descalzos cruzó el torrente de Cedrón y subió la cuesta del
monte de los Olivos.
Fue cuando David dejó la ciudad que él
descubrió quiénes eran sus verdaderos amigos. Itai,
un mercenario extranjero, proclamó su lealtad al rey y trajo consigo
seiscientos hombres.
Sadoc y Abiatar, los
sacerdotes, se ofrecieron a traer el arca del pacto y seguir a David. Pero en
lugar de esto, David los envió de regreso a Jerusalén, para que le sirvieran de
espías.
Husai arquita,
hizo suyo el dolor de David y se ofreció a ir con él. En lugar de esto, David
lo hizo volver para que frustrara los esfuerzos de Ahitofel.
Siba, el criado de
Mefi-boset, se mostró leal sólo a sí mismo. Se
encontró con David y acusó a su amo de esperar a Absalón en Jerusalén. Tomando
una decisión precipitada, David cometió el error de entregarle a Siba toda la propiedad de Mefi-boset.
Simei, un familiar
de Saúl, maldijo a David y le lanzó rocas y polvo a éste. David, no obstante,
refrenó a Abisal, uno de sus hombres fuertes, y no le permitió matar a Simei por sus calumnias.
En Jerusalén, Husai
pudo frustrar el consejo de Ahitofel y demorar los
planes de Absalón de perseguir a David. Cuando los dos ejércitos por fin se
enfrentaron, Absalón figuró entre los que murieron. Una vez que el ejército
rebelde fue derrotado, David fue reinstalado en su trono.
Cuando miramos a David haciéndole frente a
estas tribulaciones, debe impresionarnos su gran fortaleza espiritual. Esta
fortaleza le permitió soportar, superar y vencer estas dificultades.
Si podemos hallar una
fortaleza semejante, podemos ser parte de un triunfo espiritual parecido.
DAVID
HABÍA APRENDIDO LA IMPORTANCIA DE SOMETERSE A LA VOLUNTAD DE DIOS
Cuando David se vio obligado a abandonar Jerusalén,
ese momento debió haber sido uno de los más deprimentes de su vida. El que
antes hería “a sus diez miles” estaba ahora huyendo de delante de un
enemigo que marchaba. El sentido común le dictaba que era conforme a la
voluntad de Dios, el no oponérsele a Absalón en
aquellos momentos. Esta lección de sumisión a la voluntad de Dios, la cual
había aprendido con gran dolor, demostró ser la mas
importante de toda su vida.
David podría haber cuestionado la sabiduría
de Dios varias veces en su pasado. Había sido tratado de modo injusto. Saúl se
había rehusado a cumplirle las promesas que le hizo por haber matado a Goliat.
De hecho, Saúl había hecho varios intentos de matar a David. Además, él había tomado
la esposa de David, Mical, y se la había dado a
otros. Más adelante, el general de confianza de David, Joab,
había obrado en contra de los intereses de David (2ª Samuel
3:27-28).
Cuando David huía de Jerusalén, su fe fue
probada una vez más. Halló traición en aquellos en quienes creía que podía
confiar más que en nadie. Hombres de posiciones inferiores a la suya lo
maldijeron y trataron injustamente. A pesar de estas y otras dificultades,
David jamás perdió su fe en Dios.
¡Cuan necesitados estamos nosotros de esta
misma confianza!.
No todo lo que nos sucede como cristianos será bueno, sin embargo,
podemos hallar fortaleza en las preciosas promesas de Dios. “Y sabemos que a
los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que
conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28).
Como cristianos que somos, tenemos consuelo
en cualquier situación en la que nos encontremos. Dios obrará en cualquier
circunstancia, con el fin de ayudarnos a conocer su voluntad y hará lo que es
mejor para nosotros. Lo que suceda puede que no sea bueno, ni parecerá lo mejor,
según nuestra propia sabiduría. No obstante, podemos saber que Dios hará que se
convierta en lo mejor para nosotros. En amor, él lo hará que ayude a nuestro
bien y que sea para gloria suya.
Examine lo que Romanos 8:28, no está diciendo. No
está diciendo que todo estará bien. Lo que está diciendo es que si amamos a
Dios y le servimos, podemos esperar que su mano providencial nos guíe y
gobierne nuestras vidas. Nuestra respuesta a esta gran promesa debería ser la
misma que la de Job: “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré;...” (Job 13:15).
Fue un David entristecido el que abandonó
Jerusalén, pero su tristeza no era por haber perdido la ciudad. De hecho, David
parecía confiar en su regreso, habiendo dejado a algunos de su casa (2ª Samuel
15:16, 25). Es probable que debamos
concluir que el llanto de David era por sus propios pecados (Mateo 5:4, Lucas 6:21). David había errado al descuidar su posición
de rey (2ª Samuel 15:2-3). Podemos hallar muchos indicios
de que David no instruyo ni disciplinó a sus hijos (1ª Reyes 1:6). No hay duda de que la revolución de Absalón fue el resultado del
descuido y pecado de David
David había aprendido bien la dura lección
del arrepentimiento. Había demorado el
arrepentimiento, y eso le significo un terrible costo (2ª Samuel 11:26-27).
Esta vez su arrepentimiento fue inmediato
Respóndeme cuanto clamo, OH
Dios de mi justicia Cuando estaba en angustia, tu me hiciste ensanchar, Ten
misericordia de mi/ y oye mi oración (Salmo 4:1). Respóndeme, Jehová, porque
benigna es tu misericordia, Mírame conforme a la
multitud de tus piedades
(Salmo 69:16)
¿Cuánto deberíamos centrarnos en nuestros
pecados?. Dado
que nosotros gustamos de un perdón completo, ¿habrá algún beneficio en estar recordando
las transgresiones del pasado?. Debemos tener resuelto el problema de la
culpa y no permitir que
ésta siga presente en nuestras vidas. Este sentimiento de pecado no debe abrumarnos ni impedirnos mirar a la cruz en búsqueda de misericordia. Por otro
lado, si nuestro gozo
por el perdón nos deja sin castigo y no tenemos sentimiento alguno de indignidad, seremos culpables
de una falta igual.
Dios olvida el
pasado, sin embargo su divino olvido debería producirnos un profundo sentimiento de indignidad y de humildad
ei arrepentimiento libera el poder de Dios. Cuando estamos dispuestos
a llorar, a arrepentimos
y a buscar el perdón de nuestros pecados. Dios libera su poder en la
forma de perdón, aceptación, paz y reconciliación Él le concede a sus hijos arrepentidos gracia sin medida. Mientras el hijo prodigo estuvo en el
país lejano, ni una pizca del poder ni de la misericordia de Dios le llegó. Todo vino cuando
él volvió a su hogar
DAVID
RECORDABA EL VALOR DE LA CONFIANZA EN EL SEÑOR
¡No podemos dudar de la presencia de la fe de David!. Con el mundo desmoronándose alrededor suyo,
David no se tambaleó en su confianza Cuando Abisal le pidió permiso para quitarle la cabeza a Simei. David
lo detuvo diciéndole: “Si el así
maldice, es porque Jehová le ha dicho que maldiga a David ¡Quien, pues, le dirá! ¿Por que lo haces así?. Quizá mirara Jehová mi aflicción, y me dará Jehová bien por sus maldiciones de hoy (2ª Samuel 16:10-12)
La
confianza es mas que
aceptación pasiva. David sabía que
aun con todo el poder de Dios, él era responsable de hacer lo que pudiera para aliviar su propia situación.
El le oró al Señor que hiciera
nulo el consejo de Ahitofel.
David neutralizo
los planes y obra de Absalón todo lo que pudo enviando
a Husai
a tratar de hacer esto:
“Busque a Jehova, y el me oyó, Y me libro de todos mis temores” (Salmo 4 :4)
La confianza es
una espada de doble filo. Significa dependencia total del poder y voluntad de Dios. Cuando uno dice “Ponlo en las manos del Señor”, ello no significa que no vamos a poner
nuestros mejores esfuerzos. Más bien, es un llamado a dedicar
todas nuestras habilidades
y recursos a hallar la voluntad de Dios
La serenidad que
proviene de la confianza
en Dios es parte de la madurez espiritual Pablo expreso esta
clase de madurez en Filipenses
4:12-13: “Se vivir humildemente, y se tener abundancia,
en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado
como para tener hambre, así para tener abundancia
como para padecer necesidad Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.
La paz que proviene
de la confianza en Dios
es algo que podemos aprender. Ella es el resultado de la prueba de nuestra fe y
de la victoria que le sigue a esta prueba.
David mostró que
él había aprendido esto cuando le oró a Dios acerca de su situación: “0h Jehová,
cuanto se han multiplicado
mis adversarios”.
Muchos son los que se levantan contra mi Muchos son
los que dicen de mi No
hay para el salvación en Dios.
Mas tu, Jehová, eres escudo alrededor de mi, Mi gloria, y el que levanta mi
cabeza Con mi voz clame a Jehová, Y el me respondió desde su monte santo. Yo me acosté y dormí, Y desperté, porque Jehová me sustentaba No temeré a diez millares de gente, Que pusieron sitio contra mi” (Salmo 3:1-6)
Cuando todo había acabado, ¿qué recordó
David?. El
había experimentado mucho dolor y tristeza en este episodio. Su dignidad se
había reducido a nada. Su nación había sufrido confusión y disensión. El había
sufrido pérdida personal y humillación. Una victoria no sería suficiente para
mantener unida a una nación que eventualmente se dividiría para siempre.
El consuelo y la esperanza de David es el
mismo de nosotros. Dios sabe, Dios tiene cuidado. Esto por sí solo es nuestra
confianza.
Me gozaré y alegraré en tu misericordia,
Porque has visto mi aflicción; Has conocido mi alma en las angustias. No me
entregaste en mano del enemigo; Pusiste mis pies en lugar espacioso (Salmo 31:7-8).
No importa cuan oscura sea la noche, ni cuan
violenta la tormenta, Dios está en los cielos vigilando por encima de todo. ¨ http://henrycis.net