¡Dios
mío Ayúdame!
“Estoy sufriendo las consecuencias de mi pecado”
(Lección 12)
Y Jehová hirió al niño que la mujer de Urías había
dado a David, y enfermó
gravemente. Entonces
David rogó a Dios por el niño; y ayunó David, y entró, y pasó la noche
acostado en tierra... Mas David, viendo a sus siervos hablar
entre sí, entendió que
el niño había muerto;... Y él respondió: Viviendo aún el niño, y o ayunaba y lloraba,
diciendo: ¿Quién sabe si Dios tendrá compasión de mí, y vivirá el niño?. Más ahora que ha
muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo hacerle
volver? Yo voy a él, mas él no volverá a mí (2ª Samuel 12:15b-23).
Lectura de fondo: 2ª Samuel 12:14-29.
¡Cuan a la
ligera toman algunos el pecado!. Puede que sean como el niñito de la Escuela Dominical, al cual se le
preguntó: “¿Qué es lo primero que haces
para obtener perdón?”. Después de pensarlo, respondió: “¡Lo primero que haces es pecar!”.
Hay algunos que han adoptado el antiguo
punto de vista de que como la gracia es tan gratuita,
uno puede pecar cuanto le plazca (Romanos
6:1). A tal actitud debe
considerársele pecado voluntario (Hebreos 10:26). El bondadoso perdón de
Dios está disponible y es abundante para el inconsciente, ignorante y engañado. No obstante, si alguien cree que él puede pecar voluntariamente y
todavía hallar perdón, el tal está enormemente errado. No es sino hasta que se
arrepienta que podrá procurar el perdón.
¿Fue poco riguroso Dios al perdonar a David?. Aunque David había
vivido con sus pecados tal vez durante un tiempo hasta de un año, el perdón de Dios para David fue inmediato. A pesar
de la prontitud del perdón de Dios, David todavía
sufriría las consecuencias de su pecado. Sus pocas horas de placer oculto y
pecaminoso, le trajeron días y años de lamento.
Son dos grandes principios los que se
desprenden del pecado y sufrimiento de David. El primero es que
segamos lo que sembramos. David sembró
engaño y homicidio, y segó lo mismo (Gálatas 6:7-8). Esto es lo que leemos: “Como yo he
visto, los que aran iniquidad y siembran injuria, la siegan” (Job 4:8).
Un sabio padre le enseñó una vez a su hijo
una importante lección. Cada vez que el niño le desobedecía, su padre clavaba un clavo en cierto poste de la
cerca. Como el poste se llenaba de clavos, el niño
llegó a percatarse de su mal comportamiento. Él le preguntó a su padre si había
alguna manera de que los clavos pudieran ser quitados,
el padre le dijo al niño que él podía quitar un clavo por cada buena obra o
servicio de amor que llevara a cabo. Eventualmente, el niño pudo cambiar su
comportamiento tan eficazmente que casi todos los clavos habían sido quitados
del poste. Un día el niño se llegó a dar cuenta de una gran verdad. “Ahora
veo”, le dijo a su padre,
“que aunque saque los clavos, siempre quedan hoyos
en el poste”. Aunque seamos perdonados, todavía
podemos tener que vivir con los resultados del pecado. Es mucho mejor
abstenerse del pecado que tratar de vivir con los resultados de éste.
El segundo principio es que el dolor de
segar por lo general es mayor que el placer de
sembrar. El profeta Oseas escribió: “Porque sembraron viento, y torbellino segarán” (Oseas 8:7ª). Pablo dijo: “¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas
de las cuales ahora os avergonzáis?. Porque el fin de
ellas es muerte” (Romanos 6:21). Vea también:
Proverbios 6:27-29; Gálatas
6:7-8.
Este principio se manifiesta en la vida de
David. Natán le hizo una desalentadora profecía a
David acerca de las consecuencias de sus pecados. Esto fue lo que le dijo:
“Por lo cual ahora no se apartará jamás de tu casa la espada” (2ª Samuel 12:10ª). Aun después del sincero arrepentimiento de
David, y del perdón de díos.
el territorio de Israel no conoció otra cosa más que la guerra, por el resto del reinado de David. David se vio
incluso obligado a volver su ejército en contra de su propio hijo. Los antiguos
enemigos de Israel, los filisteos, también reanudaron sus ataques. La espada continuó
en manos de David por el resto de su vida.
Natán también
profetizó que habría problemas para David dentro de su misma casa. Esta
profecía tuvo un vivido cumplimiento. El hijo de David, Amnón
violó más adelante a su media hermana Tamar. Absalón,
el hermano de ella, mató a Amnón por venganza. Este
evento llevó a un distanciamiento por cinco años entre David y Absalón.
Después, Absalón fue el cabecilla de una conspiración contra David su padre, y
logró hacer que éste se exiliara.
La aflicción continuó predominando por el
resto de la vida de David. Lo trágico fue que la mayor parte de ella provino de
sus hijos. Después de oír la parábola de la corderita
robada, David le dijo a Natán que el culpable debía
pagar la pérdida de ella con cuatro tantos (2ª Samuel
12:6). La sentencia pronunciada
por David recayó sobre él mismo. Durante el tiempo que vivió, tres de sus hijos
murieron trágicamente. Después de su muerte, otro hijo fue violentamente
ejecutado (1ª Reyes 2:23-25). El homicidio de Urías
a instancias de David, influenció trágicamente a cuatro de los hijos de éste.
LA
LLEGADA DE LA ÉPOCA DE SIEGA
El cumplimiento inequívoco de la profecía de Natán se comenzó a dar casi inmediatamente después. Esto
fue lo que dijo: “Mas por cuanto con este asunto hiciste blasfemar a los
enemigos de Jehová, el hijo que te ha nacido ciertamente morirá” (2ª Samuel 12:14).
David había sembrado viento, y estaba
comenzando a segar torbellino. “Y Natán se volvió
a su casa. Y Jehová hirió al niño que la mujer de Urías
había dado a David, y enfermó gravemente” (2ª Samuel 12:15).
La actitud mostrada por David ante esta
situación fue verdaderamente digna de admirar. La fe de David en Dios y su
aceptación de la voluntad de éste, lo llevó a entender y a aceptar principios
que le dieron la fortaleza para hacerle frente al torbellino. Necesitamos
cultivar esta misma actitud cuando enfrentamos las consecuencias de nuestros
propios pecados.
Cuando su hijo enfermó, David echó mano de
la oración (2ª Samuel
12:16). En sus oraciones, él le
rogó a Dios por la vida de su hijo. Hay quienes podrían cuestionar la petición
de David. ¿Por qué oró David pidiendo por la vida de su hijo cuando ya Dios le
había dicho que moriría?
La historia le había enseñado a David que el
Señor era bondadoso. Hay aspectos en los cuales la voluntad de Dios no es
inmutable. Por ejemplo, Abraham oró por Sodoma y aprendió el significado de la
misericordia de Dios. Aunque Dios no eximió a Sodoma, sí le mostró a Abraham
que no destruiría a los justos junto con los inicuos (Génesis 18:22-33). Más adelante, según la historia de Israel, Dios le
anunció la muerte al rey Acab. Dado que el rey se
arrepintió. Dios lo eximió del desastre, pero sí trajo el mal en su hijo (1ª Reyes
21:28-29).
Aunque David oró por la vida del niño. Dios
no le concedió esta petición. El hijo murió tal como se había anunciado (2ª Samuel
12:18). No obstante, esto no
destruyó la fe de David (2ª Samuel
15:31; Salmo 3:1-8).
La verdadera fe acepta la respuesta que sea a la oración —¡incluso cuando es un “No”!
David estaba dispuesto a aceptar la realidad
más de lo que sus siervos creían. Después de que el niño murió, a ellos les
aterraba la idea de anunciarle las nuevas al rey. Éste, en lugar de reaccionar
enojado o afligido, aceptó con calma el hecho de que su hijo estuviera muerto.
Se lavó, cambió sus ropas y adoró en la casa del Señor, y después comió algo.
Podemos apreciar cuan realista era, en las razones que dio para comportarse
así:
“Viviendo aún el niño, yo ayunaba y lloraba, diciendo:
¿Quién sabe si Dios tendrá compasión de mí, y vivirá el niño? Mas ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo
hacerle volver? Yo voy a él/ mas él no volverá a mí” (2ª Samuel 12:22-23).
La capacidad de David para hacerle frente a
la realidad provenía de su fe en Dios. A través de la fe podemos hallar la
fortaleza necesaria para enfrentar los pequeños y grandes problemas de la vida.
Por medio de la fe podemos aceptar que Dios está al mando de nuestro mundo.
La mayoría de los problemas de una persona
surgen por el deseo de ésta de estar al mando de su propia vida, en lugar de
entregársela a Dios. El deseo de estar al mando es uno de los pecados de mayor
presunción. La verdadera fe acepta que Dios es quien mejor sabe lo que está
haciendo. El dudar de esto equivale a colocarse uno mismo en el lugar de Dios,
y a convertirse en un idólatra.
David siguió su vida normalmente. Se daba
cuenta, tal como Salomón después escribiría, que había “tiempo de llorar”
(Eclesiastés 3.4). Cuando su hijo murió,
David observó el luto requerido (2ª Samuel 12:16).
Una vez pasado este tiempo, David se rehusó a continuar en estado de aflicción.
Reanudó la guerra contra los amonitas y fue victorioso.
Es poco lo que sabemos acerca del curso de la
relación de David con Betsabé después de la muerte
del hijo de ellos. Podemos suponer que él no la culpó de su pecado ni de la
muerte del niño. Ella después le dio a David otro hijo —Salomón (2ª Samuel
12.24). Después del nacimiento de
Salomón, Dios le dio a David un mensaje alentador. Natán
vino a David con el mensaje de que Salomón también había de ser llamado “Jedidías”, el cual significaba: “Amado de Jehová”. Aun
en medio de su sufrimiento, Dios les dio a David y a Betsabé
un recordatorio de su amor. Salomón no llevaría la culpa ni las consecuencias
del pecado de su padre.
La vida debe seguir a pesar de las amarguras
y reveses que nos presente. Algo de sufrimiento es inevitable. No es sino
cuando uno está dispuesto a seguir viviendo que uno puede ver la mano de Dios
en lo que le suceda. Podemos vivir para el día de hoy y creer que Dios está al
mando. Aun en medio de la aflicción, debemos entender que nuestro gozo puede
demorarse para más tarde. Esto es lo que el Salmo 30:5, dice: “... Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá
la alegría”.
Las lecciones contenidas
en estos incidentes de la vida de David trascienden todas los tiempos.
En primer lugar, nuestro pecado es contrario a la
naturaleza de Dios, y él no lo tolerará ni lo pasará por alto. No importa cuan
elevada sea la posición en la que nos encontremos, ni lo que hayamos logrado en
la vida, el pecado es todavía pecado ante los ojos de Dios.
En
segundo lugar, todo nuestro pecado es perdonado si nos arrepentimos. Aun teniendo
el recuerdo del pecado y de la culpa, podemos todavía hallar serenidad y
consuelo. David escribió esto al final de su vida: “No es así mi casa para
con Dios... aunque todavía no haga él florecer toda mi
salvación y mi deseo” (2ª Samuel 23:5).
En tercer lugar, el perdón no significa que escaparemos de
las consecuencias de nuestro mal proceder. David vivió una larga vida y le
prestó un buen servicio a su nación. Aunque él sinceramente se arrepintió de su
pecado, el pueblo no olvidó los errores de él. Más adelante el escritor de 1ª Reyes, escribió: “por cuanto David había
hecho lo recto ante los ojos de Jehová,... salvo en lo tocante a Urías heteo”
(1ª Reyes 15:5).
En cuarto lugar, con todo lo que le sucedió a David, Dios
no permitió a éste que se le olvidara que él lo amaba. Jamás debemos olvidar
esto. En medio de su desesperación y aflicción. Dios le dio a David otro hijo
como recordatorio de su gracia. ¡Aun cuando pecamos, Dios todavía nos ama! . ¨ http://henrycis.net