¡Dios mío Ayúdame!
(Lección 11)
Entonces dijo David a Natán: Pequé contra Jehová. Y Natán dijo a
David: También Jehová ha remitido tu pecado; no morirás (2ª Samuel 12.13).
Mi pecado te declaré, y
no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste
la maldad de mi pecado (Salmo 32:5).
Ninguno de
los pecados de David era único en su género. Hay otros que también se han
hundido en las profundidades del pecado al igual que David. No obstante, son pocos los que han vivido bajo el peso de
conciencia bajo el cual David vivió.
La profusa
expresión de sentimientos de penitencia que presenta David en sus salmos, es
una indicación de cuan pesada era la carga de su culpa (Salmos
32; 38; 51; 143). Antes del
arrepentimiento y la confesión, su angustia
emocional era constante e intensa. El vivir con esta culpa —un enorme peso material, mental, emocional y espiritual —le obsesionó su existencia.
La reprensión de Natán
le significó a David un navajazo que le cortó hasta lo íntimo de su ser. Las
palabras del profeta —“Tú eres aquel hombre”—
le aclararon la mente a David al punto que, de modo
terrible, le pusieron al descubierto la realidad de
su pecado y de su culpa.
Puede ser
sorprendente para algunos cuan brevemente sufrió
David esta reprensión. Las palabras de David que siguieron —“Pequé”— desencadenaron una serie de eventos que aliviaron
su vida del peso de la culpa que llevaba.
En el Salmo
51, David nos legó una fiel relación del alto precio
que pagó por guardar silencio acerca de su pecado. Hasta el lector casual puede
ver el marcado contraste que se dio entre el peso de la culpa y las bendiciones
del perdón que siguieron a su arrepentimiento y confesión (Salmos
32:1-7; 51:4-12). Esto fue lo que dijo: “Bienaventurado aquel cuya
trasgresión ha sido perdonada, y cubierto su
pecado”.
David
conocía bien cuan bienaventurado es disfrutar del
alivio de la carga del pecado. Él conocía lo que significa ser libre de culpa.
Fue aliviado del más grave problema de toda su vida,
cuando Dios apartó de él su pecado.
Fue
reconciliado con Dios. Por fin pudo considerar “cubierto” su pecado —ya Dios no lo veía más. El pecado de David, junto con los nuestros, han sido echados en lo profundo del mar (Miqueas
7:19). Los pecados de David y los nuestros han sido
echados tras las espaldas de Dios (Isaías 38:17). Este lenguaje figurado demuestra en forma gráfica cuan completo es el perdón de Dios. Dios dijo: “Porque
perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré de
su pecado” (Jeremías 31:34b). Dios no sólo perdona y cubre el pecado, sino que también deja de tomarlo en cuenta en contra
del pecador arrepentido: “Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa
de iniquidad” (Salmo 32:2ª). Esta bendición se nos subraya bajo el nuevo
pacto de Dios. Del mismo modo que el amor no toma en cuenta las ofensas (1ª Corintios 13:5), tampoco Dios toma en cuenta los pecados perdonados.
Pablo hizo ver que Dios no toma en cuenta los pecados en contra de los rieles
(Romanos 4:7-8). Juan
se refirió a este mismo perdón continuo: “... pero si andamos en luz,
como él está en luz, tenemos comunión unos con otros / y la
sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1ª Juan 1.7).
El “andar en luz” es lo mismo que encontrarse en la gracia de Dios, el
estado en el cual se encuentran los cristianos (Romanos 5:2). El cristiano se arrepiente de todo pecado del cual esté consciente (1ª
Juan
1.9), pero el Padre también perdona todos los pecados que
pasen inadvertidos o de los que no se tenga conocimiento. Es a causa del estado
de hijo fiel de Dios del cristiano, que Dios perdona tales pecados también.
Como cristianos fieles que somos, no tenemos necesidad de vivir con el temor de
que hayamos cometido pecados de los cuales no tenemos conocimiento o que no
hayan sido perdonados.
A menudo
somos como el soldado del cual leí una vez, el cual había sido condenado a
muerte por una corte marcial. La noche anterior a su ejecución, el comandante
del ejército leía la trascripción del proceso y llegó a la conclusión de que el
soldado merecía un perdón. Firmó el perdón y se fue a dormir. A la mañana
siguiente, cuando llevaban el soldado al sitio de la ejecución, el perdón llegó
y su vida se salvó. Aunque ya había sido liberado del castigo, el prisionero se
había pasado la noche entera lleno de angustia, ignorando que había sido
perdonado.
Si alguien
intenta vivir sin fe en Dios, o se rebela en contra de su voluntad, ¿cae él de
la gracia? Gálatas 5:4, dice: “De Cristo os desligasteis, los que por
ley os Justificáis; de la gracia habéis caído”.
La Biblia no promete perdón alguno para el que endurece su corazón y deja de
“andar en luz”.
David no se
contentó con disfrutar a solas de su perdón. Esta fue la promesa que hizo en el
Salmo 51: “Vuélveme
el gozo de tu salvación, Y espíritu noble me sustente. Entonces enseñaré a los
transgresores tus caminos, Y los pecadores se convertirán a ti” (versos
12-13).
Él comenzó
a dar su enseñanza en el Salmo 32: “Por esto orará a ti
todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado;...” (verso 6).
La necesidad más grande de toda persona es oír las buenas nuevas de
Jesús y creer en ellas.
Como
seguidores suyos que somos, conocemos su mandamiento en el sentido de llevar
estas buenas nuevas a todo el mundo (Mateo
28:18-20). Él ha dejado claro cuál es el mensaje que hemos de
llevar (Lucas 24:46-49), pero ¡cuan a menudo
omitimos cumplir la tarea que nos ha encomendado!. Tal vez, una de las razones más importantes
que explica por qué no hemos obedecido a su palabra, es que carecemos de la
motivación que David tenía.
Esta
motivación se ilustra bien en la sanidad del endemoniado llamado Legión.
Después de que Jesús le sanó. Legión quiso acompañar a Jesús. En lugar de esto.
Jesús le dijo: “Vuélvete a tu casa, v cuenta cuan grandes cosas ha hecho Dios contigo” (Lucas
8.39).
La gratitud
era su motivación, pues había sido sanado por la
gracia de Jesús. Jesús le dijo al hombre sanado que contara simplemente lo que sabía. Este mensaje, acompañado de su
poderosa motivación, le ayudó a Legión a propagar las buenas nuevas de Jesús
por toda una gran región (Marcos 5:20).
Cualquier
otra motivación para el evangelismo reduce el
esfuerzo a resultados insignificantes y de carácter temporal. Las motivaciones
menores nos harán sentir inferiores a la tarea. La coerción, la intimidación o la manipulación con el fin de hacer que
llevemos a cabo la misión, sólo servirán para producir sentimientos de
vergüenza y de culpa. La ausencia de una verdadera motivación proviene de la
falta de confianza en la ayuda de Dios y de una falta de aprecio por su perdón.
LA ESPERANZA DEL PERDÓN
Nadie tiene por qué vivir bajo el peso y esclavitud del pecado; hay
esperanza y ayuda disponibles. David hizo ver dos cursos de acción.
El primer
paso de David en la ruta hacia el perdón fue la sinceridad. Mientras guardó
silencio acerca de su pecado y se rehusó a reconocerlo delante de sí mismo y de
Dios, el peso de su carga continuó gravitando sobre
él. Así describió su desdicha en el Salmo 32:
... se envejecieron mis huesos ...
se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en
sequedades de verano (versos 3-4).
Hay
momentos en los cuales ciertos pecados pueden pasar inadvertidos. Es posible
ofender a alguien sin saberlo. Es por tales debilidades humanas que nadie puede
jamás decir: “Si acaso pequé...”.
El segundo curso de acción de David fue la confesión:
Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú
perdonaste la maldad de mi pecado (verso 5b).
Es doloroso
confesar. Pero la verdad es que sólo hay algo más doloroso —no confesar del todo. Moisés les advirtió a los israelitas: “Si
alguno pecare... y no lo denunciare, él llevará su pecado” (Levíticos
5:1). El caso de David constituyó una buena ilustración
de esto. A pesar de todos sus esfuerzos por ocultar su pecado, éste llegó a ser
abiertamente conocido por todos. Las confesiones del Salmo 51,
eran después cantadas en público por los coros de
los levitas.
El rey
Enrique Segundo de Inglaterra fue indirectamente responsable del asesinato de
Thomas Becket, Arzobispo de Canterbury. Para dar a conocer su penitencia,
Enrique Segundo se hizo azotar sobre el sepulcro de Tomas Becket. El siguió el
ejemplo de David permitiéndole a la nación y al mundo, ver la prueba de su
arrepentimiento.
LA PRONTITUD DEL PERDÓN
El pronto perdón de David podría sorprender, e incluso dejar perplejos
a algunos. El perdón de Dios es pronto e inequívoco. Un instante después de que
David confesara su pecado, Natán le dijo: “También
Jehová ha remitido tu pecado” (2ª Samuel 12:13). A algunos, les parece demasiado fácil esto. Dios no exigió que David
hiciera una larga enumeración de sus pecados. David no pasó por un período de
espera ni por un tiempo de prueba para ser perdonado. Si esto es lo que
esperamos que Dios haga, tal vez deberíamos examinar de nuevo los conceptos que
tenemos de él y de su perdón.
Puede ser
que tengamos necesidad de aprender que el Señor está dispuesto a perdonar más
de lo que imaginamos. Jesús mostró cuan dispuesto está Dios a perdonar en la
parábola del hijo pródigo en Lucas 15. Parece que en ningún momento le cruzó por la mente
a este joven, cuando estuvo en aquel país lejano, que su padre estaría
dispuesto a perdonarlo. El creyó que lo mejor que podía esperar era que le
dieran trabajo como siervo de la casa de su padre. Para gozo y sorpresa suya,
su padre era poseedor de una abundante disposición a perdonar. Su padre estuvo
dispuesto a correr y a recibirlo.
Estuvo dispuesto a volverle a dar todas las cosas a las que había
renunciado cuando abandonó el hogar. Todo lo que se necesitó para que el hijo
pródigo recibiera estas bendiciones fueron las palabras: “Padre, he
pecado...”. Una vez que las palabras fueron expresadas con sinceridad, el
vestido, el calzado, el anillo y el becerro gordo fueron todos suyos (Lucas
15:18-24).
Si a usted
le resulta difícil aceptar el perdón, examínese usted mismo para hallar la
razón. Tal vez a usted le resulte difícil aceptar el perdón de Dios porque no
ha estado dispuesto a perdonar a otros.
Jesús
enseñó, de la manera más vivida, acerca de la necesidad de perdonar a los
demás, en una de sus parábolas (Mateo 18:21-35). El contó acerca de un siervo que estaba endeudado con su señor. Era
una enorme deuda, y no había manera que la pudiera pagar. El siervo le suplicó
a su señor que fuera paciente y esperara un poco más. En lugar de esto, el señor le perdonó bondadosamente
la deuda. Poco después, el siervo perdonado halló a un consiervo, el cual le
debía una suma insignificante. Haciendo caso omiso a un ruego parecido al que
él había hecho, aquel inmisericorde siervo hizo que su consiervo fuera echado a
la cárcel. Cuando el señor oyó acerca de estas acciones, reinstauró la deuda e
hizo que se entregara al siervo inmisericorde a los verdugos, hasta que todo
fuera pagado. Jesús resume nuestra responsabilidad de esta manera: “Así
también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón
cada uno a su hermano sus ofensas” (Mateo 18:35).
Los que no
están dispuestos a ofrecerle perdón a los demás están
incendiando un puente por el cual algún día deberán pasar. La misericordia de
Dios se le ofrece sólo a los misericordiosos (Mateo 5:7).
Puede que a usted le resulte difícil entender el bondadoso perdón de
Dios por una segunda razón: Puede ser que a usted se le esté dificultando
perdonarse a usted mismo. Muchos necesitan ser liberados de esta atadura. Una
buena ilustración de lo anterior es el relato acerca de un niño y una niña que
pasaron varias semanas con sus abuelos en la campiña. Un día que jugaban en el
corral, el niño comenzó a arrojar piedras. Con una de las piedras le dio
accidentalmente al ganso favorito de su abuela y lo mató. Rápidamente tomó el
ganso muerto y lo enterró detrás del corral. Cuando iba hacia la casa, su
hermana lo detuvo y le dijo: “Te vi matar el ganso. Si haces todo lo que yo
quiero, no te delataré”.
Esa noche, después de la cena, la
abuela le dijo a la niña que ya era hora de lavar los platos. Ella dijo: “Estoy
segura de que a mi hermano le encantará tomar mi lugar”. Cuando él
comenzaba a protestar, ella le susurró: “Recuerda el ganso”. Él, de
inmediato estuvo de acuerdo en lavar los platos. Su hermana ejerció dominio
sobre él durante varios días amenazando con hablar acerca del ganso.
Por fin, un día el niño no pudo soportarlo más y con lágrimas
le dijo a su abuela: “Yo maté tu ganso”. Ésta le contestó: “Lo sé. Te
vi hacerlo. Quería saber cuánto tiempo iba a pasar para que me lo dijeras”.
Del mismo
modo, hay quienes continuamente viven angustiados y llenos de culpa. El ser
esclavos del pecado arruina nuestra felicidad y llena nuestras vidas con
problemas. Lo soportamos porque no entendemos plenamente la disposición de Dios
a perdonarnos y liberarnos. No es sino, cuando entendemos esto de corazón que
podemos hallar perdón para nosotros mismos.
El perdón preparó a David para enseñar a otros
acerca de la justicia de Dios y la disposición de éste a perdonar. El gozo de
la salvación debe ser un motivo predominante para enseñar a los perdidos. David
pudo hablar bien de lo que Dios había hecho por él.
Cuando el perdón de Dios llega a cobrar realidad
para nosotros, hablaremos gozosamente acerca de él. ¨ http://henrycis.net