¡Dios mío Ayúdame!
(Lección 10)
“Entonces dijo David a Natán:
Pequé contra Jehová. Y Natán dijo a David: También
Jehová ha remitido tu pecado; no morirás. Mas por cuanto con este asunto hiciste blasfemar a los
enemigos de Jehová, el hijo que te ha nacido ciertamente morirá”. (2ª Samuel
12:13-14)
La vida de David es una ilustración de una consoladora verdad: Dios no es pronto para
abandonar a sus siervos ni
es algo que le nazca fácilmente
hacerlo. Él envió un gran pez a su poco
dispuesto profeta Jonás, con el fin de volverlo a poner a servir. Un gallo fue el instrumento
utilizado por Dios para recordarle a Pedro de su pecado. En su providencia, Dios también obró con el
propósito de recuperar a su siervo David. Aunque David
había pecado gravemente. Dios
sabía que el corazón de David era tierno y receptivo a su reprensión Dios envió a su siervo Natán
para hacer volver a David en sí y hacerlo enfrentar
la realidad de su pecado
Fue un
hombre valiente el que encaró y reprendió a David. Natán había sido escogido por Dios para hacerle
ver a David su pecado,
y para correr el riesgo de ser objeto de su ira. Este
encuentro revestía gran seriedad, pues, ¡David era un monarca absoluto!. Cualquier temor
que hubiera abrigado Natán fue superado mediante su fe en Dios y su
amor a éste y a David
David conocía perfectamente
sus defectos y pecados. No obstante, Natán se los presento desde una
perspectiva diferente A
través de las palabras de Natán, David vio más allá de sus pecados. También se vio a
si mismo tal como Dios lo veía
La parábola que le contó Natán enterneció el corazón de
pastor que todavía había en aquel rey. Natán le contó a David la historia de una corderita que un hombre rico le había arrebatado a
un hombre pobre, la cual mato egoístamente para su provecho
(2ª Samuel
12:1-4). Cuando David estaba a
punto de explotar en ira, Natán
le dio la oportunidad
de verse a si mismo. Le dijo: “Tú
eres aquel hombre” (2ª Samuel
12: 7ª) Luego, cuando Natán le citó las palabras que había
dicho el Dios de
Israel, David se percato de la gravedad de su
pecado (2ª Samuel
12: 7b-12)
Todo lo
actuado por David había
sido una manifestación de su pecado mas grave —el de su egoísmo. Había dejado que su naturaleza humana triunfara sobre su naturaleza espiritual. David por fin entendió que su egoísmo
lo había llevado a pecar en contra de la confianza
de un amigo y en contra de la nación. También, el sabía que había
pecado, principalmente, en contra de Dios
Ya no se
podía excusar diciendo: “En realidad, a nadie se le hizo daño”. La profundidad de su egoísmo se
puede observar en su ingratitud
para con la bondad y generosidad de Dios. Dios le había dado el remo
y todas las esposas de Saúl (2ª Samuel 12:8). Eran muchas bendiciones las que había recibido, y aun así no estaba satisfecho. Le había
arrebatado la esposa a otro hombre.
¡Cuanto
necesitamos esta misma
clase de conocimiento
de nosotros mismos!. Nos percatamos de que hay chisme, orgullo y codicia en nuestras vidas, y deseamos que todos estos sean reemplazados
por una mayor dedicación a Dios. A pesar de este deseo, a pesar de que lo
confesamos oírnos por ello una y otra
vez, a menudo continuamos atados por estos pecados. Tal vez se deba a que hemos estado
haciéndoles frente a nuestros pecados pero no a la raíz de ellos. La raíz del
pecado en la v ida de una persona es el egoísmo. Fue este pecado, el cual se
manifestó a trabes de la codicia, el que constituyo la caída de Adán
A la
codicia no se le menciona de ultimo en la lista de los Diez Mandamientos porque
sea el pecado menos importante (Éxodo 20:17). Mas bien, es porque se trata del mas
fundamental de los pecados, pues sirve de base para el resto de ellos. Es el
egoísmo, el cual se manifiesta a través de la codicia, lo que lleva a la
violación de los demás mandamientos. Si
podemos aprender a dominar la codicia, podremos hallar la fortaleza necesaria
para cumplir los demás mandamientos.
David por
fin se vio a si mismo como la causa de su pecado. Ya no podía seguir echándole
la culpa de su pecado a un cambio de ordenes en el
ejercito ni a la falta de decoro de Betsabe. Ahora
veía que el era la única causa.
El Salmo 51, contiene la confesión publica
que David hace de su pecado
“Ten
piedad de mi, OH Dios, conforme a tu misericordia Conforme a la multitud de tus
piedades borra mis rebeliones. Lávame mas y mas de mi
maldad, Y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, Y mi
pecado esta siempre delante de mi Contra ti, contra ti solo he pecado. Y he
hecho lo malo delante de tus ojos. Para
que seas reconocido justo en tu palabra, Y tenido por puro en tu juicio. Purifícame con hisopo, y seré
limpio, Lávame, y seré mas blanco que la nieve Hazme oír gozo y alegría, Y se recrearan los
huesos que has abatido Esconde tu rostro de mis pecados, Y borra todas mis
maldades. Crea en mi OH Dios, un corazón
limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mi No me eches de delante de ti,
Y no quites de mi tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, Y
espíritu noble me sustente. Entonces enseñare a los transgresores tus caminos,
Y los pecadores se convertirán a tí Líbrame de
homicidios oh Dios, Dios de mi salvación. Cantara
mi lengua tu justicia. Señor abre mis labios Y publicara mi boca tu alabanza
Porque no quieres sacrificio que yo lo daría No quieres holocausto”.
Los
sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado. Al corazón contrito y humillado no despreciarás tu OH Dios (Versos 1-17)
En los primeros seis versículos, el utilizo el pronombre personal catorce veces. Utilizo frases tales como “mis rebeliones”, “mi maldad” y “mi pecado” . Cuando nos damos cuenta de que somos responsables de
nuestros pecados, podemos comenzar a aborrecerlos y a renunciar a ellos.
LA CONFESIÓN Y EL ARREPENTIMIENTO
La confesión de David fue pronta,
concisa y sin rodeos. “Peque
“(2ª Samuel l2: 13) No hizo ningún esfuerzo
por atenuar su confesión diciendo, por ejemplo “Si peque “ No minimizo su culpa ni evadió su responsabilidad. La confesión de David nació de un corazón traspasado de dolor.
Un estudio de las Escrituras nos
mostraría que David no
fue el único en lanzar
la expresión. “He pecado” Faraón, Balaam, Saúl
y Judas también han pronunciado
tales palabras (Números 22: 34,1ª
Samuel
15: 24; 26: 21,
Mateo 27: 4). No obstante, es vital
la diferencia que se da
entre las confesiones de estos hombres y las confesiones de David y del hijo prodigo en Lucas
15 David se dirigió a Dios del mismo modo que el hijo prodigo a su padre sin
reservas ni excusas Los dos pidieron misericordia y estuvieron dispuestos a aceptar que se les juzgara —sin importar lo
que esto significara— siempre y cuando se les
pudiera restablecer la comunión que una vez habían tenido (Salmo 51:11, Lucas 15:19)
Ni David ni el hijo prodigo enumeraron sus pecados específicos Esto no significa que no es necesaria la
confesión, pues la expresión
en detalle de nuestros pecados nos permite
reconocer nuestros distintos
fracasos, debilidades y transgresiones
LA ORACIÓN A DIOS
Pocas cosas
manifiestan el carácter de una persona, más
que sus oraciones. Podemos observar algo del buen
corazón de David en la
relación escrita de su
oración, en la cual
reconoce su pecado y le pide perdón a Dios. En esta petición lo percibimos como el varón conforme al corazón de Dios”
que el fue (1ª Samuel
13:14). Su oración constituye un modelo para nuestras propias peticiones de perdón.
En esa
oración, David reconoció la gravedad de sus actos. Para él, su pecado no era
tan sólo “una relación significativa”, “una debilidad de la carne” ni “una
indiscreción”. Utilizó tres términos para describir su pecado en el Salmo
51. Primero, lo llamó “trasgresión “
(verso 1), la cual significa “traspasar deliberadamente los
linderos de una propiedad”. David reconoció haber ido donde no debía.
En segundo
lugar, él se refirió a su pecado como a una “maldad” (verso 2ª). El cometer una
maldad equivale a un quebrantamiento de las normas establecidas. El adulterio y
el homicidio estaban prohibidos en los Diez Mandamientos. David no podía alegar
que su pecado era a causa de su ignorancia; él sabía que su comportamiento
había sido pecaminoso.
En tercer
lugar, él le llamó “pecado” a su fracaso (verso 2b). Esta palabra significa “errar
en el blanco”. Conlleva la idea de disparar una flecha hacia un blanco y
errar; o la idea de apartarse de la senda indicada. Al igual que la oveja
errabunda, David había abandonado al Pastor que lo estaba tratando de guiar por
sendas de justicia (Salmo 23:3).
Las tres
formas de pecado se encuentran en el mundo de hoy día. El pecado no es tan sólo
la violación de un mandamiento expreso (1ª Juan 3.4). También lo es el no vivir conforme a las normas de Dios (Romanos
3:23). Tal vez, la forma más predominante sea nuestra
omisión en vivir de conformidad con nuestras oportunidades y obligaciones
(Santiago 4:17). El pecado en todas sus facetas, es una realidad
presente. Mientras uno no esté dispuesto a confesar la enormidad de sus pecados
y sus posibles consecuencias, tal confesión de pecado siempre será un problema.
David halló
fundamento para su esperanza de ser perdonado, en tres cualidades de Dios. En
lugar de alegar inocencia, o de tratar de justificar su error, él apeló a tres
atributos divinos: La gracia de Dios, su constante amor, y la multitud de sus
piedades (verso1). Estos fueron los incentivos que David tuvo para
arrepentirse y el fundamento de su confianza para el futuro.
De modo
semejante, nosotros podemos hallar fundamento para nuestra esperanza y
confianza única y solamente en el perfecto desempeño de Cristo en la cruz.
Jamás hallaremos perdón en ninguno de nuestros esfuerzos por llegar a ser
perfectos. Los sentimientos de los himnólogos
deberían también ser los nuestros:
¡Tal como
soy! sin más decir, que a otro yo no puedo ir. Y tu me
invitas a venir. Bendito Cristo he
aquí...!
CÓMO RECIBIR EL PERDÓN
DE DIOS
En el Salmo 51, David también se refirió al perdón de tres maneras.
Su primera petición fue: “Borra mis rebeliones” (verso1). La tinta que empleaban los escritores antiguos no contenía ácido.
Bastaba una esponja húmeda para borrar páginas enteras. David le pidió a Dios
que tratara su pecado de igual modo.
Luego,
David dijo: “Lávame más y más de mi maldad” (verso 2ª). El significado
de esta frase abarca mucho más que una zambullida o remojo. En el lenguaje
original conllevaba la idea de la forma como una mujer llevaba las ropas de la
familia hasta un río o riachuelo. Ella sumergía las ropas y las remojaba, luego
las restregaba, las retorcía, las golpeaba con sus manos y las estrellaba
contra una piedra con el fin de lograr que estuvieran limpias. Lo anterior es
una ilustración de cuan difícil puede ser nuestra purificación por parte de
Dios. Aunque David fue perdonado, él
también sufrió las enormes consecuencias de su pecado.
Por último,
David escribió: “Limpíame de mi pecado” (verso
2b). La palabra que se traduce como “limpiar” es una
palabra ceremonial que se utilizaba para referirse a la purificación de los
leprosos (Levítico 13.6). David consideraba que su pecado era una lepra
espiritual, la cual le separaba de Dios. Tal enfermedad podía eventualmente
traerle fatales consecuencias, y sólo Dios podía purificarle de ella. El hisopo
también se empleaba en este ritual. La frase “abre mis labios”, del
versículo 15, puede estarse refiriendo a la acción de mirar
debajo del labio superior por parte del sacerdote para poder declarar limpio de
lepra al que había estado enfermo de ésta.
David
reconocía el verdadero dolor que su pecado había causado. Su pecado fue contra
Dios (Génesis 39.9). Es cierto que había pecado contra Urías, contra Betsabé y contra la
nación entera. No obstante, en un sentido, todo pecado es contra Dios, pues le
es ofensivo a éste (Habacuc 1:3).
El hecho de que la suya fuera la corte suprema de aquella tierra,
convertía el pecado de David en un pecado en contra de Dios, lo cual hacía que
revistiera caracteres de singularidad. Él les prestaba oído a los casos más
difíciles que otros no podía fallar. Si el rey pecaba no había corte a la cual
elevar su caso, y él tenía que dar cuenta a Dios mismo. David, el juez, se
llegó a hallar él mismo impotente delante del Gran Juez, pidiéndole a éste que
le tuviera misericordia.
La gravedad
de su pecado era clara para David. Hay quienes han malentendido el versículo
5: “He aquí, en maldad he
sido formado, y en pecado me concibió mi madre”.
David no se estaba refiriendo a culpa alguna por el pecado, la cual hubiera
heredado. El no estaba afirmando que su madre hubiese cometido pecado, ya
fuera, de adulterio o de fornicación. Tampoco significa esto que él creyera que
había heredado la culpa del pecado de Adán. David estaba hablando en sentido
figurado, de la inclinación que todos tenemos hacia el pecado. Él se vio a sí
mismo tan expuesto y tan inclinado al pecado, que parecía haber nacido siendo
así.
Él oró
pidiendo por un corazón lleno de sinceridad. Dios desea que nosotros seamos
sinceros, especialmente con nosotros mismos. Esta es la razón por la cual David
mencionó el deseo de Dios de que él tuviera “la verdad en lo íntimo”
(verso 6). La falta de sinceridad fue uno de los problemas que
más influyó en este episodio de la vida de David. Se había rehusado a verse a
sí mismo como pecador, y a reconocer que sus acciones eran malas.
Este
problema no es exclusivo de David. Todos nosotros debemos vivir delante de Dios
y de los demás tal como somos, sin pretender ser lo que no somos (Gálatas
6.3).
El rey David le pidió a Dios que lo perdonara. En esta petición, él le
pidió cuatro cosas. La primera era un corazón limpio (verso 10).
Para que David pudiera reconstruir su vida, él
necesitaba algo que no podía procurarse él mismo: Un corazón nuevo, limpio.
Luego,
pidió que no se le echara de la presencia de Dios (verso 11). A los leprosos se les apartaba de la vista de la sociedad (Levítico
13:46; Números 12:15). Saúl había sido desechado para que no fuera rey (1ª Samuel 13:14;
15:23), y los pecados de David parecían más graves que los
cometidos por Saúl. El ser echado de la presencia de Dios le parecía una
posibilidad real a David. Es vital que entendamos que el aspecto más terrible
del pecado es su efecto en nuestra relación con Dios. Es el pecado, y tan sólo
el pecado, lo que nos puede separar de él (Romanos
8:38-39; Isaías 59:1-2).
David también pidió la presencia del espíritu de Dios (verso 11). Esta
presencia simbolizaba la presencia de Dios. Cuando Dios desechó a Saúl, él
apartó su espíritu de éste (1ª Samuel
16:14). Estando en esta condición, él no tenía acceso al
trono de Dios. Para David, la pérdida del espíritu de Dios significaba la
pérdida de la totalidad del amor y de la gracia de Dios.
Por último,
él pidió que se le devolviera el gozo de la salvación (verso 12). El perdón y la presencia de Dios a través de su espíritu, son parte
de este gozo.
CONCLUSIÓN
En cada paso
que David dio, desde el momento de la codicia, pasando por el del adulterio,
hasta el del homicidio, él se alejó de Dios. No fue sino hasta que reconoció su
pecado y la causa de éste —su propio egoísmo— que él pudo comenzar su viaje de regreso a Aquél que le había amado y
bendecido.
Debemos
reconocerlo por lo que es, confesarlo y arrepentimos de nuestro egoísmo, y
entregarle nuestras vidas a Dios, si es que deseamos poseer el gozo de la
salvación. ¨ http://henrycis.net