Dios mío, ayúdame “Mi vida está vacía”

(Serie de lecciones: Para fortalecer moral y espiritualmente.  (1)

 

    Hubo un varón de Ramataim de Zofim, del monte de Efraín, que se llamaba Elcana... Y tenía él dos mujeres; el nombre de una era Ana, y el de la otra, Penina. Y Penina tenía hijos, mas Ana no los tenía (1ª   Samuel 1:1-2).

Lectura de fondo: Samuel 1.1-28.

   Ana era tan sólo una campesina que muy poco se diferenciaba de miles como ella; pero por lo que se podía mirar, parecía tener lo mismo que cualquier otra para vivir una vida realizada y feliz. El esposo de ella la amaba y le brindaba una vida cómoda. Su vida espiritual y su servicio al Dios de sus padres, ocupaban un importante lugar en su vida. ¿Por qué no era feliz?

   La vida de Ana estaba vacía. Muchos que viven hoy día también experimentan la misma falta de paz y de serenidad de ella. Tenemos bendiciones parecidas; pero a pesar de éstas, a menudo somos como los niños codiciosos que preguntan: “¿Es esto todo lo que hay?”.

   Intentamos llenar nuestras vidas a través goces mentales o materiales. Podemos pasarnos toda nuestra vida buscando, pero jamás le hallaremos significado a la vida porque descuidamos la parte más importante de ellala espiritual.

   ¡Cuan importante es que los cristianos se eleven por encima de esta vana búsqueda!.  No es la voluntad de Dios que sus hijos estén frustrados. Jesús le prometió a cada uno de sus seguidores una vida abundante, incluso hasta desbordar (Juan 10:10).

   En nuestra búsqueda de esta vida abundante, podemos hallar una guía en las lecciones que Dios le enseñó a Ana. Podemos ver cómo, con la ayuda de Dios, ella llenó su vida vacía. Dado que Dios el Padre le ayudó a ella, ¿por qué deberíamos dudar de que él podría hacer lo mismo con nosotros?

EL PESO DE UNA VIDA VACÍA

    Las condiciones políticas, sociales y religiosas del tiempo y circunstancias en que le correspondió vivir a Ana, contribuían muy poco al fomento de la espiritualidad. En los tiempos de ella, la adoración y el servicio a Dios habían declinado hasta uno de los niveles más bajos de toda la historia de Israel. El que, una vez, había sido un hermoso tabernáculo, construido en el desierto, mostraba señales de deterioro. La fe entusiasta que había llevado al pueblo de Israel a ser dueños de su propia heredad, se había debilitado con el transcurrir de las generaciones. Para el tiempo de Ana en  (1ª  Samuel cap. 1), esta fe casi había dejado de existir en la mayor parte de Israel.

    El problema que estaba disminuyendo la calidad de vida de Ana era profundamente personal. En un tiempo cuando la capacidad de una mujer para dar a luz hijos, era estimada en gran manera. Ana era estéril. Había varios problemas asociados con esta aflicción. Uno de ellos era económico. Si no tenía un hijo que cuidara de ella ante la eventual muerte de su esposo, en sus últimos años podía hallarse arruinada económica y socialmente. Tal vez, de mayor preocupación, era el estatus de ella ante la sociedad. En aquellos tiempos la esterilidad constituía un estigma. Podemos imaginarnos la forma como algunas mujeres se referían mordazmente a ella. Ana tenía que enfrentar las maliciosas y afectadas sonrisas de ellas. Tal vez, es posible que así fuera, había una aflicción que le causara aún mayor dolor. Aunque rudimentaria, ya existía una esperanza mesiánica por aquel tiempo. Al no tener hijos,  no había posibilidad de que Ana pudiera ser la madre del Mesías, o de que por lo menos su nombre figurara en la genealogía de éste. La ausencia de un hijo hacía de su vida una existencia solitaria y vacía.

    Elcana, el amoroso esposo de ella, debió haber sido la única alegría de su vida. No obstante, como a menudo les pasa a los hombres, él no fue capaz de entender cuan seria era la angustia de ella. En lugar de esto, trató de llenar las necesidades de ella siendo generoso con ella. Cuando Elcana dividía la escasa carne de la ofrenda de paz que hacían cada año en Silo, él siempre le daba a Ana el doble de lo que le daba a los demás. Él la animaba a comer y a tratar de olvidarse de sus sentimientos más profundos (1 Samuel 1:4-5, 8).

    A diferencia de algunos hombres, él no omitió confirmarle su amor. Le dijo: “¿No te soy yo mejor que diez hijos?” (1ª  Samuel 1:8). El debió haber pensado que su generosidad era una prueba para Ana de su gran amor por ella. No obstante, él no entendió bien la necesidad más profunda de Ana. Su generosidad en forma de carne y otros regalos, no podía satisfacerle el deseo de ella de tener un hijo.

    ¡Debemos entender que los regalos materiales no llenan las necesidades emocionales!.  La comida, el desentenderse de los problemas y los placeres, sólo sirven para aliviar temporalmente el vacío dolor de la soledad y el temor.

    Había una situación doméstica que también contribuía a las tribulaciones de Ana. Elcana tenía una segunda esposa. Dios toleraba la poligamia en aquellos tiempos de la historia. La prosperidad de Elcana lo llevó a casarse con Penina, la cual le dio hijos e hijas.

    La ley y cultura de aquellos tiempos definía claramente el papel que debía cumplir cada una de las esposas (Deuteronomio 21:15-17). Sin embargo, era inevitable que surgieran conflictos entre las dos mujeres. Este conflicto se ilustra bien en el idioma chino, el cual se compone de símbolos. Cuando los símbolos que se refieren al hombre y a la mujer se ponen juntos, la combinación de ellos se convierte en el símbolo que se refiere al matrimonio. Cuando los símbolos que se refieren al hombre, a la mujer y al hijo, se escriben juntos, el símbolo resultante significa familia. ¡Cuando un hombre, una mujer y otra mujer se combinan, el símbolo resultante es el que se usa para referirse a los problemas!

    El profundo amor que Elcana le tenía a Ana, no le impedía a Penina expresar desprecio hacia ella.

    Ella atormentaba a Ana, con el recuerdo de que Dios no le había concedido tener hijos (1ª  Samuel 1.6). Esta burla contribuía al sentimiento de vaciedad que ya existía en la vida de Ana. Ana tenía mucho con lo cual vivir, pero muy poco por lo cual vivir.

 

CÓMO SE LLENA UNA VIDA VACÍA

La solución

Con tantos problemas que tenía, ¿era posible que Ana pudiera hallar la realización de su vida? A pesar de sus problemas, ella tenía esperanza. Pablo Tournier, famoso por sus contribuciones a la sicología cristiana, una vez dijo que ningún problema se resuelve jamás, si no se resuelve primero dentro del esquema de la religión de uno. Esta fue la dirección que Ana tomó. Ella halló sus respuestas en la casa del Señor, tal como las halló el salmista en el Salmo 73:16-17: “Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí, hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos”. Las dificultades de ella la llevaron a buscar el verdadero significado de comprometerse con el Señor.

    No podemos más que imaginarnos cuan frustrada se debió haber sentido cada una de las veces en que repetidamente falló en la concepción de un hijo. Ninguna de las rudimentarias prácticas médicas de su tiempo sirvió. Dado su discernimiento espiritual, no hay duda de que ella oró fervientemente por un hijo. A pesar de sus oraciones, el deseo de su corazón no le era concedido. No fue sino hasta que hizo un compromiso total con el Señor, que éste le dio una respuesta a su oración. El compromiso de ella fue claro:

“Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva/ sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida,...( Samuel 1:11; énfasis nuestro).

    Por fin Ana llegó a tener un nuevo entendimiento de la necesidad de ella. Anteriormente, es probable que el deseo de ella de tener un hijo, fuera con el fin de darle a ella un propósito para su vida. Un hijo la elevaría a ella delante de los ojos de su esposo. Un hijo detendría la molesta burla de Penina y las demás. No obstante, estas buenas razones eran esencialmente egoístas.

    Ana se elevó por encima de su humanidad y egoísmo. Ella llegó a la conclusión de que si Dios le podía dar un hijo, éste le pertenecería al Señor durante todo el tiempo que viviera.

    Nosotros también, estamos inquietos y atribulados porque no hemos alcanzado el nivel espiritual de Ana. Nos creemos, de modo egoísta, los dueños de nuestras vidas. Pasamos por alto el pasaje bíblico que dice que todas las cosas le pertenecen a Dios, por causa de que él fue el que las creó (Hagéo 2:8; Salmo 24:1).

    En nuestro egoísmo, a menudo nos comportamos como el niñito que apretaba su nariz contra la ventana de una tienda de dulces. Un adulto que se compadeció, entró a la tienda, y le compró una bolsa de dulces. El chico, se llenó su boca de dulces tan rápidamente como pudo. El adulto, disfrutando de las ansias del chico, le preguntó: “¿Te gusta?”. El chico asintió, su boca estaba demasiado llena para hablar. El dador del regalo le habló nuevamente: “¿Me podrías dar un pedazo?”. El chico, vaciando su boca lo suficiente como para responder, le dijo enojado: “¡No! Es mío”.

    A veces es tentador sentirnos nobles y contentos con nosotros mismos por haberle hecho un gran regalo a la iglesia o a alguna buena causa. Más bien, deberíamos humillarnos delante de Dios, entendiendo que todo lo que estamos dándole a Dios es lo que él ya nos ha dado a nosotros.

    Podemos hallar paz cuando le dedicamos a Dios todo lo que tenemos, todo lo que somos y todo lo que podemos ser. Dios nos llama a amarlo a él totalmente (Mateo 22:36-37). Solamente cuando él tiene todo nuestro amor es que tiene todas los aspectos que forman parte de nuestro ser. Conozco a un hombre que estuvo pasado de peso por muchos años. Él habló de cómo aprendió a dominarse a sí mismo y a comer correctamente: “Aprendí que a Dios le preocupaba todo aspecto de mi vida, incluso mi comida. Solía decir que no le daba mi comida a Dios porque no creía que a él le interesara algo tan insignificante. Luego me di cuenta de que yo no deseaba darle mi comida a Dios, porque temía que él me la quitara”. Necesitamos entender que si Dios toma algo de nosotros, él nos puede dar algo muchísimo mejor a cambio. El darnos a nosotros mismos y todo lo que tenemos a Dios Jamás nos hará más pobres.

    Ana fue capaz de aprender una excelente lección acerca de la oración. La oración de ella es un ejemplo del principio en el sentido de que: “Dios es “nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmo 46.1). Cuan gráfica es la manera como explica su oración: “... he derramado mi alma delante de Jehová” (1ª  Samuel 1:15).

    Ana separó la oración en sus elementos fundamentales. Reconoció la soberanía y el poder de Dios. Humildemente se acercó al trono de él. Las dos veces que habló de sí misma en su oración, lo hizo refiriéndose a sí misma como sierva de Dios. Como sierva que era, sabía que la voluntad de Dios debía estar en primer lugar en la vida de ella. Fue dentro de los confines de esta voluntad que ella dio a conocer su petición. La humildad, el servicio y un corazón que cede, son algunos de los elementos más fundamentales de la oración eficaz.

    ¿Regateó Ana con Dios con el fin de obtener una respuesta a su oración?.  ¿Podemos nosotros hacer lo mismo?.  ¿Podemos tener lo que queremos prometiéndole a Dios algo a cambio?.  El pensar así es señal de que no se entiende el voto que Ana hizo en oración. Ana no regateó. Ella le pidió a Dios un regalo y luego prometió devolvérselo. Tal oración no constituye un regateo con Dios motivado por el egoísmo.

    Las oraciones como las de Ana solamente pueden emanar de un corazón lleno de confianza en Dios. Nosotros, también, podemos ser audaces y pedirle grandes cosas a Dios. Podemos tener dudas al hacerle peticiones a Dios porque nos sentimos indignos o incapaces de recibir su respuesta y hacer uso de ella. No deberíamos tener dudas. Dios no solamente es capaz de darnos lo que pedimos, sino que también puede perdonarnos y darnos la fortaleza que necesitamos para hacer uso de sus regalos en forma correcta.

    Ana llegó a ser una persona diferente después de su oración: “Y se fue la mujer por su camino, y comió, y no estuvo más triste” (1ª  Samuel 1:18).

    ¿En qué radicó este cambio que hubo en Ana?.  Ella no había recibido ninguna señal milagrosa de parte de Dios, en el sentido de que él le hubiera escuchado y le respondería su oración. El cambio radicó en el hecho de que ella adoptara una actitud diferente.

    ¡No hay persona que pueda dominar sus actitudes excepto ella misma!.  La mayoría de nosotros hemos oído: “Si actúas de modo diferente, te sentirás diferente”. Asombrosamente, cuando probamos esto, nos damos cuenta de que el dicho es cierto. Si elegimos actuar como Ana, descubriremos que podemos sentirnos y actuar de modo diferente. Jamás espere a sentirse mejor para actuar de modo diferente. La nuevas acciones llevan a nuevos sentimientos.

    ¿Qué fue lo que movió a Ana a elegir este cambio?.  Su nueva actitud se originó en su fe en Dios. Ella había orado y había actuado movida por su fe en Dios. Aunque ella todavía sabía lo que deseaba, ella ahora le confiaba el resultado a Dios. Aún si él no le concedía su deseo de tener un hijo, ella conservaría el mismo sentimiento de satisfacción y confianza en él. Ella podía aceptar su situación, sabiendo que estaba viviendo dentro de los confines de la voluntad de Dios.

    Cuando un cristiano avanza en su peregrinaje espiritual, su oración lucirá menos como una “lista de compras” y se parecerá más a un “cheque en blanco”. Deberíamos estar dispuestos a someternos nosotros mismos a Dios y pedirle a él que escriba la cantidad que nos costará. Esto fue lo que Ana hizo.

El cumplimento del voto hecho

    No es difícil hacer voto; es fácil para la gente hacer promesas. En el fervor de una experiencia emocional, es fácil hacer un compromiso sin medir el costo. Ana tenía una cualidad que es vital para hallar el significado de la vida. Sin importarle el costo personal, ella cumplió con su promesa.

    ¿No pensó ella como a menudo pensamos nosotros?. ¿No hubiéramos dicho: “¿Cómo voy a dejar a mi hijo en un lugar donde hasta el mismo sacerdote es inicuo?”. Nuestra excusa podría ser: “Dios, sólo tengo un hijo y no hay promesa de que haya otro más. ¿No aceptarías algunas ovejas a cambio?”. Hay que reconocerle a Ana que ella cumplió su palabra. Cuando el hijo de ella, Samuel, fue destetado, ella lo llevó a la casa del Señor en Silo y dijo:

Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que pedí. Yo, pues, lo dedico también a Jehová; todos los días que viva, será de Jehová (1ª  Samuel 1.27-28).

    No debemos ser como el miembro de la iglesia que llamó a la oficina de la iglesia un lunes. El día anterior, los miembros de la congregación habían firmado tarjetas en las que se comprometían con la cantidad que iban a dar durante el año siguiente. El que llamaba dijo: “¿Se me puede relevar de mi promesa? Ayer fui más religioso de lo que me convenía”. David habló de cómo Dios aprueba al hombre justo que cumple su promesa, aun cuando ello le duela (Salmo 15:4).

La recompensa

    Debió haber sido un momento de gran carga emocional cuando la familia de Elcana se acercó al tabernáculo. Estaban trayendo al hijo que les había alegrado sus vidas, sabiendo que éste no iba a estar regresando a casa con ellos. Es probable que nosotros, en nuestros tiempos de materialismo, nos preguntemos cómo pudieron haber hecho ellos tal sacrificio. Podemos dar de este modo a Dios, solamente si tenemos la actitud de Ana: “Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que pedí. Yo, pues, lo dedico también a Jehová” (1ª  Samuel 1:27-28).

    ¿Se convirtió Ana en perdedora al dar este regalo?.  ¿Fue su vida bendecida solamente el tiempo que Samuel estuvo con ella?. ¿Fue ella a casa a llorar la pérdida de su hijo?.  ¡Jamás!.  Ella no creyó haber perdido a Samuel. Ella lo veía cada vez que iba al tabernáculo. A pesar de que vivía en Silo, ella podía proveerle para sus necesidades (1ª  Samuel 2.19). El Señor fue indulgente con ella y la bendijo con tres hijos y dos hijas más (1ª  Samuel 2:21).

    ¡Lo que le demos a Dios de la devoción del corazón jamás se pierde!.  Él puede y está dispuesto a reintegrarnos cosas en cantidades mucho mayores que aquellas a las que alguna vez renunciemos (Mateo 10:27-29; Filipenses 4:19). Él nos bendecirá nuestra abundante siembra con una abundante siega. En su gracia. Dios no sólo bendice eternamente, sino que también a menudo nos dará cien veces más en esta vida, lo que nosotros demos (Marcos 10:30).

CONCLUSIÓN

    Aunque Ana fue una campesina que vivió hace varios siglos, el problema de ellael de la vaciedad de la vida todavía está con nosotros hoy día. La solución que ella puso en prácticaun compromiso total con Dios es tan viable para nosotros como lo fue entonces.

    Alguien escribió una vez en una pared: “Dios tiene la respuesta”. Luego alguien añadió: “Si, pero ¿cuál es la pregunta?”. En realidad no es la pregunta lo que importa; la respuesta siempre es la misma: Dios.   

                            

¿Qué debo hacer para ser salvo?

1. Si usted no es creyenteoiga la palabra, crea, arrepiéntase y bautícese (Hechos 16.30-34).

2. Si usted es creyentearrepiéntase y conviértase (Hechos 2.36-38).

3. Si usted es un creyente arrepentido bautícese (Hechos 22.1-16).

4.   Si usted es un hijo de Dioshaga firme su vocación y elección (2ª  Pedro 1.5-10); persevere hasta el fin (Mateo 24.13); sea fiel hasta la muerte (Apocalipsis 2.10).

 

Nota: Amado lector, hombre o mujer; en cualquier parte del mundo que usted viva, si está enfrentando la soledad o despropósito en su vida, si a veces siente que alguien la ha jalado el tapete de la planta de sus pies, y solamente mira el vacío, el frío y la soledad... ¡Permítame colocar un tapete bajo sus pies y ponga en el no solamente sus pies sino todo su corazón, es decir, toda su tristeza, su dolor, su desesperanza y desamor.  Descanse.  ¡Por favor descanse!  ¡Crea!  ¡Confíe!.  ESE TAPETE BAJO SUS PIES ES DIOS EN CRISTO JESÚS SEÑOR NUESTRO. enriquecisneros@henrycis.com